Un registro a la Bonaerense

20130415-ParaguayComo sus abuelos Fernando y Feliciana, Cristhian Mendoza siempre “estuvo” entre los 51 cadáveres. Pero el caso, un manual sobre los peores hábitos de la burocracia policial, confundió y sigue olvidado por las autoridades. Lo aclaramos acá, con toda la documentación. Y desovillamos un relato oficial opaco sobre la muerte en una periferia donde “sólo quedó el inodoro”.

Por Milva Benitez y Josefina López Mac Kenzie
Producción: M.B, J.L.M., Daniel Badenes, 
Laureano Barrera,
M. Laura D’ Amico y Josefina Garzillo

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Hugo Gilberto Mendoza Garay llegó a Villa Elvira desde Caaguazú, Paraguay, una localidad que queda a unas dos horas de Asunción. Vino a lo peor: sepultar a sus padres y retirar el cuerpo de su hijo, que tenía 18 años y había venido hacía sólo 3 meses. Los tres murieron a consecuencia del extraordinario temporal del 2 de abril. Están, de algún modo, en la lista de fallecidos “oficiales”. Pero son un manual del grotesco policial.

Los padres de Hugo se llaman, se llamaban, Feliciana Garay Ruiz y Fernando Mendoza. Ella tenía 64 años y él, 70. Bah, eso dice la lista de 51 (de 52, se supone, tras el lamentable hallazgo del cuerpo de Nilda Luján Godoy). Aunque las fisuras de esa nómina la hacen cada vez menos creíble. Y entonces más perversa. El cadáver que Hugo se llevó de vuelta a Paraguay, por ejemplo, y figura allí como “Máximo Mendoza Benitez (20)” cuando se trataba de Cristhian David Mendoza Benitez y tiene, tenía, 18 años. Esto generó confusión y el fantasma de otro muerto. Pero es un mero error cualitativo, que quedó en punto muerto al igual que la cifra admitida.

Al margen de la controversia por la cifra de muertes y los “criterios de admisión” a la lista (apuntada durante el abordaje policíaco de una catástrofe climática y sanitaria), y fuera de los horrores varios en los certificados de defunción expedidos con premura en la madrugada del 3 de abril (que ya comenzaron a ser denunciados, como adelantó en su cobertura para Diagonales Martín Soler), cuesta encontrar en el listado un caso libre de errores. Desde nombres de pila inventados o mal escritos y falsos homónimos, hasta edades, estados civiles, domicilios y apellidos pifiados, todo es posible en ese registro de cadáveres.

Por eso no sorprende cuando Juanita Esquivel, una vecina de que aún orea a la entrada de su casa humilde, sobre la no asfaltada calle 92, sus pocas pertenencias, pone en duda sin querer el nombre de la abuelita de Cristhian: en verdad “Feliciana no es la esposa sino la hermana de Fernando”, dice, y embrolla más. ¿Una sobreviviente, que no debería integrar la lista? ¿Hay un ahogado que vive? No. No. No. Arnaldo Andrés —casi como el actor paraguayo—, hijo de los viejitos muertos y tío de Cristhian, confirma nombres: Feliciana, Fernando y Cristhian David. A La Pulseada le aseguró que no tiene idea de por qué agregaron eso de “Máximo”. Y se anima a más: “Pusieron cualquier cosa en los certificados de defunción”, dice, enojado.

La noche del 2 de abril, cuando el Gran La Plata fue un océano y las maderas de la casilla pinchada al borde del arroyo Maldonado se desclavaron, Cristhian cayó al agua. Desesperado, no tuvo fuerzas para salvar a sus abuelos y aferrarse a la sábana que le alcanzaba su tío Edgardo (hermano de Hugo). La corriente los arrastró. Edgardo fue el único que zafó, prendido como pudo al cable donde colgaban la ropa.

A los viejitos los velaron y los enterraron en el cementerio municipal y a Cristhian le dieron sepultura en tierra guaraní. En la arrasada Villa Elvira, ahora, Arnaldo trata de reconstruir el alma y su casilla. Y su hermana Mirna parte mañana a Caaguazú a encontrarse con Hugo. El arruinado Hugo, con tres bajas irreversibles al hilo, culpa de una crecida estúpida, improvisada, en otro país.

Premura y torpeza, en principio —sea por mandato, hábito, autonomía—. Pero Feliciana es la muerta. Cristhian es un solo muerto y no se llama Máximo. Y nadie salió a aclarar el caso, que se versionó mucho en los medios mientras el cuerpo cruzaba la frontera con Hugo, después de una escala en la morgue con policías bonaerenses más un trámite en Migraciones y Gendarmería (en el expediente judicial no se consigna cuándo) con el fiscal Juan Cruz Condomí Alcorta.

 

Los escribas del conteo de muertos

“La elección de la descripción

determina la naturaleza del suceso

Molotch y Lester*

La historia de Cristhian consagra la desidia con la que se cuenta la vida y la muerte de los nadie en la trama burocrática de la post inundación. Tras el temporal, cuando los teléfonos empezaron a tronar en la fiscalía, el 911 y las salas velatorias seguían saturados y se decidían cremaciones, Condomí Alcorta y el titular de la UFIJ Nº 12, Alejandro Marchet, se reunieron con el ministro Ricardo Casal. Juntos, acordaron un procedimiento expeditivo. Después del diluvio, el personal de la morgue no daba abasto, y se decidió omitir las autopsias (de hecho, se estima ahora que de los 51 muertos oficiales sólo se les habría autopsiado a 3).

—Es un momento de ayudar a la gente y trabajar —dijo el fiscal, que en ese momento eludía a los medios.

El 6 de abril, cuatro días después de la muerte de Cristhian, la secretaria de la fiscalía de Condomí, Valentina Albornoz, se dirigió al titular del “Registro Civil y Capacidad de las Personas-Sección Centralizadora de Defunciones delegación La Plata”, para informar que “con expresa prohibición de cremación” se había dispuesto la entrega del cuerpo del joven a sus familiares, para que lo llevaran a Paraguay. Ese documento se revela como un tejido de tergiversaciones y silencio:

*Le atribuye a Cristhian David Mendoza Benítez el DNI (92.112.851), que en otro trámite judicial el fiscal adjudica al padre, llegado desde Paraguay…

*Dice que el fallecimiento de Cristhian se produjo el 3 de abril en La Plata. Pero el certificado de defunción, al que accedió esta revista, consigna que murió el 2 de abril a las 23.

*Las omisiones se multiplican en el certificado, emitido por el Registro de las Personas. Tachaduras en los espacios donde correspondería dar cuenta de la nacionalidad, sexo (ponen un signo de pregunta), estado civil, y DNI de Cristhian, los escribas se limitan a anotar que el muerto es un muchacho de nombre Cristhian David Mendoza Benítez, de “aprox. 18 años”, y le atribuyen “fichas dact.” (entiéndase: dactilográficas), que falleció a consecuencia de “insuficiencia respiratoria aguda – sumersión”.

Si no hay rectificación oficial de toda esta desprolijidad, la negligencia deviene injusticia. Edgardo Mendoza, igual que decía Arnaldo Andrés, asegura que en los certificados de sus padres también lee: “sumersión”. Los tenía en la mano mientras esperaba que un empleado de ANSES le diera una solución: tramitaba la ayuda dispuesta para las víctimas de la inundación pero le pidieron los documentos de sus padres muertos y ya no sabía cómo explicar que se los había llevado el agua. Igual que a la casilla. A su madre. A su padre. Y a su sobrino con nombre versionado.

Aún tiesa por lo visto en la correntada, Juanita Esquivel es un atropello de tonada chaqueña que repite y repite que los viejitos eran muy buena gente, que ella se tuvo que subir al techo, que “sólo quedó el inodoro”, que “al muchacho” no lo encontraban, que el viejito “era diabético y estaba en silla de ruedas”. Que hasta la madrugada el Ejército deambulaba por ahí. Y que nunca olvidará.

Se ve que la del 3 de abril fue una madrugada tormentosa en todo sentido. Torpe en la levantada no sólo de cuerpos sino también en la de testimonios y datos por parte de agentes del Estado (policías, soldados, fiscales). A los tumbos. En manos de la Policía Bonaerense.

Ella también la pasó feo. Su casa es de mampostería pero sigue dada vuelta. Y se atreve a decir: “Nos dijeron que no había arroyo hace 20 años cuando compramos acá”. El Maldonado codea cerquita…

 

* MOLOTCH, H.  y LESTER, M. (1974). “Las noticias como conducta intencionada: sobre el uso estratégico de los acontecimientos rutinarios, los accidentes y los escándalos”. American Sociological Review, 1974, Vol. 39 (Febrero): 101-12. ISSN 0003-1224

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