Los límites de la traducción

136-MarazUna joven migrante boliviana fue acusada de matar a su marido y sometida a un proceso judicial sordo. Reina Maraz es quechua parlante y recién en el juicio oral pudo hablar ante la Justicia en su lengua y a través de una intérprete. Pero las juezas de un tribunal de Quilmes no fueron permeables a ese relato que describía múltiples violencias y la condenaron a prisión perpetua.

Por Juliana Arens

Cuando lleguemos a la casa, Reina tardará en recibirnos. Luego de abrir la reja que da a la calle, volverá con apuro al otro lado del garaje, cerca del artefacto que permite el monitoreo electrónico. Reina –sabremos– lleva una pulsera en uno de sus tobillos y si se aleja demasiado del aparato la llaman al teléfono fijo para chequear que no esté violando la prisión domiciliaria. Entonces, se sentará en un banquito y ahí se quedará durante todo el encuentro. En ese rato almorzaremos y nos contará –a Elizabeth Nogales, Gilma Calicho y a mí– que ni bañarse puede sin que la llamen, que le duele el cuerpo, que quisiera volver a Bolivia a encontrarse con sus hijos, que se siente confundida y sola.

–Se condena por unanimidad a Reina Maraz Bejarano a la pena de prisión perpetua por resultar coautora penalmente responsable del delito de homicidio –leyó la secretaria del Tribunal Oral en lo Criminal N°1 de Quilmes, mientras las juezas miraban un punto indefinido en las pilas de papeles.

A un costado, Reina, nacida en Bolivia, quechua parlante, ladeó la cabeza para que la intérprete, Frida Rojas, tradujera la sentencia a su lengua. Fue la última en saberlo y escuchó la traducción en silencio. Mantuvo el torso rígido. La boca cerrada en una línea.

Desde entonces, espera un proceso judicial de segunda instancia luego de que su defensa apelara la sentencia. La acusaron de haber sido coautora, junto con su vecino y supuesto amante Tito Vilca Ortiz, del homicidio de quien fuera su marido, Limber Santos Vilca. Según el veredicto, el móvil del crimen habría sido el robo de mil pesos. Pero Reina dice otra cosa.

Tres días después de la desaparición de Limber, en diciembre de 2010, Reina llegó a su casa y la Policía la estaba esperando. Sus dos hijos, de 3 y 5 años, estaban siendo trasladados para dar testimonio; esa sería la última vez que los vería.

Reina habla quechua y prácticamente no comprendía el castellano. Pero ese dato pasó desapercibido desde el primer momento del proceso judicial. Durante más de un año, su defensor oficial, José María Mastronardi, la asistió creyendo que Reina entendía lo que él decía. Hasta que a fines de 2011 la Comisión Provincial por la Memoria (CPM) detectó el caso, convocó a Frida Rojas y recién entonces Reina pudo decir: “No entiendo nada”. La Justicia bonaerense explicó el error argumentando que sólo tienen traductores de lenguas “tradicionales” -inglés, portugués y francés-; Mastronardi se disculpó públicamente por tener una “venda en los ojos”; y la CPM pidió, sin éxito, la nulidad de los actos procesales anteriores a la incorporación de la traductora.

Antes de la intervención de la CPM, Reina firmó papeles sin saber qué decían. Mientras tanto el otro acusado en la causa, Tito Vilca Ortiz, moría en la cárcel de Florencio Varela, dejando a Reina como única imputada en el juicio.

–Los fiscales decían que Reina había comprendido los motivos por los que la detenían ya que al momento de recibir la notificación, que era un papel escrito en castellano, ella asintió con la cabeza –explica Sofía Ballesteros, abogada de la CPM–. Pero la intérprete les explicó que el asentir con la cabeza es una práctica cultural que tiene que ver con aceptar a la otra persona como interlocutora en un diálogo, que no quiere decir que le esté entendiendo, ni que esté de acuerdo con lo que le están diciendo.

Los primeros siete meses los pasó en una comisaría de Quilmes, donde supo que estaba embarazada de su tercer hija, Abigaíl; los siguientes tres años en la Unidad Penitenciaria Bonaerense N° 33 de Los Hornos, donde dio a luz; y desde diciembre de 2013 está con prisión domiciliaria en el barrio Olimpo de Lomas de Zamora. Ahí tiene la compañía de Abigaíl, algunos parientes y sus hermanas. Y siente la ausencia de sus dos hijos mayores que fueron llevados con los padres de Reina a Avichuca, el pueblo natal en Bolivia.

Recién cuando ocurrió el juicio oral –en el año 2014– Reina pudo, por primera vez ante la justicia, relatar su historia. En quechua contó que había llegado a la Argentina en 2009 obligada por su marido Limber, quien era su único intérprete. Contó que consiguieron trabajo en Florencio Varela, en un horno de ladrillos, y en ese predio se instalaron. Fue en ese empleo donde conocieron a Vilca Ortiz, otro changarín que vivía allí. Contó que su marido salía con él a los boliches de Liniers, que se alcoholizaban hasta el exceso y que solían pelearse. Contó que una noche el vecino llegó borracho diciendo que se iba cobrar una deuda de su marido y la violó. Y que cuando Libmer volvió a casa negó la historia y le dijo a Reina que no volviera a hablar del tema. Contó que el episodio volvió a suceder una vez más. Contó que buscó a su marido la noche que no volvió, contó que no entendía lo que estaba pasando, contó que se sentía sola.

El tribunal no entendió lo mismo. En sintonía con la versión del fiscal, sentenciaron que el abuso fue en realidad un romance, que Reina y Vilca Ortiz mataron juntos a Límber para robarle mil pesos, y la condenaron por unanimidad a prisión perpetua.

Una puerta a la palabra

El equipo de la Comisión Provincial por la Memoria (CPM) interviene en el caso desde fines de 2011. En una de sus inspecciones en la UP 33 de Los Hornos se encontraron con una mujer -Reina- con la que les costó mucho comunicarse y, alertados por otra detenida que hablaba el quechua, supieron que no comprendía cabalmente el castellano.

–Cuando la conocí lo único que decía es: “Porque soy boliviana no puedo hablar” –recuerda Mariana Katz, del Programa de Pueblos Originarios de la CPM–. A través de un compañero boliviano entendimos que no había comprensión y que Reina no sabía por qué estaba detenida. Estuvimos tres horas esa primera vez. Nuestro compañero le dijo que a ella le imputaban el homicidio de su marido y se desplomó. Ya hacía un año y tres meses que estaba en la cárcel.

Desde dicha institución se entiende que el de Reina es un “caso testigo” ya que pone en relieve una problemática que trasciende este episodio en particular: la falta de perspectivas de género y de interculturalidad de jueces y fiscales.

La presunción de que Reina y Vilca Ortiz eran amantes aparece como la hipótesis de investigación del fiscal. Así, la historia de los abusos sexuales es una excusa para encubrir la relación amorosa. Entonces, un eje central de la sentencia es que Reina miente.

–Nosotras vemos una ausencia absoluta de perspectiva de género del Tribunal al no entender las lógicas asimétricas en el vínculo con Limber Santos, su esposo. ¿Por qué no denunció los abusos? Su marido le dijo que no. Listo. No estaban en una relación de paridad, no estaba sujeto al diálogo –explica Ballesteros–. Además, son evidentes las diferencias culturales en los modos de resolver las disputas y vuelve a desconocerse que la lengua madre de Reina es el quechua.

La visibilidad que tomó el caso en los medios de comunicación hizo que aparecieran otros similares, donde las diferentes pautas culturales y lenguas valieron de excusa para condenas a mujeres pobres. Por ese motivo, la CPM elevó un pedido a la Suprema Corte de Justicia de la Provincia de Buenos Aires para que se abra un registro de intérpretes de lenguas originarias. El pedido fue aceptado y en este momento se está diseñando la implementación del mismo. Ballesteros explica que no es una tarea sencilla de traducción palabra-a-palabra, sino que la tarea de interpretación reviste también la contemplación de distintas pautas culturales y sistemas de administración de justicia y resolución de conflictos.

–La intérprete tuvo que explicar a Reina cada escena y quiénes eran esas tres mujeres que definían su libertad o su encierro. Frida cargó de sentido todo el proceso, tanto para ella como para nosotras.

El diálogo

Eugenia Lara es una mujer de sonrisa amplia. Su casa es luminosa y colorida.

–Nosotras somos el Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) y tenemos un trabajo fuertemente feminista dentro del movimiento piquetero. La asamblea de mujeres es un espacio de lucha igual que otros. Por ese motivo nosotras charlamos y debatimos todos los temas que nos parece que hay que problematizar. Y cuando hablamos de este tema en nuestra asamblea todas las compañeras bolivianas se sintieron muy tocadas. Muchas se vinieron en situaciones no deseadas, tienen compañeros violentos, tuvieron que pasar por la dificultad de no ser entendidas por la lengua y se sintieron muy solas. Dijeron “esto no le tiene que pasar a nuestra hermana”, y ellas mismas fueron las que señalaron la forma en la que era mejor acompañarla: estar ahí, visitarla.

Desde entonces, mientras la Defensoría General de Quilmes y la CPM trabajan el abordaje legal del caso, las mujeres del MTD nucleadas en la Campaña Nacional Contra las Violencias hacia las Mujeres, acompañan a Reina cada semana. Ellas son Elizabeth Nogales, Gilma Calicho y Ximena Muñoz, y con ellas voy a visitar a Reina a la casa de su primo, donde cumple la prisión domiciliaria. Cuando la visitan ellas le llevan comida y ropa, comparten el rato, conversan a veces. Las tres son bolivianas y hablan el quechua, las tres vinieron del campo a buscar trabajo, las tres conocen de cerca la violencia que sufren las mujeres en manos de sus maridos.

–Si tocan a una, nos tocan a todas –dice Elizabeth y su rostro toma la rigidez de un puño.

Las mujeres cuentan que la noticia de Reina las conmovió y a partir de esa tarde organizaron la campaña de visibilización con la que recorrieron barrios, diarios y radios.

–Cuando estaba con Limber ella no podía hablar, no tenía a nadie. Era totalmente esclava; si no era con él, no salía. Le pegaba muchísimo. El tipo era tan malo que cuando se endeudaba le pagaba al vecino haciéndolo pasar con Reina. A Tito Vilca Ortiz. Y ella nunca lo pudo contar. Tooooodo eso se ha tenido que aguantar –dice Ximena con su voz chispeante y la “o” parece hacer un largo, interminable viaje.

A diferencia de Reina, Elizabeth, Gilma y Ximena son segunda generación en migrar del campo a la ciudad, y luego de Bolivia a Argentina.

–Mi mamá también es una mujer que no sabe castellano y no le gusta vivir acá porque no entiende. Cuando le hablan sonríe y dice “Si, si”, como Reina cuando la arrestaron. Y siento que esto le podría pasar a mi mamá, o a cualquier otra mujer. Es una condena injusta. Me duele mucho. Haría lo que sea necesario para que sea libre –dice Elizabeth. Y lo están haciendo, de manera colectiva, entre mujeres, del mismo modo que ellas construyen poderío en su barrio.

Cargadas con frutas, ropa y comida, es momento de partir rumbo a barrio Olimpo. Después de casi una hora de viaje, estacionamos frente a un portón de rejas y Elizabeth aplaude durante varios minutos hasta que sale Reina. Nos saluda tímidamente y vuelve adentro. La seguimos y tomamos asiento.

Comemos con las manos lo que está en las bolsitas: una patita de chancho enharinada y frita, media papa hervida, y ensalada de lechuga y zanahoria. Reina pela el huesito y lo revolea contra la reja. Me agacho por si me da a mí, pero el hueso sigue de largo y cae al piso de cemento. Al verme, Gilma, Elizabeth y Reina se ríen, y yo me río con ellas.

–En el campo, en Bolivia, siempre comemos cualquier huesito y lo tiramos. Ella mantiene esa costumbre.

Siguen riendo y hablando hasta que bajan la voz a un susurro. Dejamos de comer, y de reír, y Gilma apoya su mano izquierda en la pierna de Reina. Entiendo “escuela”, “cuarto” y “segundo”, el resto es quechua, Reina habla rápido y sin pausas.

–Ella está preocupada, dice: “Si no trajeron a mis hijos de Bolivia ahora no los van a traer, porque ya empezaron la escuela. Si vienen pierden un año de clases. Porque mi hijito que tendría que estar en cuarto ahora está en segundo. Si vienen se perjudican”. Dice: “Mi abogada ya se cambió”. “Otro abogado”, eso dice.

El cambio de abogado se debe a que la Defensoría General de Quilmes, a cargo de Noemí Pérez y donde ejerce Mastronardi, abogado defensor de Reina, presentó el recurso de casación contra la sentencia. El recurso ya fue admitido formalmente por la Sala I del Tribunal de Casación de la Provincia, que recientemente atravesó una crisis institucional ante las renuncias de los jueces Horacio Piombo y Benjamín Sal Llargués, cuestionados por fundamentar en la supuesta homosexualidad de un niño violado la quita de los agravantes a su abusador enjuiciado.

Entiendo que Gilma pregunta “¿Abogadoch o abogadach?”. Reina responde algo que no comprendo, y Gilma traduce:

–Dice que no le explican bien. Uno viene, y una cosa le dice. Otro viene, y otra cosa le dice. Está confundida. Y los hijos nunca llegan.

Reina llora y escupe palabras en quechua.

–Eso dice ella: “¿Por qué no me avisan la verdad? ¿Para qué me hacen esperar en vano?”.

Lo que Gilma le dice a Reina suena así: “Reina, amoache”; me explica que le dice que no llore. Según el traductor, se escribe ama waqanki y significa: “Ya no trinan los pájaros”. Reina habla conteniendo el aire en el pecho. Respira entrecortado. Eli no emite sonido y se acerca y se apoya en mi brazo y ahora la mano derecha de Gilma se apoya en mi pierna y yo acaricio la espalda de Reina y todas nos acercamos lo más posible. En este momento, esa es nuestra ronda.

El silencio se interrumpe por la llegada de un sobrino que salió de la escuela y reparte besos y gaseosa al llegar, o quizás por la mujer del primo de Reina que se asoma de vez en cuando y se suma a la charla. La conversación es un camino de montaña con momentos dolorosos cuesta arriba, caídas libres y algunos valles donde poder descansar.

Las mujeres cuentan que en Avichuca sólo quedaron los padres y los hijos de Reina, todos los demás se fueron. Ahí donde vivía Reina, ahora todo es silencio. Las mujeres le preguntan por mí cómo era la vida en el campo y ella sonríe apenas con los ojos encharcados por el llanto.

–Dice: “Yo nací ahí. Estaba acostumbrada y me sentía bien. Me bañaba en el río y comía lo que maduraba en el campo. Es más libre que aquí, que hay que ir a comprar. Allá hay granos, trigo, habas, papas, choclos, frutas, chivitos. Arroz o fideos no comemos nosotros, eso para navidad o año nuevo. Después los hombres empezaron a viajar y a traer otras comidas, jabón y cosas. Ellos aprendieron algunas cosas, hasta aprendieron castellano. Y después nos trajeron a nosotras”.

Reina, Eli y Gilma hablan en quechua y se olvidan de traducirme por un rato. Hasta que Reina baja la voz y vuelve a llorar. Entiendo “Frida”, “defensor”, “hermana”.

–“Si está en el baño, al momento la llaman y no llega a atender; pero sí o sí tiene que contestar, eso le explicó Frida –dice Gilma–. Justo cuando se está bañando siempre le llaman. Y ya tiene una falta. Tiene que estar mayormente adentro y duerme ahicito, en una chapita. Le dieron un espacito chiquito”. ¡Ni puede ir al baño tranquila, por eso se siente enferma!

Gilma pone sus manos en su panza, habla con sus palabras; por un momento, su cuerpo es el de Reina.

–Llorar, llorar, y nunca me avisan la verdad –dice ahora Reina–. No es un rato nomás que estoy sufriendo, tanto tiempo ya estoy sufriendo: ¡cinco años con este año! Y sin saber nada, ¿por qué no me dicen la verdad?

Las mujeres la abrazan, la consuelan, la besan. Le dicen que ya mismo van a tratar de hablar con las abogadas.

–A mis hijos los sacaron callados de acá. Eso hicieron. Y yo no me siento bien. No sabía hablar y me daban papeles para firmar. Yo sólo ponía mi nombre. Yo quiero que todos los bolivianos del campo se enteren. Los pobres como yo. Yo quiero que ellos me ayuden. Yo quiero saber quién mató a mi marido. Hasta donde sea voy a ir, hasta que me dejen libre.

De todas las palabras, hay una que no conoce en su lengua y dice en castellano: inocente. También dice munani justiciata, dice: “quiero justicia”.

 

En primera persona

–Me llamo Reina Maraz. Soy de Bolivia, de Avichuca, tengo 26 años. Tengo el problema de que me acusaron de algo que yo no hice.

Reina habla a cámara, y lo hace en su lengua.

La Campaña Nacional Contra las Violencias hacia las Mujeres le propuso hacer un video para enviar a Bolivia y ella aceptó. En la imagen, Reina tiene el rostro cuadrado, lleva el pelo negro prolijamente atado en una cola, aros dorados, las manos cruzadas sobre las piernas, la mirada hacia el piso al hablar.

–Quiero que se sepa la verdad –dice un subtítulo en la base de la pantalla–. Yo no tengo la culpa. Hace 4 años que me siento manejada por todos lados. Me metieron a cadena perpetua porque no entendía de ninguna manera, por no saber hablar castellano. No quiero que a nadie le pase lo que me pasó a mí.

Elizabeth, Gilma y Ximena hicieron de intérpretes durante la entrevista grabada y luego trabajaron en el subtitulado, una tarea que no resultó sencilla. Reina habla un quechua cerrado, regional, que usa menos palabras que el que aprendieron ellas. Reina no dice “estoy triste”; dice song’oy nanahuan: a mí me duele mi corazón.

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