Rubén López rompe el silencio: “Desearía que esté perdido, pero hay que ser realistas”

In Memoria -
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Texto y fotos: Daniel Badenes

Publicado originalmente en marzo de 2007

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La fiesta pendiente

“Mi viejo nos enseñó a ser respetuosos y a laburar para mantener la familia. Nos marcó con el ejemplo. Siempre nos recalcó la cultura del trabajo”, dice Rubén, el hijo mayor de Jorge Julio López. Apenas pasaba los 10 años la primera vez que desapareció su papá y tiene el vago recuerdo de las puertas que golpearon sin respuestas y de cierta ayuda alimentaria de la Cruz Roja que se sumó al apoyo de familiares para poder sobrevivir. Fue en esa época, de chiquito, cuando empezó a trabajar en la quinta de un tío mientras se formaba como carpintero. Hoy tiene 41 y su propio taller, donde recibe a La Pulseada. Está a la vuelta de la casa donde vive su mamá, que “vuelve a revivir todo, y ahora somos los hijos los que nos hacemos cargo y la resguardamos a ella”.

–¿En qué cosas lo que están viviendo hoy se parece y en qué se diferencia de la primera desaparición?

–Se parece en la incertidumbre, en la angustia de no saber. Por bueno o por malo, esto se tendrá que definir. Yo no pierdo la esperanza de que lo encontremos con vida, pero no soy el dueño de la verdad ni nada que se le parezca. La diferencia es que hoy puedo contar esto y va a salir en una publicación. Puedo ir a un juzgado, golpear una puerta y decir ´señor juez, pasa esto con mi viejo´. En esa época no podías hacer nada. Es más: si ibas a protestar por ahí no volvías a tu casa. La diferencia es que se puede protestar, se puede hacer una denuncia… En esa época no. Si había un juez que te la tomaba, también corría serios riesgos. Nadie se jugaba.

–¿Qué significó para vos aquel testimonio en el juicio contra Etchecolatz?

–Escuchar todo lo que mi viejo había vivido y visto… Y comprender por qué insistía que quería ir a declarar, quería ir, quería ir. Nosotros no estábamos de acuerdo porque teníamos miedo de que le hiciera mal a su salud. Revivir es traumático para cualquiera.

–Después, ¿notaste algún cambio en él?

–Estaba aliviado. Aliviado porque había podido cumplir la promesa que le había hecho a Patricia (Dell´Orto). Cuando terminó de hacer su declaración lo vi en paz. Estaba nervioso, pero en paz. Había hecho lo que quería hacer. No sé si fue el mejor momento de su vida, pero ese día lo vi en paz. Tenía la tranquilidad de haber hecho lo que correspondía. Creo que cualquier ciudadano se sentiría de esa manera.

La certeza del secuestro

Cuando López desapareció en 2006, los familiares hicieron una denuncia en la comisaría del barrio, como aquella primera vez en la que no tuvieron respuestas. Y salieron a buscarlo creyendo que podía estar perdido por un shock emocional, o quizás se había escondido. “Yo soy carpintero, no cobro un sueldo para pensar qué puede estar pasando y la relación con el juicio a Etchecolatz”, lamenta Rubén la falta de reacción inicial desde el Estado: “Esas primeras 48 horas se perdieron”.

–¿Todavía te quedan dudas sobre si está secuestrado?

–El problema es el paso del tiempo. Si no está secuestrado, ¿dónde está?  Si me preguntás por el lado del sentimiento, yo te digo que está perdido: deseo que esté perdido. Tenemos que ser realistas. Cinco meses perdido, no: evidentemente está secuestrado.

–¿Qué reclaman hoy?

–No sé si es un reclamo. Les pedimos, a las personas que correspondan, que sigan buscando. El juez está haciendo una tarea importante. El Presidente nos dio su palabra de que lo iban a encontrar. Queremos que lo encuentren. Es lo único que pedimos.

–¿Creés que hay alguien que tiene que pedirles disculpas?

–En su momento se verá. Supongo que si alguien tiene que pedir disculpas, se las tendrá que pedir a mi viejo. Hoy si alguien me viene a pedir disculpas supongo que las aceptaría. Pero no me tienen que pedir. Lo tienen que encontrar a mi viejo. Después charlaremos y cada uno tendrá que asumir sus responsabilidades. Hoy el compromiso es encontrarlo.

–Al principio se plantearon dudas sobre la familia, ¿cómo vivieron eso?

–Con mucha bronca. Lo que pasa es que como es una familia que no grita, que no patalea, no hace escándalo, se dudó. Pero investigaron a todos y quedó demostrado que no tenemos absolutamente nada que ver. Que uno no salga a gritar y a patalear, no significa que esté tranquilo. Somos así. Hay algunos que no lo entienden.

–¿Por qué eligen hablar tan poco públicamente?

–Porque no estamos acostumbrados a la exposición. Y creemos que así beneficiamos a la búsqueda de mi viejo… Es la postura consensuada por la familia. Podemos estar equivocados o acertados.

–¿Qué sentís cuando ves las marchas y todas las actividades que se hacen por tu viejo?

–Una gran alegría… por el hecho de que haya gente preocupada por mi viejo. Lo he agradecido en forma personal y lo agradezco siempre públicamente. Nosotros no participamos por una cuestión familiar: nunca fuimos a una marcha, entonces nos parece hipócrita empezar ahora por mi viejo. Y si vas a una marcha por mi viejo tenés que ir a 200 marchas por todos los demás. El día que aparezca mi viejo por ahí empezaremos.

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