Los vecinos del “G”

139-Favero
Foto: Gabriela Hernández

En las horas que se cumplían 40 años del Golpe, el genocida Miguel Etchecolatz y otros tres represores eran condenados en La Plata por la desaparición de Daniel Favero y Paula Álvarez. La Pulseada siguió el juicio y recorrió el departamento de donde se llevaron al poeta y su compañera.

Por Laureano Barrera

Si 39 años después Claudia Inés Favero abriera esa ventana de doble hoja, despintada, si trepara a una de esas sillas de madera de esta cocina modesta, y luego estirara el brazo todo a lo largo, casi podría tocar la ventana del living del departamento contiguo, donde orquestaron la ratonera para secuestrar a su hermano la madrugada del 24 junio de 1977. No hay ni dos metros de luz entre la cocina que habitaron su hermano Daniel Favero, su cuñada María Paula Álvarez y otras dos mujeres, y el living que alquilaba un policía de la Bonaerense y usó una patota policial como aguantadero hasta que llegara la pareja, antes de desaparecerlos para siempre. A pesar de la ausencia de Daniel, siempre asomada en sus ojos de color avellana, Claudia es una mujer luminosa: es petisa, tiene un brillo ceniciento en el pelo lacio y la piel rosada. La mañana del 14 de marzo de 2016, en medio de la inspección ocular ordenada por la Justicia para echar luz por esas desapariciones, caminó por segunda vez esos pasillos húmedos después de que se tragaron a su hermano. La rodeaban hombres y mujeres del Tribunal Oral Federal 1 de La Plata, La Pulseada y otro puñado de periodistas y fotógrafos. Una mujer de voz y piel gastada no soltó su brazo en gran parte del recorrido: es Alejandra López Comendador, vecina, conocida de Daniel y testigo crucial de los hechos, que fuerza su memoria para recordar con La Pulseada todo otra vez.

–Tenían en pleno junio las ventanas abiertas y eso me pareció bastante extraño- evocó mientras recorría el departamento de calle 57 número 880. Alejandra vivía entonces –y todavía- en un edificio con persianas americanas de madera, en la vereda de enfrente.

En invierno, el árbol del frente de su ventana no tiene hojas y Alejandra puede ver una parte de los dos departamentos que fueron el escenario de la emboscada. Los jueces lo comprobaron durante la inspección ocular. Al terminar, Claudia habló ante los fríos micrófonos y dijo con su voz suave que se sentía “aliviada”. Pocos días después, condenaron a Miguel Etchecolatz, Fernando Svedas, Raúl Machuca y Julio Argüello a prisión perpetua y 25 años de cárcel por la desaparición forzada de Paula y de Daniel, bajo el delito internacional de genocidio.

El hombre de al lado

Paula y Daniel vivían en el departamento “E” de un edificio modesto de la calle 57 entre 12 y 13, ideal para estudiantes universitarios, con pasillos estrechos y oscuros, como túneles que terminan abruptamente con un departamento al fondo. El del segundo piso, el “G” –pegado al de Favero-, lo alquilaban en 1977 Gerardo Pérez y Adriana Palacios. Era una pareja como cualquier otra: Pérez tenía 24 años, su esposa 21 y esperaban un hijo. Todo entre ellos fue fugaz: se conocieron en 1975, se mudaron en 1976, se casaron en 1977 y tres años más tarde, en 1980, se divorciaron. Pero había un detalle: Pérez pertenecía al cuerpo de Infantería de la Policía bonaerense desde 1976, estaba destinado a 1 y 60 -donde operó un centro clandestino de detención-, y el 22 de diciembre de 1976 había recibido la orden San Miguel de Arcángel: había participado en el ataque de la calle 30, la tarde que se llevaron viva a Clara Anahí Mariani (La Pulseada 137).

López Comendador conocía bien los dos departamentos, y no sólo porque podía verlos desde su casa. Su hermano menor, Luis, había conocido en el Bachillerato de Bellas Artes a María Paula Álvarez. Junto con él, Alejandra tomaba ahí mismo clases de zapateo americano con el hermano de Adriana Palacios, Osvaldo. En el juicio contó que desde un mes antes del secuestro veía en lo de Palacios policías cenando y jugando a las cartas.

¿Conocía Pérez, al mudarse en 1976, el triste rol que le tocaba interpretar en ese juego de la muerte? No hay forma de saberlo: murió en 2011. En junio de 2002 fue citado al Juicio por la Verdad como testigo, pero como podía estar implicado se lo dispensó de declarar. Lo que está claro es que el suyo era un departamento dos veces perfecto para el espionaje. La ventana del living estaba separada de la de la cocina de sus vecinos por un metro de distancia; podían verlos y escucharlos. Además, desde la mirilla de la puerta de entrada se veían los diez o doce metros de pasillo que antecedían a las escaleras: podían controlar sin ser vistos las salidas y las llegadas. Su ex esposa, Palacios, fue convocada por la Justicia, también en 2002. Contó que el 23 de junio, a las nueve de la noche, un grupo de policías le pidió que se fuera de su departamento pero sin salir del edificio. Que invocaron el nombre de su marido, que esa noche estaba de guardia. Hace pocas semanas, cuando enfrentó al tribunal, negó que lo hubieran nombrado. También dijo, bajo juramento, que no recordaba a Daniel ni a Paula, que no conocía a Machuca ni a ninguno de los hombres que irrumpieron esa noche en su casa. “Han pasado cuarenta años”, se excusó, apelando a su mala memoria. El tribunal pidió en la sentencia que se investigue si omitió o falseó datos. Las querellas habían pedido que se la imputara por encubrimiento.

Los ocupantes

La noche de la ratonera contra el músico, poeta y apicultor que con sus 19 años fue Daniel Favero, empezó varios meses antes. No sólo porque la policía ya lo tenía entre sus fichas de inteligencia (también a Paula), sino porque en febrero de 1977 comenzó un asedio a su familia que se detuvo cuando lo capturaron. El comisario Miguel Etchecolatz designó al mando de la patota al subinspector Machuca: corpulento, rubio, de nariz respingada, amante de las chombas Lacoste. El 11 de ese mes, unos hombres armados entraron a la casa de los padres de Favero, revolvieron todo y se fueron. El día siguiente volvieron, y tras unas horas de espera se llevaron a Claudia y a Luis Favero, sus hermanos. En la Brigada de Investigaciones los interrogaron con picana eléctrica pidiéndoles el paradero de Severino: ellos se enteraron tiempo después que era el apodo de su hermano. La misma suerte corrió Segundo Álvarez, a quien torturaron por su hermana María Paula.

El 1 de junio volvieron a casa de los Favero. Machuca dispuso hombres con armas largas en todas las ventanas que daban a la calle. Claudia estaba sola con su madre, Amneris Perusin, cantante de ópera y una de las primeras Madres de Plaza de Mayo. Pidió que la dejaran atenderla porque se había descompensado. Machuca lo permitió. Claudia supo el nombre del jefe en 2001, cuando fue a declarar al Juicio por la Verdad en los tribunales federales de La Plata: era el jefe de la patota que había estado en su casa.

Ese mes de 1977, Palacios tenía indicado un reposo estricto porque en medio del embarazo se contagió rubiola. Muchas noches, en las que Pérez estaba de guardia, Luis López Comendador pasaba por su casa para saber si necesitaba algo. El 23 a la noche le tocó el timbre para pedirle unos zapatos de tap, pero no lo atendió Palacios.

­-Rajá de acá, te damos tres minutos o sos boleta- le soltó un hombre de civil. Lo escoltaban otros.

Luis cruzó la calle en menos de uno. En la ventana lindante al edificio allanado había otros dos matones de campana. “Seguilo, seguilo a ver dónde entra”, dijo uno. En su casa le contó a su hermana mayor lo que “nueve o diez” tipos “mal entrazados” le habían advertido: algo malo estaba a punto de pasar en el edificio de enfrente. A la medianoche sonó un estruendo. Los hermanos se abrazaron en la oscuridad del living y bajaron las persianas. Por las hendijas vieron unos minutos después cómo metían a Paula en un auto dando alaridos de miedo. Después a Daniel, creen que en un auto distinto: lo bajaban a patadas y golpes de puño por las escaleras. El 27 de junio, tres días después, Luis López Comendador fue secuestrado en la casa de sus padres y no se supo más de él. También se llevaron a las dos concubinas de Paula y Daniel. Una de ellas se llamaba, también, Adriana. Alejandra nunca pudo olvidar lo que gritaba María Paula antes que la metieran en un auto rumbo a la profundidad de la noche: “Mamá, mamá, por favor vení”. Ella y su hermano eran militantes y sabían la suerte que les esperaba.

La burocracia del terror, plasmada en un Consejo de Guerra contra los militantes y un sumario abierto por las heridas contra Argüello, permitió reconstruir, en parte, lo que había pasado. Cerca de las 00:30, salieron del departamento Daniel y Paula. Machuca, Argüello, y los policías Russo (muerto) y Sita, de la Brigada de Investigaciones, abrieron fuego. No está comprobado si hubo respuesta. Con un lenguaje administrativo, Machuca reportó después que  los “subversivos” habían sido “abatidos”. Pero no hubo autopsias, certificados de defunción ni inhumaciones en el cementerio de La Plata. Argüello, a quien una bala le quebró tibia y peroné, dijo que estaban vivos, aunque una bala hirió a María Paula. Que Daniel se entregó sin hacer ni un disparo. Palacios vio marcas de bala en la pared y una huella de sangre a lo largo del pasillo. Alejandra López Comendador vio en esa noche cruda de hace 39 años cómo se los llevaban en dos autos. Estaban vivos, todavía: no los habían detenido, los habían chupado.

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