Las dos caras del proceso catalán

 

GRA568. BARCELONA, 23/04/2014.- Los miembros de la plataforma Societat Civil Catalana, en la clausura del acto celebrado hoy en Barcelona en el que esta organización, contraria a la independencia de Cataluña, ha presentado su manifiesto fundacional. EFE/Toni Garriga

Al calor de la polarización del proceso independentista, La Pulseada entrevistó a dos historiadores que además de ser especialistas ponen el cuerpo en organizaciones que se encuentran en las antípodas. El reflejo de una región bicéfala, con un rostro que mira a España y el otro a un país propio.

Por Laureano Debat. Desde Barcelona

El 11 de septiembre tiene fuertes connotaciones de “hito histórico” a nivel mundial. Por el atentado a las torres neoyorquinas  en 2001 o por el golpe de Estado y la muerte de Salvador Allende en Chile, en 1973. Pero Cataluña también cambió para siempre un día como ese, 300 años antes. Fue en 1714, cuando las tropas de la Francia borbónica entraron triunfales en Barcelona tras un largo asedio, lo que significó su traslado desde el Reino de Aragón hacia el Reino de Castilla. Décadas más tarde se produjo su incorporación como comunidad autónoma perteneciente hasta hoy al Reino de España. Sus habitantes eligieron aquella fecha como su día nacional: hicieron catarsis con la derrota. Desde ese momento -y a lo largo de los siglos- fueron cultivándose diferentes maneras de pensar la región. Estuvieron quienes hablaban de un país que debía ser independiente, pero también los que se consideraron como territorio indivisible de España.

141-Catalanes-SeparatistasLas posiciones enfrentadas se fueron profundizando, bifurcando en derechas e izquierdas, con mayor o menor intensidad según fueron pasando los gobiernos, las repúblicas, el franquismo y la transición democrática. Y esta segunda década del siglo XXI se destaca por una radicalización inédita del conflicto.

El 28 de junio de 2010, el Tribunal Constitucional de España vetó buena parte de los artículos del Estatuto presentado por el gobierno regional. Sobre todo aquellos puntos en los que los catalanes demandaban una mayor autonomía fiscal y pedían mantener la lengua catalana como lengua oficial en la enseñanza pública. A partir de ese año las manifestaciones soberanistas se volvieron multitudinarias.

Pese a esa negativa legal, el 9 de noviembre de 2014 se celebró un referéndum en el que la postura del “Sí a la independencia” ganó por amplia mayoría. Se trata, hasta hoy, de una consulta no vinculante y no autorizada por el gobierno español, pero sí aprobada por el Parlamento catalán y con el decreto firmado por el entonces presidente de la Generalitat, Artur Mas.

Así continúan las cosas en la actualidad: España trata de avanzar con sus leyes y Cataluña hace lo mismo con las propias, amparada en la mayoría absoluta parlamentaria de los partidos independentistas.

Mientras tanto, en España cobra más fuerza la idea de una reforma de la Constitución. La Carta Magna que rige la legalidad política del país está vigente desde 1978 y fue aprobada con el franquismo en decadencia, como un texto propio de una transición que -entre otras cosas- mantuvo hasta el régimen monárquico. Algunos sectores políticos coinciden en que hay que reformarla, pero muchos se oponen a que Cataluña, el País Vasco y Galicia (las tres comunidades autónomas proclives al efecto dominó independentista) impongan sus condiciones.

Atizadas por esa profundización del proceso, se crearon dos instituciones civiles que ofrecen un espacio de participación no partidaria para mucha gente “suelta”. Son las encargadas de organizar las movilizaciones y los actos públicos de cada movimiento. En 2012 nació la Asamblea Nacional Catalana con el objetivo de trazar una hoja de ruta hacia la independencia. Dos años después surgió la Sociedad Civil Catalana, como reacción a la primera y con la idea de diseñar un programa que sitúe a Cataluña más cerca de España, tratando de desmontar el discurso independentista.

Con la premisa de contraponer ambas miradas de un proceso que se perfila como uno de los grandes temas de la España actual, La Pulseada realizó las mismas preguntas a un referente de cada espacio. Por un lado Agustí Alcoberro, uno de los miembros del Secretariado Nacional de la Asamblea Nacional Catalana,  doctor en Historia, escritor y ex director del Museo de Historia de Cataluña. Por el otro Joaquim Coll, vicepresidente de la Sociedad Civil Catalana, doctor en Historia Contemporánea y autor de varios libros sobre la región.

¿El 11 de septiembre de 1714 puede leerse como una pérdida de la autonomía catalana?

Agustí Alcoberro: La Guerra de Sucesión de España fue una guerra internacional y una guerra civil, porque había dos posiciones enfrentadas dentro de la monarquía hispánica: una absolutista de matriz castellana y borbónica (o sea francesa) y otra más respetuosa de las constituciones de los diferentes reinos. La monarquía hispánica hasta 1714 era el resultado de un pacto entre coronas que se había producido con los Reyes Católicos y que suponía la existencia de dos estados, cada uno con sus constituciones y su sistema fiscal. El 11 de septiembre de 1714 significa la conquista militar de un territorio sobre el otro y, por tanto, la imposición de un modelo político nuevo de ocupación.

Joaquim Coll: No puede leerse desde un punto de vista contemporáneo. Y fue una guerra internacional, no entre españoles. Es verdad que en el desenlace final los catalanes que apoyaron al archiduque Carlos de Austria perdieron los derechos que les había dado Felipe V (el primer rey de la casa Borbón), a quien antes habían jurado fidelidad. Fueron castigados por rebelarse contra su soberano. Pero estamos hablando de derechos medievales y no de un régimen parlamentario y democrático. Lo que ha hecho el nacionalismo ha sido trasladar la situación actual a 300 años y no tiene nada que ver.

¿Es justo afirmar que históricamente Cataluña es un país subordinado a España?

A.A.: Efectivamente. La corona de Aragón se conforma en la Edad Media por el pacto con el principado de Cataluña y mantiene un modelo en el que cada Estado mantiene su soberanía y lo que tienen en común es el Rey. Luego, Aragón llega a un acuerdo con Castilla para un modelo, hoy diríamos, confederado. Eso se rompe cuando la corona borbónica inicia su conquista por las armas.

J.C.: No, de ninguna manera. Cataluña es parte fundadora de España y ya formaba parte de la corona de Aragón, por lo tanto no hay ninguna subordinación. No es un territorio anexionado de España. Cataluña es España desde el minuto cero.

Muchos creen que si se hubiera aprobado el proyecto del Estatuto no se habría llegado a esta situación extrema. ¿Cuál es su opinión?

A.A.: Durante la Segunda República, cuando se hizo la Constitución Española de 1931, pusieron la posibilidad de crear autonomías pero con muchas condiciones. Como eran tantas, solo una región accedió a ella: Cataluña. Si aquel modelo republicano no hubiera sido destruido por una guerra, tarde o temprano Cataluña se hubiera convertido en un territorio independiente. Cuando se produce la Transición, se manipulan y suavizan las reivindicaciones nacionales de Cataluña al dar autonomía a todos los territorios. Eso fue creando una situación que es más o menos en la que estamos hoy: territorios que nunca habían reivindicado una autonomía y no tenían, probablemente, masa crítica para poder ejercerla, se han encontrado con una autonomía ficticia. Y territorios que venían reclamando por una soberanía nacional, se han encontrado con que no se ha resuelto su situación política. El fracaso de la propuesta del Estatuto hizo que una parte de la opinión pública que había creído que el enemigo era Franco y que una democracia española podía entenderse con un gobierno propio y nacional en Cataluña, empezara a ver que eso no era posible.

J.C.: Eso es otra muestra más del victimismo que cultivan. En Cataluña, el nacionalismo ha sido siempre independentista y los imaginarios que han cultivado siempre fueron de secesión. Hemos visto en el tema de la lengua que han excluido el castellano de los espacios públicos, de la enseñanza y de todo el relato oficial. Se han encontrado con una situación favorable de mega-crisis económica, social y política en España, y han visto esa oportunidad. Y todo lo que han ido cultivando de pronto ha brotado con una gran fuerza, regado siempre desde el poder y desde los medios públicos de comunicación.

Se habla de una reforma de la Constitución para “solucionar el problema catalán”. ¿Sería una solución real?

A.A.: Las condiciones para reformarla son draconianas, se necesitan dos tercios del Congreso. Yo no me imagino que sea posible hoy una Constitución española que reconozca las realidades nacionales. Estamos en un momento psicológico en el que cualquier modificación de la Constitución nos haría ir para atrás.

J.C.: Sería lógico reformar la Constitución Española, porque en 1978 había un modelo autonómico que todavía no se sabía cómo iba a ser. Hay un gran consenso entre los constitucionalistas para establecer un modelo más claro, que no haya tantos conflictos competenciales. Que haya un principio de corresponsabilidad: aquella comunidad autónoma que gasta, que también ingrese. Y que se establezca un principio de lealtad institucional entre el gobierno central y las comunidades autónomas. No puede ser que se utilicen instituciones públicas para fomentar y alentar un proyecto separatista.

Hay algunos que opinan que pase lo que pase, muchos catalanes ya se fueron mentalmente de España. Y que por eso, la separación es una cuestión de tiempo.

A.A.: Es totalmente cierto. El Estado español y sus instituciones, empezando por la Corona o el Tribunal Constitucional, se encuentran totalmente deslegitimados a ojos de la opinión pública catalana. Cuando un estado pierde esa capacidad de ser reconocido como árbitro legítimo  e imparcial, efectivamente los días de dominio de ese Estado están contados.

J.C.: Sí, seguramente hay una parte de la sociedad catalana que identitariamente ha decidido que ya no son españoles. ¿Qué porcentaje? No lo sabemos. El tema de las identidades cada uno lo vive como quiere. Estamos en un estado libre y democrático en el que si tú quieres sentirte cincuenta cosas, puedes hacerlo. El problema es que si comienzan a crearse nuevas entidades políticas por razones puramente identitarias, el mundo va a ser mucho más difícil de gobernar, mucho más caótico, egoísta e insolidario.

¿Cree que la polarización del conflicto entre un sí o un no a la independencia ha evitado otras discusiones más de tipo sociales?

A.A.: Uno de los éxitos del independentismo es que ha sido capaz de construir un relato en el que la independencia política va vinculada también a la idea de bienestar social. En ese sentido, hay datos indiscutibles del expolio fiscal que demuestran que una parte importante de la renta que se produce en  Cataluña no se queda en la región, lo que perjudica especialmente a los sectores más desfavorecidos.

J.C.: Todo lo que ha escondido son los problemas reales. No es gratuito que en Cataluña hayamos tenido el sistema de sanidad y el modelo educativo más privatizados de España. Ha habido recortes duros y una cortina de humo a través de un debate nacionalista y populista de la polarización: nosotros y ellos. Esto ha hecho que, por ejemplo, haya menos protesta social, porque todo era culpa de Madrid, porque todo se arreglaría el día de la independencia.

– ¿Por qué cree que, hasta el momento, el conflicto no ha derivado en hechos violentos?

A.A.: Yo creo que hay dos motivos. Uno es el precedente terrible de la Guerra Civil, que afecta a tan sólo tres generaciones anteriores a la nuestra y, por lo tanto, se sigue viviendo. Y el otro es la pertenencia -por primera vez- del Estado español a la Unión Europea. Hoy sabemos que hay determinadas formas que se deben mantener y que quien rompa con estas formas va a salir perjudicado porque la opinión pública europea y, tarde o temprano sus gobiernos, van a tener que posicionarse. A veces, la sensación que da es que el conflicto entre Cataluña y España se está jugando en una partida de ajedrez, que cada sector está intentando guardar sus formas.

– J.C.: Afortunadamente vivimos en una sociedad donde la violencia está sancionada. Tuvimos la experiencia del País Vasco y, por lo tanto, el propio movimiento independentista sabe que en un escenario de violencia ellos tienen las de perder. Ahora bien, que no haya violencia física no significa que no haya otros tipos de violencia o de coacciones o de chantajes o de silencios. Tú te paseas por el interior de Cataluña y hay ayuntamientos que se adhieren a una Asociación de Municipios por la Independencia y donde la estelada (la bandera independentista) está omnipresente. Y ya se normaliza toda una escenografía y un discurso. Mientras tanto, el 30% o 40% del electorado que ha votado a formaciones no independentistas está en silencio, es coaccionado. Eso está ocurriendo.

 

Fechas

28 de junio 2010. Veto del Tribunal Constitucional de España al Estatuto independentista catalán e intensificación de las manifestaciones separatistas.

  1. Nacimiento de la independentista Asamblea Nacional Catalana
  2. Nacimiento de la españolista Sociedad Civil Catalana.

9 de noviembre de 2014. El “Sí a la independencia” se impuso por amplia mayoría en un referéndum.

 

El desafío permanente de los catalanes de La Plata

Por Carlos Capdevila (*)

El Casal de los Países Catalanes de La Plata cumplirá 20 años en octubre próximo, aunque a partir de 1923 y hasta principios de la década del 50 existió un antecesor, el Centre Català de Cultura. El título menciona la palabra “desafío” porque ha sido una constante a través de los tiempos.

Como toda colectividad, inicialmente fue punto de reunión de los recién llegados, donde se ayudaban unos a otros y extrañaban un poco menos la tierra catalana. Las olas migratorias fueron apagándose y cambiando su perfil; en nuestros días arriban jóvenes profesionales expulsados por la crisis europea y la falta de trabajo. Y la entidad desdobló su actividad entre la difusión de la cultura catalana y la inserción en la comunidad en la que se desenvuelve.

El Casal acepta no sólo a catalanes y descendientes ya que hace suyo el mismo carácter de Catalunya, donde los emigrantes que llegan desde hace 2.300 años (fenicios, griegos, romanos, cartagineses, visigodos, árabes, judíos, etc.) fueron otorgándole ese perfil generoso que permite que la radicación de nuevos habitantes sea permanente. Así es como al Casal de La Plata se acercó gente atraída por el Barcelona Fútbol Club, Salvador Dalí, Antoni Gaudí, Joan Manuel Serrat o porque es hoy un referente mundial en arquitectura sostenible, telefonía móvil y turismo internacional.

Basándose en su nombre, el Casal de los Países Catalanes resolvió representar no sólo a Catalunya sino también a las otras tres naciones de habla catalana: Andorra, Islas Baleares y Valencia. Así, comenzó a celebrar las fiestas nacionales de todas ellas.
Las actividades del Casal se basan, además, en la enseñanza del idioma catalán, coral Montserrat, cursos de mosaiquismo, trencadís, tejidos, computación e inglés, biblioteca, ciclos de cine catalán, Observatorio de Naciones sin Estado en la UNLP, ciclos de exposiciones de artes plásticas, Tai-Chi, paellas de camaradería, degustación de platos típicos, colla bastonera y más.

(*) Periodista y presidente del Casal de los Países Catalanes de La Plata

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