El buen pastor

Foto: Alejandro Melkun

(Breve crónica de la misa de despedida de Carlos Cajade, publicada en La Pulseada Nº 36, de noviembre/diciembre de 2005)

Domingo 23 de octubre. Unas dos mil personas participaron de la misa que se celebró para despedir a Carlitos Cajade. En ese momento empezó a tomar forma esta revista especial que pretende reflejar la diversidad maravillosa que sólo él podía reunir:

chicos, adolescentes, jóvenes y grandes lloraban desconsoladamente la muerte de su padre;

pañuelos blancos que cubrían las cabezas de aquellas mujeres que mantienen en alto la presencia de sus hijos arrebatados;

curas acostumbrados a hablar, luchar y rezar por un país sin excluidos. Y también había otros, más distantes pero igualmente presentes;

mujeres a punto de parir, mujeres ya madres de varios chiquitos descalzos;

el pobre tipo, medio borracho, sucio, desaliñado, rotoso, acongojado;

la señora arreglada, bien vestida, perfumada, estremecida;

el militante, compañero de luchas, dudas y certezas, ahora mirando sin ver, haciendo fuerza para no romper en llanto;

el funcionario distante, con zapatos lustrados, trajeado, cabizbajo, dolido;

el aliento de Teresa Parodi hecho poesía y canto:

“… aunque parece que ya no hay razón
aún podemos con lo que sucede
porque no pueden con nuestra canción”

Estaba toda la familia (“toda la familia, pero TODA”, como subrayaba una y mil veces Carlitos en su última editorial), buscando explicaciones abajo y arriba… Desconsolada, junto a miles de personas pero con una sensación única de soledad.

Y todos, de la mano de Silvio Rodríguez, entonábamos con fuerza una letra que parecía hecha para la ocasión:

“… sólo el amor alumbra lo que perdura
sólo el amor convierte en milagro el barro
sólo el amor engendra la maravilla
sólo el amor consigue encender lo muerto”

Estaban los amigos que lo conocían mucho, poquito y nada… Todos sacudidos;

los que rezan bajito, los que rezan con toda la voz para que la plegaria llegue más lejos… Los que nunca rezaron y tampoco lo hacían, porque no saben, aunque quieren, porque no creen, aunque querrían creer.

Hubo padrenuestros y canciones religiosas, como “Credo”, de la misa campesina nicaragüense:

La crónica de la despedida a Carlitos

“… Dios está resucitando
en cada brazo que se alza
para defender al pueblo
del demonio explotador”

Y por ahí, entre la tristeza y congoja de todos, estaba La Negri, una de sus hijas predilectas, con su sonrisa redentora que ni siquiera opacaban sus ojos vidriosos.

“La sonrisa de la Negri… Así es el país con infancia que quiero. Lo que le haga mal a la Negri, me hace mal a mí. Las decisiones que se toman en contra de ella, la toman enemigos míos”. Así sintetizaba Carlitos Cajade las razones de su lucha. Así vivió. Este es su legado y seguirá siendo el desafío de los que continuaremos dando La Pulseada.

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