La cultura en emergencia

En agosto se presentó un proyecto de ordenanza para declarar la Emergencia Cultural impulsado por la Red Multicultural La Plata en conjunto con el bloque de concejales del Frente de Todos. Intentan que se establezca con urgencia, un piso de medidas y recursos para contener a este sector que mantiene sus puertas cerradas desde marzo

Por Mariana Arocena
Fotos Teatro La Mercería 

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Uno de los lemas de campaña y de gestión del actual gobierno platense es el de “Ciudad Cultural”, que pretende –en teoría– poner en valor el nutrido entramado de gestión artística y producción cultural de la ciudad. Hoy quienes sostienen ese valor son espacios y trabajadores independientes que están sin trabajar desde marzo y aún no han recibido propuestas ni respuestas concretas para salvaguardar su sostenibilidad.

Los problemas del sector cultural no están en la agenda pública. En parte por eso, la autogestión es una característica fundante de este colectivo. Es decir, la gestión de recursos para mantener abiertos los más de 100 espacios culturales alternativos sin los cuales el lema municipal se derrumbaría. La mayor parte están nucleados hoy en la Red Multicultural La Plata, colectiva que también integran Cuchá Musicxs Platenses Produciendo; Profesorxs de Artes Escénicas Autogestivos de La Plata, Berisso y Ensenada (PAEA); la Asociación de Coreógrafxs, Intérpretes y Afines de Danza Independiente Platense (ACIADIP); Casas Culturales en Red,  el Sindicato Argentino de Músicxs (Sadem) y otras personas que trabajan en el arte y la cultura.

En conjunto intentan llevar a los organismos estatales competentes un registro –también autogestionado– de la dimensión del problema que atraviesan, además de tratar de articular respuestas para encontrarle una salida. En la Provincia de Buenos Aires, sólo las salas independientes de teatro ocupan a alrededor de mil puestos de trabajo, dan escenario a más de 85 mil artistas y es incontable la movilidad económica indirecta que generan: iluminadores, escenógrafos, prensas, fotógrafos, fletes, librerías, productores de cerveza, imprentas, comercios de cercanía, diseñadores, y un largo etcétera que sigue sumando a la lista.

Según un informe de coyuntura cultural del Sistema de Información Cultural de Argentina (SIDCA), en 2018 la participación del empleo cultural en la economía fue superior a la de los sectores de energía (electricidad, agua y gas) y minería, que representaron, cada uno, el 0,6% del total. El aporte de la Cultura al empleo es similar al de la intermediación financiera y representa menos de la mitad de lo generado por salud privada y los hoteles y restaurantes, y la quinta parte de lo generado por el sector agricultura, ganadería y caza.

Su aporte a la economía es clave, y sin embargo es un sector constantemente desconocido por las políticas estatales. En efecto, solo el 49% de los municipios bonaerenses tiene una ordenanza que reconoce la existencia de los grupos y espacios culturales. Este vacío legal es el primer escollo a la hora de diseñar políticas públicas.

Martín Mendivil, integrante de la Red Multicultural de La Plata, la Red de Salas de la Provincia de Buenos Aires y de TICCH (Trabajadores de la Cultura de Chascomús) explica la gravedad de esto: “Cualquier instituto nacional ya sea el INCAA (Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales), el INT (Instituto Nacional del Teatro) o el INAMU (Instituto Nacional de la Música) cuando va a subsidiar o ayudar a establecimientos que estén relacionados al arte y la cultura tienen la condición de que esos espacios estén habilitados, pero solo el 60% de ellos lo está, en parte, porque no todos los municipios tienen una normativa que les permita formalizarse. Es lógico que el Estado no pueda subsidiar a alguien que no está reconocido por él mismo; pero entramos en un círculo vicioso del que no podemos salir hace años”.

Sólo el 49% de los municipios bonaerenses reconoce la existencia de grupos y espacios culturales:Es lógico que no se pueda subsidiar a alguien que no está reconocido por el Estado”, dice Martín Mendivil

No obstante, la mera existencia de normativas no garantiza la resolución del problema. También deben ejecutarse. La Plata cuenta con la Ordenanza N°11301 de espacios culturales, en la que se prevé un adelanto de tres meses del subsidio mensual establecido, con el fin de que se adecuen a los requerimientos necesarios para obtener la habilitación. Ninguno de los espacios registrados lo ha recibido desde la aprobación de la norma en septiembre de 2015.

Mientras tanto, con creatividad y desde su capacidad de gestión intentan generar soluciones para cubrir los gastos básicos –funciones virtuales, clubes de socios, delivery de productos– pero no es posible sostenerlo por mucho tiempo más: la deuda promedio calculada por cada sala de teatro independiente de la provincia es de $200.000 y ya se empiezan a bajar persianas.

Gisela Nomdedeu, integrante de la Red Multicultural de La Plata y de En Eso Estamos dice: “La ordenanza de emergencia cultural plantea el armado de una mesa de trabajo, un fondo específico que dé respuesta a la emergencia y medidas que acompañen al sector cultural con la reactivación. Se conformaría una vez aprobado el proyecto, por representantes del ejecutivo, del legislativo y actores culturales”.

Gisela Nomdedeu, de En Eso Estamos: “Se plantea el armado de una mesa de trabajo y un fondo específico de ayuda”.

Y aquí otra de las claves. Una gran parte de los espacios culturales no tiene fines de lucro y en La Plata es uno de los requisitos para obtener la habilitación como tal. Lo que recaudan estos espacios con su actividad se destina a pagar gastos fijos y sueldos a artistas y trabajadores. Por ende, es impensado que esas deudas puedan saldarse una vez reiniciada la actividad sin contar con ayuda económica del Estado. La emergencia cultural permitiría la asistencia económica a personas, colectivos y espacios relacionados con el arte y la cultura local, la exención del pago de tasas municipales, asistencia económica y alimentaria a trabajadores y trabajadoras en estado de emergencia y solventar los gastos de mantenimiento y adecuación para la reapertura bajo los protocolos correspondientes, entre otras medidas.

Enredarse para sobrevivir

Casas culturales en red se formó cuando comenzó la pandemia. Se encontraron de modo virtual para buscar soluciones, generar acciones, y brindarse contención. Es un espacio de diálogo y puesta en común de –hasta el momento– nueve casas culturales aunque saben de la existencia de muchas más. La intención principal es garantizar la sostenibilidad de estos lugares.

Paolo Colombro, habitante de la casa Punto de Fuga e integrante de la red cuenta: “Antes de la pandemia nos sosteníamos con talleres, cursos, eventos y con la cocina. Mucho de eso quedó parado porque no todo se pudo digitalizar. Hoy necesitamos que nos vean y que reconozcan nuestro trabajo. Y que se dé tal como somos, con las estructuras humanas y edilicias que nos caracterizan. Y con ese reconocimiento, pedir la ayuda necesaria para sobrevivir a esta pandemia y poder estar ahí cuando todo vuelva a funcionar. Estar ahí produciendo inmediatamente arte y cultura para la ciudad”.

“Antes de la pandemia nos sosteníamos con talleres, cursos, eventos y con la cocina. Mucho de eso quedó parado porque no todo se pudo digitalizar” (Paolo Colombro, de Punto de Fuga)

El aporte al empleo de la Cultura es mayor que el de los sectores de Minería y Energía

Ante la falta de registros por parte del estado (municipal, provincial o nacional) de trabajadores de la cultura, las organizaciones se tomaron el trabajo de generar censos para poder dar cuenta de la dimensión del problema. “Esos relevamientos arrojan números que incluso a los que estamos más empapados en el tema nos sorprenden: la precariedad del sector es muy profunda y es histórica. Mas allá de que en los últimos 4 años la cultura fue azotada por tarifazos, recortes, y demás, acarreamos grandes dificultades desde siempre”, dice Martín Mendivil.

Aurelia Ozorio, integrante de ACIADIP agrega: “Desde la danza venimos históricamente precarizadas y se manifiesta aun más en este contexto. Venimos pidiendo Ley Nacional de Danza, pero está siempre en instancia de discusión. Eso hace que no tengamos espacio donde nuclearnos, no hay instituto de danza. Nos resulta necesario tener una mesa de diálogo con los funcionarios para pensar en conjunto cómo distribuir el presupuesto y registrar quiénes somos porque esta emergencia cultural es también emergencia alimentaria”.

Por eso, un día de tantos durante esta pandemia, un grupo se reúne en el centro cultural En Eso Estamos para armar bolsones de alimentos. Este espacio solía tener su cocina funcionando al mediodía. Gisela hubiera estado ensayando su obra, Leandro organizando el próximo evento de Cosmiko Galería y Martín gestionando la agenda de La Mercería Teatro. En lugar de eso, están en el antiguo edificio de la Cooperativa Industrial Textil Argentina, distribuyendo las pilas de fideos, polenta, leche en polvo, cacao y harina que envió el Ministerio de Desarrollo Social en conjunto con el Instituto Nacional del Teatro, en bolsones para quienes trabajan en la cultura.

Por un horizonte con cultura

La cultura debe ser resguardada, transmitida, conocida. ¿Cuántas personas son las interesadas en la danza, en la pintura, en la lectura, en el teatro o el cine, como productores, pero también como consumidores/espectadores? En definitiva se trata del patrimonio cultural de un pueblo, de su historia y tradiciones, de modos de narrar y repensar el mundo, de la formación de oficios y profesiones. De trabajo. ¿Quién se imagina un mundo sin arte y cultura, ni espacios donde este se desarrolle?

Paolo lo define así: “No es posible pensar un escenario para nosotros sin encuentro. Eso es lo que genera cultura: la divulgación, la transferencia de conocimiento, de arte, de ideas, de formas de pensamiento. Es imposible generar cultura sin estar encontrándonos con pares y con los que piensan distinto. Por eso queremos visibilizar las casas, para sumarnos al entramado cultural de la ciudad, con derechos y obligaciones también, por supuesto”.

¿Qué se ve en el horizonte? Gisela Nomdedeu afina la vista y asegura: “El camino que nos queda es seguir reforzando economías colaborativas que puedan dar respuesta a los sectores más afectados, más allá de lo que el Estado quiera dar. Hay una diversidad en la organización, a partir de articular distintas coordinadoras, que da esperanza y nos mantiene vigentes y fuertes. Los lazos con la comunidad y los espacios de pertenencia no se pueden perder y eso va a llevar un tiempo de reactivación, volver a convocar y que ese público nos vuelva a habitar. La preponderancia de laburo que tenemos es lo que nos va a salvar y a poner otra vez en marcha”. Mientras tanto, en este presente de incertidumbre pandémica, la Emergencia Cultural parece impostergable en la ciudad // 

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