Alejandro Cussiánovich Villarán, sacerdote católico en Perú: “Están volviendo leyes del siglo XVII para hacer limpieza social”

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“Quieren erradicar a lo que consideran un ´mal ejemplo´, poner ´orden´ a las masas mendigantes”, denuncia el referente de una corriente conocida como “pedagogía de la ternura”, que hace más de tres décadas dedica su vida a los chicos que trabajan. Maestro de primaria, Alejandro Cussiánovich vivió desde adentro el nacimiento de la teología de la liberación y fue fundador de un Movimiento de Adolescentes y Niños Trabajadores. Conoció a Cajade y admira al Movimiento de los Chicos del Pueblo. Desde Perú, habla del esquematismo de algunas reglas y organismos internacionales que terminan convirtiendo el trabajo infantil en clandestino y peligroso.

Entrevista: Débora Elescano

Textos: Daniel Badenes

Es difícil descubrir la edad de Alejandro Cussiánovich entre su cabeza canosa, los grandes lentes y su inmensa vocación por trabajar con los chicos. Sacerdote tercermundista, en 1964 comenzó a militar con la Juventud Obrera Cristiana de su país. Un par de años antes se había sancionado el Código de Menores del Perú, un sistema tutelar que consideraba a los niños “incapaces” y en consecuencia prohibía cualquier forma de trabajo. El resultado inmediato fue la “clandestinización” del trabajo infantil, que empeoró sus condiciones, y la judicialización de un problema social, igual que sucedía en Argentina con el régimen del Patronato. Cussiánovich no imaginaba que doce años después se encontraría iniciando el Movimiento de Adolescentes y Niños Trabajadores Hijos de Obreros Cristianos (MANTHOC), y más tarde acompañando a un Movimiento Nacional de Niños y Adolescentes Trabajadores Organizados del Perú. Convertido en un referente del tema que da clases en maestrías de su país y recibió el título de Doctor Honoris Causa en la Universidad Nacional Federico Villareal, sus colegas y los pibes siguen llamándolo “Chito”, con la misma ternura que promueve como educador. La Pulseada conversó con él en San Martín de Porres, un distrito de la periferia de Lima donde cada verano se congregan referentes de organizaciones que trabajan con niños, niñas y jóvenes de Perú y de países vecinos como Chile y Argentina, y no tan vecinos como Italia y Suecia.

 

-¿Qué le aporta a un niño trabajador ser parte del Movimiento de Adolescentes y Niños Trabajadores?

-Creo que lo primero es descubrir que estar organizados es mejor que no estarlo… Aunque si en la organización no se piensa, no se reflexiona, no se critica, no se acumula indignación, no se acumula creatividad, estamos liquidados. Y ese trabajo es pedagógico, educativo… Es trabajo político. Sin organización todo es más difícil. Puede ser que sin organización obtengan favores, pero éstos se individualizan, se personalizan y se pierde la perspectiva de la infancia trabajadora como un fenómeno social. El clima organizacional es fundamental, los niños tienen que aprender a hacer vigilancia ciudadana sin pausa, el presupuesto participativo, en todas estas cosas. Pero es un aprendizaje, y yo creo que esas herramientas son perennes. Una herramienta que es fundamental y que ustedes tienen en Argentina es la posibilidad de contar con sindicatos de trabajadores que se pongan de esos lados, tanto en el campo como en la ciudad. No sucede en todas partes. Aquí no los hay. La experiencia del Movimiento Chicos del Pueblo con la CTA, a nosotros nos parece extraordinaria.

-¿Cómo se origina este movimiento en Perú?

-Fue en la mitad de la década del setenta, en un contexto de fuerte represión a los sectores populares organizados, durante el autoproclamado Gobierno Revolucionario Militar (N. de la R.: En 1969, el general Juan Velasco Alvarado dirigió el golpe contra el gobierno de Fernando Belaúnde Terry, del partido Acción Popular. Su gobierno impulsó importantes políticas sociales, inició una reforma agraria y rompió la alineación con Estados Unidos. Tras su muerte en 1975, tomó el gobierno otro general, Francisco Morales Bermúdez, que se mantuvo en el poder hasta que en 1980 se restituyó el régimen electoral). La primera fase (el gobierno de Velasco) había realizado reformas populistas muy importantes, que abrieron rendijas que las organizaciones populares se encargaron de seguirlas estirando. En agosto del 75, después de un autogolpe de los milicos, empezó la segunda fase del gobierno militar. Si la primera era llamada revolucionaria, la segunda fue devolucionaria, porque empezaron a devolver las tierras que habían confiscado, las empresas, los diarios. El tipo que sucedió a Velasco, que había sido su ministro de Economía, estaba totalmente vendido a los intereses de la oligarquía peruana, tanto terrateniente como financiera, que había quedado resentida por la reforma agraria, la nacionalización del petróleo, la reforma educativa. Los obreros de fábricas sufrieron una embestida de despidos, provocando una situación lamentable en términos de sobrevivencia. Entre los despedidos de las fábricas se encontraban los chicos que teníamos en la comunidad, que en su mayoría participaban de la Juventud Obrera Cristiana (JOC). Entonces hicimos una reunión de urgencia a la que vinieron compañeros de Arequipa, del norte de Chiclayo, de Pucallpa, de Lima… Yo aprendí algo muy importante. Los chicos no se preocuparon por la reposición en los centros de trabajo: la pregunta central que los articuló fue ¿qué va a pasar en los próximos diez años en este país, si las cosas siguen como ahora, donde ser joven, obrero, y además estudiante, es objeto de persecución política? Sabían que no iba a ser posible la organización sindical, el contacto con las organizaciones políticas, en particular de izquierda, como se venía teniendo. Lo que venía, era lo que veíamos: muchachos en los barrios, parados (desocupados), sin saber qué hacer y expuestos al primer postor, que por ahí te ofrece un trabajito, o te ofrece droga, o ir a hacer algún tipo de atraco, pues algo hay que hacer para sobrevivir… En ese contexto los jóvenes pensaron que esperar a tener 18 años para organizarse era muy tarde: había que empezar antes. Empezar antes significaba sumar a los niños trabajadores, porque aunque no hubieran tenido la posibilidad de entrar a una fábrica, ni tenían experiencia sindical, habían tenido experiencia de organización y de lucha por intereses colectivos… A mí me sorprendió muchísimo, positivamente. Al mismo tiempo, me angustiaba la situación de los compañeros que se han quedado en la fábrica, porque no botaban a 300 o 400 trabajadores; despedían a los dirigentes. No puedes abandonar a tus compañeros, porque no todos fueron despedidos.

-¿Qué decidieron?

-Recuerdo que yo dije que me parecía una traición al movimiento obrero abandonar a esos compañeros. Y una compañera me contestó: “tú te equivocas; en la clase obrera no podemos hacer distinción entre niños, adolescentes, jóvenes, adultos, viejos, muerto o resucitado. Somos todos trabajadores. Y el que hoy día no trabaja, si es pobre como nosotros, algún día tendrá que trabajar para vivir con dignidad”. Me dijeron: “la edad no interesa, somos de la misma clase, pertenecemos a la misma cultura del trabajo”. Esto a mí honestamente me cambió la cabeza. Y aunque todavía era resistente a la idea, me pidieron que empezara a trabajar con los muchachos. Me plantearon: “eres profesor de escuela primaria, ¿a ver qué sabes?”. Y empezamos a trabajar… con intuiciones. ¿A quién le podías preguntar cómo había hecho para organizar niños trabajadores? No estoy diciendo que los niños trabajadores no hubieran tenido antes cierto tipo de articulación; todos los chicos se saben organizar. Hablo de una organización que quiera tener un discurso propio, una presencia, una identidad, que se reivindique ligada con movimientos sociales más amplios, con movimientos obreros, etcétera. Eso no existía. Lo que había eran niños lustrabotas en el sindicato de lustrabotas dirigido por adultos. Ahí estaban los chiquillos, sin mayor peso. Entonces, no teníamos a quién consultarle y en América Latina no se conocían organizaciones relativamente exitosas de niños trabajadores. Estoy hablando de 1976, es decir, tres años después de que la Organización Internacional del Trabajo (OIT) produjo el convenio 138 (N. de la R.: Ese convenio fija la “edad mínima” para trabajar. Establece, por ejemplo, que la edad de un empleado puede ser inferior a la edad de finalización de la escolarización obligatoria).

-¿Cómo empezó ese trabajo con los chicos?

-Los dos primeros años fueron un fiasco, porque no teníamos una pedagogía adecuada; ni siquiera sabíamos si había que entrar por temas estrictamente laborales o de la vida global de la criatura. Fuimos haciendo pasos lentos. La dirección estaba clara: primero, había que hacer una organización de chicos trabajadores, que no dependiera de ninguna otra organización de adultos. Segundo, tenía que ser una organización representada por ellos y no como el movimiento scout, que son otros los que los representan, o movimientos de iglesias donde los chiquillos son clientes de la doctrina, la catequesis. Es pertinente decir que la organización no tiene originalmente entre sus principios nada que refiera a la cuestión religiosa o confesional. Recién en marzo de 1979, los Niños y Adolescentes Trabajadores (NATs) ya organizados decidieron incorporar esta dimensión como un rasgo de su identidad, y quedó incluida en el nombre que a sí mismos se dieron: Movimiento de Adolescentes y Niños Trabajadores Hijos de Obreros Cristianos (MANTHOC)… El tercer criterio fue que debía ser una organización en función de la masa de chicos que trabajan. Cuarto, que fuera una organización de carácter nacional e internacional, porque ningún problema es local. Este pensamiento era un reflejo del internacionalismo proletario de los jóvenes. Por último, debíamos reinventar una pedagogía que parta de la idiosincrasia y de la cultura de estas criaturas.

-Después de tres décadas de trabajo, ¿cuáles son los desafíos de la organización?

-No tenemos que dejar de narrar lo que estamos haciendo y cómo lo estamos haciendo. Así es como hemos ido aprendiendo, y no terminamos todavía de aprender… Y hoy mismo hay nuevos problemas que traen los chicos trabajadores a la organización. Por ejemplo, la cercanía que tienen ellos con las pandillas o con la masificación de la droga en los barrios donde viven o en las escuelas a las que van. Estos fenómenos, que eran esporádicos hace 35 años, hoy están en la puerta misma de la organización y hay que abordarlos. Hay niños que llegan con este tipo de experiencias y no estamos lo suficientemente preparados, porque hasta ahora se ha trabajado con la imagen del niño trabajador, que gracias al trabajo esta inmune o casi inmune a este tipo de cosas. Son temas nuevos que se abren y te dicen que todavía no ha llegado el tiempo de descansar, sino que hay que reinventar cosas. Por otro lado, la organización tiene altos y bajos como las tienen todas las instituciones habidas y por haber. El gran desafío es cómo se trasciende generacionalmente: cómo las generaciones que van pasando dejan su experiencia, no como una fórmula a aplicar sino como una inspiración… Porque eso que puede ser una riqueza, también puede devenir en una camisa de fuerza y en una manera de no volver a hacer el esfuerzo de releer lo que hoy está pasando. Quiero decir: estos movimientos enfrentan la urgencia de la trasmisión y la traducción de experiencias que puedan suscitar imaginación y creatividad en las nuevas generaciones… Tú tienes un agresivo imaginario social, instalado en contra de estas criaturas, que terminan evidentemente hasta internalizando este clima, y les cuesta reconocerse como personas dignas o tienden a ocultar su situación de trabajadores… Vayan a la calle de las pizzas de Miraflores y vean la cantidad de criaturas. Y vean que hay carteles en ingles, que dicen “tu limosna no vale”: son eslóganes de la nueva colonización. Tratan de ocupar las mentes, las conciencias, crearte un escrúpulo frente a esto, una pena o una agresividad. Porque también generan agresividad en contra de estas criaturas.

-¿Cuál es tu opinión sobre la actual legislación internacional sobre el trabajo infantil?

-Es una normativa que no toma en cuenta suficientemente la complejidad del fenómeno y que no entiende la realidad compleja de nuestros países, que enfrentan situaciones tan diversas en términos de escasez, pobreza, discriminación, exclusión, marginalidad… Como decía, el contexto hoy se ha vuelto terriblemente agresivo contra las criaturas. Me parece que convenios como el 182 de la OIT son de un carácter neocolonizador absoluto (N. de la R.: El Convenio 182 de 1999 refiere a las “peores formas del trabajo infantil”: esclavitud, prostitución y la utilización de niños para el tráfico, entre otras. En cambio, los movimientos de NATs entienden estas actividades no como trabajo sino como crímenes contra la niñez. Por otra parte, mientras la OIT entiende al trabajo infantil únicamente como abuso, aquellos movimientos consideran que el trabajo implica la posibilidad de trasmitir a las personas reconocimiento y dignidad). Lo único que hace es homogeneizar e imponer una visión y un tipo de cultura eurocéntrico, que no se condice con la complejidad, por lo menos, de países andinos como Perú, donde el trabajo forma parte de la vida y es un signo de tu pertenencia a una colectividad. Así como también es un signo participar en la fiesta, el baile, las creencias culturales. No quiero decir que no deba haber un derecho internacional en este campo del trabajo para las criaturas; lo que estoy diciendo es que los convenios de la OIT no parten de una matriz cultural tan diversa y variable en relación a lo dominante, que evidentemente los chicos y uno la percibimos como una agresión cultural, como una agresión ideológica, y finalmente como una agresión física por parte de los policías, de los serenazgos (N. de la R.: Se refiere a una figura muy extendida en Lima, de patrullas “ciudadanas” que vigilan la ciudad. En los últimos años, con el argumento de la “inseguridad” ha tendido a darse cada vez más atribuciones a estas policías privatizadas), de las autoridades, de los fiscales, de los jueces… Lo que terminan provocando es una clandestinación de las formas de trabajo de los chicos, que tienen que salir a horas imposibles, cuando no hay nadie que fiscalice. Yo lo veo muy cerca de esta casa. En la misma avenida donde está el gran edificio de la OIT para America Latina, a partir de las 11 de la noche están las criaturas trabajando. ¿Dónde están las ONG que dicen estar trabajando para erradicar…? A esa hora, cuando descansan, hay criaturas que trabajan. ¿Cómo es eso? Entonces, la normativa revela la confusión mental de quienes la han elaborado y aprobado, que son los representantes de nuestros gobiernos. Discrepo fundamentalmente con la posición de Emilio García Méndez (presidente de la Fundación Sur; actual diputado nacional en Argentina de Solidaridad e Igualdad) y de otros, que han alentado este tipo de cosas, porque han sido abolicionistas sin ninguna consideración a otras culturas. También la mayoría de las ONG internacionales se han alineado por ahí… UNICEF está alineada con algunos matices. Aquí en Perú están alineadas ONG nacionales, que en el fondo, cuando uno aprieta un poco en el debate, te dicen “no me interesa que trabajen o que no trabajen, sino que estén en la escuela”. El 90% de los chicos del MANTHOC está en la escuela, o sea que esa no es una objeción.

-¿Cuál el mayor problema que sufren estos chicos?

-Sin dudas, la discriminación. Una discriminación que encubre la explotación que sufren. La discriminación tiene que ver con una persecución sistemática, de limpieza social, la erradicación de las calles de personas que puedan dar un “mal ejemplo”. Se está reviviendo la legislación de los siglos XVI y XVII, que es la legislación de pobres, la policía de pobres que pone “orden” a las masas mendigantes. Aquí se ha dado la ley 28.190 en contra de la mendicidad, que los chicos en la organización la disputaron con el encargado del Congreso… Un paso atrás, porque revela la incapacidad de entender el fenómeno en forma más compleja. En segundo lugar, en la historia está registrado que se tuvo que llegar a reconocer el derecho a la mendicidad en situaciones extremas. Las leyes de pobres consistían más que en penalizar la pobreza; era reconocerles a los mendigos el derecho a exigir solidaridad, así crean los sistemas nacionales de solidaridad. Los muchachos, sin embargo, rechazaron frontalmente la ley de mendicidad; la presentaron al Comité de Ginebra, y el Comité en una de sus 77 recomendaciones al Estado peruano ha demandado la abolición de esa ley, lo que significa un nivel bajo de incidencia, porque el gobierno puede abanicarse con las recomendaciones… ¿A quiénes quieren sancionar como mendigos? ¿A quién vamos a señalar como alguien que no es productivo y es una especie de zángano? ¿Van a condenar a un sector de la población que requiere de la filantropía y de la sensibilidad de otros para poder sobrevivir, como si el horizonte fuera sobrevivir y no gozar de la vida?

 

“Que no falten los Cajade”

“Quisiera hacer memoria de Carlitos Cajade, a quien yo siempre he admirado”, dice Cussiánovich ni bien se enciende el grabador. “Alberto Morlachetti siempre me hablaba de él: una persona muy coherente, muy entregada, muy servicial, pero sobre todo como alguien que entregó su vida por los chicos”. El sacerdote peruano conoció a Cajade en 1995, en un seminario sobre Niñez y Adolescencia que se realizó en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. “De él guardo ese recuerdo de sensibilidad y de entrega. Entonces, algo que auguro, es que se puedan multiplicar los Carlos Cajade. Que no falten en nuestras comunidades los Carlos… los Marx y los Carlos Cajade, ¿no?”.

 

La voz de los chicos

“Me acuerdo algo que un chiquillo escribió en una reunión nacional… Nos fuimos a almorzar y cuando volvimos encontramos en la pizarra, con una letra pata de gallina terrible y una ortografía insoportable, una frase que iba para arriba y decía ´los niños trabajadores, tenemos derechos a que no nos quiten la ilusión´”, cuenta Chito, como le dicen los chicos, que son los protagonistas del Movimiento de Adolescentes y Niños Trabajadores Hijos de Obreros Cristianos (MANTHOC).

El movimiento se organiza en pequeños grupos que con presidente, vice, tesorero y secretario. Esta “junta directiva” es elegida por los chicos, igual que la agenda de trabajo. “Cada grupo esta conformado por unos 15 o 20 integrantes, sin diferencia de género. Mayormente son niños trabajadores, algunos lustrabotas, vendedores, cargadores en los mercados. Las mujeres en general trabajan en sus casas”, relata Raúl Flores Rivera, colaborador del MANTHOC.

“Imagínate nosotros, chibolos de 8 años, elegimos delegados colaboradores… Acá en el MANTHOC cuenta la participación de los chicos, así es”, ratifica Walter Núñez Machaca, que a aquella edad migró desde Ayacucho hacia la ciudad de Lima y empezó a trabajar. Ahora tiene 23 años y cursa segundo año de derecho. “Los niños que trabajamos en las calles somos maltratados, discriminados. En el MANTHOC hablamos mucho de estas cosas, porque nosotros al trabajo lo consideramos como un trabajo digno. Eso significa que los chicos trabajen pero de acuerdo a los tiempos que ellos pueden. Estamos en contra del trabajo explotado, estamos en contra de que los niños trabajen todo el día o en zonas peligrosas”, explica Walter a La Pulseada. “Las organizaciones internacionales que están en contra de que los niños trabajen, dicen que el trabajo no le da el tiempo para que el chico estudie, para que se forme. Eso es falso. Claro que le puede afectar al chico cuando trabaje todo el día y explotado. Nosotros tenemos otros resultados: ex niños trabajadores que pasamos por el MANTHOC, la mayoría hoy somos universitarios”.

“Para mí trabajar es algo que todo el mundo hace y que es bueno para los que no tienen recursos económicos. A veces por causa de la pobreza las persona no tienen nada”, dice Karen, que en el MANTHOC es tesorera de su grupo. “Yo estudio a la tarde, y a la mañana trabajo en mi hogar. Equilibradamente hago las dos cosas…”.

Otro ejemplo es Kira Portal: tiene 18 años, estudia Enfermería y se está formando como educadora del MANTHOC. Se sumó al movimiento a los 10 años, cuando vendía gelatinas en la Plaza de Armas en Cajamarca y conoció a una chica que participaba en el movimiento. Integró un grupo que se llamaba “Juventud Unida por la Amistad” y llegó a ser delegada regional. “A mí me ayudó mucho porque fui conociendo nuestros derechos y perdí el miedo a decir lo que pienso… Nos ha ayudado a ser más críticos”, valora. “Otra cosa muy importante es que no sólo se hace una formación personal, sino también de la familia. Hay un seguimiento de tus padres”. “Además –cuenta Kira- el MANTHOC ofrece talleres como los de tarjetas, repostería, carpintería. Son alternativas de trabajo en buenas condiciones para nosotros mismos”.

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