Ultraje a la inocencia

Los delitos sexuales contra menores por parte de integrantes del clero proliferan en el mundo y en la zona. La Pulseada juntó a tres víctimas de un mismo sacerdote. Los conmovedores testimonios de la creadora de una Red Nacional de afectados, su consultor legal y la asesora terapéutica. Cómo es la trama de encubrimiento de la jerarquía eclesiástica.

Por Carlos Gassmann
Colaboración Agustina Rubino
Fotos Gabriela Hernández

Subnota“Una manipulación con efectos devastadores”

Raúl Giménez. Una de las chicas que lo denunció logró encontrarlo en una misa, reconoció su voz y le tomó esta foto

La milenaria Iglesia Católica vive una época de cambio y zozobra. A la renuncia de un papa después de 600 años y la elección del primer pontífice no europeo de la historia le han seguido tiempos más que agitados. Con audaces golpes de efecto, como las actitudes hacia los inmigrantes o las condenas al capitalismo salvaje, Francisco logró edificar rápidamente ante muchos la imagen de un nuevo líder global positivo. Sin embargo, un talón de Aquiles está socavando velozmente su predicamento: las casi diarias revelaciones en prácticamente todas las naciones católicas de miles de delitos sexuales cometidos por miembros del clero.

Los rechazos generados hacia el Vaticano se pusieron de manifiesto, por ejemplo, cuando Jorge Bergoglio fue abucheado durante su última visita a Chile en enero de este año, o cuando en agosto pasado, durante su primer viaje a Irlanda –uno de los países más católicos de Europa–, el pontífice recibió reclamos a los gritos en la calle y debió escuchar de boca del primer ministro la exigencia de “acciones y no palabras”.

Dos hechos que pueden calificarse de inéditos han evidenciado la agudización de la crisis por la pedofilia de los prelados: la reciente carta abierta del ex arzobispo italiano y ex nuncio en los Estados Unidos, Carlo Maria Viganò, solicitándole a Francisco su renuncia por considerar que encubrió los abusos del ex arzobispo de Washington, Theodore McCarrick (casi no hay antecedentes de que alguien de tan alto rango pida la dimisión de un papa, aunque hay quienes opinan que Viganò es un ariete de los sectores conservadores que, lejos de estar preocupados por el tema, buscan excusas para desplazar al actual ocupante del sillón de Pedro) y la decisión de Bergoglio de convocar a Roma del 21 al 24 de febrero de 2019 a los 112 titulares de los Episcopados nacionales para debatir “la protección de menores”.

Hasta ahora la Iglesia se había abroquelado en su defensa con argumentos muy remanidos que era común escuchar, por ejemplo, de boca del ex arzobispo de La Plata Héctor Aguer– como señalar que el 90% de los abusos son intrafamiliares, que son mucho más frecuentes en otros ámbitos que en el eclesiástico, que los sacerdotes pederastas constituyen casos aislados y que la misma institución se encarga de sancionarlos con rigor y de apartarlos siguiendo sus propias normas.

Pero como prueba con abundante información y análisis Julián Maradeo en su libro La trama detrás de los abusos y delitos sexuales en la Iglesia Católica, corresponde hablar de un plan sistemático de encubrimiento, cuando no de complicidad, por parte de la institución religiosa. En esta investigación periodística se cuenta que, ya en 1962, Juan XXIII firmó un documento secreto, Crimen sollicitationis, filtrado por la televisión norteamericana y los diarios ingleses, en el que obligaba a obispos y responsables de congregaciones a silenciar los delitos sexuales del clero bajo pena de excomunión. El libro demuestra además que nada cambió sustancialmente respecto de los procedimientos seguidos por los papados posteriores, incluido el de Francisco.

En la trama de abusos corresponde hablar de un plan sistemático de encubrimiento, cuando no de complicidad, por parte de la institución religiosa

Maradeo sintetiza este accionar bajo la forma de un “manual de encubrimiento” no escrito pero constantemente aplicado: “Primero, alejan mínimamente al cura; segundo, callan y amenazan a la víctima, que suele ser menor de edad, sin que queden al margen sus familias; tercero, presionan a quienes pueden romper con esa línea y emitir alguna queja, como, por caso, otro cura; cuarto, si el victimario se les tornó incontrolable, lo trasladan; quinto, si se hace público, emiten un comunicado simulando ‘dolor’ y enunciando su deseo de acompañar al agredido y a su familia a la par que le cierran por completo las puertas a quienes dicen apoyar, y sexto, inician un ineficaz e interminable proceso interno que terminará en algún cajón de la Santa Sede”.

Ni la Argentina ni la región de La Plata son ajenas a este flagelo. Se han visto involucrados en la pederastia desde simples párrocos de templos perdidos del interior hasta altos jerarcas, como el ex arzobispo de Santa Fe, Edgardo Storni, ya fallecido, quien en 2008 fue condenado por abusos a un seminarista. Pese a la existencia de affaires tan mediáticos como el de Julio Grassi, penado en 2009 con 15 años de cárcel por ultrajes a menores, se sigue haciendo más hincapié en las responsabilidades individuales que en las institucionales.

No existen registros oficiales, pero este año la agencia Télam dio a conocer un relevamiento propio que, desde 2002, totaliza 62 curas denunciados por abuso sexual en nuestro país, lista a la que ya se le deberían sumar más nombres. Hay involucrados en la Capital Federal y en doce provincias. Sólo 8 recibieron condena judicial y apenas 3 perdieron su condición clerical por decisión de la Iglesia.

El escándalo por delitos cometidos contra menores sordomudos en el Instituto Próvolo (sobre el que La Pulseada publicará otra nota próximamente), que estalló en noviembre de 2016 en Mendoza pero se extendió enseguida hacia Verona (Italia), cuna de la entidad, y hacia La Plata y el barrio porteño de Flores, donde existen otras sedes, amenaza con convertirse en el caso más grave registrado en la Argentina, tanto por los años continuos de abusos como por el número de víctimas. Con el proceso judicial en pleno desarrollo, es deseable que marque un punto de inflexión para que terminen los ataques y cese la impunidad.

Cierta esperanza se abrió con los planteos del actual obispo de San Francisco (Córdoba), Sergio Buenanueva, de los pocos que se ha atrevido a reclamar que la Iglesia no siga anteponiendo la preservación de su reputación al sufrimiento de los afectados y ha señalado la necesidad de sentarse a dialogar sin condiciones con las redes de sobrevivientes.

La Red nacional

La Plata podría tener el triste privilegio de ser designada la capital nacional de las víctimas. Aquí surgió la Red Argentina de Sobrevivientes de Abuso Eclesiástico. La fundó Julieta Añazco, quien nació en Corrientes pero se trasladó a esta ciudad con su familia con sólo un año de edad. Aunque pudo sacar los hechos a la luz mucho tiempo después, sufrió delitos sexuales por parte de un prelado de la región cuando tenía 7 años.

Julieta, Valeria y Mariana en la puerta de la iglesia Sagrado Corazón de Jesús de City Bell, en 21 y 464

“La Red –cuenta Julieta– se fue gestando en terapia. Comencé a recordar los abusos que padecí en mi niñez por parte del cura Héctor Ricardo Giménez y mi psicóloga me acompañó en ese proceso. Y nació el 27 de abril de 2014, día en que el papa Francisco canonizó, para la desilusión de todas las víctimas del mundo, a Juan Pablo II. Mi decepción fue tanta que en esa fecha decidí crear la Red. Digo desilusión porque Juan Pablo II sabía de los abusos del cura mexicano Marcial Maciel, fue su protector y promovió y facilitó su obra. Lo elogió públicamente como un eficaz guía para la juventud cuando ya había sido acusado de pederasta”.

“Actualmente –prosigue Añazco– integramos la Red los que estamos llevando adelante más de 30 causas. Entre ellos hay quienes han vestido los hábitos. Pero hay que tener en cuenta que todavía hay cientos de personas que no pueden contar lo que les sucedió. Hay gente interconectada de todo el país, desde Santa Cruz hasta el Chaco, que diariamente nos escribe relatándonos sus historias. Seguramente hay muchos más que podrían hacerlo y no tienen acceso a internet”. Julieta señala que “además, por vía virtual y valiéndonos del traductor de idiomas, tenemos contacto permanente con redes de otros países. Fue así como desde Italia nos informaron de los curas denunciados en el Instituto Próvolo de Verona que habían sido trasladados a La Plata y Mendoza”.

Lo vivido por la propia Añazco es representativo del proceso que atraviesan las víctimas. “En 2011 –relata– pasé de casualidad por la Iglesia Sagrado Corazón de Jesús de City Bell e inmediatamente recordé el lugar y que allí había un cura abusador. Se lo comenté a quien me acompañaba pero no lo pude relacionar todavía conmigo. En 2013 nace mi nieto y a los pocos meses empiezo a rememorar lo que padecí. Creo que la llegada de mi nieto fue el disparador. Comencé a sentir mucho miedo de que le sucediera algo malo. Un temor inexplicable que me empujaba a llorar sin saber bien por qué. Me escondía en el baño para que no me vieran lagrimear. Entonces decidí retomar terapia porque sentí que había dentro de mí algo que no estaba bien. Hasta mi cuerpo había comenzado a hablar: al año siguiente me diagnosticaron fibromialgia. Una vez que empecé a recordar busqué en Internet si había algún dato de ese cura. Sólo me acordaba de que lo llamaban el ‘Padre Ricardo’. Encontré una causa pero no estaba segura de que se tratara de la misma persona. Lo denuncié a través de Facebook y por suerte muchas personas se involucraron. Javier García, de City Bell, indagó y dio con el paradero del cura Giménez. Él me acompañó al lugar donde celebraba misa todas las tardes. Era la capilla que está dentro del Hospital San Juan de Dios. Nos quedamos a la ceremonia y le tomé varias fotos. Cuando escuché su voz, la identifiqué de inmediato”.

Añazco se contactó con una mamá de Magdalena que en 1995 lo había denunciado. Empezó a rearmar la historia con ella y otras víctimas que, al ver las fotos, confirmaron que se trataba de Giménez. “Quise imputarlo penalmente pero todos los abogados que consulté me dijeron que no se podía hacer nada porque la causa estaba prescripta”, recuerda.

Pocos saben que en La Plata surgió la Red Argentina de Sobrevivientes de Abuso Eclesiástico, fundada por Julieta Añazco, una de las víctimas

Un amigo la contactó con “La Revuelta Colectiva”, una organización de mujeres de Neuquén que la vinculó con “Las Azucenas” de La Plata. “En plena crisis me brindaron todo su acompañamiento y contención. Organizamos dos actos de protesta, uno en la iglesia donde daba misa y otra en Los Hornos, frente al domicilio particular de Giménez. Gracias a los periodistas que cubrieron los escraches me llamaron desde la fiscalía para hacer la denuncia formal”, recuerda de ese momento. Aún sabiendo de la prescripción la realicé el 19 de septiembre de 2013 y la causa recayó en el fiscal Marcelo Romero, quien al año siguiente la archivó “por considerar que el cura es una persona mayor y está enfermo, porque no hay testigos de los hechos, porque no recuerdo las fechas exactas de los abusos y porque rige la prescripción. Ese fiscal participó de la cena en la que se celebraron los 25 años de la ordenación del ex arzobispo Aguer”.

Luego, con la intervención del “Colectivo de Abogadxs Populares La Ciega” que la representaba, logró la reactivación de la causa y el cambio de fiscal. “El nuevo fiscal, Marcelo Martini, ordenó que se me realizaran pericias psicológicas y psiquiátricas que demostraron que yo no mentía. A principios de este año solicitamos el llamado a indagatoria del cura, ya que después de cinco años ni siquiera se lo había convocado a declarar. Diez días más tarde nos notificaron que la causa había sido otra vez archivada por prescripción. De todas maneras nosotros seguimos y vamos a continuar peleando”, insiste Julieta.

El obispo Sergio Buenanueva reclamó diálogo con las víctimas

Su lucha siguió con una carta al papa Francisco que se entregó en la Secretaría del Vaticano. También se encontró con el presidente del Tribunal Eclesiástico platense, Javier Fronza. “Me confirmó que había iniciada una causa canónica, no por mi denuncia sino por otras previas, y que una vez que saliera el fallo se haría público. Lo noté molesto porque el caso había llegado al Vaticano. Me dijo que yo también podría haber hecho la denuncia ante el tribunal eclesiástico. Pero para las normas internas de la Iglesia también hay prescripción a los veinte años”.

Junto a Carlos Lombardi, abogado especialista en derecho canónico, Añazco presentó un pedido de informes al Arzobispado de La Plata. Ante cada denuncia que se le hace a un cura o a una monja la Iglesia debe iniciar el debido proceso canónico, “por eso la consulta al entonces arzobispo local”, explica.

“Hace dos años, en el diario (El Día) en el que Aguer tenía una columna casi permanente, se publicó el fallo. Giménez fue encontrado culpable y la ‘justa pena’ que se le otorgó es de diez años más ‘una vida de oración y penitencia’”, recuerda Julieta. El sacerdote tiene aproximadamente 87 años y está alojado en el Hogar Marín, en 60 entre 14 y 15. Y en julio aparecieron otras dos nuevas víctimas que efectuaron más denuncias penales.

“Algunas personas comprometidas nos informaron que lo vieron a Giménez, también en julio, haciendo trámites relacionados con su jubilación en un organismo del Estado. Tenemos fotos de ese día. Se han contactado además personas que fueron sus víctimas en la década del ’60. Lo cual implica que ya viene abusando, apañado por sus superiores, de más de cuatro generaciones. Ahora hay una esperanza a partir del fallo ejemplar contra el cura (Justo) Ilarraz de Entre Ríos. Por primera vez una causa que estaba supuestamente prescripta fue reabierta y al imputado lo condenaron a 25 años de prisión. Pero recalco que eso fue posible por la pelea que dieron los valientes denunciantes, entre ellos Fabián Schunk”, dice la fundadora de la Red.

Otros casos platenses

Julieta reseña, a partir de la información que pudo relevar, cuáles son los casos ya detectados en la ciudad. “Ahora que estalló el escándalo del Próvolo supimos que uno de los imputados, el padre Horacio Corbacho, estuvo hasta 2016 en el Colegio La Merced del barrio La Loma. También tomamos conocimiento de una causa penal de 2008, archivada al año siguiente, contra el cura Eduardo Lorenzo, que sigue al frente de la Parroquia Inmaculada Madre de Dios de Gonnet. Tiene denuncias de una persona mayor de edad y hace pocos meses apareció una nueva víctima, un niño cuya familia presentó hace apenas un mes un pedido de informes al Arzobispado de La Plata”, explica.

La respuesta que les dio Fronza, desde el Tribunal Eclesiástico, no fue la que esperaban. “Mientras tanto, Lorenzo sigue en contacto con niños y adolescentes, no sólo en la iglesia sino también en clubes de rugby. Hace poco se lo fotografió en la ceremonia de asunción del nuevo arzobispo de La Plata, cerca de la gobernadora María Eugenia Vidal, y también al lado del intendente Julio Garro, en el aniversario de una escuela de Gonnet. Parece una provocación. Aunque es probable que ni la gobernadora ni el intendente sepan bien de quién se trata”, señala Julieta.

“No decimos que todos los curas o las monjas sean abusadores. Pero tampoco aceptamos que, como quieren hacerle creer a la sociedad, son casos aislados” (Julieta Añazco)

La fundadora de la Red relata que hay dos colegios religiosos de la ciudad en los que los curas abusaban en el momento de la confesión. “Pertenecen a generaciones posteriores a la mía y todavía no pueden reconocer que los que les sucedió constituye un delito sexual”, dice. Menciona que un grupo de madres del Colegio San Pío X habría elevado una queja a las autoridades por “el comportamiento inadecuado de un cura de apellido Miori”. También menciona al “sacerdote Sidders, quien presuntamente durante la confesión les preguntaba a las adolescentes si se masturbaban, cuántas veces y pensando en qué. Para cualquier organización que trabaja en la cuestión eso constituye abuso sexual”.

La enumeración de Añazco no termina allí: “Hay otro sacerdote denunciado por delitos cometidos entre 2002 y 2005 en el Instituto San Benjamín de Los Hornos. También hay cargos contra monjas pero generalmente por malos tratos hacia los niños. En cuanto a los afectados, muchas personas me abrieron su corazón y me contaron lo que padecieron. Pero varios todavía no pueden entender que lo que vivieron constituye abuso sexual”.

Las víctimas

En cuanto a las acciones que despliega la Red, Añazco manifiesta que “ante cada nueva presentación lo primero que hacemos es creerle al denunciante e intentar contenerlo. Si precisa apoyo jurídico, lo asesora el abogado Lombardi. También acompañamos durante el proceso judicial y concurrimos en lo posible a los juicios que se desarrollan en las provincias. Ofrecemos también para quien lo solicite, sobre todo para enfrentar los tribunales, asistencia psicológica”.

Julieta cuestiona la actitud que tiene la Iglesia. “En general es de encubrimiento. En el interior nos ha pasado ir a hablar con un fiscal y verlo el domingo siguiente en la misa del obispo que encubre al sacerdote denunciado. O encontrarnos con que los tres, el funcionario judicial, el jefe de la diócesis y el cura acusado, comparten en público una misma cena. Desde la institución religiosa hay quienes nos acusan de pretender dinero, buscar cinco minutos de fama o estar complotados. Pero sólo la lucha de las propias víctimas ha conseguido que las causas lleguen a juicio”.

Eduardo Lorenzo. El cura, actualmente al frente de la parroquia de Gonnet, se ha mostrado en actos políticos aún cuando ha sido denunciado por abusos.

¿Por qué este delito que seguramente también existía antes ahora empieza a salir cada vez más a la luz? Añazco apunta que “es un efecto dominó: los denunciantes de Grassi nos han dado a otros la fuerza para comenzar a hablar. Es tanto el miedo que genera el abuso sexual, que la mayoría de las veces quedamos paralizados, pensando que nadie nos va a creer y sin saber qué decir. Además sentimos mucha vergüenza y por eso tardamos años en romper el silencio. Una vez adultos, algunos logramos poner en palabras algo tan doloroso y sentimos la responsabilidad de advertir a la sociedad lo que sucede”.

Recuerda que Francisco asumió en 2013 y en junio de ese año ella empezó a despertar respecto de su sufrimiento. Por eso en diciembre le envió una carta pidiéndole que intervenga. Al mes siguiente, por una intermediaria, le comunicaron que el embajador Eduardo Valdés y el Papa estaban organizando un encuentro en Roma para pedirles perdón. “Lo consulté con la Red y decidimos rechazar la invitación, porque cuando las víctimas o sus familiares quisieron contactarse con el entonces cardenal Bergoglio se encontraron con que jamás contestó una carta y nunca quiso recibir a nadie. Además no convocaban a la reunión ni a las víctimas de Grassi ni a las del cura (Rubén) Pardo (de Quilmes). Sí invitaron a otro afectado que no pertenece a nuestra Red y dijo que concurriría. Pero al final el encuentro nunca se hizo. Sé que hace poco Bergoglio llamó a un denunciante del Colegio Cardenal Newman de San Isidro (al que asistió el presidente Macri), que casualmente no forma parte de ninguna red”.
Añazco aconseja a padres y familiares que estén atentos. “Nosotros no decimos que todos los curas o las monjas sean abusadores. Pero tampoco aceptamos que, como quieren hacerle creer a la sociedad, son casos aislados o unas pocas manzanas podridas. Abuso sexual no es sólo violación, es también tocamientos inapropiados o sacarnos fotos desnudos y mostrárnoslas. Muchos sacerdotes aprovechan el momento de la confesión para abusar. No tienen por qué confesar a los pequeños sentándolos en sus rodillas ni tener ningún contacto físico con ellos. También es abuso preguntarnos por nuestra sexualidad sabiendo que todo lo que se habla durante la confesión es secreto y no se puede contar. Si hay algo que tiene que quedar bien en claro es que los abusos sexuales cometidos por curas y monjas no son pecados: son delitos”. 

Abogado Carlos Lombardi

No más privilegios jurídicos para la Iglesia”

El asesor jurídico de la Red, Carlos Lombardi, es profesor de Derecho Constitucional en la Universidad Nacional de Cuyo y uno de los pocos especialistas en Derecho Canónico que no pertenece a la Iglesia. Apunta su mirada contra el Concordatode 1966 firmado por Pablo VI y el dictador Juan Carlos Onganía, que todavía está vigente y “debiera ser derogado”. A través de esa herramienta el Estado argentino creó a favor de la Iglesia un enclave jurídico paralelo al estatal. “Dentro de él, los abusos de poder, la denegación de justicia y la violación de derechos humanos es la regla”, explica.

El letrado también es muy crítico respecto del modo en que la institución católica tramita internamente las causas de abuso: “Las víctimas sólo tienen derecho a hacer una denuncia, nada más. No tienen derecho a nombrar abogado defensor, ni a presenciar las testimoniales, ni a leer las actas de la investigación. La Santa Sede es incumplidora serial de tratados y convenciones internacionales de derechos humanos”.

La prescripción es uno de los ejes en los que el abogado pone su mirada. Un proyecto presentado hace tiempo por la senadora justicialista por Entre Ríos, Sigrid Kunath, planteó modificar el Código Penal para que los delitos contra la integridad sexual de los menores sean imprescriptibles, pero la iniciativa fue modificada por la Cámara de Diputados, en el sentido de que el plazo no se contabilice desde el momento en que se cometió el hecho sino desde la presentación de la denuncia.

Lombardi ofrece dos argumentos para oponerse a que los abusos prescriban a los 20 años: “Primero hay que tener en cuenta la primacía de tratados internacionales sobre derechos humanos, como la Convención de los Derechos del Niño, donde el principio del interés superior del pequeño debe prevalecer. En segundo lugar, hay que tomar en consideración el sistema de encubrimiento de pedófilos que mantiene la Santa Sede, negándose a adaptar sus normas a las reglas que mundialmente protegen los derechos humanos”.


Emociones de una tarde de sábado

Por Gabriela Hernández*
Pocas veces como fotoperiodista había vivido algo tan emotivo. Acordamos encontrarnos una tarde de sábado con Julieta Añazco, Valeria Regner Mariana para obtener las imágenes que ilustrarían esta nota. Las tres comparten una trágica condición: todas han sido víctimas de pequeñas de un mismo cura abusador. Dos se veían las caras por primera vez. Esta producción fotográfica y La Pulseada habían hecho posible semejante encuentro. Fue increíble palpar lo que iba fluyendo, cada vez con más fuerza, entre estas valientes mujeres. Para mi sorpresa, todo comenzó en City Bell, en la casa de Valeria, con una torta especialmente preparada para la ocasión, acompañada por unos mates. Yo sentía apuro para que no se nos fuera la luz del sol. Pero resultó que la primera iglesia a visitar estaba apenas ala vuelta de esa vivienda. El vínculo entre las cuatro fue excelente desde el inicio. Entre mates, porciones de torta y repasos de álbumes fotográficos de otras épocas, me decían, sin que yo pudiese dejar de conmocionarme. “Nos une el tipo éste”, dijeron ella. Y también “nos unió La Pulseada”, pensé. Me es difícil poner en palabras lo que significó recorrer, como cómplice de esta nueva pero sólida triple alianza, las tres iglesias en las que tomamos fotos. Me costaba entender, pese a los dolorosos motivos por los cuales estábamos haciendo este periplo por los tres templos –relacionados de alguna manera al perverso “Padre Ricardo Giménez”–, cómo ellas mantenían el buen humor. Y es que juntas se sentían evidentemente más fuertes. Y yo, como representante de la revista,era la única testigo de la construcción de esa asociación tan reparadora.
*Fotógrafa de La Pulseada.


Subnota > “Una manipulación con efectos devastadores”

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