Hockey de potrero

Desde el surgimiento de Las Leonas, el deporte del palo y la bocha dejó de pertenecer exclusivamente a una elite, se metió en los clubes de barrio y se convirtió en una herramienta de transformación. Una escuelita en Los Hornos, una leona en Everton y una experiencia en espacios públicos.

Por Joaquín Sánchez

“Los componentes de ambos cuadros se lanzan unos contra otros y se pierden en una nube de polvo. Golpean la bocha con movimiento amplio y rápido, lo mismo a la izquierda que a la derecha…”, describió hace muchos años el etnólogo suizo Alfred Métraux al deporte más popular de la América precolombina, la chueca, un predecesor del hockey sobre césped, que más tarde incorporarían formalmente los inmigrantes ingleses en la Argentina.

Tarde calurosa en el corazón Los Hornos. La primera desde que llegó la primavera. Nenas, nenes, adolescentes y el más pequeño, que luego se daría a conocer como Dylan, saludan la llegada de las profes. Ocurre todos los miércoles a las cinco de la tarde, en el Club 19 de noviembre. Podría ser el barrio Aeropuerto o una plaza de Melchor Romero. Espacios que hace poco eran impensados para una práctica deportiva diferente a la del fútbol.

Todos colaboran en bajar los materiales del auto. Palos, bochas, una bolsa con canilleras. Pero un malentendido de último momento hace que haya que esperar en la vereda a que lleguen “los chicos de boxeo” para abrir la puerta del club. No hay problemas. Los más pequeños se ponen a matar el tiempo jugando al hockey en la vereda, y los más grandes toman una pelota de goma sobre la 151, una calle angosta y poco transitada de ese barrio de casas bajas y humildes, y autos estacionados sobre veredas de césped.

Cuando se abren las puertas, el grupo atraviesa el amplio gimnasio de boxeo para llegar al campito. Una vez allí los Tigres y las Tigresas se escapan un rato de la realidad, que en varios casos golpea con dureza.

“Hay un compromiso y un sentido de pertenencia al grupo. Es el lugar en el que ellos pueden divertirse y relacionarse con nenes, dejando a un lado una situación en la que se ven obligados a asumir responsabilidades excesivas para esa edad, cuidando a familiares, saliendo a trabajar. Este es un espacio en el que pueden ser un poco chicos, también. Todo el mundo quiere en un momento sólo divertirse. Veo que lo hacen y a la vez aprenden”. La que habla es Ana Lucía Rodas, la ideóloga de uno de los proyectos que desde hace tres años busca la integración con el hockey recreativo como herramienta.

“Nunca nos faltaron el respeto y generamos un vínculo a base de trabajo, de escucharnos. Y ellos lo valoran. Quizás esas mismas personas en la escuela se comportan de otra manera, pero lo bueno es que lo que vivimos acá puedan trasladarlo ahí y a sus casas. Esa es la idea nuestra”, agrega Teresita Isla, quien se sumó desde principios de año.

Pero a Ana Lucía y Teresita todos las conocen como Luchi y Pepa. Ambas son jugadoras del plantel superior del Club Universitario (“la U”) de Gonnet desde hace varios años. Son amigas y en 19 de Noviembre son las profes.

La acción

El calor y la lluvia de los últimos días hicieron que el pasto creciera de manera exponencial de una semana a otra. Mientras grandes y chicos, mezclados, hacen la entrada en calor jugando a la mancha, Pepa comienza a arrancar las matas más largas para que las bochas rueden mejor.

Llegó la hora de agarrar los palos. Cada uno analiza cuál le queda mejor y lo toma. El material de juego es aportado por jugadoras de la U, amigas y familiares de las profes. Son las mismas que colaboran con el alquiler mensual que les cobra el club para disponer de ese rectángulo de juego en el corazón de la manzana.

Ahí por primera vez se dividen entre los mayores –Elian, uno de cuatro hermanos que concurren, lidera con 15 años- y los más chicos. El campito se divide en dos canchas delimitadas por conos; dos arcos por cada una; y cuatro jugadores por lado que buscan marcar goles. Deben respetar ciertas pautas como no amontonarse para evitar golpes dolorosos.

Mientras una madre observa atentamente el entrenamiento sentada junto a dos niños que aún no se atreven a jugar, Delfi, Kiara, Jesi, Tomi, Ludmi, Eli y -el nuevo- Dylan, corren de un lado a otro. Se golpean, no hay quejas, ni peleas, gritan los goles, transpiran, se ríen. Todos se destacan por su desenvolvimiento sin temores, pero entre ellos la que luce una técnica más depurada es Abril, quien está casi desde que arrancaron. Ella ya se considera toda una jugadora de hockey.

“Muchas cosas duras que ellos enfrentan todo el tiempo en sus casas los impulsan a saber resolver. Tienen una visión muy pragmática. Resulta muy fácil enseñarles porque resuelven, no le tienen miedo a nada”, cuenta Pepa, mientras hace sonar su silbato para marcar una infracción.

Reglas propias

En el otro sector, en el fondo del terreno, los grandes son más vehementes en lo físico y en el lenguaje. De repente, llega un reproche de un chico hacia Alicia, quien se ofende y decide sentarse y no jugar más. Mientras Pepa le solicita al chico que le pida perdón y la llame de nuevo a la cancha, sus compañeras rodean a Alicia y la convencen. “Cuando sucede alguna disputa, hablan en sus propios términos. Intentamos meternos lo menos posible porque ellos mismos han generado reglas de hecho y le gusta respetarlas. No les imponemos nada. Entendieron rápido que este es un lugar que lo creamos entre todos”, explica.

Son las 18.45, quedan quince minutos para finalizar el entrenamiento. Se terminan los partidos. Luchi saca de la mochila dos paquetes de galletitas Variedad que pasan de mano en mano, y todos toman agua para atenuar el calor que se refleja en la transpiración de los rostros. Pepa saca un cuaderno y comienza a anotar los nombres de quiénes se van a llevar palos y bochas a sus casas, hasta el próximo miércoles. Para acceder a ese “beneficio”, las profes pusieron como requisito concurrir a tres clases seguidas.

Son los propios chicos los que juntan los materiales y los guardan en el baúl del auto. Se despiden con un beso, y prometen verse la otra semana. Quedó una tarea pendiente para los más grandes: buscar dos pelotas que volaron a las casas vecinas.

El sol cae y a las dos entrenadoras se les nota el cansancio. Tras un día de trabajo la tarde del miércoles se la dedicaron íntegramente a los nenes, algo que las llena de felicidad. “Esta es una elección que hicimos porque te retribuye mucho desde lo afectivo. Son muy agradecidos, saben que venimos por ellos y que los vamos a escuchar. Ellos hacen su parte importante y no plantean problemas. Ver los cambios desde que arrancaron es muy lindo. Por ejemplo pasaba que en el barrio muchos no se llevaban, y a partir de conocerse acá, terminaron como mejores amigas”, explica Luchi, en el viaje de vuelta.

Ya en el final las profes dicen que la difusión de la actividad a través de La Pulseada es suficiente para darles una mano. Piden que se mencione la página de Facebook (Los Tigres y Las Tigresas de Los Hornos), que ahí está reflejado el trabajo que hacen. Tal vez alguien, con más herramientas que un cronista con posibilidad de publicar la nota, se conmueva y las ayude a contar con mejores recursos. Sonríen ante esa posibilidad, como diciendo “ojalá”.

 

Una leona en barrio Aeropuerto

136-GranattoEl equipo argentino de hockey femenino popularizó un deporte que estaba reservado a la elite. Una de ellas, Victoria Granatto, cuenta su experiencia en Everton y reflexiona sobre el rol de Estado para que así sea.

Por J.S.

Durante el siglo XX el hockey fue practicado por una minoría privilegiada. La ruptura con esa elite ocurrió a través del surgimiento de Las Leonas, que masificaron la práctica y generaron un modelo exitoso. La Plata no fue ajena y los tres clubes –Santa Bárbara, Universitario y Estudiantes– incrementaron la cantidad de asociadas. Pero también comenzaron a crearse escuelitas en las instituciones no tradicionales, en barrios donde el palo y la bocha eran elementos desconocidos. Victoria Granatto tuvo su paso por el seleccionado argentino y actualmente es una de las figuras de Santa Bárbara en el más alto nivel del torneo metropolitano. También es entrenadora en Everton, uno de los clubes barriales que protagonizó esta explosión. Por pasar a diario de una realidad a otra, por su formación en Educación Física y por su militancia política, la mirada que aporta es valiosa para comprender el fenómeno.

-¿Por qué el hockey ha llegado a lugares donde antes no entraba?

-Primero tiene que ver con el lugar que las mujeres empezamos a conquistar en la sociedad. El deporte –sobre todo el de contacto– siempre fue un plano rezagado para nosotras. Con el hockey se rompe con la idea de que la mujer solo puede hacer deportes “femeninos” como el patín o la gimnasia artística. En segundo lugar, tiene que ver con el auge de Las Leonas. Y la tercera causa está ligada a las anteriores: se abrió un hueco importante en la sociedad tradicional y surgió la demanda concreta de millones de mujeres.

-¿Qué beneficios trajo la popularización?

-Hay que saber diferenciar entre popularización y masificación. La cantidad de personas que se acercan a este deporte creció de manera exponencial porque hay políticas destinadas a potenciar este crecimiento, como pueden ser nuevas canchas o la televisación. Y de esto hablo cuando hablo de masificación. Por otro lado, la popularización tiene que ver con que los sectores más postergados accedan. Y es ahí donde encuentro la veta que hay que profundizar. Hablando de lo concreto, hay clubes que contienen a sus jugadoras con becas. Pero los sectores populares necesitan otras cosas para acceder de un modo que les mejore la relación con su cuerpo, con el medio y con las otras personas. No pueden hacerlo –por ejemplo– sin haber merendado.

-¿Qué valores tiene para que se lo elija como herramienta de inclusión?

-Los valores de cualquier deporte de conjunto, en los cuales la cooperación y la igualdad de condiciones colaboran para romper con la concepción de “deporte igual a éxito”, son inclusivos y transformadores. Pero caigo en el mismo concepto del principio. Siempre va a depender del contexto. Es un deporte que en su crecimiento desmesurado ya no intenta contener individualidades sino que intenta contener sectores concretos a partir de políticas que deberían golpear fuerte y trascender regiones con el objetivo final de una verdadera popularización.

-¿Qué falta para que siga dando pasos en ese sentido?

-Siempre el mercado regula la masificación. Los sponsors, las grandes marcas y los negocios que se construyen en paralelo muchas veces los masifican, pero a su vez delimitan el acceso. El hockey debe dejar de ser un deporte de elite. Es por eso que apoyo las políticas públicas que ayudan a clubes y municipios a tener su propia cancha y sus propios elementos de trabajo. Ya que sin este tipo de políticas, la práctica tal vez pueda ser realizada de igual manera, pero las posibilidades de crecimiento de las jugadoras no son las mismas.

-¿Y cómo ha sido el rol del Estado en ese aspecto?

-Hay un rol que no se puede negar. Pero han habido políticas nacionales y provinciales, como son las becas del Enard para el alto rendimiento o las políticas llevadas adelante por la Confederacion Argentina de Hockey, que no alcanzan a equilibrar la balanza, como para que el deporte logre romper con ese “para unos pocos”. El camino está iniciado y en este proceso no se puede retroceder. El Estado tiene que estar presente, sobre todo el municipal, acompañando y brindando las herramientas para que los clubes de barrio y las escuelitas puedan desarrollarse.

Una realidad heterogénea

Everton (como ForEver, CRISFA o Villa Lenci) es uno de los clubes que ha crecido y en este momento tiene dos competencias paralelas: la Liga de la Cuenca del Salado y la Liga Social de La Plata. Esta última no tiene tabla de posiciones y su objetivo es sostener encuentros para permitir la interacción. “Es una realidad heterogénea, con jugadoras que viven en el casco urbano y otras en la periferia. La institución intenta contener las diferentes realidades y garantizar que todas aquellas a las que les cueste económicamente puedan permanecer”, cuenta Granatto.

Lo explica con una historia concreta: “A Luz le cuesta mucho jugar. Vive en los monoblock de Barrio Aeropuerto. Su mamá la trae y la lleva en moto. El año pasado se le rompió el palo y todas sus compañeras hicieron una vaquita para reponérselo. Siempre que entra a la cancha hace la señal de la cruz, y tiene un cuaderno con recortes de Everton y de Las Leonas. Es una gran jugadora, es una gran persona. Ella ama el hockey y el hockey la ama a ella. Es una de las jugadoras becadas del club, no falta nunca y llega corriendo porque sale tarde de la escuela. Siempre con una sonrisa”.

 

Deporte en los barrios, desde una asociación civil

La profesora Claudia Rodríguez tuvo un sueño en su época de estudiante de Educación Física y lo está llevando a cabo desde hace cinco años: acercar la actividad deportiva a los barrios para facilitarle el acceso a los sectores más desprotegidos. En ese terreno, el hockey es una herramienta fundamental. Lo hace a través del proyecto Deportes Barriales en Crecimiento, una asociación civil que dos veces por semana trabaja en espacios públicos, con una ayuda política que le permite acceder a la compra de materiales. Pero no es suficiente. “Si conseguimos más apoyo incorporaríamos más deportes y lugares, porque la formación deportiva no tiene que ser un lujo reservado para algunos, sino que es un derecho al que deben acceder todos”, piensa en voz alta.

Actualmente, el proyecto llega a la plaza de 514 y 159 del barrio Las Rosas de Melchor Romero y al barrio La Piedad de Los Hornos. Para ambos casos menciona el respaldo de dos legisladores bonaerenses, Gustavo Di Marzio y Fernando Navarro, para compra de materiales.

“Si bien empecé con vóley, el segundo año agregué clases de hockey -un deporte de un estrato social alto- porque al incluir a los chicos de barrios vulnerables reflejamos la principal búsqueda de esta Asociación Civil, que es acercar los extremos y perseguir la igualdad de oportunidades. Y si no lo logramos, al menos acercarnos lo más posible a ello”, explica Claudia.

Relata que suele suceder que se acercan madres jóvenes que piden hacer hockey porque nunca pudieron hacer deporte. “Hay una nena de 13 años viene con su hermanita a la cual debe cuidar, y como una vez se le fue ahora decidió entrenarse con ella alzada en un brazo, y con el palo en el otro”.

La desilusión también puede estar agazapada si no se avanza con cuidado. En el final Claudia relata el caso de una chica que lo sufrió en carne propia cuando con sus compañeras visitó el Country de Estudiantes de La Plata como despedida del año. Jugaron al hockey y el buen nivel de la pequeña llamó la atención. La becaron para que asistiera al club gratuitamente, pero ocurrió que su familia no pudo sostener los viajes a City Bell para entrenarse y tuvo que abandonar. “Desde esa vez aprendimos a manejar el entusiasmo para evitar que la frustración termine perjudicándolas”.

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2 Comments

  1. G.S.P

    Muy buena nota, cave aclarar que ForEver y CRISFA, no pertenecen a la Liga Social del Río de La Plata, la liga a la cual hacen mención de que no tiene tabla de posiciones. Ni a la cuenca del Salado.
    Las demás ligas existente en la Plata, poseen tablas de posiciones y cobran inscripción.
    Esta Liga Social del Rio de La Plata, cumple un único objetivo que es la unión de todas las clases sociales por medio del deporte, y que a través de esto poder ayudar a los clubes que mas necesitan.

    Saludos.

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