“Está en riesgo la supervivencia de la especie humana”

Para el Perú del siglo XX Hugo Blanco significa redistribución de la tierra, reforma agraria y organización campesina e indígena. Hoy asegura que la lucha por la tierra está en segundo plano ante la amenaza de la megaminería a cielo abierto. Recientemente estuvo en Rosario donde dialogó con La Pulseada sobre las nuevas formas coloniales a las que se enfrenta América Latina.

Por Agustina Sarati y Josefina Garzillo

Hugo Blanco es la sierra peruana. «Un hijo de la Pachamama», resume en sus memorias, esas que hablan de su rol fundamental en la organización de las luchas campesinas por la tierra y contra los grandes latifundistas en Perú: a mediados del siglo XX impulsó las ligas campesinas con las que los olvidados de la tierra cosecharon sus victorias.

Este hombre cálido, de larga barba blanca y mirada profunda sufrió la represión y el secuestro, la infamia y la pérdida de muchos compañeros. Pudo haber muerto diez veces a manos de la policía, los servicios de inteligencia o la guardia civil. Lo salvaron, siempre, la solidaridad internacional y la de su pueblo. Mantuvo huelgas de hambre al punto de poner en peligro su vida, confiado de la consistencia de las causas a las que se había encomendado.

Blanco recuerda que «apenas empezamos la lucha, por ser tan europeizados, nos organizamos en sindicatos, hasta que nos dimos cuenta de que en realidad estábamos haciendo renacer el espíritu del Ayllu, a la comunidad indígena». Ya no era un conjunto de trabajadores enfrentándose a un patrón, sino una organización campesina con toda una cosmovisión de vida integral.

Incansable trabajador por la justicia, la democracia y la libertad, hoy reconoce que la causa más importante no es la tierra, sino la defensa del agua, «por la supervivencia de la especie frente a la depredación de las industrias transnacionales».

La Pulseada conversó con Hugo Blanco en Rosario, durante el IV Foro de Educación por el Cambio Social, en ocasión de participar en un debate sobre megaminería junto a la asamblea de Andalgalá, Catamarca.

«En mi época luchábamos por la tierra. Nuestro grito era ‘¡Tierra o muerte: Venceremos!’. Ahora la lucha es por el agua. La más fuerte agresión que sufre el Perú es a la naturaleza, fundamentalmente por la minería a cielo abierto», enfatiza. Es que en el departamento peruano de Cajamarca (nombres y realidades tan parecidas a las nuestras), la transnacional norteamericana Newmont pretende instalar su proyecto minero Conga que, según se denuncia, provocará daños ambientales irreversibles: serán envenenados cinco valles y desaparecerán 20 lagunas. «La minería es criminal en cualquier parte. A los desastres que genera el hombre luego le dicen ‘naturales’, cuando la causa es el calentamiento global evitable». Hoy los resultados están a la vista en Perú: desempleo, enfermedades crónicas, malformaciones, muertes y daños irreparables.

Un mes después de ese encuentro, el 6 de julio, el gobierno de Ollanta Humala y la policía de Perú volvían a atacar a su propio pueblo en defensa de los intereses de esta industria extractiva. Y unos días antes, el 21 de junio se reprimió una masiva manifestación. Siete de las personas detenidas en esa ocasión sufrieron torturas y las abogadas Genoveva Gómez (de la Defensoría del Pueblo) y Amparo Abando (de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos) fueron golpeadas. Sólo en Cajamarca, la política prominera mató a Eleuterio García Rojas, César Medina Aguilar, José Faustino Silva Sánchez, Joselito Vásquez Jambo, José Antonio Sánchez Humán y causó 20 heridos. La resistencia al proyecto estadounidense data de fines de 2011, y desde mayo los asambleístas venían manteniendo una huelga indefinida como método de protesta.

 “Están matando la tierra”

En medio de la feria de publicaciones que se montó en Rosario durante el Foro de Educación por el Cambio Social, una pequeña mesa ofrecía el mensuario Lucha Indígena, del cual Blanco es director, y su libro de memorias Nosotros los Indios. En ese contexto de tardecita de frío y humedad, el referente campesino reflexionó sobre el compromiso actual de los pueblos latinoamericanos para frenar la depredación de las empresas extractivas.

-Las asambleas populares van cobrando fuerza en nuestros territorios. ¿Qué estrategias de resistencia destacás de ellas?

-Respeto mucho la lucha contra la minería del pueblo argentino. Creo que en varias cosas están por delante de nosotros, por ejemplo con el método de cortes selectivos hacia los vehículos de las empresas mineras, mientras que allá hacemos paros. Además, en la Argentina hay una interconexión entre las asambleas de los distintos lugares, cosa que nosotros recién estamos iniciando.

-¿A qué se enfrentan hoy estas organizaciones?

-Cuando yo era joven luchaba por la justicia social, me parecía que era malo que haya gente que mande, gente que obedezca, gente que trabaje y gente que viva sin trabajar. Hoy tenemos que gestar una nueva conciencia sobre la avanzada colonizadora de la megaminería y los agronegocios. Lo que está en riesgo es la supervivencia de la especie humana.

-¿Dónde pone el foco este nuevo colonialismo?

-Principalmente en el ataque a la naturaleza, que nunca ha sido tan fuertemente vulnerada por el capital como ahora. Si continuamos siendo gobernados por las transnacionales la especie humana no va a durar más de 100 años. Saben muy bien los dueños de las transnacionales que la naturaleza no va a vivir mucho más, saben muy bien que sus nietos no van a tener agua, pero no les importa porque ellos tienen que cumplir su mandamiento sagrado neoliberal: ganar más dinero en el menor tiempo posible.

Blanco sostiene que la megaminería va de la mano con el desguace provocado por la agroindustria, a través de los monocultivos, a diferencia de la agricultura campesina que trabaja con material orgánico y respetando los ciclos rotativos. «Con sus agroquímicos están matando la tierra en el Perú pero no hay problema, porque después se irán a matar la tierra en Colombia, en África, en Asia, en Oceanía», ironiza. Con la convicción de que los problemas de la sociedad no los resuelve el individuo, sino el gobierno colectivo de la comunidad, Blanco celebra la resistencia de los pueblos más ligados a la naturaleza, donde identifica a las comunidades indígenas a la cabeza.

Con sus 78 años, Hugo Blanco añora volver a los pueblos de altura para nutrirse de la fuerza de las comunidades y seguir sembrando su idea de que es posible una organización «sin directores ni partidos», sino una colectiva, a semejanza de las asambleas, frentes y rondas campesinas que en Argentina y Perú están construyendo una lucha digna y horizontal por la vida. «Esos órganos de lucha son también gérmenes del próximo gobierno que queremos: el gobierno del 99%».

 

La unión como camino

Cuando Hugo Blanco pone de relieve el valor de la lucha que se realiza en la Argentina contra la megaminería a cielo abierto, tiene presentes los 15 años de resistencia a la minera Alumbrera, donde vecinos autoconvocados del noroeste fueron creando asambleas en estrecha relación, como en Andalgalá, Tinogasta, Santa María y Belén (Catamarca), Amaicha del Valle (Tucumán) y en Chilecito y Famatina (La Rioja). La unión de organizaciones con estas características alcanza otras zonas del país: Salta, Jujuy, Santiago del Estero, Mendoza y Río Negro. «Nos organizamos, aprendemos y enseñamos mutuamente en la acción y terminamos construyendo educación popular debajo de los árboles, en los cortes selectivos que hacemos en las rutas», explicaron en Rosario asambleístas de Andalgalá.

Lucha, organización y oídos abiertos

A finales de los 50’ se conformó la Confederación Campesina de Perú (CCP), que luego dio paso a la Federación Provincial de Campesinos de La Convención y Lares (FEPCACYL) de Cusco. Se trata de un movimiento que generó un cambio de conciencia radical y que dejó una enseñanza fundamental: “la tierra se conquista luchando”. A partir de allí se generaron importantes experiencias y las reivindicaciones campesinas por la tierra pudieron concretarse de manera integral.

Para Blanco, los logros obtenidos son producto de un conjunto de factores, pero identifica uno como clave: haber escuchado siempre las necesidades y particularidades de cada pueblo y región en los procesos de lucha. Reconoce que había demandas comunes en cada región, pero las formas en las que cada comunidad trabaja para alcanzarlas fueron y son distintas.

En sus trabajos, Hugo destaca el rol fundamental que tuvo la organización en el freno a los atropellos y recuerda escenas entrañables que muestran la valentía de su pueblo al momento de enfrentar a la policía que hacía rondas para debilitar a las familias. «En una oportunidad –relata- llegaron a la puerta de una casa donde la dueña los esperaba con un palo en la mano. Cuando le comunicaron que iban a desalojarla, en quechua les dijo que esa casa no la habían construido los policías, ni el juez ni el latifundista, sino ella y su marido. Le explicaron que así lo ordenaba la ley y ella respondió que no sabía leer y que menos conocía las leyes y que lo único que sabía era que iba a romper la cabeza de quien quisiera entrar».

Ejemplos

El plan sistemático de destrucción de la naturaleza, por parte de las políticas neoliberales contra la naturaleza, no tienen el terreno libre.

Hugo Blanco opina que «el movimiento indígena es el sector social que en forma colectiva y fuertemente lucha contra la amenaza de extinción de la humanidad, a causa del calentamiento global y otras agresiones a la naturaleza». Pero son muchas las formas de organización que alzan la voz en beneficio de la humanidad, por cada árbol talado, por cada río envenenado y por amor a los ancestros y descendientes. El Movimiento de los Sin Tierra de Brasil, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional de Chiapas, los pueblos indígenas organizados en varios países, las asambleas que enfrentan a la megaminería, el Movimiento Campesino de Santiago del Estero (MOCASE) y otras organizaciones marcan el camino, siembran futuro y demuestran que existe otro mundo posible donde se priorice la protección de la naturaleza y el derecho de todos a vivir en sus tierras.

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