La prehistoria del punk en La Plata (primera parte)

En esta serie de notas La Pulseada publica un repaso cronológico por los elementos que anticipan el estallido del punk noventero en la ciudad de las diagonales, parte de un trabajo de investigación realizado por un periodista local. Contrabandistas venidos de Londres, invasores con campera de cuero y extraños aliados de pelo largo irrumpen en el espacio público, poniendo en marcha un movimiento que se rebela contra todo lo establecido.

Por Francisco Altamiranda

La hipótesis sobre la cual se basa este relato dice así: ningún otro momento de la historia argentina es tan favorable para la propagación de la cultura punk como la década de los ’90. A lo largo de dos mandatos presidenciales consecutivos, el califa de Anillaco le dio continuidad a la masacre neoliberal iniciada por las sucesivas juntas militares que gobernaron del ’76 al ’83, profundizando el desmantelamiento de la industria nacional y la entrega de los servicios del Estado en aras de un modelo económico peligrosamente estribado sobre la timba financiera, el movimiento irrestricto de capitales extranjeros y la costosa fantasía del uno a uno. En el trascurso de esta fantochada empobrecedora miles de jóvenes de la Generación X encuentran en el punk un canal de expresión a través del cual manifestar su descontento, un espacio donde refugiarse frente al desamparo, un grupo de pertenencia.

A diferencia de sus padres, los punks no pueden forzar una mueca de conformidad frente a lo que está sucediendo. Armados con guitarras y un puñado de verdades, salen a denunciar que esta sociedad no sirve más, que las instituciones que la sostienen son una mentira, que los políticos roban, la Policía asesina y el periodismo calla, que la cultura oficial es basura, que escuelas, iglesias y familias son agentes opresores, que no hay futuro porque se lo están robando.

Los punks de La Plata se dan cita cada fin de semana en húmedos sótanos que huelen a espíritu adolescente, clandestinos sucuchos abonados a la cometa policial y demacrados clubes de barrio que les sirven de escenario para enchufar sus equipos y hacer ruido hasta la salida del sol, instituyendo un ritual de música podrida y danza violenta que deriva en la gesta de una pequeña pero activa comunidad alternativa, espacio en movimiento que resiste desde la contracultura al conformismo reinante en la era de la boludez.

La carta de Hari B, un pedazo de historia – Fuente Revista Pelo

El náufrago y los invasores

Cuenta la leyenda que el punk llega a Buenos Aires en la maleta de Pedro Braun, un pibe de Belgrano que se va de vacaciones a Europa y cae a Londres justo cuando los Sex Pistols hacen estallar la rabia juvenil contra la corona. De regreso cambia su nombre por el de Hari-B y publica una carta en el correo de lectores de la revista Pelo, autoproclamándose como la prueba viviente del punk hecho en Argentina. La jugada surte efecto y al poco tiempo toma contacto con Sergio Gramática, juntos arman Los Testículos, tal vez la primera banda del estilo surgida de este suelo. El mal gusto para nombrar grupos sigue profundizándose con la fundación de Los Violadores en 1981, ya con la participación de Enrique “Piltrafa” Chalar en voces, marcando el comienzo de una aventura musical que crece hasta volverse masiva, para algunos allanado el terreno de los que vendrían atrás, para otros traicionando los principios anti-todo que asientan la base programática del punk.

Los ’80 son testigos de un salto cuantitativo en el número de agitadores que sirven a esta causa. Lo que empieza como el desesperado mensaje de un náufrago arrojado al mar se convierte en una invasión de crestas, borceguíes y camperas de cuero que horrorizan a los transeúntes del microcentro porteño; de la narrativa volcada en una carta abierta dirigida a una imaginaria comunidad punk a la prolífica aparición de adeptos, bandas, recitales, publicaciones y grabaciones de carácter insurgente.

En La Plata la historia arranca con Los Baraja, entre 1981 y 1984, integrada por Marcelo “Vil baraja” Montolivo y Marcelo “Pocavida” Araneo.

La ciudad de las diagonales tiene su propio exponente en materia de punk seminal: Los Baraja, activos del ’81 al ’84, con Marcelo “Vil baraja” Montolivo (hoy buscado por Interpol, acusado de pederastia) y Marcelo “Pocavida” Araneo (famoso, entre muchas otras cosas, por la paliza que recibe a manos de Charly García en los camarines del Roxy durante un show de New York Dolls) como las figuras más estables del elenco. El gran hito de su breve carrera, además de un puñado de conciertos y algunas apariciones televisivas, fue la participación en el álbum compilatorio Invasión 88, lanzado ese mismo año por el sello Radio Trípoli Discos, una antojadiza selección de bandas y grabaciones que busca plasmar una fotografía de la movida under local de los 80. Ahí están los recién formados Attaque 77 y Flema, junto a otras ya disueltas como Los Laxantes, los fachos nacionalistas de Comando Suicida y Exeroíca, grupo integrado exclusivamente por chicas. La salida de este disco produce reacciones adversas, por un lado mucha gente se entusiasma con la propuesta y acude en masa a la presentación oficial que se realiza el viernes 16 de diciembre de 1988 en Cemento, por el otro, una porción considerable de gente lo boicotea por darle espacio a los neonazis de Comando Suicida.

Esa maratónica noche en el boliche de Constitución, con un Pocavida escabulléndose para salvar el pellejo tras provocar a parte del público arrojándoles una muleta que previamente había frotado por su entrepierna, marca el último aliento en la corta existencia de Los Baraja, dejando un vacío momentáneo de referentes para los punks nativos de La Plata.

Furia en acción – Foto: archivo de Adrián Gonaldi

Brigadas metálicas

En ese periodo de transición hiperinflacionaria que es el llamado a elecciones por parte de Raúl Alfonsin hasta el desembarco en Casa Rosada de la política neoliberal menemista, la continuidad del agite platense tiene un protagonista inesperado, un guerrero de largas melenas y potentes guitarras machaconas que también tiene sus orígenes en la Inglaterra de los ’70 y que es igualmente marginado por la sociedad argentina de ese entonces, un aliado al que muchos punks de la época citan como un referente obligado: el heavy metal. Aunque su planteo estético está lejos de los pelos parados y las canciones urgentes de tres acordes, son de los pocos que cantan de manera directa sobre el desamparo que golpea a la juventud, apuntando sus cañones contra la clase dirigente y convirtiéndose en los portavoces inmediatos de un piberío desamparado.

Los punks salen a denunciar que esta sociedad no sirve más, que las instituciones que la sostienen son una mentira, que los políticos roban, la Policía asesina y el periodismo calla

Chicho al frente de Enérgica – Foto: Juan Naum

Los grupos Furia y Enérgica son dos ejemplos claros del metal contestatario. La primera es iniciada por los guitarristas Mariano Mangano y Esteban Pollola, con Adrián “Yagui” Gonaldi en voz y Emilio “Gorchi” Milillo en bajo, tras la disolución de Deceso Prenatal, proyecto del que también formaba parte Marcos “Chico” Ciccini, devenido en cantante de la segunda. Estas no son las únicas bandas metaleras de la ciudad, pero se despegan del resto por su fuertísima politización, abriendo el juego para un público que desborda los límites de la ortodoxia heavy. Punks, skaters y pibes hardcore se arriman a sus conciertos atraídos por las consignas anarquistas en contra del Estado y del Gobierno que vociferan desde el micrófono. El thrash señala el punto de fuga en un escenario que se torna cada vez más asfixiante, conforme el menemismo, con sus esbirros provinciales y municipales, se afirma en el poder.

La barra de Monasterio – Foto: fuente desconocida

Mala fama

Parece mentira que los pibes de Monasterio tengan tanto en común. El background familiar de clase obrera, la cercanía geográfica de los monoblocks que habitan al otro lado de la 72, en el barrio que les da un nombre, y ese deslumbramiento inmediato al escuchar un casete de Los violadores (cortesía de Gonzalo Marcusi, enlace con la rockeria “Warriors” administrada por Marcelo Sacco, cantante de Mal de Parkinson, frente a la galería Rivadavia, en 8 entre 49 y 50) que los lleva a lanzarse de cabeza a fundar la primera banda punk de la década.

Monasterio forma con Andrés “Vasco” Gonzálvez en voz, Cristian Pujol y Pablo Suarez en guitarras, Ariel “Lagar” González en bajo y Gabriel Bianchi en batería. El quinteto ensaya con equipos prestados, instrumentos nacionales o de segunda mano, sacando las voces por los parlantes de un minicomponente de uso doméstico, rotando los ensayos de una casa a otra para no agotar la paciencia paterna, trasladando los bártulos a cuestas como una hilera de inquietas hormigas anti sistema.

Monasterio y Furia, punks y heavies unidos – Foto: Archivo de Adrián Gonaldi

El debut llega el 15 de mayo del ’92 en Arenas, un boliche ubicado sobre avenida 7 entre 41 y 42. La velada presenta algunas características que se vuelven una constante de sus shows: el ferviente apoyo de familiares y amigos del barrio, la crítica a un gobierno que le roba las esperanzas, y el boxeo. Hacia el final del show, un empujón malintencionado en el pogo termina a las piñas. Los buscapleitos son expulsados fuera y el match, que ya suma numerosos participantes, se traslada hasta las inmediaciones de Plaza Italia. Este tipo de episodios les cuesta una fama de quilomberos que los persigue desde el comienzo hasta el final de su carrera, a mediados de 1995, cuando ya podridos de la violencia deciden separarse.

A partir de 1993 se da una suerte de fenómeno social en La Plata con la aparición de nuevas bandas, mayor público y decenas de producciones independientes en formato casete. Los pibes detrás de este suceso tienen copias grabadas de Invasión 88 o del primero de Violadores entre sus discos, escucharon hablar de Los Baraja, son fieles seguidores de Furia y Enérgica, y comparten sus primeros recitales con Monasterio. Aunque muchos de ellos acceden a la música alternativa gracias a su política cambiaria, todos están enojados con Menem y su gabinete, ninguno se traga los discursos que mantienen a raya al rebaño, y se van a hacer escuchar.

… continuará.

Ya en los ’90, Monasterio ensaya con equipos prestados, instrumentos nacionales o de segunda mano, sacando las voces por los parlantes de un minicomponente de uso doméstico, rotando los ensayos de una casa a otra

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1 Comment

  1. Matías murdolo

    Autogestión fue una banda punk de berisso que empezo en los 90..actuando por berisso la playa y Ensenada durante más de 10 años…comenzó en 1995

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