El mundo de Lucy

Raúl y Lucy

Vende La Pulseada desde el primer número en el que ella y otras mamás de El Charquito ilustran la nota sobre ese comedor. Hoy, Lucy sigue distribuyendo las revistas y echa luz con su ejemplo.

Por Verona Demaestri

No podría decirse que la abuela de Lucy era pobre, sólo tenía pocos recursos económicos. Y Lucy se le parece: “Me crió mi abuela. Se llamaba Lucinda pero le decían Lucy, igual que yo”. Muy recta y digna se ve que era la abuela, y así salió ella.

Lucinda Sarmiento nació hace 33 años en el fin del mundo. De Tierra del Fuego se la llevaron con sólo tres meses a La Plata y se quedó en el barrio El Retiro donde ha construido su mundo propio, el mundo de Lucy que es así: “Hoy cumplimos 18 años de juntados con Raúl (Meza) más dos de novios, son 20. Somos re compañeros… Y nos costó. Cuando nos vinimos a El Retiro no teníamos nada, nada. Dormíamos en una cuna que se hacía cama de una plaza. Cocinábamos en una olla chiquita. Pudimos poner la mitad del techo de una casilla y nos mudamos solos. Raúl ya tenía dos hijos, José y Gustavo, que yo elegí criar como propios, y tuvimos dos más: Javier de 16 años y Johana de 15”.

En aquella época vivían “del otro lado” de El Retiro “en 163, más al fondo”, dice revoleando el brazo. Allí los vecinos les prestaron un carro y un caballo. Más tarde pudieron comprar una yegua… “Nos robaron esa yegua, y todas las que nacieron después. La mamá se llamaba Porota. Después tuvo pura nena, así nacían yegüitas: Gaviota, Paloma, Jazmín. A veces nos acordamos de ellas”, se emociona ya de “este lado” de El Retiro desde el 2000, en calle 52 entre 161 y 162 frente al comedor Los Grillitos (uno de los cuatro de la zona), donde festejaron el cumpleaños de 15 de Johana.

Por esa calle pasará la ruta homónima que conectará la circunvalación platense con la Ruta 36: “Hace cinco años que nos dicen que pasará la ruta, lo que no nos dicen es qué harán con nosotros. Ya hay partes que están hechas pero la obra quedó estancada en 50 y 31 por donde están los talleres del tren… Acá no arreglan la calle porque total pasará la ruta… Está toda poceada. El fondo de mi casa quedará en medio de ambas manos de la ruta; por eso solamente hicimos un piso en la casilla pero no queremos construir. Hay gente que la hizo de material y para qué, lo van a tener que sacar. Ahora estamos peleando para que nos den casas adonde nos manden”.

Lucy tiene el terreno cuidado y prolijo: el pasto cortado, las plantas en macetas sobre uno de los lados y el ombú enano que muestra con orgullo, casi tanto como con el que muestra a Pomona, su coneja que es de raza “porque tiene las orejas caídas”. En el mundo de Lucy también vive Cabezón, el pitbull que, aunque está rigurosamente atado, es el encargado de cuidar el hogar.

 

La educación empieza por casa

En 2001 y 2002, años que dejaron como gran saldo más pobreza, crisis de valores y desesperanza, algunas instituciones como la escuela tuvieron que suplantar el rol de aquellas familias destruidas, atomizadas, en las que la madre debía cuidar a numerosos hijos y no había hombres a la vista. No fue el caso de Lucy. A ella le sucedió al revés, con apenas la primaria finalizada tuvo que reemplazar la crisis en instituciones como la de una escuela que no enseñaba y promovía automáticamente a sus hijos. Eran épocas de Polimodal y había que demostrar su eficacia a pesar de haber fallado su aplicación en España, antes de importarlo a nuestro país.

“Yo siempre iba a las reuniones y me decían que Javier era un chico tranquilo, respetuoso. En la conducta iba bien. Pero querían que el nene pasara a quinto y no sabía leer, ni sumar, ni escribir en manuscrita. Fui a hablar con la maestra y le pedí que no lo pase porque lo perjudicaba. Él repitió, pero ella hizo un acta para que yo me hiciera responsable que no pasaba de grado”, se enoja Lucy.

-Pero es la institución la que evalúa, no los padres.

-Claro, pero los hacían pasar sin que aprendan, más que nada en años mayores. Parece que se los iban descartando. Hasta se dio cuenta de eso la maestra de apoyo de El Charquito que lo veía a mi chico. Por eso muchos a los 16 años empiezan la escuela de adultos y, como mi hijo, terminan ahí cuando se podría haber evitado.

 

Lucy hace una pausa, ceba un mate bien dulce y mira a su hija, que está en la entrada de la casa maniobrando un celular…

-¿Johana tiene novio?

-Nooo. Es chica. Tratamos de cuidarlos. No está fácil la cosa. Si salen a algún cumpleaños, saben que a las tres de la madrugada tienen que estar de vuelta.

-¿Van lejos?

-(Se sonríe) Pero no, acá nomás, a dos cuadras. Van a uno de los comedores donde se festejan los cumpleaños de la zona… Mi hijo tiene 16 años. Y acá hay mucha droga, como en todos lados, bah. Él habla mucho con mi marido. Y yo hablo mucho con mi hija.

 

Johana sonríe, y Lucy se saca la foto con el último ejemplar de La Pulseada cuya venta no es más que una ayuda. Porque, como la abuela Lucinda, no podría decirse que Lucy sea pobre, sólo tiene pocos recursos económicos… Del resto, puede dar cuenta el mundo de Lucy.

Las pulseadas de Lucy

A una cuadra de su casa está el comedor El Charquito. La alegría con la que diez vecinas trabajaban cuando nació La Pulseada hace ocho años, pareciera haberse mudado a lo de Lucy que la distribuye desde el número uno: “El primero es el número que más me gusta porque estamos nosotras, las mujeres del comedor El Charquito. Hay una de la mamás, María, que murió y las otras se mudaron. Quedamos tres, y nuestros nenes, como los criamos juntos, son re amigos”.

En 2002 Lucy trabajaba en la panadería del comedor. “Íbamos a las cuatro de la madrugada, eran las 11 y yo seguía ahí. Lo hacía por el medio plan de 150 pesos y después conseguimos plan entero. Entonces hacía los dos turnos y les enseñaba cada tarde a las chicas a cocinar. No es fácil para casi 200 chicos: hacíamos 225 panes diarios, largos y re lindos, para el comedor y para que se lleven. Además salíamos a vender algunos cada mañana para conseguir la plata para los ingredientes del día siguiente”.

Hasta 2004 Lucy estuvo trabajando en El Charquito donde “había mucha vida pero ahora no tanto. Cuando nos llevaron la revista para vender fue un alivio, podíamos contar con más recursos. De las cinco chicas que vendíamos la revista quedaron dos, después quedé yo. Ahora vendo 100 revistas más o menos y tengo suscriptores desde que empecé, así que me re conocen”.

Ahora es su compañero Raúl quien la acompaña a algunas zonas en las que la gente tiene miedo de atender la puerta. “Hay mucho miedo. Voy con el carro y la gente agarra la cartera… hay mucho miedo”, suspira Raúl.

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