El cazador de amaneceres

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Ilustración: Fabiana di Luca

Para La Pulseada es un gran placer volver a compartir con sus lectores estas ficciones de nuestro amigo Gonzalo Leónidas Chaves, originalmente escritas para ser leídas en emisiones del programa de radio Flautita y Baguette.

En la fonda La Paraguaya escuchó hablar por primera vez de amaneceres. Sobre el murmullo que reinaba en el salón comedor, sobresalían las voces de las mozas que dialogaban en guaraní. No era ésa la charla que le interesaba. Su oído estaba atento a un grupo de troperos que conversaban animadamente en la mesa contigua. Por sus atuendos provenían de lugares remotos. Sentados en rueda relataban historias en un castellano impregnado de aromas de menta, cedrón y poleo. “No hay dos amaneceres iguales, cada amanecer es distinto al otro”, se escucho decir con tonada salteña. “Si uno se pierde un amanecer nunca más lo podrá ver”, sentenció otro que acentuaba las eses como buen santiagueño. Salió de la fonda con una frase que le daba vueltas en la cabeza: “No hay dos amaneceres iguales”. Esa noche no pudo dormir haciendo cuentas sobre las mañanas que se había perdido. Cuando se levantó tenía tomada una decisión: iba a cazar amaneceres para guardarlos y compartirlos.

 

La mañana

Se levantó temprano y enfiló hacia la ribera. En una de los extremos de la pequeña bahía de Punta Indio se sentó a esperar la salida del sol. El escenario no podía ser más propicio. En la comarca el Río de la Plata se ensancha para abrazarse con el mar. La línea del horizonte dibuja un extenso arco imposible de abarcar de una sola mirada. La noche cubre con una manta parda el monte que bordea la costa del río. Troncos de tala, algarrobos, cañas tacuara, juncos y lirios en flor forman parte de la selva más austral del mundo. Al frente, en la otra orilla, se perciben las luces de Montevideo. Cuando despuntó el alba ya hacía un par de horas que aguardaba. En la ansiedad de la espera, se quedó dormido y despertó cuando el sol ya estaba sobre el horizonte.

Al segundo día fue más preparado. Era un cazador y lo primero que tenía que conocer era la rutina de su presa. Llevó consigo un anotador que oficiaba de cuaderno de bitácora. Con lápiz Faber tomaba nota de horarios y circunstancias sin perder detalles. La brisa fresca que soplaba por la mañana en el caluroso mes de enero lo alentaba a proseguir. Había avanzado en algunas precisiones: el día comenzaba a aclarar a las cinco de la mañana y el sol salía a la seis en punto. Dos momentos diferenciados: el alba y el despuntar de los primeros rayos. Después de un tiempo de madrugar se puso más ducho. Solo tenía en su contra que la puntualidad de la naturaleza no le permitía hacer fiaca antes de levantarse.

Sin la ansiedad de las primeras jornadas, llegó el momento para contemplar en toda su dimensión la llegada del nuevo día. Son las seis en punto de la mañana y el sol sale sobre el horizonte de agua. El río es un inmenso espejo frente al cual el astro rey se despereza con sus pelos todavía enmarañados por el revuelo de mantas de una noche condimentada. Se lo ve aparecer, como quien observa una persona que trepa por detrás de un muro. Primero es un destello de luz, después asoma el arco superior de su cabeza, toma impulso y lentamente asciende en el preciso lugar en donde el cielo se confunde con el agua. En la belleza y lo efímero de ese acto está el secreto de la vida sobre la tierra. “No hay dos amaneceres iguales”, la frase, por repetida, suena como el eco de una verdad revelada. Cada amanecer es distinto al otro. Sin posibilidades de replay, quien no asiste a uno se lo pierde para siempre.

 

El encuentro con el gitano

Sabido era que andaba detrás de amaneceres. En la calle se cruzó con un gitano que le dijo: Compadre, no es necesario madrugar para ver amaneceres. ¿Entonces cómo?, preguntó. Los amaneceres –respondió el gitano- suelen cobijarse en el corazón de una roja sandía, que al ser partida lo muestra en todo su esplendor. Marchó a la feria en busca del fruto maduro y no lo encontró. Explicó al feriante lo que estaba procurando. Ni aquí ni en ningún otro puesto va a encontrar lo que busca, le contestaron. Desde la quinta al consumidor las frutas pasan por el Mercado Central, por la cámara de frío y cuando llegan aquí ya han perdido la frescura de origen. Sandías hay, pero fueron cortadas verdes para que no se pudran en el camino. Para encontrar lo que necesita va a tener que ir directamente a una quinta y robarla, porque si quiere pagar, se la venden verde. Tendrá que animarse a ser por una noche un ladrón de sandías, saltar el alambrado, meterse en el sembrado, ubicar el fruto a punto de madurar, enterrarlo y desaparecer. No hay sandía más apetitosa que la que termina de madurar bajo el suelo. Con la precaución de dejar el cabito afuera para encontrarla, hay que volver en una semana y sustraerla. Con esas instrucciones, una noche visitó una quinta de la localidad de Arana. Enterró el preciado fruto y a los siete días volvió para llevársela a su casa. Vistió la mesa de cocina con un mantel de hilo blanco, colocó una tabla y encima la sandía. Una fruta de brillante piel verde oscura y prometedor aroma se instaló en el centro de la escena. Con una cuchilla la cortó en dos. Por la rendija que dejó el metal se disparó la luz aprisionada en su interior. Al abrirse el fruto dejó ver un corazón rojo que palpitaba. Le hacía coro el crujir de una jugosa pulpa que esparcía gotas de rocío y semillas negras sobre el mantel. Un resplandor naranja y carmesí iluminó el cuarto. Pero como el cazador, sorprendido, no atinó a retenerlo, el amanecer se le filtró entre las manos. Algo majestuoso aconteció. El gitano estaba en lo cierto. Aunque tuvo el encanto y el valor de lo efímero, demasiado efímero para sus propósitos.

 

El amigo holandés

Invitó a un amigo a compartir el amanecer. El joven, influenciado por relatos sobre los sudacas, descreyó de la puntualidad del propio sol en el sur y llegó tarde. Cuando se encontraron sobre la costa del Río de la Plata, la mañana hacía rato que había despertado. Conversaron sobre amaneceres. El rapaz, hijo de exiliados, había nacido en Rotterdam, territorio del Reino de Holanda. Hablaba fluidamente el castellano, pero un leve acento denotaba que su idioma madre era otro. Cabalgaba en el mundo montado sobre dos culturas y no le resultaba fácil. Donde yo nací las cosas son muy distintas, comentó el invitado a modo de disculpa por el retraso. Cada país tiene sus costumbres, contestó El Cazador. Hablaba de la naturaleza, no de la cultura, aclaró el amigo. Entre el norte y el sur pasan cosas extrañas. Por ejemplo, si vos tirás la cadena del inodoro aquí, el agua se escurre girando en el mismo sentido que las agujas del reloj; en el hemisferio norte gira en sentido contrario. Interesado El Cazador preguntó: ¿Y el sol? El sol, que está a 150 millones de kilómetros de la tierras, es el mismo pero diferente, calienta más a unos que a otros. A esta altura del diálogo el súbdito del reino de Orange tenía necesidad de diferenciarse y mandó cualquiera. En Rotterdam, Utrecht, Haarlem, Breda o Ámsterdam el sol sale al oeste y se pone en el este. No es creíble, fue la respuesta, la tierra gira siempre para el mismo lado. ¿Para qué lado?, preguntó el contertulio con intención de sorprenderlo sin respuesta. No hay posibilidad de equivocarse. El movimiento de rotación se realiza de oeste a este, por lo que el sol aparenta salir por el oriente y ponerse por el occidente. Para orientarse hay que pararse y señalar con el brazo derecho hacia donde sale el sol. Ese lugar corresponde al este. Con el brazo izquierdo hay que describir un círculo que termine con los dedos tocando el pecho. En ese sentido gira la tierra, estés donde estés ¿Y el horizonte?, preguntó ahora El Cazador. Hay mucha literatura en torno al horizonte, pero aquí y en el norte es una línea que está a 35 kilómetros de distancia de quien lo observa. ¿Nada más? Es la distancia que el ojo humano puede abarcar. Abrumado por tanta cordura, El Cazador indagó a su amigo. ¿En tus años por Europa escuchaste alguna vez hablar de una comarca donde el sol sale dos veces por día? Fue una pregunta llave, que le abrió el recuerdo sobre una sobremesa familiar en la larga noche del exilio, donde su padre contó sobre un país con dos amaneceres. La puerta de entrada de ese vasto territorio, tres veces más grande que la comarca que los cobijaba, estaba en Jacinto Arauz, un pueblo de frontera donde conviven miembros de la nación mapuche con europeos de fe protestante. Un veterano poblador de esa región pampeana, ataviado con uniforme y charretera de coronel del ejército, custodiaba el secreto de la comarca. “Quien duerme siesta tiene dos amaneceres”, contestaba a quien se animaba a preguntar.

 

Capítulo: Rosicler

Desde que escuchó que un tal Jorge Luis Borges había dicho que Buenos Aires era un suburbio de Montevideo, soñaba con un viaje en barco que lo llevara a conocer la otra orilla. Del país de los orientales no conocía nada, solo había visto las luces de la ciudad que por las noches se percibían desde Punta Indio. La oportunidad se presentó al recibir carta de un amigo instalado en Uruguay desde hacía un tiempo. El hombre, periodista de oficio, había cruzado el charco por unos días, pero se quedó veinte años enamorado de una ciudad que miraba al río sin avergonzarse. El Cazador no dudó en viajar a visitarlo. Se encontraron en un abrazo e iniciaron una charla hilvanada sobre un periplo que solo acabó cuando la noche se rindió ante el sol de la mañana. No quedó estaño sin conocer. Al otro día desayunaron en el Sorocabana de la 18 de Julio. Este café, dijo el amigo, es mi lugar de trabajo, aquí escribo mis notas periodísticas y mis textos publicitarios. Sobre estas mesas de mármol, acodado en las sillas con posabrazos, Mario Benedetti redactó La Tregua y Eduardo Galeano muchos de sus escritos. Aquí vivo cada mañana, tarde o noche la fiesta de la amistad. Almorzaron en el Ratatouille, un coqueto restaurante de Biarritz. Por la noche fueron a bailar tangos a un dancing ubicado en el quinto piso del Palacio Salvo. Un coro de chicas dispuestas los aguardaba para milonguear. Quedó prendado de Ivonne, una uruguaya de grandes ojos moros. Michelle, Brigitte, Marie, Margot, será que todas las mujeres en este país tienen nombre francés. Una tarde, viajando en ómnibus por avenida Agraciada rumbo al Parque del Prado, cuando tuvo que anunciar al guarda con un chistido que iba a descender en la próxima parada, sintió que retornaba a la niñez. Esa vieja costumbre perdida en la región de donde procedía, se mantenía incólume en el país de los orientales. Montevideo sigue siendo una ciudad a escala humana, con otro uso del valor del tiempo.

Hablaron de mujeres y de amaneceres. Su amigo, hábil conversador, contó que en un Congreso de Psicología había reporteado a la profesional que coordinaba el encuentro. Charla va, charla viene, consiguió una cita para tomar un café. Se encontraron en el bar de un shopping y a los cinco minutos la mujer le vino con todo. Contame la verdad, Carlos, como dicen algunas mujeres, ¿vos tenés segundas intenciones conmigo? Por supuesto, Alice, pero estate tranquila, mis segundas intenciones son mejores y más placenteras que las primeras. Duró un mes, pero fue la primavera más esplendorosa de las veinte que disfrute en el paisito, comentó. El Cazador escuchaba sin poder meter un bocadillo. Cuando encontró una pausa, habló sobre viajes a lugares remotos para vivir otros amaneceres. No es solamente el río o el campo donde se pronuncia la mañana. Un gitano me reveló que los amaneceres podían cobijarse en pequeñas cosas, como las pupilas de una mujer. Te cuento otra, le interrumpió el amigo periodista. Estaba perdidamente enamorado de una mujer y no sabía cómo llegarle. Un día, contemplando el río desde un quinto piso en Soriano y Tacuarembó, le dije: Sabrina, estando con vos el día tiene dos amaneceres, cuando despunta el sol y cuando abrís los ojos al despertar. Romántico y enamoradizo, el hombre no dio pausa y fue por otra. Una noche anuncié en mi programa de música en CX 30 Radio Nacional, el tango Rosicler, compuesto por Francisco García Jiménez a mediados de los ’40. La música la puso José Basso, por entonces pianista de la orquesta de Aníbal Troilo. La grabación de Pichuco cantada por Alberto Marino es un incunable. Al concluir la presentación subrayé que Rosicler es el nombre del primer rayo del día. Fue terminar y una mujer llamó furiosa acusándome de haber macaneado sobre el título. Le respondí al aire: Rosicler es el color del primer rayo del día al ser filtrado en la troposfera, la zona superior de la atmósfera, que se extiende por 12 kilómetros hasta la estratosfera. Presumí que probablemente el autor García Jiménez no supiera de tanto detalle, pero le bastó la magia de un amanecer para escribir: “Te llamaban Rosicler, como el primer rayo del día”.

 

El encuentro con el científico

Cuando le llegaron versiones sobre las andanzas de El Cazador sintió curiosidad por conocerlo. Juan Carlos Belmonte, un astrónomo que se había pasado veinte años escrutando el universo desde el Observatorio de la Universidad Nacional de La Plata no podía creer que existiera un hombre con pretensiones de atrapar amaneceres. Un amigo común los presentó en la Barra del Bosque, un barcito ubicado en 115 y 57. La tarde de otoño pintaba para un diálogo ameno. El Cazador relató su encuentro con el gitano, la charla con su amigo holandés y su pasión por compartir amaneceres. El profesor escuchó absorto el relato del hombre que pretendía sujetar lo efímero. No le cerraban ni el porqué ni el cómo. Acuciado por su espíritu científico necesitaba respuestas. En un momento dejó de escuchar y habló. El ser humano, dijo, en su necesidad de ubicarse frente al universo, tomó al sol como referencia. Fue toda una elección. Hay otras estrellas y otros sistemas planetarios, con otros días y otras noches. Pero el nuestro es el día solar. El astro rey no aparece por la mañana, los que aparecemos somos nosotros. Nuestra estrella madre está ahí, la que se mueve es la Tierra, que al rotar sobre su eje determina el día y la noche, dando la impresión de que el cielo gira a nuestro alrededor. La Tierra -continuó el científico-, en su desplazamiento por la órbita solar, realiza cuatro movimientos. Primero se mueve alrededor del sol por acción de la gravedad. En su andar dibuja una elipse de 930 millones de kilómetros, que recorre en 365 días y seis horas. Ese movimiento se llama de Traslación. Otro es el de Rotación. La Tierra gira sobre sí misma. El eje ideal de rotación pasa por sus dos polos. Para dar una vuelta completa le pone 24 horas. El tercero es el movimiento de Precesión, que habla de los cambios que sufre el eje terrestre. La inclinación del eje varía con una frecuencia incierta, ya que depende de la fuerza ejercida por el sistema Tierra/Sol y de los movimientos telúricos. A su vez la Precesión es acompañada de una oscilación del eje de rotación hacia arriba y hacia abajo, que se llama movimiento de Nutación.

¿Cómo son los amaneceres en el universo?, interrumpió El Cazador. En nuestro sistema, respondió el profesor, cada cuerpo que gira alrededor del sol tiene sus amaneceres. Ningún habitante de la tierra pudo todavía viajar a otro planeta, levantarse temprano y contemplar el amanecer. Las experiencias más próximas pueden ser las de los astronautas. El astronauta ruso, ingeniero de vuelo Sergei Kricalev, estuvo en órbita 313 días. Cada hora y media daba una vuelta completa a la Tierra. Al girar, el día y la noche se sucedían cada tres cuarto de hora. Cada jornada de 24 horas tenía 16 noches y 16 días. Abrumado por tanta información, El Cazador volvió a preguntar: ¿Cuántos amaneceres se pierde un hombre que viaja cuatro años por el espacio? Es fácil, respondió el científico: son 365 días por cuatro, o sea 1.460 mañanas. El problema es que el astronauta, cuando vuelve a la tierra, ha pasado en el interior de la nave en la que viajó mucho menos tiempo que los cuatro años que estuvo en el espacio. Cuando retorna, para su vida biológica sólo han pasado 15 días. En ese lapso en la tierra hubo 1.460 amaneceres. Esto se debe a que en el interior de un objeto que viaja a determinada velocidad, el tiempo sufre una contracción, fenómeno estudiado por Albert Einstein en la “teoría restringida de la relatividad”, completó el profesor.

La noche caía sobre el bosque. Se despidieron con un apretón de manos y prometieron volver a encontrarse. Viajando en la empresa TALP de retorno a su casa, la cabeza de El Cazador seguía girando en el espacio. Una tarde de barajas también se había sentido muy solo peleando un truco con un cuatro de copas. El hombre tiene muy pocas cartas para responder a los desafíos que le plantea el universo, pensó. Las respuestas son escasas y abundan las preguntas. Y lo que no sabemos, tenemos que imaginarlo. Será que en ese tramo del conocimiento la ciencia y la literatura son pasajeras de un mismo colectivo.

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