El dominio de la voluntad

Foto Luis Ferraris
Foto Luis Ferraris

Mariana Condorí apareció ahorcada en su casa de Villa Elvira, en las afueras de La Plata, una semana después de denunciar el maltrato crónico de su pareja. El fiscal sostiene que hubo “instigación al suicidio”, una figura penal poco usada para estos casos, que acaba de darle un giro a la causa. La historia tras el expediente, a un año de la muerte. 

Por Juan Manuel Mannarino

Hay un circo.

Antes un callejón, se dobla la esquina y asoma una carpa grande que parece la sede central de los gitanos de la zona. Está escondida, como abandonada, hundida en la tierra seca y estéril, la misma que cuando llueve es fango, el mismo fango que empantana el barrio, el barrio que es uno de los confines más extremos de Los Hornos.

De un lado el baldío. Del otro, el circo. En el medio hay casas bajas, matorrales, agua podrida en las zanjas y basura chamuscada.

Un cartel luminoso que nadie mira anuncia el espectáculo. Las motos tipo Zanella, que aguantan a familias enteras, enloquecen a los perros. Aceleran. Los tarascones pasan cerca de los tobillos.

Es el barrio de las cárceles de mujeres: el micro llega hasta ese límite y pega la vuelta. El que no lo hace es el auto del circo, que una vez por semana anda por los callejones y reparte entradas. Los pibes gritan y se pelean. El grupo de Alejandra nunca pasa desapercibido. Son más de diez, entre hijos y nietos: incontrolables y tan histriónicos como los enanos de ése o de algún otro circo.

—Bienvenidos al jardín de infantes —dice Alejandra, mientras abre la puerta.

La casa parece otra cosa. Es una especie de comedor infantil, con un tablón grande en la entrada, el revoque sin terminar y mamaderas, cochecitos, sonajeros, chupetes y zapatillas desparramados por el piso. Los niños se suben a la mesa, corren, entonces los retan y salen con una pelota a las órdenes del “Pelado”, uno de sus hijos adolescentes.

Alejandra Pereyra, 40 años, una mujer de brazos fuertes y gesto amable, es la madre de Mariana Condorí, la tercera de sus diez hijos. Tiene la cara triste y parece haber dormido poco: el mediodía le molesta en los ojos. En la casa no hay hombres mayores. Su familia, dice, vive de una pensión estatal que recibe por ser madre de más de siete hijos.

Mariana aparece por todos lados. Estampada en el cartel “Justicia por Mariana” en la fachada de la casa. En muebles y paredes. Y tatuada en la espalda de su madre. La cara con los ojos negros achinados, el flequillo Stone, la sonrisa forzada y dos piercings cerca de la boca.

 

—¿Te gusta mi tía, amigo? –pregunta Benjamín, uno de los sobrinos de Mariana, y señala una foto.

Su tía tiene un pantalón corto que le marca los muslos, una remera que le llega hasta la panza y una vincha en la frente, y alza a un bebé. Mira a la cámara como sorprendida, con aire de inocencia y una sensualidad pícara, de chica que se sabe linda. A los 20, con tres hijos, había retomado la escuela primaria. Lo hacía a espaldas de su última pareja, Gabriel Emir “el Chancho” Maldonado. Él le llevaba seis años, eran novios hacía dos y se ponía como loco cada vez que ella salía.

Vivían en una casilla de material, chapa y un solo ambiente en Villa Elvira. El Chancho, alto y corpulento, guardaba dos pistolas arriba de un ropero, con las que solía apuntar cuando robaba. En la casilla escondía las cosas que ofrecía a conocidos. Nunca hubiera imaginado que tiempo después, por un celular que tenía en el bolsillo, quedaría tras las rejas.

Benjamín besa la foto. Entre mate y mate, la madre y la hermana hablan sobre el 14 de marzo de 2012, el día que cambió el rumbo de sus vidas. Lo nombran, cabizbajas, como “eso que le pasó a Mariana”.

Juran que no, que no entra en la cabeza que ella…

—Mi hermana no se suicidó. Amaba a sus hijos. Luchaba por ellos como nadie —dice Soledad, de 24, pelo teñido de rubio, calzas grises.

-¿Y qué pasó?

—Creemos que la mató el Chancho. O que la obligó a que se matara –agrega Alejandra.

—La autopsia no mostró huellas en el cuello, golpes ni signos de resistencia…

Alejandra: La investigación del fiscal (Marcelo Romero) fue mala. ¿Dónde estaban, por ejemplo, los hijos de Mariana cuando pasó eso? Hay testigos que todavía no declararon y faltaron pericias. Si, como dicen, fue un suicidio y la encontró el Chancho, ¿por qué no la salvó?

—¿Qué pericias faltaron?

Soledad: Al cuerpo le sacaron fotos de cualquier cosa, como los tatuajes con los nombres de sus hijos, que no sirven para nada. Falta saber si, por ejemplo, la desmayó de una trompada o la drogó para atontarla. Dicen que murió por asfixia, pero falta determinar qué tenía debajo de las uñas, para ver si se resistió. Aparte ella era petisa y no llegaba ni con una silla al techo. En su barrio nadie puede creer eso. Estaba llena de vida.

 

No, no se mató. Repiten, como un coro implacable.

 

El sonido de la furia

Dos vecinas de Villa Elvira, testigos clave, declararon que Maldonado era temerario. Que a Mariana la veían deprimida, como derrotada, y que agobiada por tantas amenazas les contó que pensaba matarse. Escuchaban gritos y más de una vez vieron cómo la insultaba en la calle, cómo la quería atropellar con la moto, cómo quemaba su ropa y le destrozaba el celular.

Un infierno difícil de soportar.

Una mañana, Aymara, la beba de Mariana y el Chancho, se enfermó de bronquiolitis y quedó internada. Él creyó que su novia se había ido con un tipo y le fracturó la mandíbula. Antes le había pegado en el hospital, celoso de enfermeros y médicos.

Otro día sospechó de un remisero y lo molió a trompadas. Estuvo un mes preso. Luego lo sobornó al chofer con un centro musical para que retirara la denuncia.

Mariana con éste, con aquél. Mariana con otros, aquí y allá, a la luz del sol y en las sombras de la noche. A sus otros dos hijos —Bautista (5) y Lautaro (3), que tuvo en relaciones anteriores— también los golpeaba.

 

—Bautista se vino conmigo después que el Chancho disparó un par de tiros en el piso. Lautaro era el más aferrado a Mariana pero a Bautista lo crié yo. Temblaba del miedo, no podía dormirse —dice Alejandra.

Era común que, después de los ataques del Chancho, Mariana armara el bolso, se subiera a un remís y volviera por un tiempo a lo de su madre. A los pocos días, él aparecía. Se arrepentía, lloraba, pedía ver a Aymara. Alejandra no lo dejaba entrar, y gritaba desde la vereda: “Te voy a matar, no me importa porque ya estuve preso varias veces. Putas como vos hay en todos lados”.

No era la primera vez que Mariana convivía con el maltrato. Sus otros dos novios tenían conflictos con la ley y la agredían como a un saco de basura. Nadie llegó al extremo del Chancho. Ninguno tan brutal, tan siniestro.

Los que la frecuentaron no podían creer que una chica atractiva, inteligente y temperamental se enganchara con tipos del hampa, peligrosos y destructivos. Saben que sufrió demasiado: unos veinte años de abandonos, padecimientos y desgracias. Que no conoció muchos instantes de ternura, amor, cariño. Y que no se quedaba callada: cuando recibía una mano respondía golpe por golpe y amenazaba con denunciar en la Policía.

—El padre de ella es boxeador. Se hacía respetar. Era brava —dice Alejandra. Saca una fotocopia. Es la denuncia de su hija contra el Chancho.

 

El 6 de marzo de 2012, bajo el acecho de la muerte, Mariana fue a la comisaría Tercera de Los Hornos. Dijo que el Chancho había tenido un ataque de ira, que rompió muebles, que la golpeó con un palo, que le puso un cuchillo en el cuello. Que no era la primera y única vez que lo hacía. Y pidió protección policial.

“¡Te voy a matar!”, le gritó él. Con la otra mano, la agarró de los pelos y la obligó a subir a su moto.

Mariana se negó y recibió piñas en el estómago, pero estaba con la beba y cedió. Fueron hasta una vivienda. Salió un amigo del Chancho con un arma en la mano. Se la puso en la cabeza. Mariana manejó hasta la casa de su madre. Él iba atrás con Aymara y le pegaba con el arma en la nuca.

 

—Estaba agotada, muy flaca. Cuando llegó, todos pensamos que había pasado algo grave. Agarré la beba de los brazos del Chancho y lo echamos a gritos —dice Soledad.

Después de la denuncia, Mariana se mudó una semana a lo de su mamá. Fue la última fuga. Pero el círculo era perverso: convencida por una nueva promesa de cambio, regresó. Él la complacía. Le compró una moto, le armó un almacén en la casa, se ponía tierno con la beba.

—Era cabeza dura. Yo le decía: “No te metas ahí, que es peligroso”. Le insistíamos con que estaba loco, que no iba a cambiar. Ella lo pensaba, y la última vez dudó más que nunca. Nos decía: “Vuelvo o no vuelvo…”. Y un día, sin que nos diéramos cuenta, se fue.

Alejandra sigue sin entenderla.

 

El 14 de marzo, cerca de las 9 de la mañana, la casilla de Mariana era un desastre. Habían discutido y estaba todo revuelto: el televisor en el piso, las cajoneras destruidas, las hojas de la ventana rotas. Algunas horas más tarde, ante la Policía, los vecinos dirían que el Chancho estaba nervioso, entraba a la casa y salía. Que, desesperado, tiró piedras a lo de una amiga de Mariana para que lo ayudara. Todo era confusión.

En la otra punta de la ciudad sonó un teléfono. Alejandra escuchó la voz de un comisario y pensó lo peor. Le comunicaron que fuera urgente a Villa Elvira. Hacía noches que la perseguía un pensamiento. “La fajó, ese hijo de puta me la hizo mierda”, se dijo.

Casi se desmayó. Una vecina de Mariana, en el camino, la llamó desesperada: “La negra se va, la negra se va”. Llegó y vio un avispero de gente en la vereda: periodistas, patrulleros, desconocidos. En su cabeza, como una ráfaga, se aparecieron los revólveres del Chancho en el ropero. “Mariana lo mató”, imaginó, aliviada.

La Policía no la dejó entrar. Miró alrededor y se dio cuenta de que los demás murmuraban. Estalló en un llanto.

Sobre la cama de dos plazas, boca arriba, yacía Mariana, vestida con una pollera de jeans y una musculosa negra. Tenía una chalina celeste atada en el cuello.

 

El círculo perverso de la violencia

Hasta fin de febrero pasado, el caso Condorí estaba paralizado. La autopsia había determinado “suicidio” y se investigó la violencia previa, sin muchos otros avances. Ahora la causa dio un giro. La jueza de Garantías Marcela Garmendia hizo lugar al pedido del fiscal Marcelo Romero (de la Unidad Fiscal de Investigación 6) de imputar a Gabriel Maldonado por “instigación al suicidio”, una figura penal infrecuente en casos de violencia de género (ver recuadro).

 

Antes de conocer a Mariana, Maldonado purgó cinco años de cárcel. A los pocos días de verla, creyó salvarle la vida.

—Estaba perdida en la prostitución y en la droga. Le hice ver la realidad y se vino a vivir conmigo —le dijo en una de las últimas indagatorias al fiscal, que a pocos días de la muerte se preguntaba si ella había sido capaz de decidir su autoeliminación.

Apoyado en testimonios de familiares y vecinos, Romero consideró a Maldonado “autor mediato”: significó que la instigó a suicidarse. Se refirió a “un escenario de extrema violencia para anular en la víctima el dominio de su voluntad” y dijo que “excedió la mera acción de determinar su suicidio, anulando la capacidad de determinación y de decisión, al no contar la víctima con un dominio psíquico de la acción desplegada”. Concluyó que el acusado “canceló en la víctima la facultad intelectual de no sólo decidir su destino, sino que además la transformó en un instrumento para perpetrar el homicidio”.

La versión del Chancho es que la mañana del 14 de marzo discutieron, rompió objetos, salió a arreglar la moto y fue a la UOCRA por un trabajo. Dice que cuando regresó vio colgada a Mariana, la descolgó, la quiso resucitar, llamó a los vecinos, pidió una ambulancia y marcó varias veces el 911. Que cuando llegó un patrullero le agarró una crisis de nervios, le tiró piedras y corrió a los efectivos con una tenaza porque se negaban a llevar a su novia al hospital. Y que en la comisaría se puso loco porque le quitaron a la beba, y rompió un vidrio.

No dice que la extraña ni que está triste. Al Chancho lo detuvieron pero por daño calificado y robo en un asalto previo a la muerte de Condorí. El celular que tenía en el pantalón aquella fatídica mañana era el mismo que afanó a una señora inválida a la que golpeó salvamente.

—¿Por qué peleaban con su última pareja? —le preguntó el fiscal.

—Porque era celosa. Me olía la ropa, se cortaba los brazos, me tiraba cosas.

—¿Usted no la agredía?

—Estábamos enfermos porque consumíamos drogas. La insulté un par de veces, pero nunca la agredí físicamente.

—Ella lo denunció porque dice que usted le fracturó la mandíbula. La mañana que apareció ahorcada usted reconoció que rompió cosas de la casa.

—El golpe fue porque peleó con una piba. Esa mañana fue la única vez que reaccioné con violencia porque me tenía harto con una mujer que venía a casa diciendo que tenía un hijo conmigo.

—¿Por qué piensa que murió?

—Sufría mucho porque la madre no la dejaba ver a su hijo mayor. Nuestra relación se acababa. Yo le di una familia, me hice cargo de Lautaro. Se mató por voluntad propia. Jamás la obligué a que se cuelgue.

 

Sofía Caravelos, abogada de la familia Condorí, cree que el Chancho miente en casi todo y se victimiza. El desafío de esta investigación, dice, es “determinar el contexto de violencia que condujo a la muerte”. Para ella, Maldonando debe ser juzgado no sólo por la muerte sino también por haber creado “un contexto perverso” de hechos que, en suma, desencadenaron la muerte (ver recuadro).

 

En algo el Chancho no miente: “Mi hipótesis es que Mariana se suicidó”, dice Caravelos. Es un tema delicado para la familia, lo sabe, y plantea que “por más que se haya matado no pierde valor conocer los causales de su muerte”.

Repasa la vida de Mariana. En veinte años, dice, sobrellevó en el cuerpo todas las violencias que una mujer pueda imaginar.

—Era pobre y le costaba un esfuerzo tremendo recomponer las cosas. Fue enloquecedor, apremiante. El Chancho tenía un dominio económico además de psicológico y físico.

 

Alejandra y Soledad no bajan los brazos. Saben de la causa tanto como el fiscal y se visitan con familiares de víctimas de femicidios. Alejandra despliega una carpeta. “Acá está todo”, dice, y muestra las copias de la denuncia y las placas de los golpes que se hizo Mariana. Son aportes clave. Esos papeles habían desaparecido de la comisaría y del hospital.

Hay un silencio. Alejandra traga y cuenta una anécdota: la tarde que Mariana salvó la vida de Hugo, un vecino de Los Hornos, cuñado del Chancho. Quiere explicar lo inexplicable: cómo alguien que rescató a un suicida pudo suicidarse. Dice que escucharon gritos, que fueron juntas a lo de Hugo, que nadie se animó a entrar. Lo vieron colgado, cortaron la soga y lo pusieron en una cama. Después de unos minutos lograron resucitarlo y volvió en sí.

“Hugo nos traicionó”, dice, con tono amargo. Desde la muerte de Mariana, las visitaba y le sacaba fotos a Aymara. Comprobaron que se las llevaba a la cárcel a su cuñado y no lo dejaron pisar más la casa.

Alejandra presiente que algún día “ese cretino del Chancho” saldrá de la cárcel y se acercará por la beba:

—No le tengo miedo. Pediremos la tutela y la guarda. Tiene que pagar por todo lo que nos hizo. Nos arruinó la vida.

Aymara está en un cochecito, mueve las manos, cachetona y con chupete. Huérfana de madre, con el padre preso, se pierde entre los pequeños, que le juegan, la miman, la hacen gatear.

Alejandra se detiene en Lautaro. Lo acaricia. Sabe que esa mañana vio todo. Y que en unos años será el testigo perfecto.

 

Los hechos y la causa

—6/3/2012: Mariana Condorí (20) denuncia a su pareja por violencia en la Comisaría 3ª de Los Hornos. El fiscal Marcelo Romero dicta una audiencia de “mediación” que no corresponde para estos casos.

—14/3/2012: aparece muerta, ahorcada, en su casa del barrio Villa Elvira.

—Sospechoso: su pareja, Gabriel “el Chancho” Maldonado (26).

—Acusación: el fiscal lo considera “autor mediato del homicidio”. La jueza de Garantías Marcela Garmendia no hizo lugar, pero detuvo a Maldonado por “robo con daño calificado”, hecho desvinculado de la muerte de Mariana. Por presión de la familia y una nueva presentación del fiscal, la jueza cambió de opinión y lo procesará por “instigación al suicidio”. Las indagatorias están en curso.

Dificultades para reconstruir los hechos: violencia a puertas cerradas, pocos testigos y un acusado con influencias en el entorno cercano.

Estrategias: la abogada de la familia, Sofía Caravelos, sostiene que debe ser juzgado por un “contexto perverso” que desencadenó la muerte. Quiere lograr encuadrar cada violencia padecida, en un delito específico: el día que le puso la pistola en la cabeza, “tentativa de homicidio”; cuando le fracturó la mandíbula, “daño calificado”; etcétera. Serían unos 10 delitos. En tanto, la defensa de Maldonado busca aislar los hechos, no relacionarlos con la muerte, plantear que el suicidio obedeció a otras causas que deberían buscarse fuera de su última pareja.

 

A partir de Mariana

—¿Mediación? La fiscalía que investiga la muerte de Condorí es la misma que recibió la denuncia de Mariana el 6/3/2012 y decidió dictar una audiencia de conciliación para la pareja. No se concretó, pero el Colectivo de Investigación y Acción Jurídica (CIAJ) denunció a Marcelo Romero por plantear, ante un escenario de violencia de género, un recurso contrario a tratados internacionales y a la ley nacional para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres, en vez de atender al contexto previo, escuchar y proteger a la víctima. Romero tiene un sumario administrativo en suspenso.

Denuncias. Mariana había contado episodios previos, pero su exposición “está tan mal redactada por la Policía que no sabe qué es presente y qué pasado. Sólo se permite que denuncie la víctima, y Mariana ya no está viva. Queremos que terceros puedan denunciar”, analiza Caravelos. El CIAJ solicitó a la Procuración provincial que trabaje en un protocolo para la toma de denuncias y la actuación de agentes judiciales ante violencia de género.

Código Penal. El CIAJ pidió que se declare inconstitucional el artículo 72 inciso 2, que supedita a una acción de la propia víctima la investigación de algunos delitos considerados “leves”, típicos de los contextos de violencia intrafamiliar en que interpretan el caso Condorí.

 

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