En 1 y 57, «La Tercera que mata» vuelve a nacer

Estudiantes de La Plata estrena su estadio y lleva en una de las cuatro tribunas el nombre de un equipo de juveniles que fueron el cimiento del tricampeón de América y del plantel que se consagró a nivel mundial en Inglaterra. La Pulseada se juntó con los protagonistas de aquella época de oro.

Por Gabriel “Colo” López

Es 16 de octubre, un jueves en el que el cielo está encapotado como la neblinosa noche de Manchester. Entran por el pasillo que atraviesa el jardín del CF Circunvalación, algunos de ellos habían estado adentro del campo cuando el 1 a 1 en Old Trafford permitía regresar a La Plata con la copa de los sueños. Este año se cumplen 51 años del mayor de los batacazos de la historia del fútbol argentino. Y como el número no cierra redondo muchos medios no lo realzan como el aniversario anterior, el del cincuentenario.

Llega Humberto Zuccarelli (18/3/48) y lo abraza a Enrique Flores y, como no podía ser de otra manera, hablan de Estudiantes al instante, aunque esa noche se habían quedado afuera de la Copa Argentina. “Sí, está mal juzgar, Tinga, es así”, se miran y ya se entiende que para ellos ser técnico es un trabajo en el que la inestabilidad es peor que la del dólar. Sobre todo Humberto sabe de esas reacciones populares cuando allá por 1990 no pudo ante la guadaña de los resultados adversos y un promedio acosador. “Estar caminando, a esta edad, ya es una bendición”, cambió de tema “Tinga” y avanzan sonrientes cuando el “Flaco” cita una frase del repertorio de Carlos Salvador Bilardo: “Es importante estar vivos y sueltos”.

Se acerca Ruben Bedogni (30/12/44), no a buscar la pelota con aquella camiseta “7” en tela piqué sin publicidad. Desde hace dos décadas es parte de la formación de los chicos del club, pero ya no como técnico. Cuenta una primicia: pronto van a hacer un documental con la Escuela Secundaria que funciona en el Country sólo para los jugadores del interior o de la ciudad.

Miguel Ubaldo Ignomiriello (27/6/1923) es el centro de atracción. Es que fue el entrenador de un equipo de chicos que se hicieron populares como “La Tercera que mata”. La comisión directiva actual los homenajeará poniéndole ese nombre a una de las cuatros tribunas del nuevo estadio emplazado en las mismas tierras que supieron de gloria y que será inaugurada en los días en que estas páginas salgan de la imprenta.

El doctor José Sagastume (7/8/48) es el primer entrevistado por La Pulseada. No es caprichosa la elección, ya que la cena de los ex futbolistas y el cuerpo técnico de aquel grupo de juveniles se hizo en la institución que preside el abogado, ex delantero, oriundo de Vieytes, que salió campeón de Quinta y Cuarta en esos años sesenta. “Me parece muy bien que sean los logros del conjunto y no el individualismo lo que se haya tenido presente”, expresa.

Un cosquilleo en la piel de los cuarenta comensales recorre a todos cuando ingresa Carlos Oscar Pachamé (25/2/44), aquel “5” que contuvo a los ingleses a pura guapeza, subió las escaleras como en un túnel, una de esas tardes o noches como la que desilusionó al “pirata inglés” que daba por descontada la victoria. Esta vez Carlitos se apoya en un bastón, con la satisfacción de volver a ver a sus amigos de la albirroja.

El reencuentro tiene a Gabriel Flores (14/1/48), el “Bambi”, el más jovial, uno de los que aún recuerda cómo fue retirarse de Old Trafford con las tribunas vacías. Enrique Flores (9/4/45), que es actual DT en juveniles, considera que “fue solidario en el juego y un buen compañero”, porque así lo formó la familia de Estudiantes. La Pulseada desafía a los dos Flores: cuál preferirá definir en una frase a aquel conjunto. “El más viejo es él, y el que menos pelos tiene… así que empezá vos Tinga”, bromeó el Bambi, que termina siendo tajante: “La Tercera que Mata fue un avión”.

Empanadas fritas para la entrada, ravioles de verduras con estofado y bebidas varias. La “Tercera que Mata” vuelve a nacer y el título está tan preciso como lo será el homenaje de por vida cuando alguien diga al ir a la cancha “nos vemos en la tribuna de La Tercera…”.

Don Miguel abre los ojos y dice que “no tiene conocimiento de que en el mundo haya un caso de que una parte del estadio reciba como denominación a un equipo de juveniles”. Sus “pichones” lo saludan afectuosamente. Ya todos son abuelos. Hugo Mateos (2/6/45) vino de Hudson, y de Saavedra se hizo un tirón en auto Horacio Rodríguez (15/7/1950), que debutó a los 17 años en 1968, estuvo en el club dirigiendo a la reserva campeona de 1992 y recuerda a jugadores de la cantera como Martín Palermo, Leandro Squadrone, Juan Fontana, Claudio París.

Hay una joya que trae un muchacho, que embelleció la noche de festejo. La Copa Europeo-Sudamericana, o la Intercontinental (que ahora es el Mundial de Clubes) fue acercada por un integrante del Museo Oficial, Guido Martinaschi. “Cuando me entero que la fábrica que tiene Conmebol en Chile hace la mejor réplica, volé a comprarla, lo anecdótico es que salí el 16 de octubre de 2018, de madrugada, y volví a la tarde del mismo día para entregarla en mano a Juan Sebastián Verón, nuestro presidente”.

Tercera de Primera

Con la autoridad de los años, Ignomiriello dice que no lo frenaron ni en las peores pruebas: “De los once titulares que salieron a jugar la revancha en Inglaterra, ocho eran juveniles”. No era ningún dream team, aunque el DT reconocía ante todos que “sólo buscaba talentos”. Después, era pasar horas de capacitación para perfeccionar al que elegíamos por condiciones técnicas.

Los jugadores citados por Ignomiriello sabían cuidarse, hablaban de la educación sexual, de los cuidados en la comida y hasta se daban charlas sobre cómo sentarse a una mesa

El gusto por el trabajo empezó a marcar la diferencia los domingos, en el primer partido de los tres de cada fin de semana: a las 11 empezaba la Tercera, a las 13 la Reserva y a las 15 era el turno de la Primera. Los jugadores citados por Miguel llegaban de sus casas o pensiones con sacos y pantalón de vestir, corbata, pelo cortito (sin patillas largas ni bigotes), zapatos lustrados. Sabían cuidarse, hablaban de la educación sexual, de los cuidados en la comida y hasta se daban charlas sobre cómo sentarse a una mesa o cómo hablar con un micrófono delante si llegaban a ser entrevistados. La revolución llevó además a tener a disposición a un secretario, kinesiólogo, pedicuro, utilero, masajista y transportista.

También aquel grupo impuso adelantos como traer jugadores de distintas partes del país, hacer doble turno y otorgar becas para que algunos que tenían empleos o subocupaciones se dedicaran únicamente al oficio de futbolista.

La preparación física fue trascendental: con Carlos Cancela, que comenzó con las primeras pretemporadas en las playas de Punta Lara (nadie lo había hecho antes), y con los mayores estuvo Jorge Kistenmacher. Se habían combinado trabajadores que estaban más allá de una jugada, aunque el idioma que más se hablaban y menos entendían los rivales era la ley del off side y las jugadas de pizarrón. Detrás de todo, como un padre, estaba Mariano Mangano, que había sido elegido presidente en 1960 y buscó amalgamar lo cultural y lo deportivo.

“Fueron 5 años de conformación grupal y vinieron las satisfacciones más bellas”, recuerda Bedogni, que al año de firmar contrato fue vendido a Rosario Central. Era una de las primeras joyas que redituó económicamente a esa máquina de ganar.

El Profesor Cancela fue casi obligado a tomar la palabra, a pasar al frente. “Miguel, no dejás de asombrarme, cada vez más vital, sólo te falta que nos digas que tenés una novia”, desafió a Ignomiriello. Cuando volvía a su asiento se detuvo ante el único periodista presente y señaló a Mateos, que no alcanzó a debutar en Primera, pero “te la pasaba redondita”.

Ruben Koroch (9/7/34) se hizo presente. Brilló en los años 50 y cuando se retiraba del fútbol en Quilmes, allá por el 65, empezó a disfrutar de ir a la cancha y ver “aquella división inferior que convocaba a la gente a las once de la mañana, para hacer un impasse  y volver para la hora de la Primera. Me parece una medida muy acertada que nombren a una tribuna o una platea así. Al individualizar podes postergar a otros”.

“Sin esta Tercera no habría historia”, sentencia Bambi Flores. “El Pacha evitó el 4 a 1 de Platense, que hubiese sido la eliminación en semifinales, el partido se terminó ganando 4 a 3. De ahí vino el apodo de León y el primer título profesional en la final contra ‘El Equipo de José’, en el Metro ‘67”, recalca Miguel en relación al partido definitorio ganado a Racing.

“No conozco que en el mundo haya otro caso de que una parte del estadio reciba como denominación a un equipo de juveniles” (Miguel Ignomiriello)

“No hay vuelta que darle, todo nace a partir de los inventos de Miguel”, afirma Héctor “Cacho” Massa, ante todo hincha, que en el 71 y en el 77/78 fue ayudante técnico. “Nosotros no teníamos representantes sino buenos entrenadores, preparadores físicos que nos cuidaban, que iban al colegio. Y a la pensión, donde ya teníamos que estar a una determinada hora, porque Miguel o el profe Candela venían de sorpresa, cualquier día”, advierte Horacio Rodríguez, aquel “3”.

Otro comensal fue Omar Bermudez (3/12/57), que dirigió a Sebastián Verón en infantiles y hace varios años está en la dirección general de las categorías pequeñas. “En los tiempos en que la ‘Tercera que mata’ se destacaba yo era chico y concurría poco, pero tuvo una trascendencia terrible, fue un equipo de hombres, con un adelantado como Miguel”, opina.

Roberto Cicora (10/8/42) está jubilado desde el año pasado en su empresa de demoliciones. “Antes de Miguel, el Club se veía en malas condiciones. Cuando tuvimos el primer entrenamiento con él ya el vestuario estaba pintado, en la pared se había pegado una planilla con los nombres de cada uno de nosotros y un número con el que se podía solicitar un canasto en la utilería, donde teníamos zapatos de fútbol, vendas, tensores, zapatillas, camisetas, medias nuevas”.

De regreso a UNO

No cambió la dirección, ni el nombre del Estadio, pero todo está modernizado, tecnologizado. Pasaron 14 años desde el último partido oficial con un festejado 1 a 0 a Gimnasia. Ahora, las tribunas no tienen olor a tablón. Es el producto de la mejor inversión que estuviera al alcance del bolsillo pincha y se potenciará en el futuro, cuando sea un espacio abierto a varias actividades deportivas y culturales. Muchos de los que estarán en la inauguración llegaron a conocer la “techada de madera” que se incendió en 1959.

El club decidió reconocer en los nombres de las cuatro tribunas a los logros del conjunto

Los hinchas tienen que manejar la ansiedad. Sergio Vilar (20/1/58) se sintió un privilegiado por estar junto a ellos, los hacedores del campeón mundial. “Soy un pincha común. Miguel es un maestro y por eso lo designamos socio honorario de la Agrupación Gugnali, es un lujo para nosotros”. Carlos Martinaschi (6/4/41) recordó que “ir a ver a la Tercera, volver a la casa y otra vez meterse en la cancha para ver el partido de la Primera no se vio en ningún lado y lo hizo ese grupo de jugadores”.

Luis Prates, directivo de épocas duras, se fotografió con la réplica del trofeo como un hincha nostálgico más, mientras peleaba con su celular para encontrar las fotos inéditas del inicio del fin del viejo estadio. “He visto cómo rellenaban con cemento la pileta que estaba detrás de la techada. Y eso no es nada, presencié cómo sacaron el primer pino, el grande”.

En 1 y 57 ya se juega. Alguien llegó a ser tan pesimista que nunca imaginó que volverían a allí después de la faja de clausura, de los temas judiciales, de las asambleas de socios, de las marchas de reclamo, y  cuando se reabrieron las negociaciones en 2008, al poco tiempo se tuvo que cambiar la empresa constructora.

No pasó lo mismo con el estadio inglés de Wembley (“La catedral del fútbol”, que al remodelarse siguió siendo imponente como antes); tampoco puede compararse al estadio Centenario de Montevideo (el mitológico escenario donde se jugó la primera Copa del Mundo fue realizado por una Asociación y no por una institución); ni el propio Monumental de River Plate (antes le decían “herradura” por estar incompleto hasta que el Mundial de 1978 le facilitó la conclusión).

Se extrañará el portón de hierro de calle 55 y el pino original, el patio donde reinó el handball, el Pabellón “Demo” y aquel restaurante con techo inglés a dos aguas

El de Estudiantes de La Plata fue, es y será otra cosa. Sin aquel portón de hierro de calle 55, ni el pino original cercano a 115. Sin el patio donde reinó el handball o por donde correteaban los chicos de las Colonias de “Sábados Felices” o los primeros grupos de rock and roll con el que bailaron hasta llegar a un altar muchas parejas. Todavía estará el que busque por inercia aquel restaurante con techo inglés a dos aguas para el café del entretiempo. Otra cosa que alguien pidió no derrumbar fue el Pabellón “Demo”. Y fue lo último que aguantó en pie hasta la orden de mazazos y a otra cosa, con los ruegos de Gastón Córdoba o el Vasco” Juan Manuel Azconzabal, que tuvieron allí su segunda casa.

Y pensar que fue Ignomiriello el que habló con Mangano y éste con la comisión para hacer “la cancha chica”, sobre 54, y desde ahí los arcos de madera cambiaron de la principal a ser los del fútbol amateur.

Nunca fue un trabajo de dos o tres locos. La solidaridad pincha tuvo siempre a la gente dispuesta a ayudar. Hubo un ingeniero, Eugenio Sagasti, que donó las torres de iluminación para la cancha de los pibes; y un electricista, que era tío de Oscar Malbernat, que se puso a hacer las conexiones.

Tenían coraje de hombres y rostros de niños, como aún se le nota a “Pelusa”, que ayuda a embellecer este texto: “Nos seguimos encontrando y nos miramos a los ojos con una pureza extraordinaria, quiere decir que ese grupo ha tenido muy buenos consejeros, con la esperanza de una base en las inferiores, como hoy también está, aunque la sociedad ha cambiado tanto que el chico viene más presionado”. Ahí está el nuevo desafío para un juego al que cada vez asisten más espectadores y donde cada vez se juega peor. Sagastume vuelve a lo esencial: “Quedé así como medio sin nada al no llegar, pero la enseñanza de la convivencia, de la lucha, de no aflojar, eso fue clave para mi vida”.

Los recuerdos y el brindis con champán finalizaron antes de la hora cero. Seguían en fecha 16 de octubre, rodeando al maestro. Algunos parecían seguir pateando por debajo de la mesa o caminando alrededor, soñando que Osvaldo Zubeldía o Miguel les dieran la oportunidad. A veces se despiertan con algún gol de ensueño o una pierna fuertísima que los desveló.//LP


¡Al United Manchester, le enseñaste el Pacha Pacha…!

Carlos Pachamé esbozó una sonrisa cálida cuando se le preguntó si había pensado que él está incluido como parte de un todo en los nombres de tres de las cuatro tribunas. La Campeón del Mundo, la Copa Libertadores y La Tercera que Mata.
–¡Usted participó en todos esos logros, Pacha!
–Bueno, un poco sí, pero hablando de este tema, si bien uno no está en comisión, considero correcta la decisión ya que a veces al repartir elogios se puede quedar bien con unos y mal con otros.
–Y también la disfruta mucho Miguel Ignomiriello
Hoy se habla de La Masía del Barcelona, del Real Madrid, del trabajo en China, pero aquí tenemos a un gran adelantado que es Don Miguel, una persona que a su edad todavía está en sus cabales, que puede dar mucho y se merecía un homenaje real y verdadero.
–Pacha, ¿una virtud de Miguel y de “La Tercera que mata”?
Tenía mucha experiencia de vida que puso de manifiesto en el grupo de colaboradores y en el de jugadores. Siempre fue ejemplo y lo que pedía él lo demostraba con su manera de ser, con su seriedad y su responsabilidad. Como todo padre de familia, cuando da una orden, sabe por qué la da. Miguel nos enseñó a ser responsables, a saber usar una canillera, dónde poner la ropa después de entrenar, cuidar la alimentación, descansar, pasar por las casas previo a los partidos. Miguel me capacitó y me dio un ejemplo de vida.

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