El hombre del mandato

115-BasterraVictor Basterra sobrevivió a la última dictadura gracias a su oficio de trabajador gráfico. Secuestrado en la ESMA, los militares lo obligaron a imprimir documentos falsos. “Negro, si zafás de ésta, que no se la lleven de arriba”, le dijo un compañero de militancia y cautiverio. Y Víctor cumplió.

Por María Laura D’Amico

Para encontrar a Víctor Melchor Basterra hay que dejarle una nota en su cuenta de Facebook, un mensaje de voz en su celular y varios más a la secretaria que atiende en su lugar de trabajo. Tres semanas después, cuando ya parece imposible realizar la entrevista, una voz firme llama de un número desconocido: “Hola, soy Víctor Basterra. ¿Quién habla?”.

“De aquellos años me quedó eso: no puedo proyectar —dirá días más tarde, sentado a una mesa de un antiguo bar platense, mientras vuelca el cuarto sobre de azúcar sobre un cortado—. Yo sé que hoy estoy acá hablando con vos, que mañana voy a dar una charla en Lanús y después no sé nada más”. Pero sabe. De aquellos años en los que estuvo secuestrado en el marco de la más sangrienta dictadura cívico militar, a Víctor le quedan también una pila de recuerdos, dos infartos y un mandato.

Los golpes de Víctor

Su infancia dibuja un cuadro repetido en la Argentina de mediados del siglo XX. Fue el tercer hijo de una familia humilde del conurbano bonaerense. Su padre murió cuando él aún no caminaba y su madre era empleada doméstica de jornada completa. Lejos de sus hermanos, vivió en la casa de unos tíos y luego en un colegio pupilo donde ubica su primer acto de rebeldía. Ocurrió en una clase, cuando tenía diez años: “‘¡Muera Cristo Rey!’, grité, y cerré los ojos esperando el rayo que me iba a partir”, recrea. Recibió la cachetada de una monja que ahora recuerda con humor.

Era creyente. “Un día empecé a entrar en contradicciones y cuando hacía preguntas las mojas me pegaban. Entonces comencé a perder el respeto por ellas… y a perder la fe. Además yo leía mucho y tenía unos tíos peronistas. En aquel momento la Iglesia se puso en contra del peronismo y profundicé mi contradicción”.

A los catorce años consiguió un empleo como obrero gráfico. Fue en 1959, el mismo año en que los trabajadores tomaron el frigorífico Lisandro de la Torre de Mataderos para evitar su traspaso a la Corporación Argentina de Productores de Carne. Este bastión de la resistencia peronista encontró a Víctor haciendo frente a la represión de las Fuerzas Armadas en plena General Paz, contra una privatización que dejó a cinco mil obreros en la calle.

“La adversidad te golpea. La adversidad de esa naturaleza: injusta, mediocre, prepotente, intolerante. El tipo que es racista a mí me golpea, el que es machista, me golpea. Y algo tengo que hacer. Aunque no se lo diga en la cara, algo le voy a hacer”. Su reflexión deja al descubierto lo que podría ser la esencia de su personalidad, si es que la personalidad de un hombre se pudiera definir por un solo rasgo.

El cautiverio

Veinte años después, Víctor conservaba su oficio de obrero gráfico pero varios aspectos de su vida habían cambiado notablemente. Vivía en una casa de Valentín Alsina, partido de Lanús, militaba en la organización Peronismo de Base y estaba en pareja con la docente Laura Seoane. Además, hacía dos meses y diez días era padre de María Eva.

El 10 de agosto de 1979 oyó ladrar al perro y salió al patio. Cuatro hombres armados llegaban por los techos de una casa vecina. Recién operado de una hernia inguinal, se dejó esposar sin resistencia. También la esposaron a Laura y junto a la beba fueron trasladados a la Escuela de Mecánica de la Armada.

La ESMA fue el mayor centro clandestino de detención de los 500 que funcionaron durante la última dictadura. Está ubicada sobre la avenida del Libertador, en una de las zonas más refinadas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Allí tuvieron lugar las torturas más atroces: picana, golpes, submarinos, interrogatorios, violaciones, trabajo esclavo. En los cuatro años en los que estuvo secuestrado, Víctor las conoció a casi todas.

Carlos Lordkipanidse, “El Sueco”, estaba detenido en la ESMA desde noviembre de 1978 y se acuerda del día en que vio llegar a Víctor (La Pulseada 111). Cuenta que los militares dejaron a María Eva al cuidado de una compañera mientras lo picaneaban y que, como Víctor “no cantaba”, quisieron también torturar a la nena. “Eso hacían estos hijos de puta, torturar a los chicos”, subraya el Sueco.

Durante un año y medio, El Sueco y Víctor trabajaron juntos como mano de obra esclava para el “grupo de tareas” de la ESMA había montado en el sótano del Casino de Oficiales. Falsificaron cientos de pasaportes, DNIs, registros de conducir y todo tipo de documentación, por orden de los militares. El oficio gráfico, haber trabajado en Ciccone Calcográfica y tener conocimientos en valores bancarios se convirtieron en el pasaporte personal de renovación diaria que les permitió conservar la vida.

El Sueco hoy siente que esas circunstancias los hermanaron para siempre. Cuenta que en una oportunidad el capitán Astrada les pidió que hicieran 10.000 copias falsas del nuevo pasaporte argentino: “Era evidente que se trataba de un negocio particular del tipo. Una a una fuimos con Víctor ‘destrabando’ las medidas de seguridad. Pero convinimos en meterle una trampa que consistía en agregarles a las tintas un producto químico de acción retardada: el pasaporte recién impreso se veía idéntico al original pero con el tiempo se degradaría y tornaría inútil. Fue una pequeña venganza. Nos dimos el gusto de hacer algo en conjunto, hermanados y a sabiendas del riesgo que corríamos”.

Antes de pasar al sótano Víctor había estado secuestrado en otro sector, conocido como Capucha. Era lo más parecido al infierno. Allí los presos estaban obligados a permanecer con la cabeza cubierta con una tela, acostados uno al lado del otro, engrillados y en silencio. En una ocasión, un guardia va a buscar a Víctor al sótano. “Tus compañeros te quieren ver”, le dice, y clandestinamente lo lleva a Capucha. En ese encuentro fugaz, “el Gordo” Ramón Arditi, anticipando su fatal desenlace, pronuncia las palabras que Víctor convertiría en mandato: “Negro, si zafás de ésta, que no se la lleven de arriba”.

Las fotos

“Yo nunca le doy la espalda a la puerta”, dice Víctor y mira de reojo a la entrada del bar hacia su derecha. Revuelve el café, echa un vistazo al partido de fútbol que pasa el televisor y responde a una pregunta. Es fácil imaginar a Víctor, su metro sesenta y sus manos pequeñas en actitud sigilosa, escondiendo las fotografías de los represores entre la piel y la ropa. Allí, el instante decisivo. El cuerpo tembloroso, el corazón bombeando agalopadamente, la voz firme, el deseo de justicia. El mandato.

—¿Cómo se te ocurre sacar las fotos de los represores?

—No hay un hecho, hay una sucesión de elementos que cuando convergen pueden llegar a producir algo. Estaba la bronca que yo les tenía a los tipos. Y había un mandato. Tampoco yo sabía qué iba a hacer. Ahí adentro vos no sabés lo que va a pasar en una hora.

En la ESMA, Víctor tomó un negativo cualquiera de una bolsa que iban a tirar. Lo miró a contraluz y se encontró con su propio rostro. Dedujo que allí también debían estar las fotos de otros compañeros detenidos. Y fue guardando los negativos en una caja que llevaba el rótulo “papel fotosensible”, para evitar que los represores la abrieran.

Además, para falsificar los documentos de los militares Víctor les debía tomar una foto que luego revelaba y entregaba, junto con el negativo y el documento apócrifo. Pero antes se quedaba con una copia. Arriesgó su vida, pero guardó la foto de todos y cuando estuvo en libertad las presentó ante la Justicia.

Las salidas

En 1980, Víctor empezó a tener salidas transitorias; con estricto control, le permitían ver por unas horas a su esposa y a su hija que habían sido liberadas al poco tiempo de su detención. La primera salida fue el 1º de enero de 1980. La fecha es recordada por la familia por ser el día en que Víctor y Laura concibieron a su segunda hija: Soledad.

Mientras hace girar en sus manos un mate amargo, Soledad dice que tiene mala memoria y cierta timidez que la diferencian de su padre. Por lo demás, heredó sus labios gruesos, la talla, el sentido del humor y el interés por las artes plásticas. Sus primeros recuerdos de la infancia son sin su papá, que todavía estaba secuestrado. Y afirma que lleva su nombre como una cruz que sintetiza la sensación de esos años.

“Tengo ciertos flashes de estar compartiendo una tarde con mi viejo, cazando ranitas en la zanja, porque era un barrio humilde. Mi vieja nos decía que él laburaba de viajante. Calculo que había que construir algo, por si nos preguntaban en la escuela o en el jardín”. Recuerda que “se lograba vivir en un clima normal, entre comillas, tranquilo, pero con el tiempo fuimos tomando dimensión de lo que pasaba”.

Criarse con un padre secuestrado dejó como marca una infancia con grandes ausencias pero también con un agregado que Soledad conserva en la actualidad: “Aprendimos de chicas a ser perceptibles de lo que ocurría. Un chico juega y no sabe lo que pasa en la tele o en la calle; está en su mundo. Nosotros teníamos esa cuestión de tener una mirada más amplia de la realidad”.

Su padre seguía detenido en la ESMA pero aprovechó sus salidas para esconder en el placard de su casa de Valentín Alsina una bolsa de plástico negro con todas las fotos que milagrosamente se salvaron de una de las frecuentes requisas que los militares realizaban. De allí pasaron a la casa de su hermana, luego a manos de un compañero, hasta que recuperó la libertad definitivamente.

Basterra presentó las fotos ante el Centro de Estudios Legales y Sociales, y luego ante la Justicia. En marzo de 1984 declaró ante la Conadep y tres meses después volvió a hacerlo en el juzgado Nº30. El 22 de julio de 1985 dio testimonio durante casi seis horas en el juicio a las Juntas. De ahí en más siguió un camino de declaraciones y denuncias que continúa hasta hoy.

En todos los casos las fotos sirvieron como material probatorio para identificar con nombre y apellido a más de sesenta represores y a algunos detenidos que pasaron por la ESMA. Gracias a esa identificación, muchos de los genocidas fueron condenados en los juicios que comenzaron en 2005 contra los responsables de los crímenes de lesa humanidad.

El “resistente”

Con la vuelta a la democracia, lo más difícil para Víctor fue conseguir un empleo, porque figuraba en las listas negras de la dictadura. Fueron años duros. Trabajó como pintor, en una fábrica de alfombras y en un frigorífico. Después con un compañero puso una casa de fotografía en La Plata que se llamó Los Huarpes y cerró diez años más tarde. Desde 2002 trabaja vinculado a organismos de derechos humanos de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y desde 2004 es asesor en el Instituto Espacio para la Memoria.

Separado de Laura, hace quince años tuvo su primer hijo varón, Aritz Víctor. Está en pareja y vive solo en una modesta casa del barrio de Tolosa, rodeado de libros y objetos apilados con desprolijidad. Allí pasa largas horas donde, asegura, piensa mucho en las personas que ama. “Soy un solitario. No soy un tipo jodido. Tengo buena relación con casi todo el mundo, menos con mis enemigos”, afirma y se ríe con risa de niño.

En la cocina, un almanaque cuelga de un clavo en la pared y una radio carraspea mientras se calienta el agua para un mate amargo. En la habitación descansa una guitarra enfundada que Víctor no toca hace años, casi tantos como los que hace que no saca fotos, no se toma vacaciones o no se hace un chequeo médico. “Estoy absorbido por esto”, dice, y señala algunos libros, folletos y las fotos.

“Es un inhallable —asegura Helen—. Pienso que es una manera con la cual él se protege. Es de esas personas que son valientes aún sabiendo que tienen que superar el miedo para ser valientes, no mágicamente valientes como un héroe de película”.

“Siempre sostuve que Víctor es un ‘resistente’ —agrega el Sueco—. Nunca le va a faltar la sonrisa en el rostro. Así suele enfrentar al más doloroso de los momentos, desde el orgullo de no mostrarse vencido ni aún vencido”.

Para Soledad, la dificultad de encontrarse con Víctor se traduce en momentos de ausencia. “Es una consecuencia de la dictadura, de todo lo que ha pasado. No poder proyectarse más allá de ese mandato que él necesita llevar a cabo así. A veces pienso que el costo es que se está perdiendo la posibilidad de relajarse un poco y compartir otras cosas. Pero a veces lo logra. O a lo mejor él no quiere eso y también es respetable”.

 

La historia contada

Sobre la historia de Víctor, las hermanas belgas Cécile y Alice Verstraeten filmaron en 2009 el documental titulado con su nombre, del que participan él, Laura, María Eva y Soledad. A Víctor le gustó el resultado, “excepto por algunas escenas en las que no sabía que estaban filmando”, se excusa, y uno supone que se refiere a cuando les muestra a las realizadoras la nueve milímetros que guarda entre sus pertenencias.

También en 2009, la fotógrafa Helen Zout publicó el libro Desapariciones, que reúne en imágenes historias y símbolos de los años de la dictadura. Helen fotografió varias veces a Víctor en su casa, y de esos encuentros nació una amistad y una foto que quedó seleccionada para el libro. La imagen se compone de un plano corto que recorta su rostro entre las cejas y la boca. La cabeza está apenas inclinada hacia la derecha. Los ojos, sin los lentes que habitualmente lo acompañan, miran desde algún lugar lejano. La mirada se proyecta directo hacia quien lo observa, en una expresión de dolor. El ceño está fruncido y un surco le une la nariz y la boca. El blanco y negro de la imagen enfatiza el dramatismo de los ojos.

Canal Encuentro ha puesto en el aire un reportaje que le realizaron en el marco de un ciclo de entrevistas llamado “Somos memoria”, donde Víctor reitera gran parte del testimonio que brindó a la Justicia. El programa se puede ver en la página www.encuentro.gov.ar.

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