Luxor, pintando el nuevo mundo piola

Foto Santiago Goicoechea
Foto Santiago Goicoechea

La cantidad de obras que tiene parece indicar que lleva décadas en esto. Pero hace apenas dos años que Luxor empezó a ocupar las paredes de La Plata con sus dibujos, que acaban de llegar también a los muros de la Casa de los Niños Chispita de la Obra del Padre Cajade. Según él, sólo pretende dos cosas: molestar mucho y redistribuir un poco la belleza.

Por Nacho Babino 

“Hola… Che perdón, pero se me pinchó la moto y estoy viendo qué onda. Perdón”. El mensaje de texto, desde algún rincón de la ciudad, cancela el encuentro. Cinco días más tarde, Luxor —pantalón, remera, brazos y dedos, todo salpicado de pintura— hace señas desde mitad de cuadra. “Con unos amigos estamos interviniendo esta casa, que dentro de poco van a demoler. Un garrón que la tiren. Es re grande y está re buena”, dice y señala la casa donde vivió el joven Francisco Art Lissa, en 47 entre 3 y 4. Allí, en noviembre pasado él y otros tres artistas callejeros —Rodrigo Acra, Nelson Sosa y Joaquín Pantera— hicieron la muestra “¿Qué es lo que queda de uno?”, con la curaduría del colectivo Síntoma. La ecuación: una casa demolida, un edificio que empieza a crecer, un pedazo menos de cielo. Pero antes una intervención, doscientos mil colores, un cacho de tiempo ganado.

Es martes y Nelson, otro de los artistas que están interviniendo la casa, trata de terminar de fondear el techo y las paredes de una de las habitaciones. Rojo, verde, azul, naranja, blanco. En uno de esos muros, un dibujo de Luxor: una cara deformemente redondeada, líneas negras sobre fondo blanco, un rostro con cierto aire indígena, ojos bien grandes que miran hacia adelante —hacia el futuro—, la boca cerrada, los pómulos y los cachetes blancos, como continentes vírgenes en un océano de petróleo. No hay cuerpo, ni cuello, ni pelo, sólo la cara, apenas ese rostro con esos ojos que miran al futuro.

Luxor se llama Lucas y al apodo lo trae desde pequeño. Luxor, sin más, porque su hermano lo bautizó así y quedó. Nacido en La Plata, 1983, escuela pública, algunos años en la Facultad de Bellas Artes. Luego capoeira, candombe, tambores, las raíces afro. “Cualquier cosa menos pintar —dice. A veces, el berimbao. Y siempre la calle: andar—. Después me reencontré con la pintura con el grupo Sienvolando, que hacía intervenciones callejeras (La Pulseada 55). Fue un placer trabajar con ellos pero después de un tiempo ese grupo se separó. Yo me tomé un tiempo de relajo, después seguí y ya no paré. De todo esto hace dos años, no hace mucho que pinto, ni en pedo. Arranqué pensando que lo que hacía era grafiti pero después empecé a desenamorarme de ese ambiente. Me desencanté y empecé mi propia búsqueda.

—¿Qué te desencantó del grafiti?

—Ya hay una manera de ser del grafitero, del “street art”. Son maneras en las que uno tiene que entrar y ser de esa forma. El deber ser aplicado a algo supuestamente rebelde hace que a mí ya deje de interesarme. Ojo, el deber ser está en todos en los lugares, pero yo busco otra cosa. La pintura callejera se hace con aerosol, pincel, fibrón, con lo que tengas a mano, y trabaja con el vecino, con el barrio, se mete de lleno en las casas. Es política, cien por ciento política. La pintura callejera no podría existir si no existiera una forma política de pensar. Yo lo puedo hacer porque me siento parte de esto. Yo hago pintura callejera y es algo que a todos les puedo decir: “hola señora, yo hago esto, pinto en la calle…”. Es algo que les puedo explicar con mis palabras. Quiero saber qué es lo que estoy haciendo y también lo quiero decir. Lo que llevo adelante es una búsqueda, una construcción, una manera de pensar, un proyecto. No hay que quedarse jamás en lo seguro. Y todo el tiempo hay que apostar a construir algo colectivo

—En algunas entrevistas hablás de seguridad e inseguridad e invertís el sentido más conservador de esos términos: la inseguridad es quedarse en casa y la seguridad, salir a la calle.

—Para mí quedarse en lo seguro plantea un mundo de totales inseguridades, de miedo por lo desconocido. Y el miedo por lo desconocido no es más que el temor a la otra persona. Porque en el mundo contemporáneo lo desconocido es el otro: el vecino, el falopero, el que tiene HIV, el comunista, el negro, el villero, el puto, la lesbiana, el travesti. Eso es el miedo: es la otredad que molesta. Y no es solamente el miedo a que me afanen sino el miedo a vivir experiencias nuevas. Para mí la inseguridad es encerrarse tras una reja en tu casa, que además no te brinda ninguna seguridad. Pienso que la demostración más grande de inseguridad es el encierro, en todos los sentidos. No te hace más seguro encerrarte, es mentira. La seguridad es salir a la calle y enfrentar al miedo desde un lugar activo. Lo peor es que eso se convierte en una cadena: redes de gente insegura que, como vive su vida insegura, vota de forma insegura, opina y acciona políticamente de forma insegura. Así se replica todo el tiempo la inseguridad y si esa persona ve a tres pibes caminando por la calle llama a la Policía, que los levanta, los maltrata, se le va la mano, los mata. Fijate cómo la cadena de inseguridades de esa persona modificó la vida de un tercero que no tenía nada que ver. El objetivo del miedo es que nos paralicemos y no tejamos relaciones interpersonales. Entonces, cada uno con su miedo, se queda en su lugar, estático, no se dinamiza, no charla,  no se conoce.

“Mirá este puto”

Algunas cosas definen —mucho— a Luxor y a sus pinturas: los colores, los trazos circulares, las nenas, los pájaros y las pájaras, como él dice, y las mariposas. “Me ha pasado que digan: ‘Mirá este puto que pinta mariposas’. Al principio me hacía mala sangre pero ahora ya no me importa. Cada uno sabe cuál es su camino y el mío es construir. Y el resultado de esa construcción es que algunos te quieran y otros te odien. El que financia mi obra es el que me odia. Cuanta más gente me odie, mejor. Porque eso quiere decir que lo que hago les está llegando. Si no te gusta porque dice ‘aguanten las mujeres’, no te está molestando porque lo hizo un chabón como yo: hay algo con vos mismo que te está molestando. Y yo logro que por lo menos durante un segundo te replantees eso. Te resultó tan crítico que te molestó. El cometido de mi obra es gustarle a quien le guste y molestar a quien no le guste. No es sólo que no le guste sino sobre todo que le moleste. Cada vez que me pintan  o escriben algo que hice, siento que esa pintura cumplió su rol. No me pasó tanto; tres o cuatro veces. En la última, por ejemplo, dibujaron una pija y no la firmaron. Yo todo lo que hago lo firmo. Las cosas hablan por sí solas. Si molesta sirve y si no, no.

—¿Cómo explicás la presencia tan fuerte de mujeres, mariposas y pájaros en tus pinturas?

—Yo me reconozco también como feminista. Y además, las cosas bonitas molestan, por eso me dediqué a pintarlas, porque me di cuenta de que cuando lo hacía la gente se enojaba. Percibí que en un mundo de mierda la belleza molesta. ¿Y cómo me di cuenta? Por ejemplo, cuando escucho decir: ‘Uh, mirá, este puto pinta una mujer’. O cuando me han dicho: ‘Mirá, este blando, en vez de pintar una calavera y un perro muerto pinta una nena abrazando una casa…’. Sinceramente pinto eso porque creo que la belleza es algo netamente burgués, que la belleza es siempre para el que tiene, que el que no tiene se lleva los resabios del que tiene. Lo creo así. La belleza no es para el que no tiene, es siempre para el que tiene el poder de elegir. Existe en tanto y en cuanto podés elegir entre muchas bellezas. El sistema te da dos o tres cositas para que, entre ellas, medianamente, elijas. Y es una reivindicación del capitalismo. Si vos elegís entre esas dos o tres cositas ya tenés el poder de comprar, y si lo tenés es porque tenés plata, y si la tenés no sos pobre. La belleza es para el que tiene el poder de adquirirla. El gusto se da a partir de poder discernir. Por todo eso es que pinto cosas lindas. No me sale pintar cosas feas, no en el sentido de lo estético sino en el sentido de búsqueda. Me parece que tiene que ser algo que vaya por ahí. Hay pájaros y pajeros. Yo pinto pájaras.

—Y no sólo pintás en la calle sino también en casas, patios, lugares quizás no tan comunes en la pintura callejera.

—También pinto mucho adentro de casas. Por un lado por trabajo, porque de algo tengo que vivir. Y también porque creo que lo privado y lo público se rozan todo el tiempo. Si una persona tiene algo pintado por mí dentro de su casa y esa misma pintura está en la calle, que esas dos cosas empiezan a dialogar entre sí. Pienso mi obra como subversiva, como subvirtiendo la realidad establecida. Yo pinto lo que pinto en cualquier lado, entonces si vos me llamás a tu casa vas a tener lo mismo que está en la calle. Pagándome 50.000 pesos vas a tener lo mismo que una persona que no me paga absolutamente nada. Porque también pinto casas sin que la gente tenga plata. Nadie me paga eso, es una forma de decir. Entonces, de esa manera también empiezan a relacionarse esas dos realidades, la de aquel que tiene y aquel que no tiene. Creo que hay que atravesar la clase así, cortarla al medio. No es romperla, es ir un poco más. Por eso pinto.

En el patio de la casa, que cada vez tiene menos espacios blancos, se escucha la música que llega desde una de las habitaciones. Mano Negra a todo volumen. Luxor toma un poco de cerveza, llama a su compañera y le comenta las novedades sobre el Fiesta rojo que está esperando en el taller. “Le andaban mal los frenos y no sé qué más y aproveché para hacerle algunas otras cosas. Lo tengo sólo para eso, porque en la moto no puedo llevar todo”, cuenta. Se toca la cresta, hace girar el aro —una especie de colmillo de madera— en su oreja izquierda. Grita, lo llama a Nelson: “Nelson, ¡eu! ¡Nelson, Nelsín! No sé, habrá ido a comprar cigarrillos”, dice.  Camina despacio, medio pachorra, el cuerpo ancho contra la reja de la puerta que da al patio. Vuelve a gritar, chifla. Nada.

Piola vago

En las descripciones de las fotos de su Facebook aparece repetida muchas veces la palabra “piola”. En sus pintadas, en algunas fotos que andan desperdigadas por la red y cuando habla. “Mi abuelo también usaba el término piola; lo usan los pibes y las pibas, atraviesa a todas las edades, por eso es popular. Lo importante es que atraviese todo, que todo el mundo lo entienda y que lo disfrute. Nada más, relajarse y disfrutar, compartir y construir otras cosas. Creo que la posta es generar un trabajo con el vecino, por eso pido permiso antes de pintar. A mí el blanco de las paredes no me gusta, pero bueno…, si a otro le gusta, qué se yo, está bien. Y cada vez que propongo pintar alguna pared porque me gusta, siempre trato de hacer lo mejor. La gente tiene buena onda; si uno va y se acerca con respeto, hay buena onda. Si llegás con respeto, sos bienvenido”, dice Luxor. Y se ríe. Y trata de avistar a Nelson. Pero nada.

Sus últimos dibujos, que ya están ganando paredes, puestos de colectivo y esquinas de barrios más allá de la cuadrícula perfecta de La Plata, parecen traer signos nuevos. Él dice: “Ahora estoy laburando una serie que se llama ‘protectores’, que son personajes que resguardan espacios y casas. Pero no solamente protegen, también tienen otras capacidades. Además atacan y otorgan poderes. Pero atacan de diferentes maneras, con energía piola, haciendo que la gente se encuentre, comparta. Están inspirados en todos los santos populares no canonizados, en todo lo que la gente cree y la iglesia no reconoce: el Gauchito Gil, San la Muerte, Maruchito, la Difunta Correa, Gilda, Rodrigo, lo que sea. Esos serían los protectores, que son todos mestizos y van por el lado de la mística popular”.

Luego se toma la poca cerveza que queda en el culo de la botella y agrega: “Hay que intentar construir otro mundo, generar uno nuevo, el que realmente queremos. Para lograr construir otra cosa hay que animarse primero a pensar un mundo diferente. Y a abandonar al viejo, que es el feo. Así, corta la bocha”.

Y se queda mirando hacia adelante, la cresta sobre la cabeza, los ojos bien grandes. Como eso que pintó hace poco en una de las habitaciones de la casa: como esa cara que, igual que él, mira al futuro.

 

Para proteger a Chispita

Foto Gabriela Hernández
Foto Gabriela Hernández

Este año, a fines de febrero, Luxor llevó su explosión de imaginación y color a las paredes de la Casa de los Niños Chispita, perteneciente a la Obra del Padre Cajade y ubicada en Los Hornos, en 151 entre 69 y 70.

“Fue realmente lindo y estoy muy agradecido por haber podido participar de semejante trabajo —le dijo a La Pulseada—. Me sentí como en mi casa. Siempre es mejor pintar en los barrios porque los pibes se van arrimando de a poco al fogón y se comparten muy buenos momentos. Así fue como se sumaron a trabajar tres niños divertidísimos, Dylan, Lauti y Agus, que sin duda van a estar para mí entre lo mejor del año. Elegí continuar con la serie de los ‘protectores’, esos personajes que estuvieron entre nosotros y que por su manera de vivir se transformaron en guerreros de las mejores causas. Son figuras que siguen compartiendo su energía, intentando que la gente piola se junte y promoviendo la alegría colectiva”.

Publicaciones Relacionadas

2 Comments

  1. luis

    Hola Luxor,casi todo lo que decís ,lo suscribo,menos la cuestión de la belleza y el poder económico.Se ve la belleza donde se tiene sensibilidad,y no solo la belleza impuesta por paquetes de modelos,a que estamos de acuerdo?

    Reply
  2. Pingback: Inseguridad | Sudakia

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

X