Visita guiada

A seis años de la muerte de Carlitos, sus ideas están vigentes y la Obra que fundó hace 27 años continúa su marcha hacia el país con infancia por el que luchó. La Pulseada habló con los responsables de cada emprendimiento social y con el coordinador de la Obra, que en total atiende a 300 pibes y pibas. Pasen y vean.

Por Carlos Sahade

Marcelo Blanco tiene 46 años. Es de hablar poco pero escucha mucho, mira a los ojos y tiene ascendencia en chicos y grandes. Es trabajador social y desde hace un año coordina toda la Obra del padre Cajade, a quien conoció poco. Lo suficiente.

Pese a que estaba “muy renegado” de la Iglesia, los domingos Marcelo empezó a acompañar a su esposa, Silvina, a la parroquia de la Santa Cruz del barrio Aeropuerto, donde Carlitos daba sus misas. “Eran entretenidas y enganchaban porque bajaba la religión a casos concretos, a lo que pasaba en el día a día… Contaba anécdotas y daba participación. Cuando ibas a las misas de Carlitos salías… no sé si la palabra es ‘puro’ -hace una pausa para buscar, sin suerte, una palabra mejor- pero me quedaba tranquilo”.

También recuerda que cuando los vecinos del barrio se movilizaban Cajade “paraba su camioneta, se bajaba y nos ayudaba”. No puede olvidar la vez que estuvo “muy mal de neumonía” y “el cura, aunque no me conocía, me iba a ver a Ipensa…”. Y agrega, emocionado: “Después fui yo a verlo a él”.

Una vez muerto Carlitos, Marcelo no volvió a misa. Pero al poco tiempo comenzó a colaborar en la Casa de los Niños, el emprendimiento que está pegado a la parroquia de la Santa Cruz.

Los objetivos y la filosofía con que el cura llevó adelante la Obra que en diciembre cumple 27 años son enunciados con frecuencia por el actual coordinador: “Además de tener al chico en el Hogar o en los emprendimientos, que no es poco, laburamos con él y su familia, y articulamos con otras organizaciones e instituciones para ver cómo vamos resolviendo algunos de sus problemas”, resume. Y advierte que trabajar con niños y adolescentes “es complejo” porque se trata de contener y “potenciar a un ser humano que llora, ríe, siente, se angustia y está en una situación que no le es favorable porque no puede crecer su ámbito familiar”.

-¿Cómo se hace?

-No hay una receta única. Primero tenés que escuchar al pibe, ver qué le está pasando, cuál es su deseo. Cada pibe te presenta distintos problemas, hay que ver qué es lo mejor y hacerlo de manera prolija y organizada para que el pibe no sienta un nuevo abandono. Porque ya viene de un abandono. Y lo que uno busca siempre es el egreso del chico, para que viva con su familia. Es lo que quería el cura, pero no es fácil. La mamá, el papá o ambos, ¿tienen posibilidades de recibir al pibe? ¿Tienen un trabajo digno? Son cosas que hay que tomar en cuenta, porque lo que queremos es que cuando pase la tranquera el chico esté mejor, y que sólo vuelva para tomar unos mates con el educador.

-¿Lo están logrando?

-No, pero no porque estemos trabajando mal… Para nosotros, la frutilla del postre sería hacer una fiesta cuando un pibe vuelve con su familia. Sería grandioso, pero para eso hay que trabajar articuladamente, ver dónde vive, a qué centro de salud va, lo habitacional, lo laboral, la organización familiar… Es difícil. Poco a poco el Hogar se va convirtiendo en su hogar, en su lugar, y egresar es volver a tener miedo.

-¿Y qué pasa con los chicos que no egresan?

-Hay que acompañarlos en su crecimiento para que puedan armar su propia historia de vida, su propio proyecto, y que cuando se vayan y sean grandes tengan herramientas para afrontar otra vida… Que conozcan que hay instancias superadoras, que tengan protagonismo. Para eso hay que fortalecerlos y escucharlos. Escucharlos. También hay que escuchar a los educadores… Y trabajar con la comunidad.

-¿Cuántos educadores hay en el Hogar?

-Tenemos seis casitas, cada una con sus educadores, ocupadas por unos 50 pibes de entre 2 y 18 años. Los más grandes están trabajando en la imprenta, en la panadería, en la huerta, con la idea de que egresen a corto plazo y hagan su propia historia.

-Hay un promedio de ocho chicos por educador.

-Algunos tienen más y otros menos, porque cuando un chico ingresa hay que ver con qué educador es mejor que esté. No es lo mismo que ingrese una nena de 5 o un chico de 13 años. Así que hay que trabajar con el chico y también acompañar a los educadores, que hacen un trabajo muy importante: están con los pibes las 24 horas y deben contenerlos, darles cariño, alimentos y comprensión, y trabajar con ellos sobre las responsabilidades que deben tener para que sean buenas personas, personas de bien, con valores, como quería el cura.

-Desde que estás como coordinador en la Obra, todos los meses hay reuniones con representantes de los distintos emprendimientos.

-Esto de encontrarnos fortalece porque permite parar la pelota, tomar unos mates y charlar sobre cómo vamos y qué sentimos. Permite también un espacio de diversidad de opiniones, y si esa diversidad se hace con respeto es importante y ayuda a cuidar la esencia.

-También se nota un recambio generacional.

-Tenemos gente joven participando activamente. En la administración están haciendo un trabajo muy importante renegando, peleando y tratando de poner todo en caja, y en los emprendimientos sociales aportan ideas nuevas que concuerdan con los lineamientos del cura. Esa línea no se pierde.

 

La protección debe ser integral

Marcelo Blanco elogia la ley nacional 26.061, de “Protección Integral de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes”, sancionada hace seis años. Y asegura que “es difícil hablar del Hogar y no vincularlo con esta nueva norma” porque “nosotros formamos parte” de ese sistema integral.

“La letra de la ley es buena y su planteo es muy claro –evalúa Marcelo-: trabajar sobre el interés superior del chico y fortalecer el contexto familiar para que el pibe vuelva y crezca con su papá y su mamá… Fortalecer el rol de papá y mamá con la implementación de distintos programas asistenciales que tengan que ver con lo productivo y lo laboral, y con la crianza de ese chico a través de un sistema de acompañamiento con apoyo psicológico al pibe y a los papás si fuera necesario”.

“Lo que nos está faltando -señala- es que esto se lleve a cabo. Que se multiplique en los barrios, que los programas se divulguen e instrumenten con recursos e infraestructura: que el centro de salud crezca y tenga una atención adecuada, que las escuelas posean equipos técnicos importantes y que no tengan que andar corriendo de un lado para el otro porque no tienen psicóloga o psicopedagoga”. Marcelo ejemplifica con Villa Elvira: “Es el lugar con mayor densidad poblacional y nos encontramos con un Servicio Local conformado por una psicóloga, una operadora, una trabajadora social y una abogada. Ese equipo tiene que trabajar con 300 familias en cuestiones muy complejas y encima vos le pedís que te den una mano para ayudar a la familia de un pibe que hay en el Hogar, que es su obligación. Uno no culpa al equipo sino a quien, teniendo posibilidades, no dispone que haya diez equipos técnicos para trabajar al menos con los casos más críticos”.

El coordinador de la Obra del padre Cajade aplaude que no exista más la institución del Patronato -el paradigma reemplazado por el marco legal de la protección integral-, aunque advierte: “Cuando me llaman del Servicio Zonal o de Tribunales para ingresar un chico al Hogar muchas veces les digo que no. Pero no por capricho sino porque no quiero que esto sea un depósito de pibes. Y tampoco se puede sobrecargar al educador”.

-Cuando te negás a recibir a un pibe, ¿qué pasa con ese chico?

-Ese es el tema. Muchas veces no se cuenta con infraestructura para albergar a los chicos… La vez pasada nos llamaron para ingresar a un chico de San Fernando. Su referencia era un matrimonio que lo crió con la posibilidad de adoptarlo a él y a la hermana, cosa que no resultó… Intervinieron el Tribunal, la Asesoría de Menores, el Servicio Local, el Servicio Zonal y nos pidieron que lo incorporáramos.

-¿Y en San Fernando no hay un lugar para albergar a los chicos?

-No, no han hecho el trabajo…

-O sea, desde allá se enteran de que existe el Hogar de Cajade y piden una vacante para un ingreso…

-Sí. Y le dimos el ingreso, pero nos equivocamos: el pibe se nos escapó dos veces y ¿dónde terminó? En San Fernando, su lugar… Iba en busca de este matrimonio que precisamente lo que quería era despegarse de este pibe de 12 años con tratamiento psiquiátrico y medicación. Hicimos todo lo posible para ayudarlo, pero no basta la voluntad. A veces se toman decisiones que no son lo más apropiado para el pibe, porque no se lo escucha. Cuando el Servicio Zonal pide que ingresemos a un chico evaluamos bien cuál es la idea y las posibilidades. Y cuando decimos ‘no’ tenemos un fundamento. A veces el chico necesita un tratamiento o acompañamiento más especializado que por ahí no tenemos. Yo le decía a alguien del Servicio Zonal que podía ofrecer 20 vacantes para que mañana entraran 20 chicos al Hogar, pero pasado mañana los educadores me prenden fuego, y con justa razón. Hay que hacer las cosas de manera sistemática, ordenada, organizada, y no dejarnos llevar por las urgencias del Tribunal. Porque el pibe no es una cosa que uno ubica como un mueble. Hay que ser cuidadosos y pensar también en el trabajo del educador, porque si éste está bien hay poco margen de que el trabajo salga mal. De lo contrario, por ahí le estás haciendo mal al pibe. Nosotros formamos parte de ese sistema integral, pero también otras ONGs, los servicios zonales y locales, los Tribunales de Familia, las Asesorías de Menores, los centros de salud, las escuelas… Hay muchas instituciones. Y cada vez que me piden una vacante es como que te están clavando un puñal en la espalda. Algo está fallando y algún pibe no la está pasando bien…

 

El respaldo de la comunidad

Marcelo Blanco

Marcelo destaca el apoyo de la comunidad a la Obra. Por ejemplo, cuenta, se acercaron docentes y alumnos del Normal 1 y “una chica de 16 años que sabe inglés da apoyo una vez por semana a los chicos que tienen dificultad con el idioma”. Destaca también que estudiantes del Colegio Nacional están organizando la biblioteca del Hogar ubicado en 643 entre 12 y 13.

Sin embargo, advierte: “No es cuestión de decir: ‘ah, sí, vengan, súmense’… Es necesario hacer un trabajo previo, planificarlo, organizarlo… Y hay que ser cuidadosos en cómo hacerlo, para que haya una buena recepción por parte de educadores y chicos, y para cuidar al que quiere venir y colaborar”.

Muchas personas no saben a dónde dirigirse para colaborar.

-Tienen que llamar a la Administración (0221-423-6424) y nos ponemos en contacto. Por lo general hacemos una entrevista preliminar, para saber cuál es la propuesta y ver si es viable. Lo que debe quedar en claro es que si alguien hace una donación no sea a cambio de sacarse una foto con los pibes para aparecer en una propaganda partidaria. Por otra parte, hay personas que te dicen que tienen necesidad de ayudar, pero ésa es una necesidad de ellas. Lo que tenemos que ver es qué les hace bien a los chicos. Nos ha pasado de personas que se llevan un pibe a la casa tres fines de semana y al cuarto no vienen más… Y el pibe sufre un nuevo abandono.

 

Camino a la utopía

-¿Cómo está la Obra?

-Se va avanzando, siempre con la idea de ir mejorando. Mejorar significaría que el Hogar convivencial no existiera más. Que se transformara en algo cultural. Es una utopía, pero es bueno siempre tenerla presente. Uno pretende que el pibe esté con su familia y que los centros de día donde se alimenta a los chicos se transformen también en espacios culturales. Pero la Obra sigue caminando. Hoy, lamentablemente, el cura no está y entre todos tenemos que suplirlo; buscar la forma de seguir la línea que marcó. Para eso tenemos que conjugar a la gente joven que se está incorporando con la que tiene años en la Obra, y a los amigos del cura, que deben ser nuestros consultores porque en la palabra de ellos está la voz del cura.

-Hace poco se incorporó al Hogar a un chico de 13 años que no estaba escolarizado.

-Sí, venía de otro hogar de La Plata y ahora tiene que empezar como si fuese a primer grado. Le pone una garra bárbara… Es un divino, pero dos por tres reclama ver a su mamá. No es fácil entonces llevarlo en la escuela… A veces nos llaman porque se porta mal, pero es normal… También es normal que haya chicos que se escapan del Hogar, pero no porque se sientan incómodos sino porque quieren estar en otro lugar. Acá se les da techo, comida, acompañamiento, educación… tienen la base para estar como en su casa, pero la realidad es que no es su casa, no es su familia, no es su papá, no es su mamá, no son sus hermanos. No es nada de eso. Es distinto. Pretendemos que vivan en un ámbito más o menos familiar y no todos en un salón gigantesco como era en los institutos del Patronato, con la figura del celador que te castigaba. Acá si un pibe se porta mal hablamos… Hablamos con la psicóloga, con la psicopedagoga, vamos a la escuela, le damos apoyo escolar… En las casas de día también… Y si es necesario poner límites los ponemos, porque eso también fortalece la autonomía de los pibes.

 

La unión y la fuerza

Marcelo recalca una y otra vez la necesidad de ahondar el trabajo en conjunto. Apuesta a la fortaleza que dan los encuentros, el intercambio de experiencias, lo colectivo, el sentido de pertenencia territorial… En la Obra, en el Hogar y también afuera.

Por eso destaca la importancia de las mesas barriales que impulsa hace dos años la Casa de los Niños de barrio Aeropuerto, y a las que se sumó hace poco la Casa de los Niños Chispita, de Los Hornos; allí confluyen centros de salud, escuelas y otras instituciones. “El objetivo -explica Marcelo- es canalizar nuestras angustias, hacer catarsis, pero sobre todo, ver cómo podemos perfeccionar nuestro trabajo individual y colectivo. Buscamos armar una especie de red, porque la población es la misma: el pibe que tenemos en la Casa del Niño es el mismo que va a la escuela del barrio y al centro de salud. Entonces, si nos relacionamos, cuando se presenta una situación con alguna familia que la está pasando muy mal ese esquema triangular nos permite intervenir mejor, actuar como un factor de poder y presionar a la hora de reclamar recursos o acciones para que esa familia esté mejor. Además, si un juez de Familia tiene que tomar una decisión, que la tome considerando y respetando la opinión de las organizaciones que trabajaron en ese caso. A veces se toman decisiones que no son las mejores para un pibe”.

Para finalizar, el coordinador de la Obra reclama “un trabajo más colectivo con los organismos que se ocupan de la niñez y la adolescencia”. Y se queja de los oficios judiciales que recibe para que informe cómo está algún chico que vive en el Hogar. “¡No quiero que me manden más oficios! –protesta-. Lo respondemos por una cuestión burocrática, pero lo que quiero es que le pongan el cuerpo: que trabajen profundamente con la mamá para que el pibe vuelva con ella. Si tiene problemas habitacionales y eso es lo que le complica vivir con sus hijos, que busquen la forma de generar alguna fuente de trabajo para que la mamá se gane dignamente su sustento”.

 

El orgullo de la Casa de los Bebés

Isabel Benítez, coordinadora de la Casa de los Bebés, guía con una sonrisa por cada rincón de este emprendimiento social ubicado en 4 entre 601 y 602 (Villa Elvira). La cocina, el comedor, la salita para los más chiquitos, la de los más grandes, el lugar donde duermen los bebitos, la pieza donde se los cambia, el fondo y los juegos. Recuerda, conmovida, las batallas ganadas y las batallas perdidas cuando peleaban contra la desnutrición. Y no duda en afirmar que ahora es diferente. “Ahora te muestro el orgullo de la Casita: la biblioteca”, propone. Todo un símbolo.

“La Obra en su conjunto no decayó en ningún momento”, se enorgullece. Porque desde que murió Carlitos “buscamos con más ahínco dar respuesta a lo que él quería”, explica. La Casa de los Bebés atiende todos los días, de 8.30 a 15, a 62 chicos de cero a cinco años. Pese a eso, Isabel recibe a La Pulseada en el patio de ingreso, sentada en una de esas sillas bien bajitas, dueña de una tranquilidad que asombra. Es que el trabajo se hace en equipo. “No es fácil tener 62 chicos y 10 educadores, así que muchas veces paramos y trabajamos sobre las ideas de Carlitos, que son tan certeras y sencillas de entender… Y ahí vamos –cuenta-. Pero además, algunos de sus proyectos recién hoy se están haciendo, como la camioneta. Primero anduvimos con una combi que nos había donado UDEC… los letreros los sacamos con cuchillo porque parecía una ambulancia, e iban como 50 personas apretujadas. La idea de siempre fue tener una camioneta grande y recién apareció cuando él falleció”.

-¿Para qué la usan?

-Para transportar los chicos hasta acá, hasta la Casa de los Niños; al jardín, a la escuela. Los va a buscar, los trae de nuevo y también transporta a los chicos que viven en el Hogar. La camioneta no para desde las 7 de la mañana hasta las 6 de la tarde.

-¿Van a buscar a sus casas a los 62 chicos para traerlos a la Casa de los Bebés?

-No, ahora no. Antes sí, pero cuando la camioneta se rompía acá teníamos sólo 4 o 5 chicos… La vez pasada la camioneta estuvo rota 6 meses y para nosotros fue horrible. Este año cambiamos, centralizamos más en el barrio para que estos chicos, por más que no haya camioneta, puedan estar. Hoy la camioneta transporta unos 30 chicos de esta Casita.

-¿Qué atención les brindan?

-Lo que tienen que tener en la casa. La idea del cura, tanto en la Casa del Niño como acá en la de los Bebés, fue darles lo que no tienen en la casa: comida, contención, vestirlos, lavarlos… Cuando comenzamos estábamos invadidos de sarna, pijos, pulgas, granos infecciosos y la desnutrición. Hoy hay otras demandas.

-¿Cuáles?

-El tema de la violencia y trabajar con las mamás para que registren a los chicos… Ya no es tanto la hambruna. También nos obligó a virar porque con la Asignación Universal se solucionaron un montón de problemas. Acá, por ejemplo, los 30 kilos de leche no duraban ni 15 días, porque había que darles para el fin de semana y también darles azúcar, harina… Estas cosas se pudieron suplir un montón. Lo que hacemos ahora es ir a las casas para ver si cobran la Asignación, si tienen anotados a todos los chicos… Una mujer que tenía seis chicos no cobraba porque le faltaba el documento de uno que nació en Misiones. “¡¡¡Pero tenés cinco chicos con documento, con los que podés estar cobrando buena cantidad de plata!!!”. Bueno, a partir de ahí hay que tramitar el cobro y luego lo básico: decirles que pueden ir a la feria, comprar un pantalón y unas zapatillas del color que elijan los chicos… Y las obligamos a que lleven a los chicos al Jardín, que es una necesidad.

-¿A qué época te referís cuando hablás de “hambruna”?

-La Casa de los Bebés cumple 13 años y la Casa de los Niños, 15. Ya en ese tiempo empezamos con necesidades, pero no tan urgentes como tres o cuatro años después. En un momento llegamos a tener 10 chicos desnutridos y les teníamos que dar un huevo duro a las 10 de la mañana, el hierro, la vitamina y que coma y coma… En ese momento, para ellos no interesaba la estimulación temprana ni nada, porque a ese chico lo tenías que salvar… Y cuando lo íbamos a pesar cruzábamos los dedos así… No eran buenos tiempos. Eran tiempos malísimos… -Isabel hace una pausa para tomar aire y esconder lágrimas-. Tenemos ganadas un montón, pero también nos pasaron cosas muy fuertes.

-¿Siguen teniendo chicos desnutridos?

-Sí, uno; pero está bien. Se llama Rodrigo y es el último que nos mandaron del Hospital de Niños, donde estaba internado. Tiene 5 años, va al Jardín y ahora están viendo si lo mandan a una escuela 500. O sea que tiene problemas.

-¿El Hospital de Niños les manda chicos?

-Sí, también recibimos chicos de Casa Cuna y de unidades sanitarias… La mayoría de los chicos desnutridos vinieron de unidades sanitarias. Y acá por más que no tengamos lugar los tenemos que recibir, porque es salvarles la vida. Nosotros somos salvavidas…

-¿Qué relación tenés con las familias de los chicos?

-Tenemos que tener una buena relación porque no es fácil dejar a tu bebé para salir a trabajar. Cuando veía que estaba todo bien en la Casita me mandaba a las casas, porque desde ahí se puede hacer una mejor lectura de la situación. Una casa es un libro abierto: ya sabés cuántos duermen en una cama, ves aspectos que no se atreven a contar y podés entender lo que está pasando. Porque es fácil juzgar y decir: “¡Mirá cómo trae al hijo con el pañal de ayer!”. Son cosas para trabajar con la mamá, porque no me puede traer un bebé con el pañal que nosotros le pusimos el día anterior a las tres de la tarde… Entonces les damos pañales para que los cambien, y los chicos estén sequitos.

-¿Los pañales los compran ustedes?

-Sí, todos los compramos nosotros: de 900 a 1.000 pañales y 15 kilos de algodón por mes para la higiene de los chicos.

Al final de la recorrida por la Casita, Isabel muestra unas sillitas impecables. Las donó una señora que también quiso llevarles un televisor. “Le dije que no porque hace poco nos robaron muchas cosas y el otro día encontré una de estas sillitas cerca de una ventana… ¡Estuvieron a punto de llevársela! -grafica-. La señora me ofreció ponerle rejas a la Casita, pero no… ¡Cómo vamos a tener a los bebitos enrejados!”.

Otro símbolo. Esa es Isabel.

 

La polenta de Romina

Romina, Claudia e Isabel

A dos cuadras y media de la Casa de los Bebés, en 602 y 6, está la Casa de los Niños. Este emprendimiento recibe, a contraturno de la escuela, a unos 100 chicos de entre 5 y 13 años. Romina Palayo, su coordinadora, se mueve en una música cotidiana de risas, llantos, gritos, peleas y carcajadas que la acompañan de 8 a 16.

-¿Qué reciben los chicos que vienen acá?

-Tienen distintos talleres: computación, lectoescritura, folclore; las abuelas cuentacuentos vienen dos veces por semana… Están con Julieta, que es la psicóloga; con Gabriela, que es la odontóloga… Hay una asesoría jurídica, una extensión de la Facultad de Derecho que atiende a las familias del barrio… Desayuno, merienda, almuerzo y acompañamiento a los chicos y a la familia, para que el colegio sea lo más importante… y jugar.

-¿Para cuántos chicos es el almuerzo?

-Hay dos turnos de entre 40 y 50 chicos cada uno. Cien chiquitos por día.

-¿Qué les dan de comer?

-Variado. Por suerte, la Obra nos provee de todo lo que se precisa.

-¿Hoy qué comieron?

-Polenta… Una polenta bien hecha con leche, queso rallado, carne, una salsita natural con tomates procesados… Es para que la comida del mediodía sea nutritiva por si a la noche sólo toman un tecito. Aunque hoy en día, gracias a Dios, por la Asignación Universal llegan a comer algo a la noche.

-¿Cómo ves la Obra a seis años de la muerte de Carlitos?

-Con mucha polenta…

-¿Cómo la del mediodía?

-Como la del mediodía y un poco más también… Es como que estamos aprendiendo a estar sin el cura… Nos estamos resignando a que, si no está, hay que seguir igual. Él dejó todo armado y no podemos pensar todo el tiempo en que él no está. Tenemos que seguir adelante. Nos ayuda mucho la amistad de la gente que trabaja en la Obra, los hermanos, los encuentros mensuales con los demás emprendimientos… Creo que cada vez más nos damos cuenta del valor de la persona que pasó por nuestras vidas y tenemos ganas de seguir, de no aflojar, de aprender cada vez más de la gente que nos rodea y de mantener los ideales.

-¿Cuántas personas te acompañan en la Casita?

-Somos diez, pero todos tienen medio turno; salvo Horacio, que está todo el día y también los sábados y domingos, aunque los fines de semana no hay Casita.

-¿Qué hace Horacio?

-¡Qué no hace! Cambia foquitos, hace los mandados, cuida a los nenes, hace de enfermero, te ceba mate… Está en todo. Elsita también está en todos lados… Estamos muy bien acompañados.

Romina mira orgullosa y sonriente -siempre sonríe- a su primer nieto, Tiaguito, anuncia feliz que el segundo viene en camino y vuelve al recuerdo de Carlitos: “No nos podemos pasar el día rezando por el que está arriba. Hay que seguir para adelante porque no tenemos que armar la Obra, la tenemos que continuar. Y el día que no estemos nosotros, vendrá otra gente y yo me iré a mi casa a cuidar a mis nietos”.

 

Chispita es Argentina

“Creo que Carlitos estaría de acuerdo en cómo estamos laburando”, sostiene Claudia Auge, operadora en Psicología Social y coordinadora de la Casa de los Niños Chispita, el emprendimiento ubicado en 151 entre 70 y 70 bis (Los Hornos), que en teoría atiende a chicos de entre 6 y 12 años, aunque “la demanda es increíble porque las mamás no saben dónde dejar a los más chiquitos”, asegura Claudia.

Chispita cumplió 12 años, atiende a 70 pibes y entrega por día diez viandas a familias del barrio. Según Claudia, “es una mini Argentina: lo que pasa en Argentina pasa en Chispita. Si el país está mal, en Chispita eso resuena; si pasó algo en la sociedad, pasa en Chispita, porque los pibes lo traen”.

-¿Y qué es lo que está pasando?

-Hoy no hay hambre pero hay otras necesidades básicas que son sus derechos: que cada pibe tenga su casa digna, duerma en su cama y coma con su mamá; que exista la figura del hombre, un referente de padre que hoy, lamentablemente, se cayó. El hermano mayor tiene que cuidar al más chico y éste al más chiquito. Falta mucho todavía, pero se hizo muchísimo.

-¿Y los chicos, como traen esa realidad?

-Tienen muy en claro lo justo y lo injusto. Hicimos un simulacro de las elecciones: los pibes proponían la fórmula y la plataforma. Votamos los adultos y los chicos. Ganó la Lista 12, que proponía trabajo, dignidad, más presencia de los padres… Y todas las listas tenían algo en común: un aumento de la Asignación Universal, pero a la vez que el chico cumpla con la educación. Y pedían “que mamá esté más en casa, poder comprar zapatillas nuevas y que no me den la de mi hermano, una cama para mí solo”. O sea, esas necesidades básicas todavía faltan, y no es algo tan inalcanzable.

 

Muchas mamás han puesto a Chispita como un lugar de límite: ‘si te portás mal no vas más a Chispita’ -cuenta Claudia-. No es la mejor reprimenda, pero esa madre hace lo que puede porque tiene 11 o 12 chicos”. Chispita ya es un referente en la zona, para los chicos, los adolescentes y los adultos. La coordinadora se alegra de que sea así, de que todos “vengan cuando quieran y disfruten de estar acá porque les pertenece”.

La Casita ofrece talleres de kung fu, percusión, murga, música, confección de disfraces para niños y vestidos de fiesta, telar mapuche, tejido a crochet y con dos agujas. Además, dos veces por semana se leen cuentos; la Juventud de la CTA lleva adelante una huerta y atiende el Consultorio Jurídico gratuito. “Y siempre siguiendo los criterios de Cajade y pensando en la infancia, porque no puede ser -se indigna Claudia- que hoy un chico de 9 años esté probando el alcohol o fumando como si nada y sin embargo, cuando llegan donaciones de autitos o juegos se mande al sol a jugar. Vos decís: está la niñez, sólo es darle una vueltita más, mostrarles que la tienen y dársela día a día. Eso es maravilloso y es lo que nos ayuda a seguir”.

En Chispita también se ponen límites, señala Claudia, aunque “las penitencias se levantan al toque” porque el corazón de la tarea son el cariño y la comprensión. “A los chicos los veo vulnerables, desprotegidos en áreas afectivas”, diagnostica. Por eso vive como un triunfo inigualable que “cuando uno quiere cerrar e irse venga un chico y te diga: ‘me quedo otro ratito’… Cuando un pibe no se quiere ir de un lugar es una señal muy clara”.

Todos los días trabajan un concepto de Carlitos, cuenta Claudia. “La frase de hoy fue: ‘El mejor lugar para que duerma un pibe es su almohada, con su mamá y su papá’. Un nene decía que quería tener cama propia porque estaba cansado de dormir con su hermano mayor. A partir de ahí trabajamos sobre los derechos, y de la cama para cada uno pasamos al derecho a la vivienda y al trabajo. Los chicos saben que tienen que pretender un trabajo digno, en blanco, donde no los exploten, y que para eso tienen que ir a la escuela y no faltar. Así, tampoco los van a estafar con terrenos, como comúnmente pasa con personas que no saben leer ni escribir… Con educación van a saber exigir sus derechos. Y si son cuatro, les corresponden cuatro camas; y si son ocho, ocho sillas y ocho platos, y no comer por turno.  Esto es básico, pero todavía falta. Todavía hay pibes que no tienen zapatillas y una mamá le dijo a un chico que no vaya a Chispita para que no se le rompan las zapatillas. Y bueno, tienen que tomar conciencia de que deben cuidar las zapatillas”.

 

“El país está cambiando”

“Unos años atrás, los chicos pasaban hambre porque no había laburo. Luego, con los planes sociales, los puestos de la Municipalidad, la Asignación, los comedores y la escuela, se logró que estén bien alimentados. En cuanto a la salud, en todos lados hay vacunación, campañas, hasta para los perros, así que los chicos llevan a sus perros a vacunar; en los PAP, en esos micros móviles, las mamás van a hacerse el control ginecológico. Y en educación, muchos chicos usan las netbooks, las traen y las usan. Con todos estos cambios las familias están más descomprimidas”. Desde su mini Argentina, Claudia observa un país que “está cambiando”.

Desde que está la Asignación, cuenta, a los chicos les compran ropa. “Y no hay nada más lindo que verlos felices cuando vienen con algo nuevo. Cuando están felices, aunque sea por lo mínimo, te lo cuentan: ‘comí asado, mi mamá me compró un helado’… En esas cosas está la niñez, la inocencia. Y eso acá se preserva y se valora”.

En la zona de Chispita también hay “problemas pesados”. “Este año se está viendo muchísima violencia de género y abuso; el año pasado tuvimos casos tremendos violencia contra los chicos y el anteaño, la droga”, resume Claudia. Pese a todo, es optimista. Uno de los cambios “más llamativos” que advierte es que “muchas nenas quieren ser maestras o médicas” y no aceptan que les digan que van a repetir la historia y tener un bebé a los 15.

Y otra vez los derechos. “Los chicos saben cuáles son, te los dicen todos y encima te meten algunos más, como ‘jugar todo el día’. ‘No, jugar todo el día no, porque hay derechos pero también obligaciones. Jugar pero también respetar’. Todo eso se fue trabajando, elaboramos normas de convivencia y van surgiendo convicciones como que sólo a partir del derecho del  niño puede surgir una nueva sociedad -describe Claudia, y recuerda-: Una vez un chico nos preguntó por la diferencia entre los derechos del niño, los derechos humanos y los de la mujer. ¡Chan..! Nos pasamos el fin de semana leyendo, preguntando a abogados… Nos quemamos las pestañas, pero el lunes al chico no le importaba la respuesta y tuvimos que esperar que apareciera nuevamente la inquietud”.

Un equipo de cinco educadores, una titular cocinera y dos auxiliares, y dos personas que se encargan de la limpieza trabajan junto a Claudia. Hace poco se incorporó una psicóloga “para abordar problemáticas que en este barrio son embromadas”.

Los problemas se trabajan con los chicos: “Hace poco nos pusimos a hablar del barrio. Lo malo, como el alcohol y la droga, y lo bueno: la placita, el paseo. Hasta que una nena dice: ‘sí, pero la droga bien usada es buena’. Y la pusimos en el medio de la lista. Y otros plantearon: ‘Y el alcohol es bueno para la salud’. ‘Y las esquinas son buenas a veces para reunirse y tocar la guitarra con amigos’. Entonces yo tomo esto -reflexiona la coordinadora-: están pensando, y un pibe que piensa se defiende, va a defender sus derechos. Eso es lo que necesitamos, más pibes que piensen y vean que todo, en su buen uso, vale la pena. Esas son las cosas que nos sorprenden y a veces nos matamos de risa”.
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