“Hay que formar médicos dispuestos a escuchar”

117-CasaCuna-MariniCumplió 75 años un hospital que es pura acción: 800 mamaderas por día y 70.000 vacunas por año; un archivo que aportó datos sobre 36 chicos apropiados en la dictadura; y aulas donde los aprendices de médicos se vuelven estudiantes de Bellas Artes. María Alicia Marini, directora de la ex Casa Cuna de La Plata, habla del presente de la institución, el drama de la violencia y el paco, y su objetivo de cambiar la facultad de Medicina.

Por Josefina López Mac Kenzie

—Debutan con un muerto. El fracaso de la medicina. Yo mostraría un parto o una mujer dando la teta. O un centro de salud, para captar a las mamás. Los llevaría a Altos de San Lorenzo, para que vean si van a poder enchufar un nebulizador…

La que imagina esa primera clase es Marita, como todos conocen a María Alicia Marini, la primera mujer que dirige la ex Casa Cuna, como todos conocen al Noel Sbarra. El hospital de mediana complejidad más territorial y académico, más luminoso y oscuro de la provincia de Buenos Aires.

En diciembre pasado se cumplieron 75 años desde que se colocó, en 1938, la piedra fundamental de esta institución que parece una gran orquesta. Cada día se acunan 800 mamaderas y mil papillas; se centrifugan batitas en una docena de lavarropas estruendosos; se mete bajalengua, se pincha y se pesa a entre 300 y 400 chicos; se dictan clases; se gestionan adopciones; y se pone la oreja en los problemas de salud originados en el riesgo social. Pobreza. Adicciones. Violencias.

“Pasan cosas muy fuertes —dice Marini, y acelera por pasillos donde todos le preguntan o piden algo, o le dicen que la agregaron a Facebook—. Cada lugar tiene un significado; cada niño, una historia; cada familia necesita algo de nosotros, a veces sólo una caricia o una mirada”.

—¿Usted quién es, una asistente social? —le pregunta la madre de un bebé internado por una infección respiratoria. Marini acaba de exprimirla de respuestas (Villa Elvira, el amor, la comida, el barrio, sus otros hijos, el hospital) y mirar con ella fotos de celular.

—No, por ahora soy la directora del hospital —se aleja.

—¡Nos hubiera avisado antes, así le hablaba con más respeto!

Llegó muy joven, hace más de 30 años, y nunca se fue. A la dirección accedió en un momento penoso: ni los árboles de la plaza España mandaban un poco de alivio el 1º de enero de 2002 a ese edificio de 8 y 67 que parecía espejar a un país desolado. Con directivos jubilados y ministerio sin ministro, el 20 en el Sbarra quedaba leche para tres o cuatro días mientras se apilaban las consultas por desnutrición severa y VIH. “‘¿Qué hacemos con los insumos? ¡La leche la vamos a salir a buscar!’ —se dijo Marini—. Estuve un mes a cargo, tipo kamikaze, tomando decisiones… yo era la más antigua…”.

Marita guía a La Pulseada por cocina, lavadero, aulas, consultorios y salas. Salta entre temas como un piojo. Dice que pasa 12 allí horas por día, que es “profundamente feliz” y que siente que va “sumando y sumando a pesar de tantos no que se presentan a diario”. Y resume su plan: poner patas para arriba la Facultad de Medicina, desde la primera clase.

Los pisos y los bordes

Todo está impecable. Barandas, aberturas, escritorios, vidrios, pisos. En la planta baja, los adultos agarran libros y revistas para pasar la espera o llevárselos a sus casas, y los chicos juegan y ruedan en el piso, que los espeja. En la planta alta, un rayo de sol se mete en un aula y enfoca una ambulancia de cartón y una lupa gigante con “microbios” de papel afiche hechos por estudiantes, y no de Bellas Artes. Con esos artefactos, los alumnos interactúan por las mañanas con los padres que esperan abajo. Es parte de la formación en Pediatría B, una de las asignaturas que se dictan en el Sbarra, creada en los ’80 lejos de los estereotipos de la especialidad y cerca de la atención bien primaria de la salud. Marini es también la primera mujer titular de esta cátedra, de tradición masculina, igual que el hospital.

—Si yo no capto a una mamá se me fuga, abandona el tratamiento y se complica—explica—. Vos leés: “Se fugó desde el hospital”, desde un discurso policial. Pero quizá se fue porque dejó cinco chicos solos, le están por robar lo poco que tiene u ocupar la casa. Ahí viene la actitud de escucha. Llamemos a la unidad sanitaria, internemos al hermanito, busquemos una abuela o una vecina. Que los otros nenes tengan comida…

En sus comienzos, el hospital estaba abocado sobre todo a niños con expedientes por desamparos. En los últimos 20 años diversificó su atención y consolidó la parte ambulatoria y la atención de problemas complejos. Lo que siempre mantienen es un programa de salidas a las periferias ideado en los ’40 por el doctor Sbarra para captar situaciones de riesgo. Alguna mamá al borde de volverse sola a su Santiago del Estero por falta de recursos; alguna familia al borde por adicciones; algún nene al borde de ser abandonado.

—Si ves las causas de internación, la necesidad de camas es sólo la puntita del problema. El problema está en la base. Si lo detectás ahí no llega a la internación. Pero la currícula de la facultad está invertida… El alumno ingresa aprendiendo matemática, física y química, y muy poquito de lo social.

En los consultorios externos atienden desde recién nacidos hasta los 14 años. Y las internaciones son de dos tipos: para chicos de cero a tres años quizá sin un problema de salud grave pero con un actuación judicial de por medio, se ofrece la “internación bajo abrigo”, en la planta alta. Y los pacientes de un mes a 14 años con problemas de salud complejos y sin causa judicial se internan en la planta baja.

Paco y violencia

Cuando Marini se hizo cargo de la dirección, el sida era uno de los signos del hospital. Chicos infectados que nadie quería ver ni nombrar ni tocar, cuyos padres iban falleciendo, llegaron a ser un 20% o 30% de los pacientes entre 1987 y principios de los años 2000, estima la pediatra. Como Ana, que se atiende en el hospital desde que nació:

—Hoy es mi cumpleaños, doctora —le sonríe, y despatarra su languidez en la cama. Mientras ella crecía, el VIH y la desnutrición grave dejaron de ser las variables de ingreso más fuertes del Sbarra.

Hoy un 30% de las consultas se asocia al paco y otro 20% o 30% son chicos víctimas de maltrato físico severo, o de actitudes negligentes que les dejaron secuelas, como traumatismos de cráneo o enfermedades extremas. Ahí está Leonora, hermosa, maciza y en problemas. Su familia se pulverizó en un accidente de tránsito y ella quedó con parálisis cerebral. Primero estuvo cuatro meses en el hospital Sor María Ludovica, que es de alta complejidad. Como en su casa no están dadas las condiciones para montar una terapia intensiva, la “internación conjunta” —una modalidad que el Sbarra ofrece desde 2008 para chicos de hasta 14 acompañados por un familiar— le permite seguir recibiendo cuidados allí y que sus tías y su papá se turnen para acompañarla.

Pero cuando nadie puede acompañarlos es difícil. Eso le pasó a un nene con discapacidad severa que vivía en el hospital porque la casilla de la quinta hortícola donde trabaja su papá no tiene agua, luz ni piso; como ya cumplió siete y nadie puede internarse con él deben trasladarlo lejos. En la demanda judicial contra la Provincia donde se pide una vivienda digna para esa familia (que tramita en el juzgado en lo contencioso administrativo Nº 3 de La Plata) se destaca el trabajo “admirable” del Sbarra.

Otros chicos, más que problemas físicos tienen enredos judiciales porque sus padres están internados por adicciones, o no adhieren a un tratamiento para éstas, o no se sabe dónde están. “El paco es muy fuerte”, resume Marini. Altos de San Lorenzo, El Paligüe, La Franca, las zonas más zamarreadas por su consumo. Un 30% de los chicos internados tiene que ver con una adicción de ellos o de sus padres.

—El problema asoma ya en la consulta. ‘¿Por qué viene, señora?’. ‘Porque tiene tos’… Por debajo, cuando encuentra el lugar, te pregunta por un chico de 11 o 12 años que ya no puede manejar… Pero necesita gente comprometida en la escucha, y lo que uno ve es poco interés o formación de un profesional médico dispuesto a escuchar, a darle tiempo al paciente: ‘¿Por qué viene?’. ‘Por tos’. ‘Bueno, tómese la pastillita’. Yo terminé la consulta y me llevó 5 minutos. Ahora, si vos le das tiempo…

“Nuestro mejor tomógrafo es el recurso humano”

“Cuidamos mucho nuestro lugar de trabajo”, comenta Zulema, que bruñe el picaporte de un consultorio donde se estampa la estridencia de dos canteros en flor. Es una de las 30 personas del servicio de limpieza, antes tercerizado y ahora del hospital. Entre médicos, kinesiólogos, enfermeros, terapistas ocupacionales, cocineros, técnicos de laboratorio y rayos, psicólogos, trabajadores sociales, psicopedagogos y personal de mantenimiento, unos 220 ejecutan la orquesta de 8 y 67.

“Tratamos de que todo sea lo más lindo posible —explica Marini—. Y la gente lo va palpando, se siente parte. Lo ves en la sala de espera. Hay vocación de servicio y respeto al otro. Vienen residentes de todo el país y les regalamos la camiseta del hospital. Tenemos orgullo de pertenecer a la institución. Es pública. Es de todos”.

—Es un contexto ruinoso para los hospitales provinciales, ¿cómo hacen?

—Tiene que ver con la fuerza… uno siempre quiere mejorar pero creo que tiene que ver mucho con la gestión: si no mandan vacunas o antibióticos o algo, lo pedimos y aparece. Uno debe plantearse por el rol de cada uno, laburar y gestionar. No puede resolver todo el ministro. Además tenemos mucho apoyo espontáneo de la comunidad; por ejemplo del Patronato de Liberados vienen a hacer tareas comunitarias, hacen sabanitas, pero esa sabanita va a tener una cara, una forma, y se van con la imagen de que esa sábana va para esa cama… Se generan lazos…

¿Pero ustedes están bien?

—Estamos bien. Por ahí quisiéramos tener más recurso humano. Es un momento complicado para las designaciones… Por ejemplo, me gustaría poder tener guardia las 24 hs, sobre todo los fines de semana; abrimos hasta las 18 en el presente.

Marini, que se define como “una técnica con vocación de servicio, no militante, leal a donde laburo y que labura por los pibes”, agrega: “Parece que el mejor hospital es el que tiene mayor aparatología… pero para nosotros la alta complejidad, el mejor tomógrafo, es el recurso humano”.

—¿Hay un desinterés por el hospital público?

—Hay una pérdida muy marcada de gente del sector público al privado. Te lo dicen los alumnos. Yo tomo finales con los que muchas veces los estudiantes se reciben. Hace siete u ocho años les preguntabas ‘¿qué vas a hacer?’ y decían: “Clínica, medicina general, pediatría, cardiología”. Hoy cada vez más y en forma alarmante te dicen: “Medicina deportiva de alta competición, porque soy de Mar del Plata, ahí está Curuchet y voy a dar la vuelta al mundo”; o “medicina plástica”; ¡Ah!, ¿un trabajo quirúrgico? “No, no, yo voy a hacer medicina estética”. ¡Ah! ¿Dermatología, pediculosis, sarna, cáncer? “No, no: belleza, porque estoy conectada con fulano”. Es decir, pasan de la carrera de medicina al mercado.

—¿Qué sentís en esos casos?

—Y… También hay otros que dicen: “Yo iba a hacer estética pero al pasar por acá descubrí otro mundo”… y eso me deja una pequeña luz de esperanza. Pero la verdad, tirás la red y quedan muchos menos que antes, cuando decían: “Voy a trabajar en una salita, voy a ser médico comunitario”.

—¿Qué lo explica?

—El mercado, porque los chicos no quieren muchas complicaciones, y la formación. En siete años te pasaste uno con matemática, física y química para entrar. El que entró ¿va a venir para ir a ver la sarna e ir al barrio?

—¿Por qué te parece “alarmante”?

—Porque el sistema de salud tiene cargos vacantes que no se cubren. Antes era una atracción: un cargo del Estado, empezás mañana, tiene estabilidad… Hoy hay guardias enteras de hospitales donde faltan pediatras, tengo un cargo vacante de neurólogo infantil, etcétera… Todos se van a un hospital donde les pagan más o al sector privado. También hay un gran ensañamiento hacia el médico con la mala praxis, y una demanda en pediatría son millones de pesos, porque se calcula por los años de vida. Antes decías “mirá, mamá, la verdad, no le vi la fractura”. Hoy los chicos dicen “quiero estar en un lugar donde esté muy protegido y haya mucho aparato”…

Al fondo del edificio, pasando un patio, en el vacunatorio, luce el mural que realizó César López Osornio en 1968. Marita cuenta que una vez, cuando el artista volvió de Francia, se incomodó al encontrarlo deteriorado, “por el paso del tiempo, por cierta ignorancia y por necesidades”. Por ejemplo, había que vacunar a chicos y hacía frío, y clavaron el piquito para una estufa en el mural, explica Marini. Para resolver la tensión, cuenta que le dijo al autor: “¡Mire, busquémosle la solución! Pero acá dimos 70.000 dosis de vacunas, ¿en qué museo de La Plata va a tener ese público?”. “Usted es batalladora”, dice que le respondió él.

La visita termina en el despacho de la directora, que se sienta pero sigue, con la misma energía, refiriendo ese culto antiguo y moderno a la atención primaria. Al tiempo. A los pisos. Y su plan para cambiar la formación de los médicos. A su espalda, en un panel de fotos de ex directores del hospital —Sbarra, Cuminsky, Mateos, Azzarini, eminencias de la pediatría— resalta la del titiritero Javier Villafañe.

Nota de la R.: Los nombres de los pacientes fueron modificados para resguardar su identidad.

El rompecabezas de la identidad

Desde que inauguró, el hospital abrió más de 12.000 historias clínicas de internados, que fueron digitalizando como parte de un proyecto institucional importante centralizado en la biblioteca Prof. Dr. Marcos Cuminsky, que coordina Fernanda Astigarraga. También escanearon los libros de registro de ingresos y egresos entre 1944 y 2005, historias clínicas y estudios de niños del “período crítico”: en esas páginas, nombres, fechas, direcciones, números de expedientes de adopción, entre otros datos, sirvieron para nutrir investigaciones que venía realizando Abuelas de Plaza de Mayo en al menos 36 casos de chicos que pasaron por allí (como “NN”) en la última dictadura, fueron adoptados y eran hijos de detenidos desaparecidos.

El Sbarra sigue siendo una pieza central del rompecabezas, para historias del pasado y del presente. “En febrero de 2013 abandonaron a un recién nacido acá a la vuelta, en una mantita que decía ‘materni La Plata’. Yo estaba de vacaciones, pero dije ‘guarden todo’ —cuenta Marini—. El chiquito se fue en adopción y ahora el juzgado actuante mandó a pedir la mantita… ¿Qué vas a buscar siete meses después en una mantita? ¡Pero yo tenía la mantita! Preservamos toda la identidad posible, dentro de lo razonable, porque un arito, una mantita… ésa es su identidad”. Aunque Marini observa que no se abandonan tantos chicos como antes, permanentemente reciben pedidos de juzgados, y trabajan con el equipo de Búsqueda de Identidad de Origen que funciona en la Dirección de Registro de Personas Desaparecidas del Ministerio de Seguridad bonaerense.

 

La médica que quiere cambiar la Facultad

En octubre de 2013, cuando dialogó con La Pulseada, Marini ultimaba detalles para presentar una lista opositora propia en las elecciones del claustro de profesores de la UNLP.

¿Querés ser decana?

—Sería el sumun, pero no está en mí decidirlo. Quiero presentar una lista de profesores que pensamos una forma distinta de enseñar la medicina, una humanización de la salud. Hoy hay un solo pensamiento, no hay minorías… eso no hace bien a ninguna institución. Y vas a seguir formando médicos que debutan viendo un muerto y pensando en la molécula y la mitocondria. Que ingresan dando un examen que valora números y muy poquito de lo social. Después cuando vienen al hospital se sorprenden, ‘¿dónde estuvimos, en una pecera o un tupper 8 años de la carrera’?”.

—¿A favor o en contra del ingreso como es hoy?

—Pienso que tiene que haber una variable que valore… mido bien las palabras… por un lado la disponibilidad que uno tiene, porque no podés tener 5.000 personas en determinado espacio, y valore la actitud y la aptitud —“con C y con P”, remarca la pediatra— de una persona para ser médico. No estoy de acuerdo con el mecanismo de la toma del ingreso… vos estudiando química, física y matemática… eso no te dice que vas a ser buen o mal médico. Tiene que haber una serie de variables psicológicas y sociales, de necesidad y de orientación.

En noviembre, las elecciones las volvió a ganar la agrupación de profesores Hoja de Roble, que sigue la línea conservadora del actual decano, Jorge Martínez, y gobierna desde 1991. La de Marini, Diálogo Académico, estuvo a dos votos de lograr una representación de minoría en el consejo directivo.

 

Para atenderse, ayudar, adoptar, conocer

El hospital Noel Sbarra queda en la calle 8 Nº 1689, esquina 67. Teléfono: (0221) 457-3497/3447/3543. Correo electrónico: info@hospitalsbarra.com.ar. Página web www.hospitalsbarra.com.ar

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