Lucila

Entre las víctimas fatales de la inundación platense está Lucila Ahumana de Inama, una de las Abuelas de Plaza de Mayo de la ciudad de La Plata. Murió ahogada en su casa de 29 entre 36 y 37. Compartimos un texto de Pelota de Trapo como despedida y homenaje.

Por Claudia Rafael / Pelota de Trapo

Entre enero y febrero cumplió 35. El/ella no lo sabe aún. Y quizás nunca lo sepa. A lo mejor está dando vueltas por ahí, ayudando a expulsar el agua amarronada que irrumpió huracanada en las casas de su barrio. Probablemente está enfurecido o enfurecida con los hados que desataron la muerte que llegó como cascadas sobre la ciudad y desguarneció la vida. A lo mejor abrió la puerta de su casa y ayudó a un par de vecinos a subir al primer piso o al techo a esperar que la cólera del clima pase. Que el agua se escurra.

Probablemente cubrió a su propio chiquito. Lo alzó y lo trepó sobre sus hombros. O intentó que se durmiera para no saber que hay monstruos líquidos que le llevaron los juguetes. Que arrebataron el peluche que abraza a la hora de dibujar los sueños. Entonces mientras le cantaba entre acordes de arcoiris y ternura le contó que hay monstruos niños que necesitan juguetes para jugar.

Creció tan ajeno/a a la historia de Lucila que aún a los 82 seguía buscando. Que todavía revolvía desesperadamente escombros de tragedia en este país devorador. Sin olvidar nunca aquel 3 de noviembre de 1977 en que le talaron la sonrisa y le dejaron huecos baldíos en el alma. Su Daniel tenía 25 años. Noemí, la compañera de Daniel, tenía escasos 22 y un vientre pletórico de soles y utopía. A Daniel lo vieron alguna vez en el Club Atlético, en el Hospital Militar y en Campo de Mayo. Noemí, a quien la arrebataron a la libertad, tres días más tarde, respiró sangre y muerte también en el club Atlético.

Lucila contó los días. Sumó lunas y soles. Restó madrugadas. Y ubicó exactamente entre enero y febrero de 1978 el día en que el vientre de Noemí se hizo grito y pujó hasta que su nueva semilla berreó desmedida. Año tras año festejó su cumpleaños casi como restando distancia al abrazo.

Hoy está ahí. En la larga lista de más de 50. Lucila Ahumada, 82, dice fríamente. Hundida en el metro 70 de agua que le entró a la casita en calle 29, entre 36 y 37.

El/ella nunca la pudo abrazar. Era su abuela Lucila.

La misma agua los rozó a los dos sin que lo supieran.

Agua amarronada y fría como luciérnagas apagadas en el medio de la oscuridad.

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