Las palabras que linchan

122-Seguridad-LauraLlovera
Ilustración: Laura Llovera

La investigadora Silvia Hernández, de la Universidad de Buenos Aires, analiza dichos de funcionarios, organizaciones y medios sobre la “inseguridad”. Advierte el riesgo del uso de ciertas palabras y afirma que “el discurso securitario alimenta estereotipos y estigmas”. 

Por Carlos Gassmann

Las luchas, explícita o implícitamente políticas, son en gran medida —y a veces sobre todo— batallas por el lenguaje. Es fácil darse cuenta de que no es lo mismo hablar de matrimonio igualitario que de casamiento entre homosexuales, ni tampoco da igual decir lock out patronal que paro del campo. Pero es menos evidente que palabras como vecino, seguridad o víctima hayan terminado adquiriendo un significado nada inocuo.

Aunque solemos creer que lo importante es lo que hacemos y no lo que decimos, porque suponemos que “a las palabras se las lleva el viento”, desde los ámbitos académicos se reconoce hace tiempo que los significados que socialmente producimos son decisivos. Definen cómo pensamos y hasta cómo actuamos. En tiempos de debates sobre la seguridad/inseguridad, dialogamos sobre estos temas con Silvia Hernández, joven docente e investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA) que viene intentando entender cómo se pudo pasar —según sus propias expresiones— del “todos somos víctimas de la inseguridad” al “si te agarramos te linchamos”.

—¿Por qué te interesaste por este tema y qué materiales fuiste eligiendo para abordarlo?

—Los linchamientos me impactaron primero en sí mismos como algo para lo que parecía que no teníamos forma de pensar claramente. Me gustó una frase de Horacio González que habló de un “desgarrón de lo humano”, como si estuviéramos ante algo límite, que rozaba lo innombrable. Pero más allá de lo dramático de los sucesos en sí, me interesaron también porque se relacionaban —y ponían a prueba— los avances de una investigación que vengo realizando sobre la categoría de vecinos para el caso de la ciudad de Buenos Aires. La palabra vecinos se escucha cada vez con más frecuencia desde mediados de los ’90 no sólo en los medios, sino también en el habla de los políticos y en la voz de mucha gente cuando se moviliza o reclama. Entonces me interesé por desnaturalizar esta figura, que parece tan inocente, vinculándola con su historia y con las relaciones sociales en las que actualmente se inserta. Trabajé con textos de diferente tipo para mostrar cómo esa categoría circula ampliamente en nuestra sociedad y que no siempre fue así. Tomé blogs y notas de prensa del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y declaraciones de sus funcionarios, y por otro lado, analicé blogs y sitios de internet de asociaciones autodenominadas vecinales.

Me interesaba ver —continúa Hernández— qué sentidos aparecían en torno de la idea de vecino, en qué ocasiones esta categoría era utilizada, por quiénes, quiénes podían ser considerados vecinos y quiénes no y qué consecuencias tenía ser o no vecino a la hora de disfrutar de la ciudad y tener derechos en ella. Encontré que, si bien vecino adquiere distintos sentidos, hay algunos atributos que se mantienen estables. Para empezar, vecino deja de asociarse estrictamente a la cercanía espacial. Así, vimos campañas electorales que hablaban de la ciudadanía porteña como un ‘equipo de tres millones de vecinos’. Por otra parte, vecino remite de forma implícita a una idea bastante amplia de clase media urbana. Más que a una proximidad geográfica, remite a una cercanía social, a un grupo social relativamente homogéneo. Al cabo encontré que vecino se vincula principalmente con tres figuras: con la de víctimas o damnificados (de la inseguridad, de problemas urbanos como inundaciones o apagones, pero también de la corrupción política), con la de ciudadano participativo apolítico y, por último, con la de autoridad moral (el vecino es el que trabaja, es responsable, honesto y paga sus impuestos). Se puede concluir que se usa para valorar positivamente a una persona o conjunto de personas diferenciándolos de otros a quienes se valora de manera negativa o ambigua. La imagen social de lo que es y debe ser un buen vecino se forma siempre por contraste con otros que representan aquello que un vecino no es. Como “víctima”, vecino contrasta con los delincuentes y con los políticos corruptos. Como “ciudadano participativo apolítico” se opone a los políticos pero también a los militantes, piqueteros, trabajadores en huelga, etcétera. Por último, en tanto “autoridad moral”, se define por ser la contrafigura de una serie de “inmorales”: prostitutas y travestis, vendedores ambulantes y todos aquellos que “afean” al espacio público. Como consecuencia del predominio de estos sentidos, aquellos que no son vecinos empiezan a ser vistos como problemas o amenazas.

Aunque la mención a los vecinos también se da respecto de otros conflictos sociales, en los últimos años fue consolidándose su uso para hablar de las víctimas inocentes de la delincuencia urbana. Por eso cuando ocurrieron los ‘linchamientos’ empecé a prestar atención a las palabras empleadas para designar a las personas o grupos implicados. Noté que se usaban algunos términos que nos son muy familiares como vecinos, víctimas, jóvenes y familiares, y otros que nos lo son menos, como horda. Me daba cuenta de que vecinos no se usaba siempre para hablar de los mismos sujetos: a veces aludía a los que habían linchado a un presunto delincuente y a veces refería al conjunto de personas que salía a defender o pedir justicia por los agredidos. Eso se convirtió para mí en un enigma: ¿qué había en juego en esas variaciones?

—Según el diccionario, seguridad e inseguridad poseen un significado muy amplio, pero entre nosotros han terminado teniendo un sentido muy restringido. ¿Cuál es según tu trabajo y por qué?

—A partir de lo que trabajé confirmé algo que dicen varios investigadores: que eso que llamamos cotidianamente inseguridad se consolidó en los últimos años como problema de primer orden hasta llegar a ser “el” problema por excelencia de nuestra sociedad. En el material que analicé se ve que dentro de ese diagnóstico, los vecinos son el modelo de víctima: nunca se habla de un vecino como aquel que delinque, salvo en ocasiones que son presentadas como excepciones a la regla (porque se equivocó, estaba loco, estaba borracho, no era un verdadero vecino). Se naturaliza una reducción de la idea de víctima a la de víctima de la inseguridad, estableciendo una especie de jerarquía entre las víctimas, donde las más importante son los vecinos (los más inocentes) y donde quienes no puedan ser considerados vecinos parecen menos víctimas (y potencialmente culpables o, al menos, sospechosos). Esta centralidad de la figura de los vecinos cuando hablamos de las víctimas de la inseguridad alimentaba una segunda reducción de lo que llamamos inseguridad a los delitos contra la propiedad o a la delincuencia urbana contra sectores medios y altos de la sociedad, ocultando así otras inseguridades que afectan a grupos sociales menos privilegiados (inseguridad laboral, social, habitacional, etc.). Pero el caso de los linchamientos me llevó a ir un poquito más allá de esta idea, para pensar que lo que está en juego no es solamente un ocultamiento de otras inseguridades que afectan a los más desfavorecidos, sino la puesta en marcha de un poderoso discurso por el cual una amplia gama de problemas sociales y desigualdades económicas, políticas y sociales pasan a ser percibidos, interpretados y evaluados como inseguridades, es decir, bajo los mismos términos de un discurso securitario que divide a la población entre víctimas y victimarios. Esto contribuye a alimentar estereotipos y estigmas que hacen que reconozcamos ciertos signos, como algunas vestimentas, como rasgos de “peligrosidad”.

—De tu investigación surge que, además de términos como vecino, inseguridad y víctima, hay otros como político y corrupción que también son clave en muchos discursos del presente. ¿Qué relaciones han ido adquiriendo entre sí?

—Es difícil intentar una síntesis que capte toda la complejidad que estos términos traen consigo. Lo primero a tener en cuenta es que lo que en cada momento entendemos por política, es algo que es fruto de la historia y que se irá modificando en el futuro mediante procesos muy complejos. Otra cuestión importante es que las categorías que usamos para representarnos nuestro mundo, además de ser históricas, contribuyen a darle forma a la propia vida social que las produjo: mediante ellas nos hacemos una idea de lo que está bien y lo que está mal, de lo que se debería hacer y lo que no, de lo que es posible y lo que es imposible. Valiéndonos de ellas nos conducimos en la vida sin necesidad de tener que reflexionar todo el tiempo, casi automáticamente. Por último, estas categorías suponen también relaciones de poder y desigualdad: ellas suelen reproducir el modo en el cual los grupos más poderosos de la sociedad se representan el mundo. En particular, en lo que vengo analizando noto que vecino aparece como una categoría que se valora positivamente por ser apolítica, bajo una concepción de la política como algo necesariamente corrupto, moralmente condenable y confinado a unas instituciones (partidos, dependencias de la administración pública, sindicatos, etc.) y a unos actores determinados (funcionarios y lo que últimamente se llama la clase política). Así, la política resulta mala, contraproducente y alejada de la vida real de las personas. Encontramos entonces que los vecinos, en su contraste con la política (corrupta, falsa, manipuladora), aparecen como una figura moralmente intachable. Poniendo esto en perspectiva histórica, lo podemos interpretar como la manera en que se dio, en el caso local, un tránsito que empieza en el último cuarto del siglo XX en distintos lugares del mundo, donde la política empieza a ser descalificada y emergen discursos que privilegian la idea de que el Estado debe administrarse como una empresa, que las ideologías son cosas pasadas de moda y que la sociedad capitalista democrática es la mejor que podemos desear. En este contexto amplio aparece también la idea de que, como los políticos se han demostrado corruptos, es necesario que la sociedad civil participe en la toma de decisiones. En el caso que analizo, cuando se fomenta la participación ciudadana como algo no viciado por la política, aparece nuevamente la figura de los vecinos como los sujetos de la participación por excelencia. Emergen como los que más derecho tienen a reclamar, proponer y ser escuchados, con lo que ello implica: por un lado, se descalifica la intervención de grupos que se declaran políticos; por el otro, sabemos ya que vecinos alude de manera relativamente difusa a ciertos grupos sociales en detrimento de otros más desfavorecidos.

 

SUBTI Linchadores y linchados

—A partir de casos como los de Rosario, que los medios llamaron “de linchamientos”, encontraste que aparecían dos grandes modelos de discursos. ¿Qué los separa y qué es lo que en el fondo los une?

—Junté para mi análisis notas de Página/12 y La Nación publicadas entre el 29 de marzo (momento en que el tema adquiere gran notoriedad pública) y el 7 de abril de este año (dos días después de la declaración de emergencia de seguridad por el gobernador Daniel Scioli). De este material surge que hay dos grandes discursos que disputan por la definición de los linchamientos. Uno de ellos los define a la vez de dos maneras: como homicidios (tomando el vocabulario técnico del derecho) y como muestras de irracionalidad y primitivismo (habla por ejemplo de turbas enardecidas). Según este discurso, esta agresividad salvaje proviene de una horda, ligada a su vez a un cinismo y a un revanchismo de clase, por los cuales ciertos grupos de individuos se desquitarían directa o indirectamente contra “el otro” popular. Las víctimas son aquí los linchados: víctimas tanto de la agresión puntual como de la exclusión social. La principal explicación provista por este discurso para estos fenómenos es la circulación de mensajes massmediáticos sostenidos por sectores dominantes representados por una oposición política al gobierno que, con fines electorales, agitarían el fantasma de la inseguridad para ganar la adhesión de la población a una propuesta punitivista y socialmente excluyente. El poder mediático concentrado y la oposición promoverían así un modelo de sociedad antipopular, omitiendo cínicamente que la inseguridad es consecuencia de la exclusión social. En cambio, en el segundo discurso los linchamientos aparecen como actos de justicia por mano propia, reacciones de vecinos atacando delincuentes como consecuencia de la inseguridad que se explican por la desesperación y el hartazgo de una ciudadanía que se siente desprotegida ante la ausencia de Estado. En este caso el linchador es el ciudadano/vecino/gente cuya emoción violenta es una actitud desesperada excepcional suscitada por la inseguridad y no por la manipulación o el bombardeo mediático. Lo central es que, como los linchadores son antes que nada vecinos (equivocados, pero vecinos al fin) y, por eso, víctimas, se les concede una razonabilidad que disminuye su responsabilidad y los vuelve casi inimputables. Aquí los vecinos son doblemente víctimas: de la inseguridad y de los políticos que no los protegen como debieran.

Lo llamativo es que a pesar de los contrastes entre los atributos de los linchadores en los dos discursos, la categoría de vecinos aparece en ambos casos para designar a quienes considera victimizados, honestos y moralmente intachables. En el primer discurso, las víctimas son los linchados y los linchadores son llamados hordas pero no vecinos. En el segundo discurso, las víctimas son los vecinos que padecen la inseguridad y el abandono del Estado. Pero lo central es que en ambos discursos la víctima (y quienes puedan demostrar proximidad espacial o vincular con ella: vecinos y familiares) es indudablemente inocente y sus (re)acciones deben ser comprendidas como razonables y eventualmente justificadas.

—En el modo en que los medios cubrieron los casos de linchamientos encontraste que apelaban a mecanismos de despersonalización e híperpersonalización. ¿En qué consistieron?

—Es un mecanismo doble y simultáneo que aparece en los dos discursos. La híperpersonalización consiste en exaltar los detalles más cotidianos, los sentimientos, los gestos faciales de las víctimas y sus próximos (vecinos y familiares) y sirve para reforzar la condición de vulnerabilidad de estos sujetos. En un caso, será respecto de los excluidos de la sociedad; en el otro, respecto de los vecinos cansados de la inseguridad. Lo que salta a la vista es no sólo que la manera en que se construye a la víctima es similar para ambos discursos, sino también que retoma los atributos con que se caracteriza a un vecino (inocencia, honestidad, autoridad moral, etc.). Como contrapartida de la híper-personalización de la víctima, vemos que en ninguno de estos discursos los agresores son identificados como personas sino como factores despersonalizados que constituyen amenazas para la sociedad (inseguridad, ausencia del Estado, impunidad, hechos aberrantes e ilegales, afán de venganza, grupos violentos, turbas enfurecidas, delincuencia, etc.). Los factores de agresión no son personas por dos motivos: por ser abstractos (como la inseguridad) o por ser irracionales, bestiales, primitivos (como la turba). La despersonalización es más notoria en el segundo discurso, que considera a los vecinos como víctimas de la delincuencia y justifica así los linchamientos. Mediante este mecanismo se le quita al otro su condición de persona, lo cual tiene como consecuencia implícita que es “menos humano” que los vecinos y por eso “vale menos”. Esto produce además un segundo efecto de sentido, por el cual nadie pareciera estar linchando a personas concretas sino que se estaría actuando contra amenazas y peligros para la sociedad.

—¿Qué tiene para decir tu trabajo respecto de que suele plantearse como “más democrático” que “participen los propios vecinos autogestionándose su seguridad”?

—Acá nos desplazamos hacia una perspectiva más general sobre los modos en que se pretende abordar a la inseguridad como problema social. Lo que se puede ver es que hoy en día se habla de estrategias que parecen contrapuestas, como la llamada mano dura y la prevención situacional (concepción basada en la prevención y denuncia por parte de los habitantes de un territorio, que aparece como una salida democrática y participativa, no punitivista), que tienen elementos en común. Si bien las implicancias de estas estrategias son muy diferentes, conviene no perder de vista que existen aspectos implícitos compartidos. Por ejemplo, es un rasgo común la construcción de un diagnóstico por el cual la inseguridad es el problema social central que debe ser resuelto urgentemente. Y también esa asociación naturalizada entre vecinos y víctimas, con la serie de corolarios que antes señalaba.

Publicaciones Relacionadas

1 Comment

  1. luis lópez espinar

    Muy bien expresado,el sentido de cada situación y de su modelo de divulgación masiva que se desparrama de los mass hasta los espectadores y afectados.
    Lógicamente,la inseguridad es mucho más que un conjunto de sucesos más o menos armados para las audiencias espectantes;la inseguridad es la de la vida digna,del acceso a un salario(y que sea suficiente),la de las impunidades,de las escandalosas diferencias sociales y económicas,y miles de etcs.

    Reply

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

X