La Plata ciudad capital

20130405-Inundaciones-marchaLa catástrofe que sufrió la ciudad desnudó las deficiencias de los sistemas públicos de prevención y asistencia en casos de emergencia, y la planificación urbana de la capital de la provincia. Pero también demostró el poder de la solidaridad popular.

Por Federico Larsen (Marcha)

Al cierre de esta edición de Marcha había contabilizados al menos 15 piquetes en diferentes zonas de la ciudad de La Plata y su periferia. Los vecinos salieron con fuerza a reclamar ayuda a las autoridades municipales, provinciales y nacionales porque, desde el principio, la que se hizo sentir fuerte fue la ausencia oficial.

En la zonas afectadas, la noche del martes se pudo ver la total ausencia de Policía, bomberos, Defensa Civil o personal municipal. Algunos vecinos desviaban el tránsito en las avenidas principales, ni bien terminada la lluvia e indicaban -como podían- la forma de evitar las principales correntadas. La luz había dejado de funcionar en toda la ciudad desde el atardecer, al igual que el agua corriente y la señal de teléfonos celulares. En el medio de ese caos surgió la solidaridad entre vecinos y hasta gestos de verdadero heroísmo, ante la total falta de autoridades del Estado.

Pocas horas antes de que se entendiera la magnitud de la tragedia, la Policía Bonaerense dispuso un operativo para resguardar todos los cajeros automáticos por miedo a asaltos en medio del corte de luz total que sufría la ciudad. Y durante la noche, tampoco aparecieron las autoridades.

Cuando lo hicieron, al bajar por completo el nivel del agua, la reacción fue de rechazo. El intendente Pablo Bruera, el gobernador Scioli y hasta la ministra de Desarrollo Social, Alicia Kirchner, fueron abucheados, insultados y hasta agredidos al acercarse a las zonas más afectadas. “Agitadores y violentos que no quieren que se les ayude”, sentenció la ministra acerca de quienes la increpaban luego de haber perdido todo.

Cuando la inundación de La Plata llegó a ser un caso nacional -por más que los medios ‘porteñocéntricos’ ningunearan la noticia hasta conocer algún fallecimiento, y líderes políticos como Luis D’Elía la tildaran como una instrumentalización antikirchnerista-, comenzó a llegar la ayuda oficial. Pero miles de personas ya se habían movido.

Movimientos sociales, centros culturales, centros de estudiantes, organizaciones civiles, fueron el verdadero motor de la solidaridad y el trabajo mancomunado frente a la catástrofe. Un Estado que quedó en off-side, desorganizado y bloqueado, se encontró con una autorganización conmovedora durante y después del diluvio. Por esta vez, y aún en un estado de tragedia, debió enfrentarse al empoderamiento de la población.

La capital soñada

La ciudad de La Plata tiene una serie de particularidades que la hacen fuertemente permeable a este tipo de situaciones catastróficas. A partir de lo más obvio: es cuadrada. Por más que parezca una perogrullada, el hecho de que el casco urbano esté totalmente delimitado es el primer factor a tener en cuenta. Porque si el “centro”, se pudiera expandir más allá, los efectos de la construcción de viviendas a gran escala se podría diluir en el espacio.

Pero con límites totalmente establecidos -algo que pasa en menor medida también en la ciudad de Buenos Aires-, el mercado de la construcción concentra sus esfuerzos dentro de ese cuadrado de cuarenta cuadras por cuarenta, fogoneado por la rentabilidad excepcional que representa.

Ahora bien, la otra característica estructural de la ciudad de La Plata, que se desprende de la primera, es la especulación inmobiliaria. El casco urbano fue creado en 1882 con un diseño pensado para servir como capital de la provincia, pero desde allí su fisionomía ha debido adaptar las necesidades del siglo XXI a una estructura del XIX. Este proceso ha sido marcado por la política, que ha establecido normas específicas para el uso del suelo y la construcción. Todas las reformas han fomentado el desarrollo edilicio dentro del casco.

Sólo para citar las mas recientes, el Ordenamiento Territorial y Uso Del Suelo en el Partido de La Plata del año 2000, aumentó en un 622% el área urbana y la construcción en altura respecto de la registrada en los años 80. Pero fue justamente con el intendente Bruera que la especulación dio un gran salto de calidad.

El Código de Ordenamiento Urbano (COU), fuertemente resistido por asociaciones civiles, movimientos sociales y partidos de oposición y aprobado en 2010, permitió un incremento del 1361% en la cantidad de metros habilitados para la construcción en altura en el casco histórico, contra el 372% en todo el resto de la periferia.

Los cambios en las normas vigentes producen irremediablemente cambios en los precios del suelo y la construcción. A tal punto que el precio de una vivienda o un terreno, puede incrementarse vertiginosamente sin que el propietario haga nada. El municipio modifica la norma, y de repente los precios suben. El COU de Bruera no fue otra cosa que un inflador para el mercado inmobiliario y un diseminador de edificios gigantescos por toda la ciudad. Construcciones que necesitan de instalaciones, refacciones de la red hídrica, un acompañamiento que, evidentemente, a la municipalidad se le escapó de las manos, aunque ya había favorecido a las principales constructoras de la región.

Sin entrar en el detalle de las desigualdades y la exclusión social que este tipo de sistema genera, con una hiperconstrucción en un centro encorsetado y una periferia cada vez más alejada, la derivación de todo esto queda en evidencia. Ante las lluvias del pasado martes, el mastodonte de cemento rebalsó por todos sus anacrónicos e insuficientes desagües y, por más que la cantidad de agua fuese abrumadora, su desregulada construcción desató la tragedia.

Pero también quedó demostrado que la ineficiencia de la ciudad no está sólo en el plano de su estructura. La enorme mayoría de los equipos de trabajo contratados por el municipio vive una situación de precariedad muy conocida en La Plata. Cobran salarios que van entre los 1400 y los 1600 pesos mensuales por trabajar entre 6 y 8 horas diarias en alguna de las secretarías comunales. Quienes debían prestar ayuda y logística inmediata, además de encontrarse inundados, eran llamados a responder ante una catástrofe en evidentes condiciones de precarización laboral y en muchos casos de total informalidad.

Una “ciudad capital”, como recitaba el eslogan bruerista en la última campaña electoral, que ha probablemente superado el esfuerzo centrado en los negocios de la Buenos Aires macrista. Filosofía que junto con la ineficiencia municipal, la total desorganización de provincia y Nación en casos de desastre natural, y la inescrupulosidad de ciertos sectores empresariales -constructoras, inmobiliarias, telefónicas y de servicios-, dejan un luto amargo en una ciudad que sigue demostrando su solidaridad.

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