A la memoria de Gladys Farías

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Dejar la casa después de una pretendida insistencia de lo contrario. Seguir la vida, abrazar una causa. Reconocer el peligro, salir del barrio con los ojos cerrados de miedo. El siglo XX que se parte y no llega entero al final. La historia de Gladys Farias -“Baby”- oriunda de Berisso, militante del Partido Comunista, una de las primeras víctimas del Plan Conintes, es una muestra de la persecución política que se cargó el siglo como una marca de época.

Por María Eugenia Marengo

La memoria en primera persona recorre y escenifica experiencias vividas hacia principios de la década del ’60, un período de creciente autonomía y militarización de la seguridad interna. Los allanamientos, las detenciones y el relato policial volcado en los legajos de inteligencia dibujaron, como en una cartografía, las formas de la criminalidad política en nuestro país.

Durante el gobierno de Arturo Frondizi (1958-1962), perteneciente a la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI), se dispusieron diversas medidas que profundizaron un Estado de control policial y militar. En 1960, la aplicación del decreto que habilitó al Plan de Conmoción Interior del Estado (Conintes) delimitó zonas de injerencia militar y facultó a las Fuerzas Armadas para detener personas. Este plan de seguridad tuvo un fuerte impacto en la vida política del país: la intervención de sindicatos, represión en huelgas y la detención de personas que fueron trasladadas a las cárceles más australes del país.

En aquellos años la región bonaerense de La Plata, Berisso y Ensenada se extendía en un importante cordón industrial, un foco de luchas y resistencias de la clase obrera, que tenía una relación directa con el esquema de la división territorial en zonas, sub zonas y áreas bajo autoridad militar. El “enemigo comunista” recorría las calles como aquel fantasma que se autoproclamaba cambiar el mundo.

“Nací en 1939. Crecí en una familia entre obreros y empleados, más o menos, de la pequeña burguesía”, comienza Gladys Mabel “Baby” Farías. Si bien en su casa se hablaba poco de política, su padre había sido un conservador militante por un tiempo.

Cuando Gladys piensa en el comunismo se acomoda, le brillan más los ojos vidriosos, se pasa la mano por su cabello castaño de rulos y larga una carcajada al nombrar el Instituto Canossiano San José de Berisso, una escuela de monjas. “Nos regalaban un librito chiquitito sobre comunismo. De color blanco con rayas negras en la portada. Tenía un dibujo de un hombre con un látigo y una criatura agachada. Algo de lo que recuerdo de ese libro es que las nenas comunistas a los doce años eran madres. Una degeneración total del comunismo”, explica Baby y comprende en ese repaso selectivo por su historia el peso simbólico e ideológico en su camino escolar. “Abandoné el secundario en segundo año. Ahí me desperté de lo que había padecido en la escuela de tantas mentiras y me hice atea”. A los dieciséis se recibió de peluquera y trabajó en Berisso y en Devoto.

Los caminos de las ideas que llevan a involucrarse en un proyecto político son parte de una matriz social y cultural que legitima, estructura y convierte a esa narrativa individual en un relato que se hace colectivo. Baby recuerda a un amigo, Imar Lamoneda, hoy desaparecido. “Con él nos conocíamos de chicos. Nos hicimos amigos, me hice una garra bárbara con los comunistas. Entre el ’57 y el ’58, íbamos a ver películas soviéticas a los cines de La Plata, al Astro y al Cine Mayo. La primera película que vi fue el Acorazado Potemkin. Te confieso: me quedé dormida”.

Un día la mamá de Imar, Ida, la invitó a un pic-nic en Punta Lara.

–“¿Qué?, ¿los comunistas hacen pic-nic?”, preguntó Baby y aceptó.

Se encontraron en el Puente Roma de Berisso donde los buscaba un camión desde La Plata. Hubo una charla con un compañero de Albania y al final llegó el momento de la afiliación. “Todos estos atorrantes me enfocaban a mí, y bueno, me afilié ese día. Un aniversario de la Revolución Rusa. Que acá se festeja un mes después, en noviembre de 1959, esta diferencia entre los meses se debe a que corresponde al calendario juliano que estaba vigente desde el Imperio Ruso”. En el pic-nic conoció a quien sería su esposo Rolando Grilli, un cordobés de Justiniano Posse, criado en Villa María, “él era el Secretario del Partido en La Plata”.

Yo quedé algo asombrada, venía de una familia que para el momento era pequeña burguesa, conocer gente así, más sencilla. Enseguida comencé a militar. En Berisso me nombraron Secretaria de un Círculo Femenino. Estuve en la UMA (Unión de Mujeres Argentinas) y en la OMA (Organización de Muchachas Argentinas). Era como el Partido y la Fede (Federación Juvenil Comunista)”.

Su paso por la Federación Juvenil lo recuerda con entusiasmo. “Salíamos a piquetear al Barrio Obrero y afiliábamos gente. Teníamos un Secretario General que era re cómico. Jamás planificaba nada. El Negro Tarasconti. Yo por ahí llegaba a las cinco de la mañana de una fiesta, y me pasaba a buscar para ir a piquetear. No me avisaba, no era así el procedimiento. Pero el Negro era medio anarquista. De ahí, íbamos a buscar a Mary, Marta, Chola, etc., hasta que llegábamos a Barrio Obrero”.

La casa de la familia de Baby quedaba en la calle Nápoles, entre Habana y Bilbao, de Berisso. Vivían ahí desde la década del ’30 y en el barrio los conocían todos. “Medio que se transformó en el local del Partido. Mi papá ya había muerto. Mi mamá lo aceptó un poco de prepo”, reconoce y asume el prejuicio familiar sobre el comunismo: “Ella pensaba que le iban a sacar la casa”.

***

El prontuario en la DIPBA de Gladys

Su primera detención fue una noche de invierno, el 9 de agosto de 1960. Regresó a su casa y vio en la puerta de entrada un hombre de traje apoyado en el alambrado del vecino:

Buenas noches –dijo Baby y entró atravesando el pasillo descubierto.

Desde allí vio que la luz del living estaba prendida. Pensó en algún “camarada”. Cuando fue hacia el patio se dio cuenta que la puerta estaba abierta y ahí vio “un montón de monos de trajes mirando todos para el pasillo y otro que venía atrás”.

¿Señorita Gladys Farías? Tenemos orden de detención y allanamiento.

Nueve policías de civil que se presentaron como “Comando Conintes”, la llevaron a la comisaría 8va de La Plata. “El que estaba afuera, era el jefe, Cisneros. Del único que sé el nombre. El resto no se identificaba. Sacaron revistas Juventud, nada más que eso. El tema era llevarme. Yo tenía miedo, porque hacía pocos días se habían llevado a una compañera del Comité Central del Partido, María Mastroberti, la habían mandado al sur”.

Los traslados de los presos políticos bajo la normativa del Conintes fueron frecuentes. Solían pasar por diferentes cárceles del país hasta que llegaban a ser juzgados por el tribunal militar que correspondía según la jurisdicción del detenido.

En el archivo de la Dirección de Inteligencia de la Policía de la provincia de Buenos Aires (DIPPBA), hoy gestionado por la Comisión Provincial por la Memoria, Baby encontró sus dos legajos que pertenecían a la Mesa “C” Referencia Especial y la Mesa “A” Partidos Políticos. Cada uno corresponde a sus dos detenciones respectivamente, una en 1960 y la otra en 1961. Según consta, fue detenida por las disposiciones del Decreto N° 4965/59, que prohibía las actividades comunistas: “A rais (error del original) del estudio practicado en la documentación secuestrada con motivo del procedimiento realizado en el domicilio de Gladys Farias (…) se ha podido comprobar que actualmente se estaría trabajando por una mayor acción en el orden gremial, tendiente al máximo de captación, y les preocuparía la falta de elementos capaces entre los hasta ahora infiltrados, quienes no estarían dotados- debido al apresuramiento en sus designaciones- de la habilidad suficiente que les permita cumplir con las finalidades ideológica” (Archivo DIPPBA, Mesa “C” Referencia Especial, legajo N° 6343, 12 de agosto de 1960).

Su primera detención duró tres días. La hacían dormir en la oficina de la comisaría y por las noches un policía le ponía una tarima, colocaba el colchón, corría el escritorio y le armaba la cama. Gladys recuerda que había otro compañero detenido junto a ella. “Mi hermano Raúl vino al día siguiente. Loco, porque le causó bronca y dolor ver escrito en un paredón grandísimo: ‘Libertad a Gladys Mabel Farías’, firmado por La Fede. Me dijo de todo. Nos llevábamos seis años. Nos queríamos con locura”.

Gladys rearma esos días y se tienta por sus propias ocurrencias. Recuerda que era un sábado cuando le dijo al comisario de la 8va., Pereyra, que la tenía que dejar ir a su casa:

¡Cómo la voy a dejar ir!
No me grite. Usted se cree que soy tan estúpida de escaparme. Soy una detenida política.
Dentro de unos días me voy a indisponer, ¿Tengo que estar acá?

Después de un rato, el comisario volvió con una determinación. Gladys se podía ir a su casa con custodia: “Y viene ese tal Cisneros. Los ojos de hijo de puta que tenía. Ojos malignos, viste. Cómo estarían de provistos, que viajamos en micro”. En el camino la escoltó un aire frío que se filtraba por todos lados. El ruido urbano hacía de ese viaje una escena cotidiana. Una penumbra envolvía a los pasajeros mientras subían al colectivo. Afuera un cielo gris se les caía encima. El silencio se quebró cuando Cisneros le preguntó sarcástico:

¿Qué es lo que va a sentir ahora cuando doblemos para su casa?
¿Por qué?
Porque está presa.
Usted está equivocado. Yo soy orgullosa de ser comunista.

Cuando llegamos a mi casa, lo hice pasar y Cisneros se quedó adentro, paradito. Esperó que me bañara y almorcé en mi casa. No le dimos ni agua. No pidió y ni le dimos. Cuando regresé, pedí un médico. A la tarde vino el forense a la comisaría, y me dio una libertad vigilada”.

La segunda vez que la detuvieron fue diferente. Estaba embarazada de su hija mayor. Baby salió enseguida, pero el resto de sus compañeros estuvieron unos cuantos meses presos. Fue por la mañana, en el año 1961 cuando aparecieron tres hombres de civil en su puerta, y otra vez:

–¿La señorita Gladys Farías?, perdón, señora.
–Sí, qué quieren.
–Somos de la Federal. Tenemos orden de detención y allanamiento.
Yo no le voy a revolver nada, la tengo que llevar, dijo otro por detrás.

La llevaron detenida a La Plata. Desde el Partido Comunista, recuerda, tenían órdenes de negar su afiliación. Durante su detención atravesó la rutina policial que consistía en el interrogatorio, “pedían nombres y si conocía a algunas personas. Siempre negué todo”. En el momento de la identificación, luego de las huellas digitales, se paró para que le pongan un número en la cabeza y vio al fotógrafo:

–¡Turco! ¡Estabas en la Policía!

“Lo insulté. Me quería morir. Nadie sabía nada en Berisso. Con él militábamos juntos en Acción Católica”.

***

En la orden de búsqueda que figura en el segundo legajo policial de enero de 1961, las averiguaciones policiales tenían un especial interés en saber sobre su esposo. Los civiles recorrían el vecindario buscando datos y confeccionaban los “informes ambientales” que incidían en la construcción simbólica sobre la criminalidad del buscado en el mismo barrio: “En cuanto al nombrado (Rolando Grilli) nunca lo vieron en nada malo dentro del barrio ni en las inmediaciones, pero lo han visto con diarios del PARTIDO COMUNISTA y revistas también. Como acotación al margen infórmele que en un almacén del barrio dejó debiendo la suma de 150 pesos”, se apuntó en el legajo policial.

Un parte de la DIPPBA de 1960 detecta la “poseción (sic) de abundante propaganda comunista”

En 1962 Baby se enteró que fueron a buscarlos nuevamente a su casa de Berisso. Era un 1° de mayo. Esta vez fueron hasta allí con un vecino que vivía enfrente para que corroborara que era su casa. “El vecino era el zapatero del barrio, me vio nacer. Llorando después me contó que él no quería, pero lo obligaron. No sé cómo le escapamos a la muerte, desde Frondizi en adelante, todos los gobiernos, hasta el de Cámpora, visitaron nuestra casa”.

Baby recuerda que a la semana de nacer su hija Guillermina en el año 1964 tuvo que enfrentar sola a la Policía. “Me tocaron el timbre, me dicen que eran de la Policía, y yo no les abrí. Estuvieron toda la noche. Un amigo, el Cholo, me contactaba a través de una ventana y me pasaba un supuesto remedio, con ese argumento iba y volvía. A la madrugada el vecino le chista y le dice que no hay moros en la costa. A las siete de la mañana, escucho ‘almacenero, almacenero’ y aparece Rolando, mi esposo, camuflado en una bicicleta de reparto”.

Durante la última dictadura cívica militar su casa fue allanada por integrantes del Ejército y la Marina. “Dejaron secuelas en las familias. Ahí, tuvimos que dejar la casa”. Baby siguió militando en las células de las mujeres de Berisso y Ensenada. Pero asegura que jamás se hubiese ido de Berisso, “mi pedazo de tierra”.

***

Cada legajo policial fue parte de aquel orden que también devenía en una construcción subjetiva de la realidad. ¿Cuál es la verdad construida una vez rescatada esa historia del archivo? ¿Qué pasado se lee en este presente? Cuando Baby se encontró con su expediente policial hubo un dato que resaltó sobre todos y pensó en lo tragicómico de la situación. Saberse al borde de la muerte, perseguida y escondida durante muchos años, fueron sensaciones que la llevaron a sentir la gravedad de la situación política. Encontrar en el segundo legajo información sobre ella donde se aseguraba, según el servicio de informaciones, que era militante desde 1964 del Partido de los Trabajadores Revolucionarios (PRT), en la Universidad Nacional de La Plata, la hizo por un instante pensar en las propias limitaciones de los servicios de inteligencia. Baby había dejado el secundario en segundo año y continuó militando en el Partido Comunista hasta el año 2010. Leerse en el informe de ese modo generó dos sensaciones: por un lado, sentir que también se podía engañar de algún modo a los policías, entendiendo esas acciones como pequeñas resistencias; por el otro, la impresión de que se debían dar indicios a los superiores que legitimaran la búsqueda y comprobaran la “criminalidad” del espiado.

Lejos de las verdades sólidas sobre el pasado, los informes de inteligencia se presentan como un conjunto de supuestos compartidos en ese mundo policial y aquel orden social que fabricaban. Argumentos que fueron motores claros del anticomunismo que operó durante todo el siglo XX, como base de las agendas políticas que legitimaron tanto un aparato jurídico, como el afinamiento de técnicas y estructuras policiales para la represión del comunismo.

La vida de Baby se despidió con las convicciones intactas. Sobrevivió a la persecución política inmersa en la solidaridad de clase que amanecía en cada rebelión de aquel proletariado industrial, mezcla de gringos con paisas, de banderas, apodos y “nombres de guerra”. El Plan Conintes fue el inicio que engendró -a la mitad del siglo pasado- la organización de la represión en términos de seguridad interior, y avanzó sin descanso en detectar la “amenaza interna” en todo el país, prefigurando modos represivos como una marca de la excepcionalidad que caracterizó a la violencia de Estado durante décadas.

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*Esta nota está basada en una entrevista que se realizó a Gladys Farías en Ensenada, en el mes de marzo de 2014. La militante falleció el 28 de diciembre de 2018.

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