Vicki Daleo y las ordalías de los nuevos cruzados

Compartimos la intervención de Graciela “Vicki” Daleo (Licenciada en Sociología, ex detenida-desaparecida en la ESMA y actual Jefa de Trabajos Prácticos de la cátedra de Derechos Humanos de la Facultad de Filosofía de la UBA) en la presentación del libro La hegemonía de los cruzados: la Iglesia católica y la dictadura militar, de Rubén Dri. La actividad fue el 19 de agosto pasado en el Centro Cultural Malvinas de La Plata, organizada por La Pulseada, la Secretaría de Extensión de la Facultad de Trabajo Social de la UNLP y el colectivo Teología de la Liberación.

Presentamos hoy un libro indispensable para profundizar el análisis crítico del

papel desempeñado por la Iglesia católica durante la dictadura iniciada el 24 de

marzo de 1976, que en realidad creo que también puede ser una guía para seguir el desenvolvimiento de esta institución desde sus orígenes hasta hoy. Al libro hay que leerlo porque las presentaciones no suplantan la lectura. Si no, las editoriales no organizarían presentaciones.

Sí les adelanto que para mí uno de los aportes más reveladores de este texto está constituido por la inserción de citas de los documentos de la Conferencia Episcopal Argentina, de los discursos de obispos y vicarios y de jerarcas de la dictadura, para ilustrar con fundamento las conceptualizaciones que Dri expone.

Esas conceptualizaciones me permitieron establecer un contrapunto con varias de esas citas, un diálogo problematizador con otras y una búsqueda en discursos, términos, lenguajes que se siguieron emitiendo desde otras bocas cuando los cruzados ya no eran hegemónicos y los dictadores ya no estaban en la Casa Rosada.

Eso es lo que intento que sea mi contribución a este encuentro, sin que agote todas esas instancias por simple cuestión de tiempo. Que quede claro: el libro no es un inventario de citas enhebradas por temas. Rubén Dri conceptualiza e historiza la teología de la dominación de la Iglesia católica y los documentos, discursos y predicaciones que reproduce expresan desde bocas y plumas de teólogos religiosos y militares esa teología en un período concreto de la Argentina. Dicho todo con los correspondientes nombres, apellidos, cargos, corrientes y agrupamientos.

Apelo como sustento básico a una línea que recorre todo el texto: la jerarquía de la Iglesia católica desde la teología de la dominación se propuso -y logró entonces- brindar legitimación a la Doctrina de la Seguridad Nacional, legitimar al poder que garantiza y perpetúa los privilegios de los sectores dominantes y también los de la propia Iglesia, a los que considera fundamentados teológicamente. Van entonces los resultados provisorios de este diálogo con La hegemonía de los cruzados:

1. Lo que define a Occidente

“Occidente es hoy una actitud del alma que no está atada a ninguna geografía.

Occidente es el hombre protagonizando la dignidad especial de la vida; Occidente es la libertad de pensar y de hacer; Occidente es el respeto al honor, al trabajo, al talento, pero Occidente es también el amor, es la esperanza y es la misericordia”.

Este párrafo puede ser de cualquiera de los documentos que la Conferencia Episcopal Argentina emitió durante la dictadura. Puede ser una cita de alguna predicación de Aramburu, de Primatesta. Tal vez no de Tortolo o de Bonamín, porque no tiene notas guerreristas muy marcadas. Y si reemplazara Occidente por “el cristianismo”, no estaría haciendo una trampa fulera, porque en toda la justificación teológica de la Doctrina de la Seguridad Nacional que analiza Dri en su libro, Occidente es el cristianismo como lo entiende la jerarquía católica que fue hegemónica en esos años. Y hasta me atrevería a decir que para esta jerarquía, lo que ella sostiene, pregona y practica “es” el cristianismo. Occidente -ese que es no una geografía sino una actitud del alma, un lugar

ideológico, una cosmovisión según la Doctrina de la Seguridad Nacional- es el bien, el espiritualismo, el Reino de Dios. Mientras que Oriente es el mal, el materialismo, la subversión, el ateísmo, el Reino de Satanás.

Pero aunque varios términos de esta predicación, como “dignidad”, “libertad”, “amor” y “misericordia” puedan sonar más familiares en bocas de pastores del alma, quien el 15 de mayo de 1977 y desde las páginas de “Clarín” las emitió fue uno de los integrantes de la junta dictatorial: Emilio Eduardo Massera.

2. Sobre la interpretación de las ordalías

Del alegato del fiscal Strassera recoge Dri las siguientes palabras: “Con dos sofismas se pretendía justificar la represión clandestina. El primero dice: Todos los detenidos son subversivos. No es que se podía detener subversivos, sino que todos los que ellos detenían eran subversivos; la detención convertía a una persona en subversivo. El segundo paso… fue considerar que un subversivo es una especie de subhumano, de sanguijuela a quien se le puede hacer cualquier cosa, torturarlo, matarlo”.

Este párrafo me remite al Juicio de Dios, esa institución jurídica practicada hasta fines de la Edad Media, más concretamente a las ordalías, pruebas religiosas que se realizaban, muchas, en las propias iglesias.

Encontré que de la ordalía por agua hay dos formas de interpretar los resultados, diría contradictorias, pero que no modifican el desenlace: la muerte del acusado.

La prueba judicial consistía en atar y meter en una bolsa, que también se ataba, al acusado de haber pecado o quebrantado alguna norma jurídica. Se lo sumergía en el agua. Si era inocente quedaría sumergido y Dios lo acogería por justo. Si era culpable, saldría a la superficie, pues el agua lo expulsaría de sí. “Inocente” o “culpable”, para el acusado no había más “después” que la muerte, porque atado, embolsado, sumergido, sólo podía ahogarse. O sea, en los hechos, todos los sometidos a esa prueba del Juicio de Dios, “inocentes” o “culpables”, morían. Como los desaparecidos. Como lo expresa el primer sofisma que cita Strassera. Si fueron a detenerlos era porque eran subversivos, y si estaban detenidos era porque eran subversivos. Su destino era el exterminio. Ya lo había adelantado Harguindeguy en los primeros días de enero de 1976: “En realidad, no volverán a ver a nadie más”.

Si resulta que no eran subversivos, aunque pudiera demostrarse posteriormente, ¿de qué serviría? Están desaparecidos. Como los sometidos al “juicio de Dios”: todos terminaban ahogados.

Y encontré otra interpretación ¿jurídica? del resultado de la ordalía por inmersión: el acusado era, igualmente, obligado a permanecer largo tiempo bajo el agua. Si alguien sobrevivía o no había quedado demasiado dañado, se entendía que Dios lo consideraba inocente y no debía recibir castigo alguno. Y acá estamos en la misma, porque del largo tiempo de inmersión bajo el agua el

resultado, casi en el 100 % de los casos, es la muerte. Pero voy a jugar un poco con ese margencito que queda con el “casi”: los sobrevivientes de los campos de concentración. Si estuvo desaparecido es porque era subversivo, afirmaría el sofisma del que vengo hablando. El sobreviviente ya recibió su castigo pues fue torturado, estuvo desaparecido; al niño nacido durante el cautiverio de sus padres lo tuvieron secuestrado, le robaron su identidad, su historia, su pertenencia. Y podríamos seguir.

Y no puedo hoy no nombrar a Virginia Ogando, sobreviviente ella también de la

dictadura, a quien le robaron las ganas de seguir viviendo… Y porque estoy en La Plata, y donde quiera que esté, y porque estamos a menos de un mes de que se cumplan cinco años de este crimen, nombro a Julio López, desaparecido nuevamente, por segunda vez, el 18 de septiembre de 2006.

Pero sigamos con la ordalía en clave del Proceso de Reorganización Nacional.

También la sobrevivencia del sobreviviente prueba que es subversivo, doblemente subversivo.

Como fue secuestrado, está probado que era subversivo. Su sobrevivencia de hoy demuestra que era culpable, según la primera modalidad de ordalía por inmersión: flotó, o sea el agua lo expulsó de su seno porque era culpable. Pero -decía- doblemente subversivo, pues agrega a aquella vieja condición de culpable, una más actual: es subversivo porque hoy acusa a quienes lo sometieron al Juicio de Dios, reniega de esa sentencia divina que ejecutaron los genocidas que se asumieron como dioses, o al menos, con línea directa con Dios, como lo expone Dri, página a página, en este libro.

Volviendo a lo que podía probarse por vía estos Juicios de Dios. La versión oficial inicial del asesinato de los sacerdotes palotinos Leaden, Kelly y Duffau y de los seminaristas Barbeito y Barletti, en boca de Suárez Mason, explicaba que el crimen había sido producto del “accionar de elementos subversivos”. Entonces ellos eran inocentes, pues, decía el general, sus autores eran subversivos, no tenían ni patria ni Dios. Una versión que ni Pío Laghi se creyó. Pero vale el ejemplo para vincular este crimen con las distintas variantes del Juicio de Dios: según quién da muerte, se prueba la culpabilidad o la inocencia… Si mata el Estado, es porque es culpable. Si mata esa fantasmagórica “subversión” que tanto mentaban, estaba demostrada la inocencia.

De la consideración del subversivo como subhumano, sobran los ejemplos. En el lenguaje y la práctica militar y en el lenguaje y la práctica de los teólogos de la dominación. No voy a avanzar sobre eso.

3. Reconciliación y perdón

En 1982 Primatesta transmite que el general Reston, ministro del Interior de la

dictadura, le ha dicho que era su voluntad llegar a una “solución en el problema de los desaparecidos”. Y agrega Primatesta: “todos hemos fallado”. Quarracino es más explícito aún: hay que acabar con esto de “echarnos culpas”, porque, dice “todos hemos pecado contra el amor, por ideologías, por interés, por resentimiento, por equivocados idealismos o por excesiva defensa de valores”.

Ya en la posdictadura, en tiempos más cercanos -y ya que les hablaba de asociar conceptos y lenguajes-, no puedo menos que pensar que a fuentes como Primatesta recurrió Balza, el general que en 1995 remozó la apelación a la “reconciliación” con un discurso que algunos llamaron “autocrítica”. Y ahora que digo “autocrítica”, anoto que una invocación a la “autocrítica sincera” también la hacía el documento de la Conferencia Episcopal Argentina titulado, precisamente, “Camino de reconciliación”, en el mismo sentido que Balza: por la vía de las abstracciones en las que es maestra la jerarquía católica, imponer un manto de impunidad y olvido. El 24 de abril de 1995, un mes y medio después de que el asesino Scilingo proclamara públicamente que había arrojado treinta desaparecidos al mar, dijo Balza, en ese momento jefe del Estado Mayor del Ejército: “Siendo justos veremos que del  enfrentamiento entre argentinos somos casi todos culpables, por acción u omisión, por  ausencia o por exceso, por anuencia o por consejo. … Es ingenuo intentar encontrar un solo culpable, de uno u otro signo, ya que la culpa en el fondo está en el inconsciente colectivo de la Nación toda…”

Un trabajo más fino permitiría trazar un paralelo, paso a paso, entre ese discurso de Balza y tantos conceptos recurrentes en el discurso de la teología de la dominación: “fantasmas”, “sombras”, “épocas oscuras”, “anticuerpos” y “virus”… Y algo parecido podría hacerse, por ejemplo, con el discurso del ministro del Interior Troccoli en 1984, cuando presentó el documental “Nunca más”, donde su retórica explicativa anclaba en “lejanas fronteras”, “mesiánicos”, “engranajes diabólicos”…

4. Mística del soldado cristiano

Leo a Tortolo explicar la vocación militar. Dice: “En las Fuerzas Armadas debe darse una clara y decidida vocación a la muerte como ideal inherente a su más entrañable Ideal Militar, condición sine qua non para vivir el sentido heroico de la vida y para realizarse con el plasma que plasma héroes”.

Con ésta y otras reveladoras citas, Dri ilustra la teología de la muerte que la Iglesia elabora para sostener a los genocidas.

Pero no puedo dejar de apostillar, casi ácidamente, que los alumnos de esos teólogos absorbieron las enseñanzas pero las dieron vuelta: no fue la teología de la muerte propia, sino la de los otros. La vocación de la muerte que cultivaron estas enseñanzas fue la de causar la muerte ajena, justificada desde esa mística. Y aun así, las justificaciones que muchos de ellos esgrimen para eludir la justicia, ¿no los corren de ese lugar de héroes-santos en los que Tortolo los ubicaba?

Audiencia tras audiencia los oigo justificarse con que ellos cumplían órdenes que les daban sus superiores. Y más aún: uno de los defensores -seguramente con acuerdo de su defendido- llegó a decir que “si no les dieran órdenes, nadie iría al frente exponiendo su vida”.

Parece que de esos soldados, en cuya alma –según Bonamín- habitaba Dios, sólo queda la condición de robots. Al menos, para sacarse de encima la responsabilidad por sus crímenes.

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