Hay que cambiar el sistema-mundo

Foto: Gabriela Hernández

Por Antonio Daniel Fenoy (*)

Mucho se habla en este tiempo de pandemia sobre cómo será el mundo después de ella. Si saldremos iguales, mejores o peores. Si este momento del mundo, en donde un virus invisible ha trastocado las relaciones familiares, económicas, laborales, sociales e internacionales, va a devenir en un mundo más solidario o más salvaje. Si vamos camino al fin del capitalismo como lo conocemos, o volverá a reinventarse con otro ropaje, con otra máscara que tendrá apariencia de más humana.

Indudablemente el capitalismo, en su variante feroz del neoliberalismo, ha logrado en los últimos años, penetrar en la subjetividad de gran parte de la población creando sujetos débiles y permeables a un sentido común patriarcal y basado en el consumo, la deuda, la culpa, el sacrificio, el individualismo extremo, la xenofobia y la acumulación de la riqueza en manos de unxs pocxs. Todo esto mediatizado por un discurso en donde las clases medias y las más pobres son “habladas” desde el pensamiento de las clases dominantes, que desde los medios hegemónicos y las redes sociales-de las cuales son sus dueños- crean la ilusión del “ciudadano-consumidor” (como dice Ricardo Forster), que se cree dueño de su propio destino y libre para decidir su vida cuando en realidad los que deciden son otros más poderosos. Se exacerba la idea de la libertad como un valor individual absoluto que no tiene relación con el bien común ni con la igualdad, lo que nos da derecho a decir y hacer lo que queramos en cualquier momento, sin tener en cuenta a lxs otrxs.

Todo esto acompañado y sustentado por instituciones religiosas que hacen del sufrimiento, la deuda y la culpa los pilares de la relación con lo divino, fortaleciendo la construcción de subjetividades sumisas, deudoras y culposas. Por eso, cuando un país se planta frente a sus acreedores y busca la “sustentabilidad” de una deuda contraída de manera fraudulenta, aparece rápidamente el feroz aparato comunicacional buscando generar un sentido en donde los deudores lo único que pueden y deben hacer es pagar sin chistar y aceptando cualquier sacrificio, porque eso es lo correcto en el perverso universo del neoliberalismo. De la misma manera que el dios todopoderoso exige sacrificios de sus fieles, que eternamente están en deuda con él porque los ha salvado del pecado, así los países endeudados de una manera ilegal y por decisiones políticas en contra del pueblo, deben ofrecer a sus “dioses” acreedores.

Debemos, como campo popular, construir una alternativa a este sistema-mundo que es productor de pobreza y muerte. Como dice Rubén Dri, necesitamos sujetxs fuertes, autónomos y solidarios, con conciencia social y colectiva, capaces de construir otro sentido común, anclado en lo mejor de las memorias de lucha y resistencia colectivas y con la mirada en las utopías de una sociedad basada en relaciones familiares, sociales, laborales y económicas que no sean de dominación, patriarcales y opresoras sino igualitarias y liberadoras. Relaciones de “hermandad” como dice Ivone Gebara.

Creo que la mejor manera de vislumbrar esa alternativa-mundo es pensarla desde la realidad concreta de nuestra patria.

Foto: Gabriela Hernández

¿Desde dónde construimos esa alternativa? ¿Es un plan pensado por algunxs teóricxs iluminadxs? Volvemos a citar al filósofo y teólogo Rubén Dri, cuando hablando de Jesús de Nazaret, dice que su proyecto revolucionario fue transmitido a través de una práctica significativa, de un hacer concreto que estaba cargado de simbolismo, sentido y valores, contrarios a los poderes políticos, económicos y religiosos de su tiempo. Nuestro pueblo más sencillo y pobre, que se reinventa continuamente desde la solidaridad, nos puede dar algunas claves para repensarnos, para construir un nuevo sentido común en donde busquemos vivir todxs de una manera más humana y digna, y dejemos de ser habladxs por las clases dominantes. Prácticas solidarias, igualitarias, sororales y fraternas, prácticas comunitarias, colectivas y participativas, prácticas que construyen de abajo hacia arriba. Esa práctica contiene en su interior una conciencia de sujetx individual y colectivo, encierra la utopía de un proyecto de país con raíces nacionales y populares.

Esta alternativa tiene que tener un proyecto económico cuya clave sea el “compartir” y no el “consumir”, con un Estado fuerte y presente que distribuya las cargas de manera equitativa, con políticas públicas (por ejemplo una reforma impositiva en serio) que realmente toque el bolsillo de los que más tienen. Este compartir no puede depender de la “buena voluntad” de cada unx, sino que debe ser el mismo Estado, como sujeto colectivo que es y como “monopolio del poder simbólico” (Bordieu),  el que se piense a sí mismo de manera solidaria y construya relaciones sociales que fomenten la equidad e impidan la acumulación de la riqueza en pocas manos. Tampoco puede construirse con aquellxs que sólo piensan en sus ganancias, con los que acumularon a costillas del sufrimiento del pueblo más humilde.

Un proyecto en donde los gobiernos  y las organizaciones sociales  interactúen continuamente para la toma de las decisiones, donde la voz de lxs más pobres sea escuchada no sólo como reclamo, sino también como propuesta. Construir nuevas relaciones, igualitarias y liberadoras, implica que esas voces oprimidas ocupen espacios de poder, pero ejercidos no ya para dominar y sojuzgar sino para liberar y servir. Darle a la política el valor de herramienta privilegiada para transformar la sociedad y la historia.

Pensar y construir una sociedad con estas características es fuente de conflicto con los poderes reales de dominación, y hay que estar dispuestos a enfrentarlos y superarlos colectiva y comunitariamente. Un país con relaciones distintas no busca quedar bien con todxs, sino que lleva adelante su proyecto, buscando desde sus bases populares construir una nueva relación de fuerzas que permita enfrentar y derrotar a un modelo basado en la especulación, la rapiña, la mentira, el espionaje y la exclusión.

Memoria, proyecto y utopía, los tres pilares que nos posibilitan construirnos como sujetxs fuertes, tanto a nivel personal como colectivo.

Memoria de las distintas luchas y resistencias que iluminan el ayer y nos proyectan hacia las utopías antiguas y nuevas. Desde las luchas de nuestros pueblos originarios a la de los distintos movimientos sociales de hoy. Desde Juana Azurduy, pasando por las heroicas Madres y Abuelas,

hasta el Movimiento de Mujeres y Disidencias que alumbra nuevas formas políticas. Desde Moreno, Belgrano, Artigas y San Martín hasta la lucha de lxs 30000 compañeras y compañeros desaparecidxs. Desde Eva y Perón hasta Néstor y Cristina. Desde el Proyecto Revolucionario de Jesús de Nazaret, pasando por el Che y hecho realidad en la lucha de Milagro Sala (presa política), de Evo y García Linera, de Chavez y la resistencia de la Venezuela Bolivariana; de Lula y Dilma; de Rafael Correa y el sueño de la Patria Grande.

Foto: Gabriela Hernández

Esta memoria, a la que siempre tenemos que volver para no perder el rumbo, nos lanza a esa utopía de patria liberada, de nuevas relaciones igualitarias, justas y fraternas; esa utopía de mesa compartida en dignidad donde todxs seamos saciadxs porque compartimos y nos sobra.

Esa memoria y esa utopía debemos concretizarla en un proyecto nacional, popular, democrático y feminista. Que construya subjetividades nuevas y fuertes, que hagan de lo colectivo el motor para enfrentar a los poderes de dominación y derrotarlos.

No podemos quedarnos esperando a que alguien lo haga. Tenemos que comprometernos en lo concreto del hoy de nuestro tiempo, generando “prácticas significativas” en nuestro cotidiano individual y colectivo, construyendo nuevas relaciones familiares, de pareja, sociales, económicas, políticas y de militancia. Relaciones igualitarias, solidarias y liberadoras. Hay que cambiar el sistema-mundo y para eso como campo popular tenemos que dar en serio la batalla por el sentido. Tenemos que ofrecer, como decía el querido Alejo García, “horizontes de sentido” que nos hagan luchar por un país nuevo, por una Patria libre, justa y soberana.

(*) Coordinador del Colectivo de Teología de la Liberación “Pichi Meisegeier”

 

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