“Me robaron todo… ¿Cómo tener miedo?”

In Justicia, Memoria -
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El 12 de agosto de 2006, Clara Anahí Mariani Teruggi cumplió 30 años. Exactamente lo que lleva de secuestrada y el tiempo de búsqueda de su abuela, Chicha Mariani. Su nieta fue robada el 24 de noviembre de 1976 por las fuerzas de la dictadura como parte del “botín de guerra” después de arrasar y saquear la vivienda en la que vivía el matrimonio Mariani-Teruggi, en donde funcionaba una imprenta oculta. “Yo busco a alguien que vive; no se puede perder tiempo”, sigue clamando Chicha mientras trata de apurar la marcha de la Justicia.

Por Lalo Painceira

Publicado originalmente en agosto de 2006

“Siempre supe que estaba viva”. Lo dice así, categórica, con una voz pausada que no alcanza a disimular su indoblegable carácter ni la fortaleza de sus convicciones. María Isabel Chorobik de Mariani, conocida por todos como Chicha Mariani, fundadora y primera presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, enfrentó con un admirable coraje a la dictadura desde el 24 de noviembre de 1976, cuando desapareció su nieta de 3 meses y medio, después del desproporcionado y brutal ataque de las fuerzas represivas contra una vivienda en la que funcionaba la imprenta de Montoneros.

En ese momento estaban en la casa de calle 30 entre 55 y 56, cuatro jóvenes: Diana Esmeralda Teruggi de Mariani, de 25 años, a una materia del título de Letras en la Facultad de Humanidades; Daniel “Gulliver” Mendiburu Eliçabe, de 24, estudiante de Arquitectura; Roberto Porfidio, de 32, profesor de Literatura y Juan Carlos Peiris, de 28, antenista de oficio. Los cuatro fueron asesinados después de resistir heroicamente por tres horas y media, defendiéndose del ataque de más de 100 profesionales de la guerra, que portaban un armamento poderoso, desde el simple de mano, como pistolas, ametralladoras y los FAL, hasta granadas Energa, blindados, artillería liviana, helicópteros. De los cuatro, sólo surgen datos que permiten asegurar que Diana fue asesinada por la espalda, en el patio trasero de la vivienda y muy posiblemente, llevando a su hija en brazos. Esto se afirma en función de los testimonios brindados por quienes atacaron la casa, ya que ese día murieron todos sus habitantes adultos.

Foto: Gabriela Hernández

Pero en esa cacería brutal, hubo una sobreviviente: la pequeña hija de Diana que tenía sólo tres meses y medio. Se llama Clara Anahí y fue robada. Desde entonces permanece en manos de sus captores. Su papá y dueño de casa, Daniel Mariani, 28, licenciado en Economía, se encontraba ese 24 de noviembre en Buenos Aires, pero el 1 de agosto de 1977 murió acribillado a tiros al ser emboscado por las fuerzas de la dictadura en una vivienda de nuestra ciudad.

El primer paso

Chicha se enteró de lo sucedido en calle 30, “escuchando radio Colonia, al otro día. Yo había viajado a City Bell para visitar a mi padre que no andaba bien de salud y casi me muero. No dieron los nombres pero por la descripción, me di cuenta que era donde vivían Daniel y Diana. Y me largué a La Plata desesperada porque las primeras noticias decían que entre los muertos estaba el matrimonio dueño de casa. Pasé primero por mi casa, en calle 44 y 21, y también la habían saqueado y baleado. Los vecinos me dijeron que la noche anterior había pasado una patota de los represores. Ametrallaron la puerta y entraron, cargando todo en un camión. Me rompieron lo que no pudieron llevarse. De allí me fui a lo de Mario Teruggi y Kewpie, los padres de Diana, y los tres marchamos a la comisaría 5ª, porque era la que correspondía a la casa de calle 30. Un oficial sumariante nos dijo que no había sobrevivientes entre los habitantes de la casa y que no tenían registrada la presencia de menores. Cuando Mario pidió el cuerpo de Diana, el policía le respondió que el cadáver estaba totalmente carbonizado, que no era identificable y que se encargarían de enterrarla ellos como NN. Después nos enteramos, cuando se recuperaron los archivos de la Dirección de Inteligencia de la Policía de Provincia (DIPPBA), que sabían perfectamente quién era, pero lo mismo la enterraron a los pocos días como NN”.

Retoma el relato de los pasos iniciales de la búsqueda de Clara Anahí: “Cargando en el alma ese padecimiento inimaginable, los tres volvimos a la casa de los Teruggi en donde me quedé por unos días. Mario, que ya murió y que era un científico eminente, llamó al entonces rector de la Universidad, Guillermo Gallo, para que averiguara lo que había pasado con la nena. Gallo le encomendó al decano de Derecho, doctor Ves Lozada, que hablara con el entonces coronel Ramón Camps, jefe de la Policía de la Provincia, que además había comandado en persona el ataque a la casa de los chicos junto a su segundo, (Miguel Osvaldo) Etchecolatz. La respuesta que recibieron y que nos transmitieron, fue que la nena había muerto. Y nos quedamos los tres con ese dolor enorme que compartimos. A los dos días pasé por la casa de calle 30 y lo que encontré fue desolador. Todavía había policías y me dejaron entrar. Se habían llevado todo y parecía un basural. Me dijeron que habían muerto todos los que estaban en la casa. Sin embargo, cuando me iba, aguantando el llanto, se acercó una chica del barrio y me dijo que la nena estaba viva. Que una tía de ella había visto cómo se la llevaban. Me ilusionó, pero después no pensé más en eso, temiendo que no fuera cierto”.

Foto: Gabriela Hernández

No obstante, la sangre se hizo escuchar y el ritmo de su pulso se convirtió en golpes y ansiedad. Chicha empezó a dudar. ¿Por qué no podía ser cierto? Y si lo era, ¿en dónde estaba Clarita? No dijo nada y decidió volver a su casa de calle 44. A las pocas horas de llegar tuvo que soportar otra visita de la patota. La encerraron en un cuarto, la amenazaron y la interrogaron. El objetivo era amedrentarla, pero como ocurrió en los otros intentos, no la atemorizaron. Chicha se quedó en su casa tratando de acomodarla, de transformarla nuevamente en habitable, de reparar lo roto o sustituirlo, encontrar papeles, documentos, recortes valiosos sobre su marido, reconocido director de orquesta que se encontraba trabajando en Italia. En ese momento de plena limpieza, la llamó una colega de la docencia “y me dijo que nos encontráramos. Fui a verla y me contó casi en secreto que el comisario Sertorio, jefe de la comisaría 5ª, le debía grandes favores a su esposo. Que lo fuera a ver de parte de él, que por ahí tenía novedades. Y le hice caso. Sartorio me recibió y me contó en privado, lamentablemente sin testigos, que Clarita vivía. Que tenía que ir enseguida a la Unidad Regional y que preguntara por la nena, no por su nombre, porque ya tendría otro, sino por la ropita que llevaba puesta. Lo hice, pero en la Regional negaron todo y dijeron que no sabían nada”.

Y hace un silencio para calmar su ansiedad. Porque no hace mucho se enteró que aquél primer impulso, buscando a su nieta, está íntimamente ligado con el último paso, como si su búsqueda estuviera llegando al fin. Porque aquél envío a la Unidad Regional, hoy cobra otro valor. Y debe ser cierto que el fin no debe estar tan lejos porque los ex represores y sus cómplices, de golpe se han puesto inquietos. Tanto como para hacerlos pasar un burdo papel con amenazas por debajo de la puerta de calle 30: “Mariani – Teruggi, Montoneros, Están bien muertos”, firmado de manera ignota, anónima, como si no se supiera quién envió el burdo mensaje, esa mano de obra desocupada y en libertad gracias a los decretos de Obediencia Debida y Punto Final, hoy anulados.

Chicha declara en el juicio que condenó a Etchecolatz en 2006

¿Último paso?

Como se ha difundido con amplitud en todos los medios, Chicha Mariani logró sentar de nuevo frente a los jueces, al represor y ex comisario Miguel Etchecolatz, segundo de Ramón Camps en tiempos de la dictadura. Se lo acusa de haber participado en el asesinato de Diana Esmeralda Teruggi. Paralelamente a este juicio, en otro juzgado federal de nuestra ciudad, el doctor Arnaldo Corazza instruye una causa relacionada al ataque que el 24 de noviembre de 1976 se perpetró a la casa de calle 30. Ya hay dos detenidos: a uno se lo vincula con la muerte de Diana y al otro, a la desaparición de Clara Anahí. En el entrecruzamiento de datos, averiguaciones últimas y la aparición de nuevos testigos, surgieron elementos que acorralan a quienes robaron a Clara Anahí.

Chicha logró contarlo en el juicio a Etchecolatz, en una larga declaración ante los jueces Carlos Rozanski, Horacio Insaurralde y Norberto Lorenzo en donde dio hasta el nombre y el apodo del oficial de policía que se había llevado a Clarita. Estas novedades que habrían surgido en la causa que se instruye en otro juzgado federal, involucran a dos altos jefes policiales en tiempos de la dictadura, hoy retirados. Uno, que cumple detención domiciliaria al tener 74 años, cuenta una larga historia represiva. Se trata de Juan Fiorillo, que se retiró ostentando el más alto cargo en la policía provincial. Como recordó la página web de Clarín del 31 de mayo de 2006, se lo acusó en 1962 de ser uno de los responsables en el caso Felipe Vallese, el primer desaparecido. Así también consta en la investigación realizada en aquellos años por Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde, y que luego publicaran en un libro imperdible, Felipe Vallese, a mediados de esa década. También se lo acusa en la misma nota, de haber integrado la Triple A en 1974 y a partir del 76, haber dirigido en nuestra región, los terroríficos COT (Comandos de Operaciones Tácticas) o grupos de tareas.

Cuando se le recuerda a Chicha el homenaje recibido, cuando subió al estrado llevada del brazo por una compañera debido a sus problemas de visión, sonríe. El público, que colmaba el salón dorado de la Municipalidad en donde se realiza el juicio a Etchecolatz, se puso de pie para aplaudirla. Fue un reconocimiento a su coraje y a su lucha contra la dictadura en los años de fuego. “Eso me dio coraje para hablar tanto”, bromea. Sin embargo, allí contó un dato fundamental: “Yo sé quién tiene a mi nieta o sabe a quién se la entregó: es el comisario CG”. (ella dio el nombre, el apellido y hasta el apodo, pero deben omitirse en la publicación al no estar todavía imputado por la Justicia).

¿Quién es CG? Un policía íntimamente vinculado a Fiorillo en ese tiempo. En la causa que se sigue en el juzgado del doctor Corazza, el otro detenido es el que era chofer de Etchecolatz en épocas de la represión, además de pertenecer a su grupo de confianza. Tanto él como Fiorillo, se declararon “ajenos” a los hechos que se les imputan. (*)

Foto: Gabriela Hernández

A Fiorillo y CG se los relaciona con la desaparición de Clara Anahí Mariani Teruggi a partir de la declaración de un nuevo testigo. Este hombre, que se acercó recién ahora, observó en la tarde el 24 de noviembre de 1976 en la esquina de 51 y 30 cuando un oficial de policía le entregaba a otro colega, que estaba al volante de un móvil de la repartición, un bebé. Cuando notaron que alguien los estaba mirando, lo amenazaron con armas y lo hicieron alejar. Hace un mes, ese hombre reconoció fotográficamente a CG como el oficial corpulento y morocho que recibió a la nena y que partió a toda marcha para tomar calle 31.

Una mujer, vecina del barrio, también se decidió a hablar. Lo hizo ante los jueces confirmando que ella vio cuando un policía sacaba a la nena en brazos y trepaba a un auto para partir velozmente por 30 hacia 51.

Los dos tuvieron el coraje de hablar. ¿Cuántos vieron lo mismo o más y todavía callan? El miedo a la dictadura que impuso un plan de tortura y exterminio de los que resistían y el robo sistemático de bebés, todavía hace sentir su influencia.

¿Cerca del final de la historia?

Como se sabe, esta historia comenzó el 24 de noviembre de 1976 a mediodía, en calle 30 entre 55 y 56, una cuadra de barrio, con veredas arboladas pero angostas, para dar lugar a las zanjas que acompañaban en su tendido a la calle de tierra. Seguramente a la hora de almorzar la cuadra estaba vacía, en silencio, con los sonidos familiares de cada vivienda. En 30 Nº 1134/36, cuatro jóvenes almorzaban. Fue entonces cuando se les advirtió por parlantes que se entregaran y a los pocos minutos, casi sin dar tiempo a acatar la orden, se desencadenó un ataque feroz, desproporcionado, llevado a cabo por más de cien militares y policías contra esa casa.

El lugar donde funcionaba la imprenta clandestina – Foto: Gabriela Hernández

No buscaban un arsenal de guerra, tampoco una “cárcel del pueblo”. El objetivo era localizar una imprenta en donde se editaba “Evita Montonera”, y escribirlo sumerge en la historia de las primeras luchas obreras de fines del siglo XIX, de anarquistas y socialista, cuando se perseguía la difusión de las ideas, a las que la burguesía temía más que a las armas. Pero el tiempo había transcurrido y Montoneros y sus imprentas fueron legales hasta un año antes del ataque. Lo fueron durante el gobierno de Cámpora y el del general Perón, exactamente hasta fines de 1974 cuando, enfrentándose al gobierno de Isabel y a la derecha peronista encaramada en el poder, pasó por propia voluntad a la clandestinidad. Recién en 1975, la pusilánime Presidenta que manejaba López Rega, la declaró ilegal.

Por eso, Montoneros empezó a proteger sus imprentas y a ocultarlas, como en la casa de calle 30. Allí vivía el matrimonio compuesto por el licenciado en Economía Daniel Mariani, con chapa en la puerta de calle que lo acreditaba, y Diana Esmeralda Teruggi. Tenían una hija de tres meses y medio y una pequeña fábrica, en el mismo domicilio, de escabeches de conejo que en realidad, era una cobertura para justificar el movimiento de la casa. A la imprenta se accedía por un sofisticado mecanismo disimulado en un bajo mesada de un galpón trasero.

Foto: Gabriela Hernández

La casa fue arrasada y cargaron en los camiones hasta los pisos y los techos. Todo. Parte de ese botín fue Clara Anahí, que en este agosto cumple 30 años. No lo sabe, pero está en manos de sus captores. Chicha está ansiosa. Aquella primera visita a la Unidad Regional preguntando por la nena y los testimonios actuales, tienen que ver. También importa la reacción de los ex represores que renovaron sus amenazas. “He sufrido tantas, que no me dan miedo” y agrega: “Yo tengo toda mi confianza en el juez Arnaldo Corazza y cómo está llevando el caso. También en la Cámara Oral que juzga a Etchecolatz. Él dirigió, junto a Camps, a las fuerzas que atacaron la casa de la calle 30. Hoy tengo confianza”.

Y lo dice quien ha sufrido muchos desengaños por haberse entusiasmado por casos en los que creyó llegar a Clara Anahí. “En cada uno pensé que llegaría a Clarita. Siempre tuve la esperanza y por eso el golpe fuerte de cada desengaño. Ahora no. Quiero dejar la mente limpia para lo que venga”.

Reconoce que no sabe “si CG tiene a la nena, a quién se la dio. ¿Será alguien tan poderoso al que las autoridades no pueden llegar? Porque llevamos más de 20 años de vida democrática y ningún gobierno pudo localizarla ni a Clarita ni a otros muchos chicos robados. Parece que Clarita estuviera en un lugar que no se puede tocar”.

La ansiedad que siente ahora le hace reconocer que “me siento con 30 años menos. Tengo ese entusiasmo. Hay tantos datos nuevos que manejamos, datos que se comprueban, que me rejuvenecieron. Por eso no temo. El otro día me llamaron por teléfono y pasaron toda una conversación que uno de los chicos que trabaja en la Asociación había mantenido con otra persona. Era intrascendente. Pero me mostraban que nos están espiando y siguiendo”.

Y Chicha concluye con la firmeza que la caracteriza: “Nunca les tuve miedo. En los tiempos de la dictadura, sí sentía desesperación cuando escuchaba en las noches las itakas y los tiros porque sabía que los destinatarios eran siempre nuestros jóvenes… Me han robado todo. No puedo sentir miedo”.

(NdR) Se trata de César Garachico, quien por estos días es juzgado por el secuestro y tormentos aplicados a Patricia Dell’Orto, Ambrosio de Marco, Norberto Rodas, Alejandro Sánchez, Francisco López Muntaner, Guillermo Cano y Jorge Julio López, y por los homicidios agravados de Dell’Orto, De Marco y Rodas. Nunca reveló información sobre Clara Anahí, quien 45 sigue sin conocer su origen.

“Ya nos encontraremos” (*)

“Clara Anahí, mi chiquita, hoy 12 de agosto es tu cumpleaños. Cumples 5 años, mi vida, y yo solo puedo imaginarte”.

“Hace cuatro años y nueve meses, oscuras fuerzas te llevaron. Eras apenas un bebé con batita rosa, con una boca grandota que reía y reía, y unos ojitos espiones que buscaban ansiosos las caras de papá y mamá, para reír al estar llena de amor. ¡Y cómo reías cuando yo te cantaba el arrorró, tan desafinada como siempre! La familia, gozosa, opinaba que demostrabas muy buen oído y gran inteligencia”.

“El espanto, el horror, aquél 24 de noviembre de 1976. Los tiros, la muerte…y desapareciste. Te llevaron solita. Tenías tres meses. El tiempo se detuvo. Nunca más la vida”.

“Te he buscado, mi Anahí, sin descanso. Por sobre el desgarrante dolor de mis muertes, ignorando las armas, las amenazas y las injurias, te busqué un día y otro día y otro, y un mes y muchos meses. Un año y muchos años. Apretando los dientes, quemándome las lágrimas, con rabia y desesperación; estallando el corazón, pensaba en tu primer dientito, en tus primeros pasos. Crecías y yo debía encontrarte ya mismo, enseguida”.

“Fui imaginando tus primeros vestiditos y tus muñecos y el Jardín de Infantes. Y no te puedo encontrar, mi chiquitita: ‘Se ignora tu paradero’”.

“Te compro muñecas, ¿sabes? Las tengo en cajas que ya tuve que cambiar por otras más grandes. Se acumulan muñecas, y no te encuentro. Te busco sin descanso, ¿Qué hicieron con mi bebita, con mi Anahí? ¿Dónde estás? Tengo que apurarme, tengo que encontrarte antes que sigas creciendo lejos de mí, de lo que queda de mi familia. Todo mi tiempo y las energías que me quedan, son para buscarte. Te encontraré un día, pero por Dios, que sea pronto”.

“Te encontraré, Anahí mía, no temas. Tu abuelita te reconocerá porque te lleva en la sangre. Sos la hija de mi hijo muerto”.

“Y sus ojitos, mi amor. ¡Quisiera tanto que no guardes la visión del horror! Que no haya quedado en tu interior el ruido de la metralla, el grito de la muerte de Diana, tu maravillosa madrecita”.

“Dios, si estás ahí, escuchame: diles que me devuelvan a mi nieta. Ayúdame a no odiar, porque no sé si son hombres o hienas los que se la llevaron indefensa, con su pañal y su batita rosa.

“Y a mi Anahí dile, por favor, que su abuelita está aquí, buscándola, arañando puertas herméticas. Que la encontrará un día, que no tenga miedo. Díselo, por favor, para que no asome esa infinita tristeza a sus ojitos cuando esté sola, cuando le roce el recuerdo lejano del despojo”.

“Anahí mía, mi chiquitita, espera un poquito más. Estoy buscándote. Mientras llego, ¿sientes que te abrazo? ¿Oyes no sólo un corazón, sino tres latiendo juntos, bendiciéndote?”.

“Anahí, Anahí mía, Anahí nuestra, confía, ya nos encontraremos. Confía en tu abuelita que se ha convertido en acero para buscarte, pero que volverá a ser nido y tibieza cuando te encuentre, chiquitita mía”.

(*) Esta carta, que fue escrita por Chicha Mariani en 1981 cuando Clara Anahí cumplió cinco años, es lanzada el 12 de agosto de cada año con globos blancos para que llegue a destino.

Chicha (*)

Por Carlos Sahade

Fue un largo suspiro: “Ahhh…. Es tan difícil…”. Parecía aflojar. El Presidente del Tribunal que juzga a Etchecolatz, tan cálido y correcto como siempre, intervino: “Señora de Mariani, ¿desea tomarse un descanso y que reanudemos después de un cuarto intermedio?”. Chicha contestó rápido y con tono reflexivo: “Tantas veces he querido tomarme un descanso y nunca lo he tenido. Puedo seguir”.

Y siguió declarando con la fuerza que acumuló durante estos 30 años y que forjó junto a las Abuelas de Plaza de Mayo: “Éramos sólo doce. Yo era un llanto continuo y las veía a ellas tan serenas que me decía: tengo que ser como ellas”. Y lo es. Y lo fue ante el Tribunal:

Incansable como una Abuela, porque “tengo demasiada información y quiero contarla hoy”.

Tierna como una abuela, cuando orgullosa dijo que “mis hijos” hacían escabeche de conejo “con mi receta”.

Valiente para acusar a los genocidas de “no haber tenido nunca la valentía de decir una verdad”.

Memoriosa e irónica: “Los curas católicos me alejaron de la religión. Fui dieciocho veces al Vaticano y el Papa nunca hizo nada. (…) Creo que Juan Pablo segundo practicó el castellano con nuestra carpeta”.

Precisa para describir el rostro de uno de los represores que la “visitó” en su casa y que recién supo quién era cuando tomó notoriedad por el caso de María Soledad Morales: “La cara de ese hombre no se me olvidó nuca”, dijo en referencia a Luis Abelardo Patti.

Cuando su testimonio no era lineal, cuando sentía que juntaba las cosas y que era confusa, explicó con sabiduría: “En la casa de 30, la sangre de los chicos está mezclada en las paredes… Entonces no puedo separar”.

Valiente: “Yo acuso a Etchecolatz. Lo acuso de la muerte directa de mi nuera, de la desaparición de mi nieta, de lo que ha significado para ella 30 años de estar viviendo en la ignorancia de su identidad y también lo culpo del sufrimiento que he padecido y que ha padecido mi familia durante estos 30 años”.

Ilusionada: “Clara Anahí cumple 30 años el 12 de agosto y tengo una esperanza. No me puedo dar el permiso de morir: tengo que encontrar a mi nieta”.

La vimos tan serena… Aplaudimos fuerte.

(*) Chicha Mariani murió el 20 de agosto de 2018, doce años después de aquella declaración, sin saber donde está su nieta.

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