¿Cómo impacta el aislamiento en la niñez?

Después de pasados más de cien días desde que inició el aislamiento por el COVID-19, La Pulseada conversó con psicólogas que trabajan con chicos y chicas de diferente extracción social sobre las consecuencias que el confinamiento podría tener sobre el sector de la población sobre el que menos atención parece haberse prestado en el marco de la pandemia.                                                                                                                

Foto: Gabriela Hernández

Por Carlos Gassmann
Foto de portada: gentileza AGLP

Subnota > Cambios de humor y sedentarismo

Por la pandemia, las clases presenciales de todos los niveles educativos están suspendidas en el país desde hace cuatro meses y la alteración abrupta de la vida cotidiana por el aislamiento social, preventivo y obligatorio que rige en el AMBA (Área Metropolitana de Buenos Aires) puede influir sobre el ánimo de la población en general y, por supuesto, en los más jóvenes.

Para indagar sobre los efectos psicológicos de la cuarentena sobre la niñez y la adolescencia, La Pulseada recogió la experiencia y la opinión de dos psicólogas que trabajan en distintos sectores sociales. Y tomó como referencia para comparar la situación de la región con la del país un relevamiento realizado por investigadoras del Conicet La Plata a través de una encuesta a 800 familias, que desnuda las principales preocupaciones. Los cambios de humor repentinos, los temores, la angustia y el descenso de la actividad física aparecen como factores que las familias afrontan durante el aislamiento social, preventivo y obligatorio (ASPO).

Consigna impracticable

María Agustina Iafolla Cardós es una de las referentes de la coordinación del Hogar del Padre Cajade, e integra como psicóloga el equipo interdisciplinario del Centro de Acceso a la Justicia (CAJ) de Villa Elvira, dependiente del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación. Para ella, es fundamental tener en cuenta lo desconocida y cambiante que resulta la situación y que por eso es difícil prever los efectos que podrá tener a futuro.

Prefiere, desde su posicionamiento teórico y ético-político no hablar de “síntomas” o “psicopatologías” asociados a la coyuntura: “Eso nos conduciría a un reduccionismo cuyas consecuencias pueden resultar peligrosas”. Por ahora sólo se anima a ensayar algunas ideas que surgen de las instituciones y los colectivos de los que forma parte. “De la experiencia acumulada, del trabajo cotidiano y del intercambio con otros con los que, en el ida y vuelta con el territorio, vamos construyendo hipótesis e intervenciones para abordar una realidad compleja en un escenario de proyecciones inciertas”, dice.

Avanza entonces en una caracterización que marca el terreno ante el que se enfrentan quienes trabajan en este contexto: el momento impacta distinto según los recursos propios de la edad o de las condiciones económico-sociales. Eso “entraña que este tránsito pueda producir diferentes modos de sufrimiento”. En el caso de niños y niñas marca “la vital importancia que tienen los vínculos con sus referentes afectivos y también de la incidencia del contexto en el que se va dando su crecimiento”.

Como la pandemia llegó en momentos donde los sectores populares ya venían arrastrando desocupación y hambre, al decretarse la emergencia sanitaria e imponerse la cuarentena, “desde las organizaciones que actuamos en el territorio nos planteamos con angustia ciertos interrogantes –cuenta Iafolla–: ¿Cómo se verán afectados nuestros barrios?, ¿y las familias?, ¿y nuestros niños y niñas?, ¿cómo podrán atravesar la enfermedad?, ¿qué sistema de salud va a contener a los más vulnerados?, ¿cómo evitar los contagios y las muertes?”.

Recuerda entonces que las instituciones estatales que trabajan en el territorio suspendieron inmediatamente las actividades presenciales e implementaron modos remotos de atención y, cuando las condiciones lo permitieron, desarrollaron operativos en los lugares e intercambios constantes con las organizaciones locales. Se sostuvo la entrega de viandas y elementos de higiene y el contacto con las familias. “Si hay algo que nuestras organizaciones y las comunidades barriales saben es reinventarse, reorganizarse y cuidarse. Esa es la riqueza comunitaria: la construcción de modos de vida, estrategias, salidas, prácticas colectivas que hace años se vienen llevando adelante”.

“Nos preguntamos -retoma Iafolla- cómo implementar el aislamiento en los lugares donde transcurre la vida de los y las más pequeñas y adolescentes. El ASPO fue planteado en estos casos por el gobierno bajo la consigna ‘quedate en tu barrio’. Lo cual implicó, por un lado, la visibilización por parte del Estado de las importantes redes de cuidado que en estos espacios ya existen, pero por otro lado dio cuenta también de la imposibilidad para muchos sectores de la sociedad de sostener el ‘quedate en tu casa’. Hablamos de viviendas precarias, en las que existe hacinamiento, sin servicios básicos, en las que millones de personas construyen sus vidas desde mucho antes de la pandemia”.

María Agustina no considera apropiado hablar de “síntomas” o “psicopatologías” asociados a una coyuntura porque “eso nos impediría pensar la complejidad del devenir de los sujetos y nos conduciría a un reduccionismo”

¿Cómo sostener las medidas de higiene si de los 4.400 barrios populares del país un 93,5% no tiene agua potable? La pregunta que lanza la psicóloga suena retórica en los contextos sociales donde suele trabajar. “Con tan pocos metros cuadrados disponibles, el mantener el distanciamiento social para evitar los contagios aparece como irreal. Tampoco es factible quedarse en casa si no se cuenta con un trabajo formal que garantice el alimento para la familia. Si algo quedó en evidencia con la emergencia que trajo consigo el coronavirus es la desigualdad estructural que el capitalismo impone con toda su furia a ciertos sectores de la sociedad”, se responde.

Eso implica que haya niños y niñas que padecen esa falta de acceso a derechos sociales básicos. Según Unicef el crecimiento de la pobreza infantil en Argentina, que en el segundo semestre de 2019 afectaba al 53% de la población, podría llegar al 58,6% a fines de 2020. De manera que, al término de este año, 756.360 nuevos niños y adolescentes de nuestro país vivirán en condiciones de pobreza.

“Este es el mundo en el que las infancias de nuestros barrios populares atraviesan la cuarentena y transitarán la post-pandemia”, describe Agustina. “En el marco de esta situación crítica, tenemos que pensar nuestras intervenciones como parte de la gobernanza comunitaria, atendiendo a las particularidades del lugar donde se dan. Es un escenario que requiere aunar esfuerzos y construir estrategias conjuntas. Desde el Estado, las organizaciones y la comunidad debemos ensayar acciones destinadas a restituir derechos fundamentales. A los más chicos y sus familias tenemos que contenerlos, garantizarles el alimento, asegurarles el abrigo, brindarles un sostén material y simbólico. Siempre como parte de un trabajo conjunto en el que cada uno cumpla su rol y asuma la responsabilidad”.

Hace hincapié en “la importancia de generar dispositivos en salud mental que permitan contener a los y las trabajadoras que en estas redes llevan adelante tareas esenciales”. Propone acompañarlos y trabajar en conjunto, porque son ellos quienes están en contacto directo con la gente, los que apoyan a los niños y sus familias en este momento y los primeros que escuchan sus padecimientos. “Las instituciones vinculadas a la salud mental deben trabajar en conjunto con esta primera línea de trabajadores”, reclama.

Habla también de “la necesidad de contar con los recursos que permitan atender de modo remoto aquellos casos puntuales que requieran de un acompañamiento psicológico. Hoy son muy escasas esas herramientas que posibilitan más espacios de escucha para ir acompañando estos padecimientos”. En el caso de la niñez –agrega–, “es importante considerar la interrupción de sus rutinas, sus circuitos de socialización, sus espacios de juego, sus relaciones con otros”.

Foto: gentileza AGLP

La brecha digital

Las organizaciones y escuelas están tratando de sostener los vínculos por medios virtuales. “Pero la virtualidad también es complicada en los barrios. Lo que se llama ‘brecha digital’ realmente existe. Muchas familias no tienen acceso a internet y es frecuente que dispongan de un único dispositivo para compartir. La escuela –detalla– es muy importante para los y las chicas de nuestros barrios por lo pedagógico pero también por lo vincular. No sé en qué medida han podido seguir cumpliendo con sus propósitos educativos. Además de los problemas de conectividad y disposición de tecnologías hay que contemplar otras dificultades que se plantean en cada familia para responder a las demandas escolares. El apoyo al aprendizaje es una tarea que en general tienen que realizar con mucho esfuerzo las mamás”.

Refiere que solicitudes de acompañamiento psicológico a adolescentes llegaron a través de directivos y docentes de las escuelas que se mantienen en contacto telefónico con su comunidad. “Dada la mayor autonomía de los adolescentes es posible en esos casos tener otro tipo de encuentros, de mayor intimidad, lo cual con niños es mucho más difícil”, dice la profesional.

Pese a todo, María Agustina llama a considerar que “niños y niñas tienen un potencial transformador mucho más grande que los adultos. Poseen una capacidad de jugar e imaginar mundos mucho más flexibles que la de los mayores. Quienes trabajamos en obras que buscan restituirle derechos a la niñez nos nutrimos constantemente de esta aptitud de enfrentar situaciones adversas, soñar otros escenarios y construirse en sujetos transformadores de sus realidades y de las condiciones que las generaron. Pero también conocemos su sufrimiento y lo vulnerables que pueden ser cuando sus relaciones familiares se complican o las redes de cuidado y contención se desmoronan”.

Aislamiento en etapas

María Ida Insua es psicoterapeuta de niños, niñas y adolescentes. Ha investigado y enseñado Psicología Evolutiva y Psicología Clínica de Niños y Adolescentes en la UNLP. Actualmente atiende en forma particular a chicos y jóvenes mayoritariamente pertenecientes a los sectores medios. Afirma que pueden formularse algunas hipótesis desde la Psicología del Desarrollo, lo cual siempre incluye la cultura y el contexto histórico-social. “Pueden realizarse generalizaciones pero sin perder de vista que, aún compartiendo una cultura y cierto contexto, cada sujeto es único. Además, al analizar los efectos del presente, estamos describiendo situaciones que en el futuro podrán variar y confirmar nuestras conjeturas o enfrentarnos a novedades teórico-clínicas”.

La especialista marca algunas etapas durante la cuarentena. “En un primer período algunos adolescentes transmitían la ‘sensación de estar en vacaciones’. Así fueron retornando a la nocturnidad, quizá emulando lo que antes hacían afuera, sus salidas con amigos y también rescatando ese momento de la jornada en el que disfrutaban del silencio de la casa”.

“El reconocimiento del riesgo permite mayor comprensión y aceptación de la prevención. Siempre que formulen preguntas hay que tratar de respondérselas en los términos que para ellos sean más adecuados” (María Ida Insua)

Después, a medida que declinaba la expectativa de reinicio de las actividades “intentaron modificar esos horarios y aumentar el aprovechamiento de lo pedagógico o de los espacios para ejercicios físicos. Esto implicó una disminución del tiempo compartido con pares en las redes sociales”. Por eso Insua considera que en un principio se observó que oponían resistencia tanto a responder a las consignas pedagógicas on line como a los reclamos familiares de mayor participación en las tareas domésticas.

Finalmente, en la última etapa –el tercer mes del aislamiento, cuando se realizó ésta entrevista– los adolescentes dicen estar cansados. “Manifiestan mayor angustia por volver a juntarse con compañeros y amigos. Los y las niñas también lo verbalizan. Algunos púberes y adolescentes parecen estar construyendo imaginarios para la post-pandemia. Sobre todo se interrogan acerca de cómo continuarán sus encuentros”.

Foto: Gabriela Hernández

Un trauma incierto

Según relata la profesional, otros profesionales del país y del exterior concuerdan en que en niños y adolescentes se observaron trastornos de sueño, así como cierta agudización de las peleas entre hermanos. También constataron una mayor producción onírica, sin que necesariamente se trate de pesadillas. Y coinciden en que algunos evidenciaron en la primera parte de los confinamientos un excesivo temor, más que por sí mismos, por la pérdida de alguno de sus seres queridos. Luego esas manifestaciones de angustia se fueron atenuando.

Añade que el grado de trauma que dejará la pandemia será posible de evaluar tras su finalización. “No en tanto fenómeno actual”, dice. Y agrega que estará muy relacionado con las características de cada sujeto singular. “Lo mismo respecto a la perduración de temores a la enfermedad, al fallecimiento propio o de seres queridos. También hay que tener aquí en cuenta el factor evolutivo: a mayor conciencia del peligro y de la muerte, más posibilidad de sentir angustia y miedo”.

El dilema es cómo contrarrestar la pérdida de las rutinas cotidiana. Insua cree que “los seres humanos poseemos, en mayor o menor medida, capacidades creativas para transformar aquello que nos produce sufrimiento y encontrar otras actividades equivalentes que nos posibiliten sentir cierta satisfacción. En ese sentido, es de gran ayuda hallar ocupaciones semejantes a las que se realizaban antes del aislamiento que permitan salir –aunque sea en parte– de la frustración y la angustia que el confinamiento genera”.

“Algunos evidenciaron en la primera parte de los confinamientos un excesivo temor, más que por ellos, por la pérdida de alguno de sus seres queridos. Luego esas manifestaciones de angustia se fueron atenuando”

Y enumera algunas de esas salidas a las que recurren especialmente los adolescentes: encuentros con amigos a través de redes sociales, juegos grupales que ya realizaban, preparar comidas o dedicar tiempo a la repostería, actividades de gimnasia, artes marciales o danzas. “Así surgen rutinas que reemplazan a aquellas que existían en la pre-pandemia y permiten quizá cierta elaboración de los sentimientos dolorosos, a la vez que amplían sus niveles de conocimiento y desempeño”, analiza.

La cuarentena por edades

La psicóloga considera que es posible prever que los efectos de la cuarentena cambien según la etapa evolutiva, salvando las circunstancias particulares de cada familia:

* “Hasta los 3 ó 4 años disfrutan muchísimo de estar con sus progenitores y realizar tareas con ellos. En su caso, el confinamiento ‘per se’ podría no tener consecuencias nocivas para su desarrollo emocional.

* “Los que ya están en escolaridad primaria, de los 5 ó 6 años en adelante, tienen mayor necesidad de efectuar actividades fuera del hogar, con otros que no sean de la familia. Por eso es probable que extrañen más la escuela, básicamente como lugar de encuentro con maestros, compañeros y de realización de tareas extracurriculares. Sería muy importante para ellos que los adultos responsables estimulen y sostengan logros de modo remoto”.

* “Quizá el aislamiento sea más frustrante para quienes finalizan su etapa escolar, los que concluirían en 2020 el ciclo primario o secundario y tienen grandes dudas sobre el viaje fin de curso y ya perdieron la posibilidad de realizar los festejos, los preparativos de despedidas, las ferias para reunir fondos. Todos ritos que tienen, de algún modo, la finalidad de tramitar los duelos y angustias que atraviesan los púberes y los jóvenes en estos cambios de etapas”.

Foto: Gabriela Hernández

El riesgo de la negación

En cuanto al desafío que implicó proseguir con la escolaridad de modo remoto, María Ida plantea que para los adolescentes al principio resultó difícil. “Quizá niños y adolescentes con dificultades de aprendizaje hayan sufrido más esta modalidad de permanecer en su casa. Pero poco a poco los profesores encargados de brindarles apoyo pedagógico se fueron sumando a las actividades on line de los jóvenes que los necesitaban. Desde el aspecto emocional, considero que resultó mejor cuando los establecimientos educativos comenzaron a dar clases en horarios fijos, con contacto simultáneo con los jóvenes, a semejanza de lo que ocurre con la modalidad presencial”.

Respecto del manejo de la información sobre la pandemia, Insua considera que es muy  importante hablar teniendo en cuenta las edades y particularidades. “El reconocimiento del riesgo permite mayor comprensión y aceptación de la prevención. Siempre que formulen preguntas hay que tratar de responderlas en los términos que para ellos sean más adecuados. El mayor riesgo es la negación del riesgo. La exposición a las noticias, en sus diferentes versiones, pasará seguramente por el tamiz de lo familiar. Cabe anticipar que surgirán lecturas más ‘paranoides’ y otras más ‘negadoras’. Las familias más ‘endogámicas’ acentuarán probablemente las exigencias del distanciamiento social y quizá sobrellevarán mejor los condicionamientos del confinamiento”.

Terapia a distancia

Los encuentros a distancia con pacientes plantearon todo un desafío para las psicoterapeutas. María Ida señala que los problemas de conectividad y la disponibilidad de tecnología dificultaron las entrevistas psicológicas. Con adolescentes resultó necesario cotejar el contexto íntimo para garantizar la privacidad de las sesiones. “No siempre cuentan en sus hogares con espacios físicos que garanticen esa situación, fundamental para esta etapa de su vida. Para ellos, que son nativos digitales, no fue novedad estar en pantalla. Los ‘extranjeros’, en mayor o menor medida, somos los terapeutas”.

Con todo, Insua considera que las entrevistas remotas son posibles y valiosas. “En especial cuando son continuación de tratamientos iniciados de modo presencial. En el caso de los niños se necesita un apoyo más activo de los padres, la compañía de uno o de ambos de ellos para llevar adelante la sesión. Todo depende de la edad y las particularidades. Superadas estas barreras, se producen encuentros profundos y trabajos tan ricos como transformadores, con mayores o menores semejanzas con aquellos desarrollados en el ámbito del consultorio”.

La modalidad presencial se hace, de todos modos, ineludible cuando sea posible. “Hay aspectos que quedan excluidos del trabajo remoto: la mirada frente a frente; algunos movimientos, actitudes y gestos que son muy significativos en el campo de lo relacional”, dice Insua, quien le da a la expresión corporal en los adolescentes el valor de una carta de presentación de sí mismos y una manifestación de su interioridad. También en los más pequeños, como exteriorización de sus emociones, dice y anhela un futuro cercano: “El hecho de salir del interior de la casa para que dejen de operar ciertas restricciones”.  /// LP.

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