“El teatro cambia el cuerpo, hace sentir y pensar”

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Son alrededor de 20 adolescentes, liderados por la profe Alejandra y aman el teatro. Hace tres años crearon el grupo Teatreros de la Villa, con el que ya representaron obras en escuelas, teatros y hasta viajaron a Chapadmalal. Aquí, los protagonistas cuentan cómo es divertirse, reflexionar y transmitir una identidad desde el encanto del escenario.

Por Juan Manuel Mannarino

Es sábado en el Parque Alberdi, una tarde de sol y viento. Una mujer y un par de chicos, sentados al lado de una calesita. Nadie de los que pasa por allí, ni los abuelos que se preparan para jugar un tejo ni las parejas que caminan paseando sus perros, imaginan que son del grupo Teatreros de la Villa. Alejandra, la profe, Marcelo, Julieta y Pedro, los actores, representantes de un colectivo de casi veinte adolescentes de entre 14 y 18 años de la zona del Estadio ciudad de La Plata.

Los sábados es día de ensayo. A esa misma hora, en una sala de teatro, bailan, caminan, prueban tonos de las palabras y se visten de Romeo y Julieta. Ahora, a punto de ser entrevistados, se los nota sorprendidos, como si estuvieran desorientados entre la marea de gente que inunda el parque.

Alejandra Giribaldi, la profe, desvía la mirada. Su hijo, inquieto, parece una liebre suelta. El resto se sienta en ronda y la mira. Alejandra, entonces, habla. “Todo comenzó cuando era preceptora de la secundaria Nº 11, que está en 25 y 527, atrás del Estadio Único. A los pibes los conocía de mucho antes, porque fui maestra. Como también soy profe de teatro, siempre estaba con ganas de armar algo y entonces surgió la necesidad de hacer una obra para un acto del 25 de mayo. Así empezamos, en el 2008, con la autorización de la directora Cristina Mancini y de otros profes. La dinámica era itinerante: entraba y sacaba a los pibes de las aulas. Fue emocionante. Se engancharon enseguida, tenían el libreto en mano como si fuera algo importante”, dice.

Al año siguiente, la idea prendió fuerte: se armó un taller de teatro a contra-turno, con un horizonte fijo: un viaje a fin de año a Chapadmalal. “Necesitábamos crear el enganche del viaje. En abril, que es cuando el Programa Jóvenes y Memoria (de la Comisión Provincial por la Memoria) abre la inscripción, nos anotamos para hacer una obra sobre la exclusión. Éramos un grupo de 20 personas, mitad varones, mitad mujeres. Lo increíble es que, sin tener experiencia, los chicos se tomaban muy en serio la disciplina de los ensayos, venían a horario y ponían el cuerpo con mucha determinación”, explica y comenta, sin sacar nunca los ojos sobre los movimientos del hijo, que trabajaron la obra desde la creación colectiva: algunos escribían, otros dirigían y todos actuaban. Fue un año de ensayo en el “laboratorio teatral” de la escuela, donde se juntaban dos veces por semana, aunque asegura que de haber sido por los pibes, dejaban de estudiar y se la pasaban ensayando.

Así se armó la primera obra. Se llamó “Nosotros, los excluidos”, inspirada en un texto de Eduardo Galeano. Los chicos hicieron de sí mismos o de otros cercanos: relataron breves historias de cómo es vivir a las orillas del arroyo El Gato. “Hubo una etapa de investigación, donde ellos convertían en escena lo que les pasa en sus barrios: que son discriminados por ser cumbieros, que la policía los para a cada rato por portación de cara… Fue un proceso buenísimo, porque mediante la expresión creativa formaron una especie de álbum de la vida cotidiana en la villa. Había una escena que era sobre la canchita de fútbol, otra sobre un pibe que se enamora de una chica y pusimos una pantalla de fondo donde mostrábamos fotos de ellos. En Chapadmalal nos aplaudieron de pie. Los pibes no se lo van a olvidar jamás”, comenta Alejandra.

Marcelo interrumpe. “Cuando empezó esto del teatro, no me gustaba ni medio. Ni estudiar ni hacer teatro. Pero fueron pasando los días y me empezó a gustar. Sentía que estábamos mostrando la realidad. Me divertía”, confiesa. Marcelo es morocho, flaco, el pelo corto, con flequillo marrón, y tiene los ojos grandes, negros.

En 2009, el grupo explotó. Se duplicaron los ensayos, las obras y las presentaciones. Hicieron “RA Emergencia”, una obra sobre el 25 de mayo, donde representaron a celebridades de la talla de Cisneros, Castelli y Belgrano mezclados con personajes de la villa, como el pibe chorro, una enfermera y un personaje llamado Argentina. Luego fue el turno de “Margarita Rojas”, una adaptación de Caperucita Roja construida en base a improvisaciones y presentada en el cumpleaños de City Bell, al aire libre. La charla se amplía. Pedro, también flaco y de mirada tierna, toma la palabra. Agrega: “A la obra la practicamos una o dos veces nomás; estaba bastante improvisada. Confiamos en que iba a salir bien. Salió joya y en la función aparecieron cosas que no estaban previstas”. Los cuatro actores pasaron la gorra. Se llevaron 40 pesos cada uno. Este año la cooperadora de un colegio les pagó por hacer una función el Día del Niño. Marcelo se ríe. Cuenta que hizo del papá de caperucita. Un papá moderno: amo de casa, desempleado, atento a las cuestiones del hogar.

Alejandra recuerda que ensayaban en febrero, en la cocina de una casa con más de 30 grados de calor. “Así armamos otra obra que se llamó ‘El terrible exterminador’, una comedia que trataba sobre unas cucarachas. Marce venía con el libreto en la mano. Lo paraba la policía en la calle. Y él le contestaba: voy a teatro”.

Marcelo silba. A unos metros, pasan un par de chicas.

-Andá a buscarlas, Marce -dice Alejandra.

-No.

-Dale, deciles que estamos acá.

-…. (vuelve a silbar)

-¡Dale, Marce, sos terrible!

-Dejalas ahí.

Los maestros de la improvisación

Ya tienen una intensa trayectoria. Hay un camino por seguir. Los Teatreros de la Villa actuaron, entre otros espacios, en el Pasillo de las Artes, en la sala de Suteba, en la casa de cultura de City Bell y en Chispita de la Obra de Cajade. Las repercusiones fueron distintas: en algunos casos, el público aplaudió de pie; en otros, murmuró en medio de la función. “Siento que la gente se conmovió, pero yo sentía que por momentos les costaba meterse en la temática, por ahí molestábamos un poco, sobre todo en City Bell. Primero los observaban… Creo que un poco se sorprendían que pibes villeros pudieran actuar tan bien una obra. Como que el arte a veces parece estar reservado a las clases acomodadas y resulta extraño ver a un par de morochitos haciendo de Belgrano y Cisneros”, cuenta Alejandra.

De repente, alguien se acuerda de un pibe que no pudo seguir por problemas personales. Cuentan que se está recuperando. Hay un silencio incómodo. “Cuida coches en el Estado Único”, dice Pedro, como queriendo pasar a otro tema.

En 2010, los Teatreros hicieron “Humanos vs Nadies”, una obra que unió un relato de Galeano con el desalojo de Gorina. Se hizo una puesta en escena basada en algunas de las más de cincuentas familias que resistieron la orden del juez César Melazo ese mismo año. Fue un éxito: eran 19 actores en escena. Pero poco tiempo después, el grupo sufrió la separación del edificio del colegio. La Escuela 11 se dividió en tres anexos. “Antes era todo más fácil, porque teníamos un lugar fijo en el colegio. Las autoridades cambiaron y el teatro ya no les interesa demasiado. Hay cosas más urgentes para la escuela como el contralor y cosas burocráticas. Aparte ya no estoy como preceptora sino como secretaria, y si me reúno con ellos me interrumpen. Estamos tratando de volver a la escuela. Actualmente, hay un proyecto para hacer una obra que recupere la historia los pibes que nadie quiere y que la sociedad desprecia”, explica Alejandra. Algo la detiene.

-Che, no me lo pierdas de vista- le dice Alejandra a Julieta. El hijo se escurre entre los árboles.

Sigue. Dice que por ahora se juntan los sábados a la tarde en El Fondo Espacio Teatral, en 10 entre 63 y 64, un lugar que inauguró Alejandra hace poco. “Nos queda buscar un lugar en el barrio de la escuela. Es difícil. Hay padres que no los dejan ir a El Fondo. Pero es lo que tenemos por ahora. Y se nos va mucha plata en los viáticos: en las tarjetas de los micros, en la merienda”, explica.

Están preparando Romeo y Julieta. “Son unos maestros improvisando”, se deleita Alejandra, y afirma que sus chicos, seguro, van a hacer una adaptación novedosa.

“Margarita Rojas la hicimos en varias escuelas. Nunca me aburro de verla. Son unas porquerías. Me encanta verlos”, comenta la profe, y Pedro, que se cierra la campera deportiva por el viento, agrega: “Hay que decir la verdad: a las obras le metemos mucha improvisación porque sino nos aburrimos. Le cambiamos una frase en el guión o algunos movimientos. Nos comportamos de otra forma, total la gente que viene a vernos no se da cuenta pero a nosotros nos causa más emoción”.

Mientras Pedro habla, Alejandra y Marcelo siguen discutiendo sobre las chicas.

-¡Marcelo, levantate! Andá a buscarlas, dale.

-Ahí me vieron.

-No, no te vieron. No te cuesta nada ir. Están perdidas.

-Ya vienen.

Y así, un largo rato.

Alejandra comenta que el grupo ganó un subsidio para financiarse la producción de los espectáculos y….

A esta altura, ya es un juego. Marcelo vuelve a incomodar. Le dice al hijo de ella que las vaya a buscar. Alejandra se enoja.

-Marcelo, él no sabe quiénes son. No seas…

-Ya le expliqué, son las chicas del árbol. Las conoce.

Y así, otro rato. Las chicas se acercan. Alejandra continúa: “Ganamos el concurso Nuestro Lugar con el proyecto ‘La riqueza está en la diferencia’, que pertenece al Ministerio de Desarrollo Social y a la Secretaria de Niñez, Adolescencia y Familia. Cobramos un importante premio, y con eso estamos financiando las obras. Ahora lo usamos para las tarjetas de los micros, para los maquillajes y para los vestuarios de Romeo y Julieta”, y aclara que la obra se llama “La extraordinaria y lamentable historia de Romeo y Julieta”, adaptación de Cynthia Pierce, con 13 chicos actores.

Llegan, por fin, las chicas. Se llaman Aixa y Nadia y también son parte del grupo. Pero se quedan paradas. “Acá en La Plata somos nosotros nomás los que hacemos teatro en la villa”, dice Marcelo, con un orgullo que desborda sus labios gruesos. Pedro, que a esta altura es un chico tímido que se expresa muy bien, comenta lo que significa ensayar. Cuenta que los cuerpos se relajan, bailan, cantan, corren, caminan, se descalzan, aprenden a caminar el espacio, a mirar a los ojos, a concentrarse. Hay ejercicios que causan gracia. El desafío de Alejandra es lograr que jueguen en serio. Y eso ocurre bastante seguido. “Vos los ves ahora un poco dispersos, porque están en un lugar de esparcimiento. Pero te juro que cuando hacemos una clase de teatro, les tiro dos o tres consignas y ellos arman las improvisaciones con un potencial creativo impresionante. Yo tomo registro, después se las leo, ellos la cambian, proponen un nuevo vestuario y así vuelven a empezar. Hay un contagio que es maravilloso”, dice la profe con cierta melancolía. Vuelve sobre el viaje a Chapadmalal. “Fue único, porque los chicos conocieron la playa, el mar, fuimos de excursión a un vivero. Un padre nos donó la carne y participaron un montón de profes de la escuela. Este año queremos regresar. Ya no lo haremos desde la escuela, pero sea como sea; me sacaré un par de días sin goce de sueldo, no sé, pero vamos a viajar cueste lo que cueste”.

La mayoría de los pibes que integran Los Teatreros de la Villa está terminando el secundario. Todos los años se suman chicos nuevos. Este año, por ejemplo, se incorporaron unas chicas de primer año. Un relato se cuela, como sin querer. Parece ser que cierta vez una chica causó estragos y hechizó a los varones. Nadie se hace cargo, pero Pedro y Marcelo ríen, con la mirada baja. Alejandra ya tiene a su hijo entre los brazos. La tarde cae. Antes de irse, se juntan en ronda y charlan sobre el próximo ensayo. Dicen que hay que recuperar a tal y cual compañero, que hay que probarse un maquillaje nuevo, que hay que buscar un nuevo tono de voz para un personaje. Algunos, abrazados, caminan hacia el Estadio Único.

La cocina de los Teatreros

  • “A veces no me sale nada en los ensayos. Me pongo nerviosa. Pero me gusta, me divierto. No sé si lo sé hacer, pero me hace bien jugar. Aparte conozco a los chicos y hay confianza. Cuando tengo que decir un texto, me suelo desconcentrar, pero igual mis compañeros me alientan y no dejo de volver a intentarlo. Empecé el año pasado y en la semana estoy esperando el momento para ir a ensayar” (Nadia, 16)
  • “Me gusta estar diciendo algo y que todos me escuchen. ¡Es algo que me encanta! Que todos estén concentrados en mí. Al principio estoy un poco nerviosa, pero después me acomodo. Mi familia me apoya, están contentos. Nos reímos en los ensayos. La pasamos bien. Contamos nuestras historias y nos sentimos contenidos” (Julieta, 17)
  • “Soy el único que hace teatro en mi familia. Mi mamá está contenta. Me faltan dos años para terminar el secundario. Para mí el teatro es como la pesca: a uno lo tranquiliza de los quilombos, de los problemas. Soy de ver películas. Me gustan Willie Smith, y Johnny Depp, porque me hacen cagar de risa. A mí me gusta hacer reír a la gente cuando estoy en el escenario. El teatro permite abrirle los ojos a la gente sobre lo que nos pasa. Mis amigos me ven raro, porque hace tres años que hago teatro pero no por eso dejo de hacer otras cosas, como jugar al fútbol” (Marcelo, 18)
  • “Arranqué haciendo teatro en otra escuela, la media 26. Hicimos una obra sobre los chicos de la frazada, los pibes de la plaza San Martín. La presentamos en Chapadamal y nos fue muy bien. Después me vine a vivir por la zona del Estadio Único y me fui a la media 11. Ahí me enteré que en la escuela había un grupo y me metí. Siempre interpreté papeles en los actos de la escuela. Me importaba mucho. A mí me tocó hacer de Castelli, del lobo en caperucita roja y también hice de un policía. El papel que le gustó a la gente fue el de Castelli, era muy serio, tenía que decir con mucho cuidado las palabras, con el tono de esa época. La gente se asombraba cómo yo me enojaba con Saavedra, cómo discutía con Belgrano. Los papeles dramáticos son mi fuerte. Sé que prometo. Soy bastante completo como actor. El teatro para mí es muy importante. Hacemos papeles que nosotros en la vida real los vivimos. Como el tema de la droga, la delincuencia, los pibes que se la pasan en la esquina. El arroyo El Gato es un lugar bravo. Para nosotros muchas veces no hay salida. Hacer teatro nos facilitó un camino. Queremos contagiar a otros chicos, pero hay que tener un interés. Porque si no te gusta, complicás a todo el grupo. Sería un logro importante convencer a mis amigos, porque el teatro te cambia el cuerpo, te hace sentir y pensar” (Pedro, 17)
  • “Para mí es muy gratificante ver que ellos me siguen, me apoyan, que encuentran un lugar. El teatro los moviliza, encuentran placer en los ensayos y se logran cosas que en la escuela son inéditas. La mayoría tiene problemas de conducta, entran y salen del sistema escolar. Son pibes que tienen las familias divididas, que se mudan constantemente de barrios; algunos viven con las tías o un día con la madre y otro con el padre. Y en el teatro despliegan una energía grandísima, canalizan emociones. Ojalá esto el día de mañana se agrande y puedan meterse a estudiar en una escuela de teatro. Yo los persigo para que terminen el secundario y mientras tanto me sorprende que manejen el lenguaje de teatro, que construyan conceptos. Es increíble. Nos necesitamos. Hay mucho afecto y contención. Hay veces que les dedico más horas a ellos que a mi familia… He tenido problemas en mi familia, pero no me importa, encuentro placer, lo disfruto. Me gustaría ir, qué se yo, a Carlos Paz o a Mar del Plata. El sueño es viajar a esos lugares turísticos para que ellos puedan ganarse unos mangos con las funciones, pasear y mostrar a la sociedad que tienen mucho por expresar más allá de que vivan una realidad muy dura todos los días” (Alejandra, la profe)

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