Memorias y victorias de una comunidad católica

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121-LasVictoriasInfiltrados, listas negras, miedo, exilio y desaparición son parte del pasado reciente en la Rosa Mística, donde una comisión acaba de homenajear a siete militantes desaparecidos. Una charla profunda con integrantes de la parroquia del barrio del parque San Martín sobre dolores, generaciones, modelos de Iglesia y este “proceso sanador”.

Por María Soledad Vampa y Marianela García

Fotos M. S. Vampa

“Fijate el nombre —dice Eduardo Roussy—: Las Victorias, es hermoso, es fuerte”, repite, y lo pronuncia como si se escribiera con mayúsculas. Él era parte, junto a Mirta, su actual mujer, de la comunidad de la parroquia de Las Victorias, ahora conocida como la Rosa Mística. En La Plata parecía no haber quedado nada de aquello luego de la llegada, en 1976, del presbítero Cándido Montaña, que tenía la “instrucción precisa de destruir lo construido y perseguir a la gente de la comunidad”, como señalan ahora los miembros de la Comisión por la Memoria de Las Victorias, que acaba de realizar un homenaje a los siete desaparecidos de la parroquia. El 14 de junio pasado, más de 300 personas congregadas en ese templo ubicado en 23 y 54, en el barrio del parque San Martín, cantaron en comunión el himno “Hombre nuevo”, de Julián Zini, con el coro que dirige Hugo Figueras, y le dieron cuerpo al deseo de que esa semilla de memoria sea fecunda.

“En esos años éramos una comunidad muy grande, con objetivos trascendentes y una preocupación fundamental por el prójimo”, recuerda Eduardo, al tiempo que describe a una Iglesia que los apoyaba y que producía los documentos de lectura que ellos seguían y debatían, y que los “motivaban”, como los del Concilio Vaticano II (1965) y los de la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano realizada en Medellín en 1968. “Si uno los lee aun hoy es algo muy revolucionario, tienen un sentido impresionante”, cuenta, mientras ceba otro mate para entibiar la entrevista.

Eso que movilizaba a los Roussy llevó a muchos jóvenes en los ’70 por el camino de la militancia política y la consideración de la lucha armada en otros ámbitos. “Nosotros entendimos el compromiso católico en esa época como el acceder a una militancia, como decían Mugica y Carlitos (Cajade), que estaba en esa comunidad junto a Rubén Capitanio y Mario Ramírez, curas que fueron revolucionarios en su accionar. Carlitos es un ejemplo concreto”, cuentan. También nombran a Néstor Busso (histórico referente del Foro Argentino de Radios Comunitarias), que como laico editaba en la parroquia la revista SEDIPLA (Servicio de Información para América Latina), vinculada con el compromiso social de la Iglesia del continente.

Beatriz Horrac, que también fue militante entre los jóvenes de la comunidad, lo confirma: “No me cabe duda de que muchas de las discusiones que teníamos son las mismas que pueden tener los jóvenes hoy, sobre el sentido de la vida y de qué modo trascender lo individual para pensar acciones colectivas. En esa época hablamos del hombre nuevo, distinto, hombres más solidarios, de un mundo nuevo con justicia social, con equidad, ésas son las discusiones que tienen los jóvenes”.

Para Beatriz, Eduardo y Mirta, eso era la Iglesia. “Los que llegaban a la parroquia a los 15, 16 o 20 años se fueron formando con toda la entrega de lo que es un joven, de dar la vida por sus ideales. Y no tuvieron la oportunidad de defenderse, de madurar, no tuvieron la dimensión…”, se interrumpe Mirta con un nudo en la garganta. Tal como señala Rubén Dri en su libro La hegemonía de los cruzados (2011) al señalar las bases teóricas-teológicas sostenidas desde la Doctrina de la Seguridad Nacional, “a menudo se habla de la teología de la liberación y no se tiene en cuenta que ésta tiene enfrente a otra teología, la de dominación, que está afincada en la cúpula de la Iglesia católica”.

Eduardo retoma el relato: “En el ’76, nosotros como tantos otros de la parroquia nos tuvimos que ir. La cosa ya venía desde fines del ’75, cuando lo sacan a (el “Vasco”) Bengochea, el cura que nos congregaba, y se tiene que ir a Río Negro con Monseñor (Miguel) Hesayne. Paralelamente mandan un cura a la parroquia, Cándido Montaña, quiero que lo pongas —remarca Eduardo y repite con enojo: “Cándido Montaña”—, que fue el encargado de romper todo. La iglesia preparó a su comunidad para algo y después les soltó la mano”. Mirta se repone y continúa: “Una vuelta atrás que te dejaba desamparado, expuesto, porque dentro de la Iglesia uno no tiene mecanismos de clandestinidad… no se animó, ni la Iglesia misma creyó en lo que estaba creando”.

Persecución y listas de varios colores

Los Roussy aseguran que Montaña tenía dos personas infiltradas en la parroquia que le proveyeron datos con los que hizo tres listas que Eduardo resume así: “Una blanca, una gris y una negra. Ahí estaban los redimidos, los más o menos y los que vía. Los que se tenían que ir eran todos los mejores, los líderes, y nosotros quedamos en banda, desprotegidos”, recuerda. En marzo del ‘76 se llevan presos a tres integrantes de la comunidad: Beatriz Horrac, Adela Barraza y Gustavo Naser. “Susana Larrubia (militante del peronismo revolucionario desaparecida en Lanús en 1978) ahí se salvó. A los desaparecidos los agarraron después”, repasan entre todos.

El relato se hace confuso; tiene baches, olvidos, rescates, idas y venidas, como el laberinto de las memorias de cada uno y su combinación con las experiencias posteriores, con las malas y las buenas noticias. “Recién a los 38 años empezamos a reaccionar, después de todo ese miedo social. Empezamos como algo que le debíamos a nuestros amigos”, dice Mirta.

La punta del ovillo, apunta Eduardo, fue una conversación con la madre de Plaza de Mayo Taty Almeida en la que ellos recordaron a sus compañeros desaparecidos; ella les sugirió que hicieran algún acto. Por otro lado apareció un video realizado en el programa Jóvenes y Memoria, de la Comisión Provincial por la Memoria, y así fueron tirando del hilo. “Cuando estos chicos empezaron a investigar fue como que debajo de una cosa de hormigón muy pesada estaba esa parroquia, Las Victorias”, afirma Eduardo, y sigue deletreando ese nombre cada vez, como redescubriendo un sabor.

Padres e hijos

“Retomamos esos ímpetus juveniles que teníamos, nos pusimos a pensar en esto y se hizo una red impresionante, y aparecieron los hijos”, historiza Mirta. Ellos tomaron con otra energía las riendas de esa historia que se había echado a rodar. “En nuestra generación estas cosas circulan de otro modo, en los ámbitos que uno se mueve esto está más hablado. Pero con los adultos notamos que realmente estaba muy trabado”, explica Susana Roussy, hija de Mirta y Eduardo, y aparecen esas voces de otra generación que abrieron nuevas brechas en el debate.

Susana ya había contactado a la hija de Susana Larrubia y encontraron también a la hija de Federico Baquini, un cura desaparecido cuyos restos fueron hallados recientemente. También se sumaron los hijos de Diego Salas y Elisa Triana. Todos se pusieron a trabajar para el acto. “La comisión queda formada por tres antiguos miembros de la comunidad, del grupo juvenil, que ahora tenemos 60 años y originalmente pensábamos hacer nosotros este homenaje. Nuestros hijos se metieron y dijeron ‘nosotros también necesitamos reconstruir memoria de cosas que ustedes saben y nosotros no sabemos’. Entonces el funcionamiento de esta comisión fue siempre el diálogo entre distintas generaciones y ha sido siempre muy interesante, una cosa muy rica, el intercambio”, describe Beatriz.

En ese intercambio, qué hacer y cómo hacerlo fue todo un debate, sobre todo en torno al monumento que pensaban levantar. “Los viejos queríamos una placa con los nombres y alguna frase, y los chicos decían ‘No, tenemos que hacer algo distinto’ —se ríe Eduardo—. Primero fue la placa, después pensamos en una baldosa, pero siempre quisimos que tuviera un mensaje, algo más artístico. Pensamos en la técnica del mosaiquismo, y entonces dijimos ‘¿por qué no un banco?’. Estaba bueno que fuera un espacio útil, donde te puedas quedar, leer…”, repasa Susana Coloma, hija de Susana Larrubia y Rodolfo Coloma. Su tocaya agrega que “además tenía que ser algo que homenajeara a las personas desaparecidas pero también a la comunidad y había que hacer como una síntesis de eso. El banco fue construido por todos, donde cada uno de nosotros iba pegando los mosaiquitos”.

Monumento para una victoria nueva

“A los que aquí lucharon por el hombre nuevo” es la frase central del monumento. A eso le agregaron una placa con los nombres de los desaparecidos y el fragmento de una carta “que sentíamos que nos representaba a todos, que es de la mamá de Su”. En el homenaje la leyeron entre todos, un párrafo cada uno. Paula Salas, la hija de Diego Salas y Elisa Triana, señala que “además esto es parte de la historia, porque la historia de los desaparecidos no es nuestra, es de un pueblo, de todos. Y está bueno que se recree y que todo el mundo entienda que esas personas no son una foto carnet, ni son próceres”. “Esa es la intención: de reflexión y que trascienda todas las generaciones. Que alguien pueda pasar, se siente, piense, mire la parroquia, se mire a sí mismo…”, detalla Susana Coloma.

Así la red fue creciendo y las repercusiones empezaron a llegar. El grupo “joven”, como se distinguen los hijos, abrió una cuenta de Facebook y eso le dio una nueva vuelta al camino iniciado. “A pesar de los años que pasaron, cuando los chicos abrieron el Facebook realmente superó lo que pensábamos. Era como que faltaba que alguien dijera ‘¡larguen!’ y todos empezaron a recordar, a revivir y sentir esos lazos. Realmente la red estaba, fue impresionante, nos arrolló a nosotros”, se sorprende Mirta. Entre los múltiples apoyos que la logró comisión también estuvo la declaración “de interés municipal”, aprobada sobre tablas en el Concejo Deliberante; ese día, en el recinto se oyeron voces de la comunidad. También llegaron respuestas de la otra Iglesia, que en nombre del arzobispo platense Héctor Aguer presionó para que el monumento no se colocara.

El esperado 14 de junio, el día del acto, era un punto de llegada y de partida. También “un desafío, un ¿cómo seguir?”, se pregunta Eduardo. Mirta ensaya una respuesta: “Qué sigue no sé, esto nos superó, por ahí teníamos poca fe”, se ríe, y agrega: “Creo que esto sana a todos. A nosotros porque teníamos una deuda con nuestros amigos, a los hijos porque entendieron qué pasaba y cierran su historia, esto cura, es un proceso sanador. Y para la gente de la comunidad también es un aprendizaje”.

“Estos homenajes por ahí lo que hacen es que colectivamente la gente se anime a hacer lo que individualmente no hace. Hacen que la historia personal sea colectiva”, dice Paula, y Susana Coloma agrega: “Hoy nosotros, los jóvenes, hago la referencia generacional porque me parece importante marcarlo, estamos unidos por este compromiso de estar juntos por algo que no sea individual, sino por algo común y algo tiene que ver con reivindicar la memoria y con mostrar que ellos no pudieron y nosotros estamos hoy haciendo nuestra propia victoria: la de estar juntos la de abrir un capítulo nuevo de la historia”.

 

 “Reivindicar en forma pública a la otra Iglesia”

 

Marta Vedio, militante de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, contribuyó desde la subsecretaría de Derechos Humanos de la Municipalidad a abrir puertas para toda esta actividad. En diálogo con La Pulseada después del homenaje, consideró: “Todos son importantes, pero creo que la particularidad de éste tiene que ver con plantarse en una Iglesia tan conservadora como la platense, que acompañó activamente la represión dictatorial, y reivindicar en forma pública, con el acompañamiento de autoridades e instituciones, a aquella otra, la del Tercer Mundo, la de la opción por los pobres, involucrada en un proyecto colectivo y dispuesta a dar la vida por sus hermanos”.

“Para mí el acto fue reivindicatorio, porque tengo una parte de mi historia vinculada a la militancia en el catolicismo, del que me aparté porque mis inquietudes no encontraron contención. Entonces fue como un reencuentro con lo mejor de aquella etapa, cruzándose con lo mejor de ésta. Muy emotivo”, expresó Vedio, y contó que  el nombre del grupo y del acto, “Memoria de las Victorias”, nació de un encuentro que tuvo en un café con alumnos del Normal 2 coordinados por la docente Susana Jalo que estaban trabajando en el video para el programa Jóvenes y Memoria que luego se proyectó en el acto: “Me contaron las ideas que tenían y me pareció un proyecto no sólo excelente sino muy necesario. Allí conocí a Susana Coloma y a Beatriz Horrac, motores de todo este proceso, y me puse a disposición para lo que hiciera falta”.

 

Los siete desaparecidos

Federico Bacchini

Alicia Cabrera de Larrubia

Nora Larrubia

Susana Larrubia

Eduardo Ricci

Diego Salas

Elisa Triana de Salas

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