Último tren a Ciudad Oculta

Foto: Gabriela Hernández. 128-2A-Ciudadoculta
Foto: Gabriela Hernández

De este asentamiento son las primeras familias desplazadas por la obra de ensanchamiento del arroyo Del Gato. La Pulseada las visitó antes de su mudanza. Expectativas y sentimientos mezclados, en una crónica escrita mientras las topadoras desaparecían el barrio que les dio identidad.

Por Cristian René Lora

Fotorreportaje Gabriela Hernández y Luis Ferraris

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“Ciudad Oculta. Bienvenidos”, dice el grafiti en los muros que sostienen el puente ferroviario de la línea Roca. Es un texto a dos colores, con trazo adolescente. Un mensaje de admisión; una señal de paz en el portal de ingreso a un asentamiento que se levanta sobre el arroyo Del Gato y en pocas semanas será derrumbado por topadoras.

Ahí viven más 35 familias que al cierre de esta nota embalan todo lo que tienen para mudarse del otro lado del Gato. Muy cerca, pero a la vez muy lejos. Es que, como parte del plan maestro hidráulico, el arroyo deberá ser ensanchado hasta llegar a los 60 metros y eso obliga a tirar abajo las precarias viviendas que se levantan sobre su cauce.

Los responsables de la obra decidieron que primero se muden diez familias y luego otra tanda. Y así hasta que Ciudad Oculta desaparezca por completo.

“Vamos a mudarnos a una zona que no conocemos. Es una mezcla de sentimientos. Todos nosotros queremos un futuro mejor y sabemos que estamos viviendo sobre la costa de un arroyo contaminado”, le dice Raúl Aguirre a La Pulseada.

Raúl es carpintero, llegó a Ciudad Oculta hace unos 15 años, desde Quilmes. Allá también vivía en un lugar precario. Cuando llegó consiguió comprar una vivienda y con los años la fue ampliando. Hoy vive con su mujer y seis chicos. “Estamos contentos con la mudanza, pero allá quisiéramos la tranquilidad que tenemos acá. Nos da miedo perder eso. Sentimos que esa tranquilidad que hoy tenemos puede peligrar”. La relocalización, un proyecto colateral al plan hidráulico del gobierno provincial, prevé trasladar 444 familias que hoy viven sobre los márgenes del arroyo a un predio ubicado detrás del Mercado Regional.

Las 35 familias de Ciudad Oculta son sólo una parte de un drama que se extiende aguas arriba sobre el arroyo que atraviesa La Plata. En los próximos meses deberán abandonar todo para volver a comenzar en un lugar nuevo que hoy es un inmenso predio marrón, sin árboles, sin verde, donde sólo vuela tierra.

Ciudad Oculta es un lugar organizado. Los hombres se dedican al cartoneo y algunos son albañiles, carpinteros, pintores. Las mujeres trabajan en una cooperativa que depende del Municipio y mantienen la limpieza de ese espacio. Los chicos —aseguran— van todos a escuelas de la zona: algunos a la 60, otros a la 25 y otros a la 89.

Rocío Torres vive ahí hace 23 años. Con su pareja quisieron tener su propia casa y, sin demasiados recursos, el asentamiento sobre el arroyo fue una opción. Tienen dos hijos: uno de seis y otro más pequeño, de un año y medio. Él es cartonero y ella trabaja en la cooperativa.

“Nos da mucha pena dejar este lugar. Pero allá vamos a tener mejor agua potable y mejor luz eléctrica”. Rocío explica que la improvisada red de agua que hicieron los vecinos no es suficiente y la presión no llega a las viviendas más alejadas, en particular en enero y febrero. Muchos tienen que caminar hasta el caño maestro y desde allí acarrear bidones.

El tendido eléctrico también es artesanal y prácticamente no resiste la demanda. “Muchas veces tenemos que desenchufar todo para que pueda funcionar sólo la heladera. Así conservamos la comida”, cuenta.

Jésica se suma a la charla. Enseguida el ruido comienza a sentirse desde lejos. Una mole de fierros, chapas y acero se acerca a un ritmo parejo. Ni Raúl, ni Rocío, ni Jésica parecen escucharlo. Levantan las voces pero siguen hablado como si nada aunque por momentos el ruido resulte ensordecedor. La vieja locomotora quema gasoil intentando —a duras penas— arrastrar cinco vagones de pasajeros. Viene desde la estación Constitución y sólo le quedan algunos metros para llegar a destino.

“No lo escuchamos. Ya estamos acostumbrados”, dice Jésica. El paso de las formaciones que van y vienen no es problema en Ciudad Oculta: “No permitimos que ningún pibe suba a las vías. Ellos lo tienen bien en claro. Si hay alguien arriba es porque no es del barrio”. Vieron muchos accidentes. En general, de personas que intentaron cruzar el arroyo por las vías sin tener en cuenta que el tren venía cerca.

En rigor, en esta primera etapa de la obra hidráulica la propuesta del gobierno fue mudar a las primeras seis familias. Sin embargo, ellos pusieron como condición que no se moverían menos de diez. ¿El motivo? Sienten miedo de estar solos en un predio inmenso y casi desértico. A los responsables de la relocalización también les pidieron que las 35 familias de Ciudad Oculta sean ubicadas en un mismo sector. Quieren mantener el espíritu de barrio que los une hace años. La confianza que los hace sentir seguros ante lo desconocido.

Varios dicen también que les preocupa El Mercadito, un barrio de unas 215 familias pegado al Mercado Regional. “Fuimos alertados de que nos van a robar todas las cosas. Por supuesto que eso no nos intimida. Nosotros no tenemos problema con ellos, ojalá que no pase nada”, dice Raúl. Para resolver la tensión social entre barrios, el gobierno provincial no baraja políticas precisamente integradoras (ver “¿Un muro para ocultar El Mercadito?”).

A metros del arroyo, bajo un sauce que en pocos días será arrancado de raíz, Rocío mira hacia el predio adonde se levantan las nuevas viviendas. “Queremos estar cerca unos de otros. Porque nos conocemos y porque nuestros hijos son todos amigos. Como somos una familia, la gran mayoría son primos entre sí. Esto también va a ser algo muy difícil para los chicos”.

Ellos son concsientes de los problemas de salubridad del asentamiento. Raúl explica que muy cerca pasa una red de cloacas y algunos están “enganchados” a ese caño. Pero otros tiran sus desechos directamente al arroyo. “Es un problema, en especial para los pibes que a veces se acercan a la orilla y tocan el agua. En invierno se ve el vapor sobre el arroyo. Eso es contaminación, nosotros tuvimos muchos casos de enfermedades”.

Raúl pierde su mirada en el curso del arroyo. Hace una pausa. “Esos son los problemas que tenemos acá. Pero nunca tuvimos otra oportunidad”. Rocío y Jésica escuchan.

El apellido de Jésica también es Torres, como el de Rocío. Es que las 35 familias están unidas por lazos familiares. En función de esos parentescos fue creciendo Ciudad Oculta y se reforzó el vínculo con el lugar, la solidaridad interna y los cuidados entre ellos. “Somos un barrio tranquilo y estamos organizados. Cuando hay alguien que no es de acá nos damos cuenta enseguida y tratamos de cuidarnos”.

Jésica tuvo que dejar su casa cuando las ratas invadieron e infectaron una de sus habitaciones. “Las ratas agujeran todo, el piso, las paredes, todo”, dice. Su hijo tiene problemas en un pulmón así que ahora vive en una pieza que le prestó su madre, en una casa a pocos metros de donde los roedores decidieron tomar su casa por asalto.

Las crecidas del arroyo hacen que las ratas busquen las zonas más altas. “Después de la inundación de abril de 2013 esto era impresionante. Aparecían por todos lados”, dice Rocío. Cuando las aguas bajaron buscaron nuevas madrigueras. Se reprodujeron y nunca más se fueron.

“Hace años esto era un cementerio de autos. Los tiraban acá luego de sacarles las partes de valor y se incendiaban. Por eso se llama Ciudad Oculta —cuenta Adrián a La Pulseada. Como el resto, se prepara junto a Sol, su esposa, para comenzar su mudanza —. Estamos contentos, pero también tenemos preocupación de que la obra no se termine y nos dejen en un barrio sin terminar, sin algunos servicios”. Adrián es uno de los referentes. Él coordina los trabajos de la cooperativa de limpieza.

Su relato trasmite esa mezcla de melancolía, tristeza y preocupación inmediata. Pero no oculta algo de optimismo. Deja en claro que con la relocalización queda atrás toda una manera de vivir. Pesares y alegrías.

 

El galpón, las historias, los animales

A veces, el abismo que separa la realidad entre funcionarios y los sectores más humildes impide entender la importancia de “cuestiones mínimas” para unos que resultan trasversales para otros. A los vecinos de Ciudad Oculta les llevó más de tres años construir un galpón que usan como comedor para unos 50 pibes del barrio. El lugar funciona como un espacio integrador. Allí festejan los cumpleaños de los chicos y mantienen reuniones.

Adrián se niega a que eso sea tirado abajo por las topadoras. “Trabajamos mucho para tener ese lugar. Entre todos fuimos consiguiendo los materiales, algunos pusieron herramientas y otros la mano de obra”, explica.

Vienen pidiendo a las autoridades provinciales que les den tiempo para poder desarmar parte del galpón y les garanticen un lugar en el predio donde se levantan las más de 400 viviendas nuevas para volver a construirlo. “Yo quiero pelear por ese galpón. Queremos rescatar lo que se pueda rescatar para no perder ese espacio”.

La familia de Raúl ya tiene todo listo, viene embalando hace días en bolsos y cajas. Espera el aviso para comenzar el traslado. Otras familias empezaron a planear la mudanza: se irán en una segunda etapa, algunas semanas después. “Acá pasamos muchas cosas lindas. Nuestros hijos crecieron en este lugar. La verdad es que si nos daban la posibilidad de tener una casita en Ciudad Oculta, bien construida y con los servicios básicos, nos hubiésemos quedado acá”.

Él también trasmite ese choque entre melancolía y esperanza. Y refleja la incertidumbre sobre algunas cuestiones tan cercanas a lo cotidiano. En su patio tiene animales: algunas gallinas, pájaros y hasta un caballo. No sabe si va a poder trasladarlos a su nueva casa. Piensa que va a tener que regalarlos. O lo que es peor, matarlos.

“Es otra oportunidad que se nos presenta a pesar de todo lo que perdimos. Acá somos todos muy humildes. Lo que ganamos lo usamos para vivir y no tenemos capacidad de ahorro”. Aun así, asegura que le gustaría pagar por el terreno y la casa. “Si me dan cuotas accesibles me gustaría pagarlo. No queremos nada gratis”, dice Raúl.

Una vez que dejen el asentamiento tendrán una semana para volver a buscar pertenencias. Mientras tanto, el nuevo predio será vigilado por el gobierno para evitar que alguien ocupe las viviendas. Pasada una semana, las máquinas derrumbarán todo y comenzarán a excavar para ensanchar el arroyo. Rocío imagina el momento en que las topadoras tiren todo abajo. “No vamos a querer mirar nunca más este lugar. El día que derrumben todo yo voy a estar muy lejos. Si veo las máquinas y todo esto destruido me pondría a llorar”.

Ciudad Oculta dejará de existir poco después de escribirse esta crónica. Ya no quedará nada de ese asentamiento que con sus complejidades y carencias fue el entorno de más de 35 familias durante años. Quizás el grafiti quedará mucho tiempo, como testimonio, sobre el muro que sostiene las vías del ferrocarril.

 

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