La familia paraguaya arrasada por la inundación

201304-FliaMendoza2Cristhian David Mendoza Benitez había venido a estudiar. El arroyo Maldonado arrasó con él y sus abuelos Feliciana y Fernando el 2 de abril, y sólo dejó en pie el inodoro y una pesadilla. Hasta Caaguazú, La Pulseada llegó para reconstruir la historia con Reinalda y Hugo, sus papás, que no asimilan lo inexplicable y aún lo sueñan vivo en La Plata, la ciudad donde ellos mismos se conocieron.

Por María Laura D’ Amico y Cristian R. Lora

“Quiero contar algo que me cuenta mi hermano Edgardo. Estando los cuatro arriba del techo llovía mucho y mi papá empieza a temblar del frío. Entonces Cristhian se baja del techo, entra a la pieza con el agua no sé por dónde, y saca una sábana. Sube  otra vez al techo y tapa a mis padres con la sábana. Entonces en un momento Edgardo le pregunta a Cristhian: ‘¿Qué tal te sentís?’, y Cristhian le dice: ‘Tranquilo, tío, estoy bien, no te preocupes que lo estoy agarrando al abuelo con una mano y con la otra, a la abuela. Y en ningún momento los voy a soltar’. Eso me dice mi hermano que Cristhian le dijo. Y dice que al final, la casa se caía y Cristhian no soltaba a los abuelos”.

Así elige Hugo Gilberto Mendoza Garay construir al Cristhian que quiere mantener vivo en su memoria. Porque el Cristhian de carne y hueso, su hijo, el chico delgado de 18 años, callado y respetuoso, al que le gustaba tocar el arpa paraguaya y pelear de vez en cuando a sus hermanas, el que se cambiaba la ropa cuatro veces al día, el que había llegado a La Plata para estudiar en la universidad, está enterrado en el cementerio de Caaguazú, el lugar donde nació, en Paraguay.

En la pequeña casilla de 6 y 92, en Villa Elvira, la más cercana al Maldonado, Cristhian David Mendoza Benítez vivía junto a su hermano Gabriel y sus abuelos, Fernando Mendoza y Feliciana Garay Ruiz. Había llegado a La Plata en enero para visitar a Gabriel, que está en cuarto año de Arquitectura en la Universidad Nacional. “Desde el primer día que llega se ve que se enamoró, le gustó La Plata y decidió instalarse para seguir su facultad –cuenta ahora Hugo, ahora de nuevo en Paraguay tras un viaje a La Plata para lo peor: sepultar a sus padres y llevarse el cadáver de su hijo a su país—. Me llama y dice si le podía mandar el título legalizado para seguir la Facultad, ya que tenía posibilidades de inscribirse. Había prórroga para los extranjeros, para completar los documentos, entonces quiso aprovechar y nos pusimos en campaña”.

Cristhian, ahora enterrado culpa de una lluvia, quería estudiar Administración de Empresas.  Desde el primer momento Hugo lo apoyó. Viajó cuatro veces a Asunción para certificar el título y enviarle todos los papeles necesarios para inscribirse en la UNLP.

—A mí me pareció bien porque yo viví 15 años en La Plata, aprendí mi oficio ahí, conozco, prácticamente me crié ahí. Yo lo apoyé, por eso le mandé los documentos —afirma Hugo.

—Pero yo me opuse. No quise que se vaya –completa Reinalda, la mamá de Cristhian, con palabras que salen sin fuerza—. Le dije ‘¿para qué?’. Porque él ya se había inscripto acá en la Facultad. Hizo su preinscripción. Demasiado se quería ir. Demasiado le gustó. Y hasta el domingo que  hablé con él le dije: ‘¿Por qué no venís, hijo, nomás, otra vez? Demasiado te extraño’. ‘No, mamá, yo estoy bien’, me dijo. —La mirada de Reinalda es lejana; parece clavada en algún recuerdo.

Entre Villa Elvira y Caaguazú

La noche del 2 de abril, el día de la peor inundación que se recuerda en la ciudad de La Plata, Gabriel, el hermano de Cristhian, estaba en el centro. Y Cristhian había ido a  la casa de unos tíos, a unas 15 cuadras, donde pensaba pasar la noche. Pero recibió un llamado de sus abuelos para invitarlo a jugar a las barajas y decidió volver.

Cuando la casilla se empezó a inundar, Cristhian le mandó un mensaje a Gabriel, que estaba en el centro jugando a la Play, para pedirle que fuera: tenían el agua a la cintura. Gabriel se apuró en llegar a Villa Elvira y logró llegar hasta 6 y 92 sin que se le parara el auto. Como ya no pudo seguir, se zambulló en dirección a la casilla, pero sólo encontró más agua. Cerca de las 9 de la noche, desesperado, lo llamó a Paraguay a su papá, Hugo. Esa fue la primera de las cinco llamadas que mantuvieron en el transcurso de esa noche.

“Gabriel me contó lo que estaba pasando. Y yo desde acá le decía que no intente meterse porque conozco el lugar.  Sé que hay un canal de desagüe, entonces desde acá le pedía por favor que no intente, que espere a los bomberos, a los rescatistas y él insistía. Él llorando me contaba que estaba muy cerca y quería ir a salvarlos”, recuerda ahora Hugo en su ciudad.

Caaguazú tiene 120 mil habitantes, está ubicada 180 kilómetros al sur de Asunción, a mitad de camino en dirección a Ciudad del Este. Se la conoce como la “capital de la madera” y a la vera de la ruta se pueden ver camas, mesas, sillas, bibliotecas y demás muebles que se producen en la zona y se ofrecen como en una gran feria permanente al aire libre. También hay un sector industrial, fábricas de aceites, de caña dulce y de alcohol. Aunque hay dos universidades públicas, estudiar allí es costoso y la mayoría de los jóvenes abandonan los estudios para dedicarse a un oficio.

Edgardo, el hermano de Hugo, vive hace años en La Plata y “por definirlo de alguna manera —dice Hugo—  es el que se salvó”. Y es el que les contó cómo ocurrieron los hechos.

“El agua venía muy rápido. Mi papá era discapacitado, andaba en muletas y mientras le ponían la media y el calzado ya le iba subiendo a la rodilla —continúa Hugo—. Ellos tenían una escalera de madera y se suben arriba del techo los cuatro. En ese ínterin vienen dos policías atados con soga a la cintura y rescatan creo que a dos o tres niños del vecino. Entonces mi hermano les dice a los policías que tenía un abuelo discapacitado y los policías le dicen que van a llevar a los chicos al resguardo y vuelven a llevar al abuelo. ‘No te preocupes que volvemos’, le dijeron. Pero nunca más volvieron esos agentes policiales. Entiendo que por la cantidad de agua que subió tampoco ellos pudieron regresar. No es que no quisieron”, aclara Hugo.

Estuvieron arriba del techo alrededor de media hora. “Tengo entendido que vino un tronco grande, golpeó la casilla con mucha fuerza y rompió toda la pared, que era de madera. La casa se debilita y se cae. La correntada se lleva a la casa —relata Hugo, detalle a detalle—. Edgardo cae hacia la calle, donde aparentemente la correntada era menor. Cristhian, papá y mamá caen hacia atrás, donde había más correntada porque estaba más cerca del canal”.

– ¿Y ahí no los pudieron ayudar?

—No porque no había nadie, no había soga, no había rescatistas. Y el agua se los lleva. Pero la vecina le grita a mi hermano Edgardo que se ataje con un alambre tejido que era la divisoria del terreno. Y no sé si es suerte o qué, pero mi hermano se sujeta y las vecinas lo rescatan, inclusive corriendo el riesgo de caerse al agua.

Al otro día, a las 7 de la mañana Gabriel lo llama a su padre con la peor noticia. Con la ayuda de unos vecinos, había encontrado el cuerpo de su hermano, ahogado.

Al rato encontraron a Fernando. Y cerca del mediodía, a Feliciana. El cuerpo de la mujer estaba a unos 200 metros de la casilla. Lo había arrastrado el agua.

A Edgardo lo rescatan con un bote inflable. “No sé si eran los Bomberos o la Policía” dice Hugo. Y lo llevan adonde estaba Gabriel, que “se encuentra con el tío, se abrazan, y mi hermano le cuenta que a papá, mamá y Cristhian se los llevó el agua”. Eso fue lo que le contaron a Hugo.

“Es como que Dios dice “Cristhian sí, Gabriel no; tu papá sí, tu hermano Edgardo no; tu mamá si…  —analiza Hugo—. Se pudo ir toda una familia. Dios eligió a Cristhian, papá y mamá, y también eligió para quedarse acá en la tierra a Gabriel y Edgardo. Esa es la explicación que yo puedo dar en este momento. Otra explicación no sé”.

“En ningún momento se me cruzó de que iba a tener este final que tuvo. Yo me imaginé que se fueron a la casa de algún vecino a refugiarse. Pero la historia fue otra”, dice Hugo. Y por primera vez su voz pierde firmeza.

“Es como que Cristhian está en La Plata”

A la 1 de la tarde del miércoles 3 de abril, Hugo se tuvo que subir a un colectivo de la empresa Nuestra Señora de Asunción, con destino a Retiro. Días antes, había pensado venir a La Plata a visitar a sus familiares, aprovechando los feriados de Semana Santa. Por cuestiones económicas, al final suspendió el viaje. “De repente hubiera preferido estar ahí. Tratar de salvarnos todos o irnos todos. Al cambiar algo en un segundo ya es otra cosa. Queda ahí la duda”. La incertidumbre es un signo de pregunta filoso que lo sigue lastimando.

Reinalda se quedó en Caaguazú con las hermanas de Cristhian: Mercedes y Patricia, dos adolescentes de 14 y 16 años que recién a ocho días de la tragedia pudieron regresar a la escuela. Y se encargó de ir a la Municipalidad y a la Gobernación a hacer los trámites de la repatriación del cuerpo.

El  micro que llevaba a Hugo llegó a Retiro el jueves al mediodía. Ante la urgencia, una prima que vive en Buenos Aires había conseguido un auto para llevarlo a La Plata. Primero fueron a la Fiscalía, por la autorización de llevar el cuerpo a Paraguay.

Como contó este medio en la nota Un registro a la Bonaerense, Cristhian, Feliciana y Fernando siempre estuvieron entre los 51/52 cadáveres “oficiales” pero retratan los peores hábitos de la burocracia policial. Por ejemplo, Hugo afirma que en el trámite “han hecho mal el nombre, porque Cristhian es ‘th’ y lo pusieron sin la h. En el documento de defunción le ponen a Cristhian mi número de documento que no correspondía, y errores no sé si voluntariamente o no pero son cosas que pasaron —señala—. Yo creo que los funcionarios mismos estaban shockeados. Nadie estaba normal creo, porque lo que pasó es algo muy impresionante. No le estoy culpando a los funcionarios pero en honor a la verdad esas cosas pasaron.

Fernando y Feliciana, los padres de Hugo, fueron velados en la funeraria de 72 entre 13 y 14 y sepultados en el cementerio municipal de La Plata. Así lo habían decidido los 8 hermanos que Fernando tiene en la capital bonaerense. En el caso de Cristhian, la funeraria Costa, de San Justo, en el Conurbano, les facilitó una ambulancia para el traslado del cuerpo a Caaguazú. Se resolvió sin demoras y Hugo está muy agradecido: “Los controles de Gendarmería nos dieron paso. En ningún momento hubo un control muy exigente ni burocrático, prácticamente nos abrían todos los controles para que viniéramos rápido desde San Justo hasta Clorinda”, el último punto antes de cruzar la frontera argentino-paraguaya.

Hugo volvió a Caaguazú el domingo siguiente al temporal con el cuerpo de su hijo. Un día antes del encuentro con La Pulseada en Caaguazú, había terminado el novenario, un rezo al santo rosario que se extiende por nueve días.

Yo todavía no estoy creyendo, estoy esperando que me llame mi hijo, porque siempre me llama. Todavía no estoy asimilando bien —dice Reinalda.

—La mente de ella, el subconsciente y también yo mismo, es como que Cristhian está en  La Pata. Nosotros trajimos a Cristhian, está en el cementerio de Caaguazú. Pero algo nos dice que Cristhian está ahí, que si nosotros vamos a La Plata lo vamos a encontrar. Esa es la idea que se nos mete en la cabeza, que no es la realidad pero es lo que nosotros sentimos en este momento —intenta explicar Hugo.

La historia completa, bajo el Hovenia

La casa donde viven Hugo, Reinalda, Mercedes y Patricia está a unas 15 cuadras de la terminal de Caaguazú.  La calle es de esa tierra roja y finita que abunda en Paraguay. Pasando un cerco de  madera, rodeada de un enorme patio de tierra, se levanta la casa de material, construida hace unos años por el gobierno, que todavía están pagando. La puerta está abierta. Desde el patio se ve colgado un plotter con la foto de Cristhian que los compañeros del colegio mandaron a imprimir cuando se enteraron de la peor noticia. La foto está arriba de un sillón. El sillón es el único mueble de la sala.

Afuera, a la sombra de un  árbol Hovenia que los protege del sol del mediodía, Hugo cuenta que con Reinalda se conocieron en La Plata. Por entonces, él había hecho un curso de plomero y trabajaba en la ciudad, y ella había ido a visitar a un familiar por unos días pero terminó por quedarse ocho meses.

—Cristhian nace en Caaguazú pero viene en la panza de su mamá a Caaguazú —se apura a decir Hugo.

—Siempre le decía a su papá que él era de La Plata —agrega Reinalda.

La historia de la familia Mendoza está atravesada por migraciones tan constantes como inciertas. Después del almuerzo, Hugo cuenta que, antes de “lo que pasó”, venían pensando en mudarse el matrimonio y las niñas a La Plata, para estar cerca de sus familiares.

Por ahora, el proyecto de instalarse en la ciudad quedó suspendido.  “Con todo lo que nos pasó, querríamos darnos más tiempo. Ahora estamos todavía muy doloridos por lo de Cristhian, por lo de papá y mamá. No sé, uno no sabe el futuro, a dónde va a ir, pero habíamos planificado instalarnos en La Plata. No sé. Tendríamos que hablar con mi señora, con las nenas… En otro momento, más tranquilos. Todavía estamos muy afectados” dice Hugo.

El día anterior se fueron los últimos parientes que habían ido a visitarlos. A hacerles compañía. Los amigos de Cristhian que los estuvieron acompañando y recordando anécdotas vividas también se fueron a descansar. “Hoy ya quedamos solos otra vez los que habitamos esta casa —le dice Hugo a La Pulseada, y agrega—: Uno se siente un poco vacío. Hay que volver a la normalidad, pero esto no es fácil. Creo que, con respeto a todas las creencias, pero Dios se lleva siempre a los más buenos. Eso a veces me reconforta”.

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