Desde abajo y a la izquierda

¿Que movilizó los últimos acontecimientos, el volver a hablar-sentir-querer la militancia por parte de muchas personas?

En primer lugar, como con casi todos los temas, es fundamental explicitar desde dónde se habla (o escribe). En mi caso, es el de la militancia que, surgida al calor de las protestas sociales, fue asumiendo un proyecto político de transformación asentado sobre los pilares de los mecanismos asamblearios, de participación directa en los asuntos comunes (democracia base), de acción directa para recuperar los derechos conculcados por las políticas neoliberales y obtener otros nuevos y, también, que hiciera hincapié en que la importancia de las luchas populares no sólo está vinculada con la conquista de mejores niveles de vida, sino que allí radica un núcleo duro –digamos– de concepción sobre el mundo, de cómo lo entendemos y habitamos. De allí que los procesos de organización autónoma de la clase que vive del trabajo, sean entendidos como la arcilla fundamental a partir de la cual puedan construirse un nuevo tipo de mujeres y hombres (por seguir usando una fórmula binaria que ya nos está quedando vieja) nuevos.

¿Entonces? ¿Qué tiene que ver todo esto con la muerte del ex presidente y los efectos identificatorios que generó su funeral? Mucho, aunque parezca que nada tiene que ver. Porque entiendo que el proceso político nacional, desde 2003 a hoy, no puede entenderse sin dar cuenta del proceso de fines de los 90 y comienzos del nuevo milenio, cuyo símbolo insoslayable es (más que ha sido) lo acontecido durante las jornadas insurreccionales del 19/20 de diciembre de 2001. Proceso que el kirchnerismo supo captar rápidamente y, rápidamente también, supo hilvanar una respuesta lúcida, que reconstituyera el régimen sin dejar de tener en cuenta lo que había pasado. Y con reconstitución del régimen no me refiero a una cuestión moral sino política. No ser gorila (imprescindible para quien quiera hacer política en este país), no quiere decir dejar de reconocer que el kirchnerismo no apuntó a modificar (porque no le interesa hacerlo), ninguno de los resortes fundamentales (estructurales) de nuestra sociedad (y no me refiero al clásico análisis estructural de quienes tienen y quienes no tienen los medios de producción, ya que a ningún gobierno de tinte populista se le podría pedir que ponga en cuestión dicho tema). Los trabajadores, las franjas más empobrecidas de la población obtuvieron algunas mejoras, es cierto, pero en un contexto de crecimiento económico, donde no se afectaron las ganancias empresariales (y es más, en donde los ricos se hicieron más ricos aun). Por eso, una cosa es valorar positivamente los gestos y medidas progresistas que ha tenido el gobierno (sobre todo en el último año y medio, tras la coyuntura de enfrentamiento con un sector de los sectores dominantes –los de la agroindustria–, que los llevó entre otras cosas a sufrir una profunda derrota electoral) y otra muy distinta es abandonar las aspiraciones de realizar cambios radicales (sin los radicales, claro). Uno de esos cambios fundamentales tiene que ver con las formas de entender y practicar la política, con las posibilidades de gestar una nueva subjetividad, que apueste a subvertir las injusticias actuales y no a gestionar de manera menos peor lo existente; que entienda que la movilización, el movimiento de los cuerpos es fundamental para ser protagonistas de la construcción de la historia y no sus espectadores. Nada de eso se vio en la plaza, ni se ve como planteo de la construcción kirchnerista. Ni siquiera de los sectores carta-abiertistas, seisieteochistas y los etcétera que puedan agregarse en la lista. Todos parten de la premisa de que si hay que movilizarse es para apoyar medidas de gobierno. Un gobierno que (en el mejor de los casos) se sostiene en la partidocracia y la burocracia sindical, tan duramente cuestionada en 2001 (y puesta en cuestión tras el asesinato de Mariano Ferreyra, apenas unos días antes de la muerte del señor K). La generación del 19/20 se fue gestando a lo largo de intensas batallas durante largos años. Hoy, muchas veces, por dificultades para visibilizarse e intervenir en debates que implican a las amplias masas populares, no parece tener perspectiva. Pero habrá que ver qué pasa en los próximos meses. Y ver si ese “resurgir de la política” es expresión de una nueva generación (contestataria, con capacidad de desplazar a la anterior) o es sólo uno de los tantos simulacros que no dejan de repetir los viejos folclores fetichizados. Mientras tanto, quienes no hemos entrado a engrosar las filas del proyecto estatal actual, continuamos –desde abajo y a la izquierda- promoviendo instancias de autoorganización popular– y buscando caminos para crear una nueva forma de actuar, de pensar, de sentir y de valorar.

Mariano Pacheco
Estudiante de Letras (UBA). Boletero –franquero- del Subte.
Miembro del colectivo editorial de Herramienta.
Colaborador de la revista Sudestada y de Prensa de Frente

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