Los caminos de la libertad

El periodista Eduardo “Lalo” Painceira, uno de los fundadores de La Pulseada, acaba de publicar su tercer libro, “El límite de un Conejo”. Luego de “Dar la vida. La resistencia de calle 30” y de “El blues de la calle 51”, presenta este reflejo de su memoria y de su esperanza colectiva. El texto más doloroso que escribió y al mismo tiempo el más optimista.

Por Carlos Sahade
Fotos: Gabriela Hernández y C.S.

A finales de 1970, los responsables del libro Quién es quién en La Plata, fueron a entrevistar a Eduardo Painceira para incluirlo en esa publicación. Ya a los 30 años, Lalo era conocido como “artista plástico, periodista, director teatral y escritor”. En el final del resumen de sus actividades, asegura que tiene un libro inédito titulado El límite de un conejo.

“Ese Quién es quién fue publicado en 1972 cuando yo estaba preso y en realidad el mío no era un ‘libro inédito’. Sólo había empezado a bosquejar algo sobre la militancia de ese momento, que no tiene nada que ver con el libro que acaba de aparecer, salvo el título”.

Rabito (Lalo) fue detenido en el barrio de Recoleta a mediados de 1971, junto a la Polaca y el Gallego. En Coordinación Federal, sufrió la tortura de la dictadura de Lanusse. Luego, estuvo cerca de un mes en Devoto y un año en la Unidad 9 de La Plata víctima de “causas judiciales que me inventaron”. Quedó a disposición del Poder Ejecutivo con la opción que tenían los presos políticos de salir del país. Se exilió entonces en Perú donde Juan Velasco Alvarado encabezaba una revolución nacional y popular y luego en Chile que “estaba construyendo el socialismo por la vía pacífica en manos de Salvador Allende”. Ese es el período que abarca el libro. Desde la detención hasta el 25 de mayo de 1973 y la plaza que desbordaba de alegría por el comienzo de la primavera camporista.

El cristianismo es esperanza en un mundo más justo, más igualitario, un mundo para los que menos tienen

A Lalo le costó mucho escribir este libro porque “es muy doloroso revivir determinados momentos” y advertir una vez más en sus recuerdos que “hay gente muy querida, muy amada, que ya no está, que murió, la mataron, desapareció”. Pero a pesar de todo, “no es un libro doloroso”.

Por el contrario, es un libro de amor. Amor por las ideas, los ideales, las convicciones. Amor por compañeros y compañeras. Por el pueblo. Vivencial y absolutamente reflexivo, con definiciones de una tremenda profundidad. Por El límite de un conejo transitan libros, autores, músicas, protagonistas de la historia y Lalo con su enorme ternura, sensibilidad e inteligencia. “La memoria siempre es resistencia, no melancolía” y la resistencia es esperanza. El libro transmite una hermosa esperanza.

Lalo advierte que no se siente “un héroe” porque “los héroes son los miles de desaparecidos, desde Felipe Vallese, los que sobrevivieron a las mazmorras de la última dictadura, las Madres, las Abuelas, los Hijos. Esos son nuestros héroes. El libro es lo que viví y nada más, sin pretensiones. Nada más que las pretensiones de los sueños, de las utopías que tiene un pequeño burgués con ideas socialistas, populares, peronistas y cristianas”.

“Escribo para sentirme libre”

“Un preso no debe abandonarse. Es fundamental mantener la mente ocupada, siempre. Y si pese a todo se instala la melancolía o simplemente la tristeza, hay que combatirla. Por ejemplo como ahora, escribiendo” (…) “Escribo para cumplir con una especie de exorcismo, para sacar afuera las ganas de mantener un diálogo con alguien” (…) “Escribo para trascender la cárcel y sentirme libre”.

“Los libros son fundamentales en la vida de un preso. Son ventanas sin barrotes que permiten volar, escaparse de la prisión”

La primera parte del libro contiene esos escritos tal cual Lalo los transcribió en Perú en 1972. Recuerda la tortura en Coordinación Federal y la construcción imaginaria de una tribuna de compañeros y compañeras que lo alentaban a aferrarse al silencio y le otorgaban la convicción de que el tormento no será eterno, que pasará y que, “vendrán otros tiempos. Seguro. Vendrá el mundo nuevo”.

Luego describe su celda, el frío “sin tregua”, la soledad, el silencio y la cárcel de noche que es “un pozo indefinido, nada más, una gruta sin origen ni contenido, una vacía y gigantesca caja que contiene mil almas mudas”.

En los recreos, sólo una vez por día, los presos políticos caminaban y hacían ejercicios bajo la guía de Bernardo, “médico ginecólogo que nos hacía mover y saltar con algún criterio”. También “nos sentábamos en rueda para leer, hablar y discutir política” y luego “despertamos al niño dormido y disputamos un partido de pata-golf” (…) “Un juego simple: recorremos el patio, que tiene forma de L, pateando una pelota de papel que debemos embocar en los huecos de los desaguaderos porque todos carecen de rejilla. Cuando hacemos hoyo suele escapar en estampida una rata que se siente desalojada, como si se adhiriera al festejo”.

“Vengo del marxismo y era ateo, pero nunca fui un ateo de esos combativos, para nada. Era algo que estaba en suspenso

Eso duraba a lo sumo dos horas, cuando había recreo. El resto del tiempo, soledad, encierro y silencio. Horas, horas y horas en su celda 786 del pabellón 15 de la Unidad 9. Lalo escribía y, fundamentalmente, leía todo lo que le mandaban familiares y amigos y que superaba la censura carcelaria. Los libros “son ventanas sin barrotes que permiten volar, escaparse de la prisión”. También le permitían combatir la depresión, como ocurrió “un día fatal de lluvia y sin recreo” cuando Gramsci le tiró “un salvavidas” al aconsejarle “enfrentar la vida con el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad”.

Leía y regalaba, una forma de compartir y dialogar con sus compañeros, también encerrados. Sin embargo, algunos libros fueron con él al exilio y hoy forman parte de su nutrida biblioteca: “El aplazamiento” de Sartre y “Cristo y las religiones de la tierra” de Franz König.

Generación de esperanzas

Marguerite Durás decía que los hijos de los años ’60 son enfermos de esperanza. Soy un hijo de los ’60 y doblemente enfermo porque también soy cristiano. Y el cristianismo es esperanza en un mundo más justo, más igualitario, un mundo para los que menos tienen.

¿Y qué serían las generaciones posteriores? ¿Y la actual? –pregunta La Pulseada.
–No sé… La infección o la transmisión de la esperanza se ven. Cuando volví a La Plata me encontré con gente, como los jóvenes de La Pulseada, con los cuales he vivido la esperanza. Cada plaza de Cristina o de Néstor fue una muestra de esperanza. Cuando murió Néstor, esa multitud que se reunió para despedirlo es una transmisión de esperanza. La esperanza subsiste. La veo en los chicos de Periodismo, en audiciones de radio, en la gente de La Grieta que trabaja con chicos de barrios periféricos. Lo veo en mis hijas. La esperanza se transmite. Es una enfermedad transmisible. Y por suerte no hay vacunas, aunque algunos tienen la vacuna de nacimiento.

Marx y Cristo

“Dios se cruzó en mi vida. Dios, digo hoy y me sonrío, porque ocurrió de manera casual (¿existe la casualidad en cuestiones de fe?) Desde entonces la fe estuvo siempre en mí”.

En la biblioteca de Lalo tienen un lugar especial los libros que han sido fundamentales para él y fotografías del Che, Salvador Allende y muchos más

Te definís como “marxista y cristiano”. ¿Cómo te acercaste al cristianismo?
–Vengo del marxismo y era ateo, pero nunca fui un ateo de esos combativos, para nada. Era algo que estaba en suspenso. Una noche caminábamos por Libertador hacia la estación de Retiro con un flaco al cual llamábamos Tigre, un santo, un tipo sensacional, muy inteligente y de una capacidad intelectual enorme. Empezamos a charlar de filosofía, de Jaspers, de Sartre porque era y soy muy sartriano, y me dice: ¿Vos creés en Dios? Me quedé mudo y finalmente le dije la verdad: “No sé”. “¿Y vos?”, contraataqué. “Yo soy jesuita”. Resulta que vivía en una villa de San Miguel y trabajaba con grupos de jóvenes. Un tipo brillante del que nunca más supe. Y me quedó esa duda. Comencé entonces a elaborar, a pensar en ese Dios que se me apareció así. Y empecé a creer. Me volvió a la Iglesia, a tener curas amigos y a dudar sobre una posible vocación sacerdotal. (Rodolfo) Ortega y (Eduardo Luis) Duhalde, que lo conocían mucho a Carlos Mugica, organizaron un encuentro para que hablara con él. Y fue contundente. Tal como era Mugica. Y yo en lugar de decirle lo que le dijo Bernardo a San Francisco de Asís: “enséñame o ayúdame a ser como vos”… En ese momento tenía la soberbia de ser joven, de la militancia y lo abordé por otro lado: me deshizo todos los argumentos por los cuales podría haber soñado en ser sacerdote.

¿Qué te dijo Mugica?
–Una de las cosas fundamentales que me planteó fue la entrega, que es diferente a lo que ocurre con la militancia de afuera. Que como sacerdote no tenés el respiro que le da a un militante su grupo de contención. Tenés que brindarte. Después me habló del celibato. Mugica estaba a favor y era tajante.

¿No te arrepentiste?
–No, hubiera sido un pésimo cura, pero seguí siendo cristiano, aunque un cristiano muy anárquico. Me gustan las iglesias, pero cuando no hay nadie; la Iglesia en soledad y esa imagen de Cristo, como fue Cristo, como yo lo vivo y lo siento.

Lalo evoca ejemplos de cristianos que lo conmovieron y que lo impulsaron a militar. “Hay muchos dentro de esa línea de entrega, que es la línea de Mugica, de Carlitos Cajade y hoy de los Curas en la Opción por los Pobres”.

La careta de la objetividad

¿Cómo ves el periodismo de hoy?
–Se ha quitado la careta. El periodismo nunca fue objetivo porque nadie es objetivo. Cuando iba a cubrir un hecho entrevistaba a la gente a la cual le creía, la que padecía lo que estaba ocurriendo. No al funcionario. No al doctor. El periodismo militante como Rodolfo Walsh, su hija Vicky y tantos otros, venía a equilibrar un periodismo que siempre mostró la cara de los patrones, de los dueños de los diarios, del patrón-empleador, donde se disfrazaba cierta objetividad tocando las dos campanas. En el diario en el que trabajaba se hacía eso. A mí no me censuraron ninguna nota, pero como dijo (Marshall) McLuhan, el mensaje es el medio, no es tu nota que está dentro de un medio con miles de cosas e intenciones distintas. Tu nota puede generar algo, pero el mensaje es el medio. Su línea editorial. Tuve la suerte de jubilarme cuando la línea que predominaba era la defensa de la democracia.

¿Y actualmente?
–Ahora el periodismo es ilegible. Leo únicamente Página/12. Creo que responder a la agenda que imponen los medios hegemónicos es hacerles el juego. Es necesario imponer la agenda propia que en estos momentos pasa por la miseria, la pobreza, los despidos, lo que es esta bestialidad que están haciendo.

El periodismo nunca fue objetivo porque nadie es objetivo. Cuando iba a cubrir un hecho entrevistaba a la gente a la cual le creía, la que padecía lo que estaba ocurriendo. No al funcionario.

El momento de ensillar

Casi todos los libros que Lalo leyó en prisión los regaló a los compañeros de prisión. Conservó algunos como “Cristo y las religiones de la tierra” y “El aplazamiento”

A meses de cumplir 80 años, Lalo reitera que actualmente no milita porque el cuerpo no le permite ir a las movilizaciones en las que se lo solía encontrar. Sin embargo, sabe que la palabra y el pensamiento son militancia. “Tengamos en claro que el año próximo nos encontrará unidos o dominados y esa unión entre todos los sectores que defienden a la clase obrera, a los marginados por el sistema, a los olvidados, será la manifestación clara de un pueblo que resiste y que no se somete”, dijo en noviembre último en la presentación de su libro.

Hoy evoca a Perón, que decía que a veces había que “desensillar hasta que aclare”. Según Lalo, “es momento de volver a ensillar los caballos porque tenemos elecciones y hay que cambiar esto urgente”. Con el optimismo que transmite su libro, se muestra “capaz de asegurar con la terquedad de un enfermo crónico de esperanza, que ya se divisan los brotes de una primavera próxima”.

El escritorio de Lalo tiene una ventana que da a la avenida 19. Habla de ella en El límite de un conejo, en la charla con La Pulseada y seguramente en su próximo libro que ya tiene título y tema, pero que no quiere anticipar. Desde esa ventana puede ver la plaza, “no ahora porque los árboles están frondosos”. En unos meses seguramente podrá divisar y disfrutar de los brotes de una nueva primavera.


La Dolce Vita

En El beso de la mujer araña de Manuel Puig, hay dos personajes: un militante político y un decorador de vidrieras. Son muy distintos pero comparten la misma celda. Eso los hace interactuar. Una de las actividades preferidas es contarse películas. La novela fue publicada en 1976. Cinco años antes, Lalo Painceira vivía la siguiente situación en Devoto: “Estuve alojado en un pabellón colectivo de presos políticos”. Todas las noches, “un compañero nos contaba películas”. (…) “Podía ser de James Bond, una policial negra francesa y hasta llegó a contarnos La Dolce Vita. Era detallista en el relato y generaba suspenso” (…) “Su narración excedía en mucho la duración de la película y hasta alguno de nosotros, como si se tratara de un chico ante el cuento del abuelo, lo apuraba impaciente para conocer el final”.


 Sólo una mirada

“Nunca vi una escena de tanto amor como la que presencié en Devoto”, señala Lalo y reitera el relato que publicó en su libro:

“Atesoro de manera entrañable la imagen de otro compañero peronista que todas las tardes, a una hora exacta, se subía al camastro superior y aferrado a los barrotes para no caerse, se trepaba hasta la ventana y espiaba hacia afuera. Allí, en una esquina prefijada a través de los abogados, en una parada de ómnibus, estaba su compañera que no podía visitarlo por razones de seguridad. Él se quedaba trepado, mirándola, hasta que ella se iba. No había señas ni nada porque su compañera no lo veía. Para él bastaba eso, contemplarla, y a ella, saber que detrás de ese muro vigilado y de los barrotes de aquella ventana lejana y en lo alto, él la estaba mirando. Hoy, el sólo recuerdo de esa imagen, entibia mi alma”.


 El título del libro

El título del libro data de 1970. Está claro lo de “conejo” porque así te decían, pero por qué “límite”.
–No sé pero creo que cobró sentido con el último capítulo del libro donde hablo del límite de un conejo porque me estoy acercando…

Pero lo pusiste cuando tenías 30 años.
–Supongo que habrá sido porque era una militancia en la que te enfrentabas muchas veces con el límite. Era un riesgo militar en aquel momento en que gobernaba una dictadura que fue el prólogo de lo que vino después. Por otra parte, a mí siempre me marcó un pensador que conocí gracias a mi hermano Alfredo que era (Karl Theodor) Jaspers, un filósofo existencialista que habla de que el hombre, en cada situación límite, siente su soledad. Es absolutamente solo y es absolutamente él. Vos tenés conciencia de tu existencia ante una situación límite. Por ejemplo, ante la muerte o ante el riesgo o ante otras situaciones que se dan, o ante Dios. Jaspers era cristiano. No era ateo como Sartre. Entonces puse el límite en ese sentido.


 La pulseada y el conejo

Por Verona Demaestri *

“La esperanza es una enfermedad transmisible”. (Lalo y su nieto Justino)

Eran épocas de otros alias. Habían dejado de ser seudónimos que invisibilizaban identidades “subversivas” para eludir firmas incompatibles en medios antagónicos. Comenzaba el nuevo milenio y para Eduardo Painceira usar alias era un hábito, más que una excepción. Implosionaba 2001 y sería Pablo Mugica.

El hombre de las mil vidas (Rabito, Conejo, Lalo…) asomaba la mirada recta a través de sus anteojos de carey y se malhumoraba cuando nosotros, entonces jovencísimos y deseantes periodistas, llegábamos impuntuales a cada reunión. “En otra época eso te costaba la vida”, sentenciaba y argumentaba que había que sostener esas estrategias básicas de anti seguimiento, línea divisoria entre vivos o muertos. Los jovencísimos no dimensionábamos entonces la profundidad de sus palabras.

Todos sosteníamos un sueño con forma de revista a cuatro colores (“porque tiene que ser linda, gustarle a los chicos”, decía el cura). En una larga mesa de La Modelo, Cajade hablaba de Kentenich, el fundador de la obra de Schoenstatt, para quien había que tener “el oído en el corazón de Dios y la mano en el pulso del tiempo”. Por asociación surgió el nombre de La Pulseada, para interpretar el pulso de ese tiempo, en una revista llena de creyentes y casi ningún católico.

Painceira era ambos. Se anunciaba impenetrable y resistente pero no como sinónimo de impermeabilidad. Sobraba la sonrisa de un niño, el encuentro imprevisto con la poesía en cualquier de sus formas (cine, literatura, música), y cualquier injusticia para desarmarlo. Para mostrarlo en su estado natural, la ternura.

Número 1 de La Pulseada, abril de 2002. Painceira abre el juego con la entrevista principal e ineludible a Carlos Cajade y pregunta: ¿Desde la Iglesia, no corrés peligro de aislarte del mundo? Cajade responde: “Soy fruto de una generación que mantenía ideales sociales como naturales a su propia cultura y que hoy tiene 30 mil desaparecidos. (…) en materia económica, Occidente es fundamentalista. En casa le llamamos irónicamente ‘economía religiosa de libre mercado’ ya que es como un Dios al que no se le puede discutir. Hay que cumplir sus dogmas aunque aplicarlos implique que los niños se mueran de hambre o habiten en la calle y no en una casa digna. Caso contrario, el fundamentalismo te excomulga”.

Painceira y Cajade comulgan. Y la entrevista se vuelve distópica…

Había una vez un conejo que no creía en la suerte, era el periodista con más oficio de todos. Su reloj adelanta.

* Co-fundadora de La Pulseada

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