Andy Chango: “Indianápolis es un viaje interior y exterior”

Andy Chango escribió una road movie en la que se cruzan diversas misiones: buscar habitantes originarios, encontrarse con una chamana en Bolivia para recuperar a un amigo de una intensa adicción y dar la oportunidad a los lectores de ser sus copilotos.  Sus lecturas, sus obsesiones, su paso por La Plata y su futuro en este diálogo con La Pulseada.

Por Rosi Bernas

Soy el trapo de piso

soy el que tiene

todos los vicios

soy el que está riendo, por no llorar

Ayuda Celestial, Andy chango

La afición principal de Andrés FejermanAndy Chango– no son las drogas, aunque siempre tiene a mano pastillas de Mylanta, cápsulas de Omeprazol y también Rivotril para combatir el insomnio. Lo que determina su vida es su hija, y él dispuesto a vivir donde sea que ella sea feliz. En segundo lugar, junto con la música, se encuentra un fanatismo obsesivo por Sherlock Holmes. Cuando se le pregunta por sus lecturas favoritas apresura palabras para ilustrar su devoción:

“Releo permanentemente a Sherlock Holmes, veo todas las series que hubo en todo el universo de Sherlock Holmes desde 1940, o sea con Basil Rahtbone, Cristopher Lee, Ruper Everett, Roger Moore, ochocientos mil actores que hicieron de Sherlock que los estudio uno por uno incluso los nuevos, el jovencito de Londres, Elementary que es una porquería, pero que si es de Holmes la tengo que ver igual para poder catalogarlo como porquería. Después la película de Billy Wilder, “La vida privada de Sherlock Holmes” inolvidable y las pelotudeces que reviven a Sherlock Holmes de Hollywood también las veo, soy fanático, soy holmesiano”.

Además devoró los libros de Edgard Alan Poe, Raymond Chandler, Dashiell Hammet y también de Andrea Camilleri, pero  su gusto por el policial tiene su raíz desde muy joven cuando realizó un curso por correspondencia en la  Escuela Argentina de Detectives, cuya existencia encontró en la revista de su historieta favorita –la de Isidoro Cañones–:

“Cuando leía esa revista había siempre un aviso que decía ‘primera escuela argentina de detectives’ y aparecía un detective con una pipa y una gabardina, y a mí siempre me gustaron las novelas de detectives, de chiquito jugaba con mis amigos a ‘Los tres investigadores’ que era una colección de Alfred Hitchcock de investigadores niños que resolvían casos, además yo ya tenía mi polvo para huellas digitales. En casa tenía un fichero con las huellas digitales de mi hermana para ver quién me habría los cajones, me gustaba ese mundo. Entonces fui a averiguar a la escuela de detectives, me apunté y era medio una tontería, te mandaban unos libritos y tenías que estudiarlos y hacer trabajos prácticos todo por correspondencia. Era algo infantil, pero en su momento yo me lo tomaba en serio”.

Otra de las profesiones a las que se dedicó Andy Chango fue la de musicoterapeuta, cruzando las profesiones de sus padres –neurólogo y psicóloga– con su profesión de músico. Numerosas historias curiosas, verborragia y amor a la literatura, podrían garantizar que “Indianápolis”, el libro que escribió recientemente, fuera cuanto menos interesante. Sin embargo, el resultado de su escritura es mucho más que eso: un viaje por el norte de la Argentina, la costa Atlántica y Bolivia son un escenario ideal para conocer su lectura del mundo, el enorme valor de la amistad, su fragilidad y un condimento de crítica social.

Indianápolis

-¿Cómo surgió la iniciativa para escribir el libro?

-Me hice amigo primero de uno de los chicos de la editorial que me publicó, porque frecuentábamos el mismo bar, no con continuidad pasmosa, pero nos fuimos cruzando tres o cuatro veces. Un día, bastante entonado, le propuse la idea directamente, pero sin haberlo meditado nunca, una de esas ideas rápidas que a veces uno tiene. Sí sabía que existían libros de viajes –obviamente– y la idea que se me ocurrió era recuperar un poco la tradición de lo que se llamaba el periodismo gonzo americano, que sería Jack Kerouac en “El Camino”, o “Miedo y asco en Las Vegas” de Hunther Thompson, que eran jóvenes alocados en busca de problemas por todos lados. Como que generaban ellos las noticias, participaban de lo que contaban, pero lo que escribían no dejaba de ser una crónica, o sea no era una fantasía, sino un libro de viajes.

Pero después pensándolo mejor no me daba nada de ganas, a esta edad, de tener un viaje de locura un mes, en enero, luego de haber trabajado todo el año en “Duro de domar” (el programa de televisión en el que participó), sabía que a la semana iba a querer parar y volverme a casa. Entonces empecé a construir un poco la idea de salir a la ruta y viajar no necesariamente tener que estar provocando catástrofes por el país, si no observar cosas, ir a pueblos pequeños, lugares geográficos interesantes. Quería encontrar habitantes originarios, pero no averiguando previamente, sino simplemente viajando y tratando de encontrarlos. Era un juego eso, como para tener una misión, algo subliminal aunque no lo lograra. Finalmente el libro es el producto de una escritura de cinco meses de mil horas por día y con una obsesión increíble.

-El libro también contiene esos momentos autobiográficos en forma de flashbacks

-Los metí porque a mí me gusta mucho leer y el relato lineal del libro de viaje no era el formato que más me interesaba para primer libro. Entonces se me ocurrió mechar cosas de mi pasado contadas en presente mientras el viaje lo estoy contando en pasado. O sea son boludeces que me hacían sentir un poco más cerca de una novela que de una guía de viajes. La verdad que al final el resultado es un viaje interior y exterior.

Andy en La Plata

“En el ’88 el único lugar donde se podía estudiar música y no fuera cristiana, estaba en La Plata. La universidad católica la probé, por no tener que mudarme a La Plata porque tenía 17 años, y casi me muero, ya desde el día en que me dieron el formulario de inscripción que preguntaba ‘usted es comunista’, ‘usted es judío’, y yo tengo la mitad de sangre judía. Además las clases eran un espanto, un plomo increíble, todos método antiguos, era todo una pesadilla, pero ahí me enamoré por primera vez”.

-¿En la universidad Católica?

-Sí, una niña para nada católica que estaba en la universidad por el mismo motivo que yo y juntos nos mudamos a nuestro primer departamento en La Plata, abandonamos la Universidad Católica y nos fuimos a la facultad de Bellas Artes que era una maravilla en comparación, con sus jardines, sus pianos del Colón desvencijados, como todo en Argentina, sin tizas, pero con unos profesores increíbles, con chicos tocando en pequeñas bandas en el parque, como en “Fama” o ese tipo de series de televisión americana; otros haciendo vídeos en frente. Un ambiente increíble que lo disfruté durante cuatro años, cuando me cansé un poco de estudiar y me empezó a divertir mucho más ir a la sala de ensayo, tomar una cerveza con los amigos y componer canciones, porque yo estudiaba composición.

-Otro personaje que aparece en el libro es Borges. Además de él ¿Qué es lo que más te gusta leer?

-Todos los libros que recomienda Borges, menos la “Divina Comedia” que no la termino de entender. Pero he leído conversaciones de (Jorge Luis) Borges con (Roberto) Alifano sobre la “Divina Comedia” que me han resultado mucho más interesantes que la “Divina Comedia”. Rarísimo, pero después (G.K.) Chesterton, (Robert) Stevenson, (Joseph) Conrad, y creo que los libros de Paul Auster, fueron mi último romance literario. Eso no quiere decir que no disfrute de un libro de Juan Forn o de (Rodolfo) Fogwill, pero muy esporádicamente. La verdad es que mi verdadero placer es releer o encontrar un libro no leído de los autores que más me gustaron siempre. También me gusta mucho la novela de aventuras como lo de Alejandro Dumas, una literatura muy menor, un Agatha Christie de su época, pero que cumple sus funciones conmigo perfectamente.

-Y la literatura la cruzaste literalmente con la música en tu disco Boris Vian

-Ese disco me parece que fue un puente para mí, porque el rock me estaba preocupando en el discurso, en lo gestual, incluso en la armonía, en todos los sentidos. Y ese fue un disco que me permitió acercarme a músicos de jazz excepcionales, que grabaron el disco, además de Fito (Páez) y Andrés (Calamaro). Por ejemplo estuvieron los trompetistas Jerry González y Norman Hogue que tocaron con Dizzie Gillespie o Fernando Lupano que fue bajista de Charly García. En definitiva ahí tomé contacto con el jazz y retomé mi amor a la literatura o a hacer algo con la literatura. Yo lo que sí había hecho era escribir artículos para un diario que se llamaba “Diario 16” en España y algunas colaboraciones con “El Mundo” y “Rolling Stone” muy puntuales, pero esto me hizo traducir las letras del francés y trabajar con grandes letristas y con el poeta Luis Antonio de Villena, y Javier Krahe que es un letrista increíble. A partir de ahí no volví a grabar ningún disco en ya ocho años que pasaron.

-¿Pero tenés pensado volver a hacer algo con la música?

-De hecho tengo pensado hacer una chantada importante que aprendí de Fito. Viste que él hace los 20 años de “El amor después del amor”, o los 25 años de “Giros” –claro él en el medio hace discos, eso hay que admitirlo–, yo estoy pensando en hacer los 20 años de mi primer disco solista, del que después vinieron sólo dos más de rock, porque es un disco que tiene actualidad. Es el que hablaba de las drogas, es muy divertido y son canciones que no han envejecido, sobre todo porque en la Argentina no las toque nunca.

-Además ese es el momento de boom de tu aparición mediática en el país

-Sí, creo que en ese momento estaba bastante chispeante. Vine a la Argentina ocho días y armé un quilombo que me dio trabajo 16 años después. Y toda la energía de esa época la puse en ese disco que es un gran disco. De hecho la compañía de discos me trataba como una estrella de rock, era un disco que generó mucha expectativa en España. Por suerte las defraudamos.

*

Andy no sabe cuánto tiempo más vivirá en la Argentina, no obstante tiene muchas ganas de realizar varios proyectos en el país: televisivos, periodísticos y musicales, aunque deba viajar constantemente. Su hija prefiere la vida española, a la que está acostumbrada desde que nació y él no está dispuesto a vivir lejos  de ella: “Es lo que más me importa”. Mientras tanto está su libro para leer y esperar a que no sea el único.


 

Los encuentros con Fito Páez

“Indianápolis” es un cruce de Andy Chango con nuevos paisajes, pero también con su pasado y, sobre todo, con amigos. En su viaje visita a Fito Páez y aprovecha el pasaje para describir su rutina:

“Desde hace más de veinte años, cada vez que nos quedamos bebiendo solos –ya sea en Madrid, México, Buenos Aires o Córdoba-, la noche es siempre la misma. Es una sola. Un concepto platónico (…)

Nuestra rutina es más o menos la siguiente:

1) Realizamos un honesto intercambio acerca de nuestra actualidad afectiva, psíquica y, a veces, profesional.

2) Compartimos los embriones de nuestros futuros proyectos (música y texto).

3) Hablamos de libros y escuchamos música clásica (preferentemente Schumann).

4) Elogiamos a Charly García.

5) Nos elogiamos a nosotros mismos.

6) Jugamos al “unitario” y el “federal”. Este juego consiste en que yo (Bioy casares) me burlo de él (Facundo Quiroga).

7) Tocamos el piano.

8) Nos transmitimos afecto físico: nos tomamos la manos, nos miramos a los ojos, me apoya una mano en la pierna…”

Indianápolis P.23

 

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