El juicio por el crimen de La Moma: la mataron por travesti

Carolina González Abad, una reconocida habitante del barrio “el mondongo” en La Plata, fue brutalmente asesinada en su casa en octubre de 2011. El caso llegó a juicio oral 7 años después y el único imputado, un varón con antecedentes por robos, fue absuelto. Los detalles de una causa signada por la desidia judicial y los encubrimientos policiales.

 

Por Paula Bonomi

Foto de portada Cristian Prieto

El 19 de octubre de 2011 Carolina González Abad fue hallada muerta en su casa. Tenía 36 años y era una reconocida travesti de la denominada zona roja de La Plata. El asesinato de La Moma —así se la conocía— llegó a juicio oral luego de 7 años. El único imputado por el crimen, Pedro Osmar Reyes, un varón con antecedentes penales por robos, fue absuelto. Fue el corolario de una causa impregnada de desidia judicial y contaminada por los encubrimientos policiales que garantizaron la impunidad. Les amigues de la víctima sentencian: “La mataron por travesti”.

Hasta 2013 la investigación no arrojó datos certeros ni hubo indicio o imputados. En ese momento una declaración cambió el escenario. Una persona cuya identidad fue reservada permitió ubicar en Barrio Aeropuerto a dos sospechosos. Según este relato, dos ladrones, Daniel Mascione y Pedro Osmar Reyes, habían ingresado al departamento de Carolina en calle 4 entre 68 y 69 con la intención de robar. La Moma medía casi dos metros y los acusados tuvieron que golpearla mucho para controlarla. Cuando lograron inmovilizarla, la mataron. Con dos veladores le pegaron en la cabeza y le clavaron un cuchillo en una pierna hasta que quedó semi inconsciente. Fue ahí cuando le rodearon la bufanda en el cuello y la estrangularon. El departamento estaba todo revuelto y faltaba una computadora cuyo mouse apareció en el pasillo.

Por esos días, la investigación estaba a cargo del fiscal Marcelo Romero y su hipótesis fue homicidio con causal de robo. El fiscal ordenó con celeridad las detenciones y pidió la prisión preventiva. Mascione logró su liberación por falta de pruebas pero Reyes fue procesado. Luego de varios meses e instancias judiciales el acusado obtuvo la libertad porque tampoco pudieron probarle ningún vínculo con La Moma.

En 2018 la causa fue elevada a juicio oral. Sin la constitución de la parte querellante y con la familia de la víctima ausente, la fiscal Florencia Budiño se comprometió con el desafío de desentrañar en sólo tres semanas quién era La Moma, qué pasó aquella noche de octubre de 2011 y quiénes estaban involucrados con su muerte. Era una causa que permanecía en el letargo en estantes judiciales, silenciada por la prensa, las organizaciones, la militancia LGTTBIQ y la indiferencia social.

Budiño cargó el caso sobre su espalda. “Lamentablemente las pruebas que arrojó la investigación preliminar —llevada a cabo por la DDI La Plata bajo la tutela del fiscal Marcelo Romero— fueron muy endebles”, expresó a La Pulseada la fiscal y agregó: “Ninguna de las personas que prestó testimonio durante este juicio pudo reconocer al imputado. El otro hombre relacionado con la causa —Daniel Mascione— falleció el año pasado en un accidente de auto. No se logró comprobar el vínculo que tenían con ella”. La fiscalía tenía una alta expectativa con la declaración del testigo de identidad reservada pero esta persona, por miedo o inconsistencias en su testimonio, no se presentó a las audiencias. Ante esta situación y frente a las irregularidades que aparecieron durante el debate, la fiscal no tuvo ya margen y desistió de la acusación.

La fiscal pregunta y el padre de La Moma escucha. Budiño comprobó que la Policía manipuló pruebas. FOTO: AGLP

No obstante, durante las cuatro audiencias que duró el juicio —y por la tozudez de Budiño— se pudo demostrar que existió manipulación por parte de la policía de las pruebas genéticas que desaparecieron misteriosamente. Por requerimiento del fiscal Romero las pruebas forenses de la autopsia fueron enviadas para su análisis a la Policía Científica de San Martín, tal como aparece en un oficio librado con su firma (en La Plata no había reactivos para los análisis). Durante este juicio, la fiscal solicitó un informe detallado del examen pero se sorprendió con que nunca llegaron a esa dependencia policial. Consultó entonces en el laboratorio de la Policía Científica desde donde le informaron que allí sólo se peritaron “manchas” encontradas en el sillón y en la cama de Carolina, mientras que los hisopados, rastros de piel debajo de las uñas y demás muestras fueron retirados por personal de la Comisaría Novena de La Plata para completar la diligencia en San Martín. Con el objetivo de descartar algo que era evidente, igual consultó a la Asesoría Pericial La Plata para cotejar si en el depósito de pruebas que posee la Fiscalía General podría haber algo de lo buscado. El resultado también fue negativo.

Una instrucción deficiente, un imputado con pocas pruebas en su contra, testigos que aún hoy tienen miedo de contar lo que saben, pruebas genéticas “perdidas” a manos de la Policía. Con estos argumentos la fiscal pidió que se reabra la investigación para llegar a la verdad y conocer quién mató a La Moma. También solicitó iniciar una investigación contra los funcionarios de la Comisaría Novena presuntamente involucrados en la desaparición del material genético.

Reapertura de la causa

Durante el debate pudo escucharse la versión de Lucas Cea, un joven de 25 años con severos problemas de adicciones, que visitaba a Carolina regularmente. Era un cliente que muchas veces consumía con ella en su casa. Declaró que conocía a la víctima, que aquella noche la visitó y que no estaba solo. Lo acompañaban el policía Esteban Marconi y dos amigos de éste. Agregó que como la Moma le dijo que no conseguía droga se fueron a la villa a comprar y de ahí a tomarla a la casa de Esteban, en Ensenada o Berisso.  

Este testimonio no coincide totalmente con lo declarado por Marconi. El policía dijo que no conocía a Cea, que no era su amigo y que aquella noche estuvo con él pero que sabía que Cea fue a la zona roja de La Plata en búsqueda de droga. Que lo llevó en su auto junto a otro amigo que le decían El Pollo pero no recordó a dónde fueron ni lo que Cea trajo cuando volvió. Aseguró que luego se fueron para su casa en Ensenada los tres y que una hora después se retiraron y él se quedó con su familia.

Recordó que en 2011 fue citado a declarar ya que Lucas Cea lo había nombrado en su testimonio al ser indagado como sospechoso del crimen y fue entonces cuando conoció lo que había ocurrido con La Moma. Dijo que dos años después se volvieron a ver en el Hipódromo de La Plata, mientras él trabajaba como seguridad y Cea era apostador. Tuvieron una charla en la que, según Marconi, él no preguntó nada acerca de los acontecimientos, ni de la droga, ni de qué había hecho Cea en casa de La Moma esa noche. Nada era de su interés aunque estaba involucrado en una causa judicial por homicidio. Ante estas declaraciones, la fiscal Budiño solicitó a los jueces Ezequiel Medrano, María Martiarena y Juan José Ruiz, del Tribunal Oral en lo Criminal V de La Plata, se inicie un nuevo proceso de investigación para determinar la responsabilidad de estos hombres en el crimen.

Lucas Cea había sido internado en una clínica de rehabilitación por adicciones días después del crimen. En el juicio que acaba de concluir, Cea contó que en aquel momento, antes de que personal de la Policía fuera a buscarlo a la clínica para prestar declaración en la DDI, fue su propio padre, también policía de la provincia, quien apareció y le preguntó si había matado o no a la travesti. Cuando la fiscal inquirió sobre ese accionar Cea confirmó que su padre había sido avisado por sus compañeros de la Comisaría Novena. Otra situación que como mínimo es sospechosa.

 La Moma

“La primera vez que la vi, unos años antes de su asesinato, yo estaba con la Gabi cerca de Plaza Matheu. Ella me dijo que mirara, que ahí estaba La Moma, una institución de la calle. Venía caminando agarrada de las paredes. Era muy alta y usaba unos tacos altísimos, tenía un tapado largo. No era una travesti convencional”, relata Facunda Aisa, activista LGTTBIQ, amigo de La Moma y de muchas de las travestis y trans que recorren cotidianamente la zona roja.

“Al poco tiempo me la encontré en el privado de otra de las travestis. Estaba en el patio y ella entró. Tenía una túnica negra, el pelo atado, alpargatas. Nos miramos las dos, ella vio a un varón y yo vi a una travesti que no parecía una travesti, muy prejuiciosas las dos. Al toque nos pusimos a fumar y pegamos onda. Me mudé frente a su casa y ahí iniciamos una seudo convivencia”, recuerda Facunda y la describe: “Era muy amiguera, le gustaba compartir, aunque cada una tenía su casa. Era de planear ‘a tal hora almorzamos’, ‘a tal hora te paso a buscar y hacemos tal o cual mandado’, siempre fue muy metódica. Eso ayudó mucho para reconstruir las horas antes de que la mataran”.

“Era muy amiguera, le gustaba compartir”, la evoca su amigue. FOTO cortesía de Facunda A.

La gran preocupación de La Moma era la vida cotidiana, sobrevivir. “Tenía las preocupaciones de alguien pobre”, registra suamigue. Había tenido una vida dura. Una familia disfuncional de clase media alta, el fallecimiento de un hermano, una separación compleja de sus padres, una madre que no logró despojarse de la depresión. Comenzó a experimentar sus deseos sexuales a los 9, 10 años y decidió transitar la estación de trenes de la ciudad. Al ser descubierta, su padre la internó pupila en un colegio católico.

“Esa experiencia fue fatal para ella. Eran todos varones, de buenas familias, que la abusaron cotidianamente. No sólo fue la discriminación sino que se encontró presa de violaciones sistemáticas, la convirtieron en el objeto sexual de la manada de adolescentes que querían sacarse el gusto, las perversiones, experimentar. Lo soportó varios años hasta que lo denunció ante sus padres pero nunca le creyeron. Esa fue una constante, incluso es algo que expresan todas las travestis: nada de lo que vos digas va a tener un valor”, afirma Facunda. Luego hubo más internaciones producto de sus adicciones.

La Moma saltó al travestismo de manera abrupta. A fines de los 90 la zona conocida para el “yiro” gay o de maricones se ubicaba detrás de la facultad de Arquitectura, el corredor actual del tren universitario. En esa época la clasificación o demarcación de las identidades sexuales era más “camaleónica” y según los relatos muchas devinieron travestis porque era más redituable. “Para La Moma fue muy difícil ejercer la prostitución como travesti, ella se autopercibía mujer”, relata Aisa y agrega: “La calle sin embargo la puso ducha en todo: adaptarse sí o sí. Se hizo puta, o así lo expresaba ella, montada de travesti, adaptándose a distintos cánones que había en la calle con respecto a qué y como ser una travesti. Como dice (la travesti y activista) Vanesa Cuello, ‘eran otros tiempos compañeras, había que hacer lo que había que hacer’”.

La Moma fue de la camada de travestis y personas trans que sufrió los tiempos de represión y edictos policiales. Horas y horas de comisaría junto con La Romina, La Mariela, La Leo, La Barby, todas históricas también. La activista Lohana Berkins siempre decía: “Si una hace la cuenta de la cantidad de horas que perdimos porque nos levantaban de la calle, seríamos todas ricas”.

“La Moma tenía muchas anécdotas de los pasajes por las comisarías. Juntaba fuerza, iba y denunciaba lo que le había pasado en la fiscalía. Cada cosa, más allá de la gravedad, te la contaba como un sainete. A pesar de que era una persona con una depresión crónica, y por eso también había estado internada muchas veces,  ella aprendió a vivir con eso, y le buscaba la vuelta con su humor travesti para desdramatizar cualquier circunstancia”, recuerda Facunda. Gracias a esa vitalidad y empujada por ese humor lograba, como muchas hacen o hicieron, superar los peores tratos y vejaciones.

“Entre ellas mismas las cosas no se limitaban sólo a las denuncias políticamente correctas sino a construir la historia travesti. Creo que en un momento histórico pudo peligrar esa identidad por las disputas internas del mismo movimiento LGTTB”, dice Facunda y reclama por varias de las históricas que necesitan el resarcimiento económico por parte del Estado. “Diana, La Moma, Vanesa, la Shirley, La Leo, tantas”, enumera y refiere a la compleja situación de vulnerabilidad que atraviesan travestis de mayor edad que siguen expuestas a la prostitución.

El cuerpo sin vida de La Moma fue encontrado semidesnudo en la cama de su casa, en calle 4 entre 68 y 69, plena zona roja. Pudo determinarse que la mataron dos días antes de que su padre y su hermano, alertados por amistades de Carolina a quienes no les respondía su teléfono, fueran a ver qué pasaba. “Se ve que hacía días que estaba así, vi el cuerpo muy hinchado”, dijo el padre en su declaración ante el Tribunal. También narró que mientras esperaba a la Policía se sentó junto a su hijo —no pudo nombrarla por su identidad autopercibida— a rezar. No logró precisar detalles y tampoco recordó la bufanda en el cuello de La Moma.

“Yo no puedo confiar en ese relato porque sé que el padre no la podía mirar a la cara. ¿Cómo podemos confiar en que miró, en que buscó, en que la miró? No podía hacerlo, nunca la miró a los ojos, por vergüenza o por lo que sea”, reflexiona Facunda quien también declaró en el juicio, del que se enteró de casualidad a raíz de una publicación en la prensa. Su testimonio fue extenso, logró ubicar en tiempos cronológicos al Tribunal y dio cuenta del contexto de vulnerabilidad en el que viven las travestis y personas trans que son expulsadas de sus casas durante la niñez y no tienen otra opción que ejercer la prostitución para sobrevivir.

Combates y ritual trava

La Moma, a su manera, era muy combativa. Hay anécdotas que narran que en su barrio, donde vivía desde siempre y era muy conocida, cada vez que la Policía intentaba levantarla, se abrazaba a un árbol y tenían que sacarla entre cinco personas para llevarla detenida. “Ella se resistía y entonces el cana tenía que llamar por el handy y avisar: ‘Acá está La Moma agarrada al árbol, ¿qué hacemos?’. Además de que ella lo contaba, lo cuentan todas. Lo loco es que era una persona re cagona, su personalidad era todo lo contrario a esa mujer que se resistía para que no la avasallaran”, la evoca su amigue.

Aisa en una intervención en la zona roja. Foto: cortesía de Facunda.

Cuentan que la relación que sostenía con sus compañeras de la calle estaba basada en la solidaridad de lo cotidiano. Siempre decía: “Puto que le cobra a otro puto no sirve ni para puto”. “Algunas tienen un código que ofrece ‘seguridad’ a las pibas para que trabajen en la esquina, siempre a cambio de pagar. Si no hay plata, no hay seguridad, además cuidate de los palos”, asegura y agrega: “Ella afirmaba que eso lo habíamos generado nosotras mismas. Que haya una que asuma ese rol y pueda aguantar ante la Policía”.

La Moma no fue activista ni militante política, pero no era ajena a lo que la rodeaba. Estaba en los temas de Derechos Humanos, contra la violencia policial y tenía algunas amigas que coordinaban con las organizaciones. “No confiaba en nadie las cosas que le pasaban en su vida privada. Al mismo tiempo, era una persona que era dependiente de los vínculos que construía, necesitaba descansar en alguien. Ella era muy de buscar esas relaciones pero al mismo tiempo era desconfiada”, recuerda Facunda.

Cuando fue asesinada la reacción fue de mucho dolor y al mismo tiempo, entre las chicas, se activaron todos los mecanismos de autopreservación y defensa. “Supongo que esa es una reacción lógica para no enfrentar una realidad que nos atraviesa a todas como posibilidad, la próxima en la lista puede ser cualquiera. Es la historia de todas. Cuando pasó lo de La Moma, la única persona que cuando se enteró puso el cuerpo enseguida fue Diana Sacayán. En ese momento no sólo estuvo para impulsar la causa sino para contenernos a quienes estábamos muy mal. Ella nos ayudó a politizar esta muerte, a entenderla de otra manera y lucharla”, afirma.

El goce, el placer, poder vivir en libertad, eran esenciales para La Moma. Cuentan que antes de salir a la calle, repetía su ritual posiblemente para colocarse en la dimensión de lo que implica la prostitución: acomodaba su sillón, elegía la ropa que, por épocas, siempre era la misma. Se servía un vaso completo de caña o de Mariposa. Le gustaba poner música de los ‘80 y que se proyectara como telón de fondo películas como “La Jaula de las Locas” o “La muerte le sienta bien”. Luego, comenzaba a maquillarse, a peinarse, fumaba un rato y salía.

“Siempre repetía lo mismo y si estabas ahí te despedía rápido. A veces era de llevar clientes a la casa porque prefería que esa guita se la dieran a ella y no gastarla en un hotel. No tenía cuidados extra con los clientes. La verdad es que en algún lugar se confiaba, ella decía que no, pero no tenía los suficientes cuidados. Muchas veces los hombres que entran a la casa de una prostituta, de una travesti y se la cogen, luego sienten asco. Es una realidad que se repite, se sienten un monstruo pero esa monstruosidad se proyecta sobre la otra persona. Creo que eso es lo que pasó con ella. La mataron por ser travesti, porque quien estuvo ahí ejerció el poder sobre ella. Es posible que intentaran robarle o quizás no, no lo sabremos. Igualmente eso no quita que en la cabeza de esa persona estuvo seguramente un pensamiento generalizado que da vueltas y que habilita a hacer lo que te venga en ganas porque finalmente, ¿a quién le importa una travesti?”, pregunta Aisa.   // LP


 

El travesticidio de Diana Sacayán

En un juicio histórico hubo sentencia histórica: Gabriel David Marino fue condenado a prisión perpetua como coautor del “homicidio agravado por odio de género y violencia de género” de Amancay Diana Sacayán por el Tribunal Oral en lo Criminal 4 de Buenos Aires. La sentencia incluye por primera vez la figura de “travesticidio”, es decir un homicidio que tiene como causal el “odio a la identidad de género”.

Diana era una militante de los Derechos Humanos. Fue asesinada de 13 puñaladas en su casa del barrio de Flores en octubre de 2015. Las leyes de Identidad de Género y de Cupo Laboral —que exige que el 1% de los puestos de la administración pública de la provincia de Buenos Aires deben ser ocupados por personas trans y travestis y sigue sin ser reglamentada— fueron algunos de sus grandes logros. Después de la sentencia hubo una conferencia de prensa donde además de hablar sobre el juicio, se discutió sobre el travesticidio social.

La mayoría de las personas travestis-trans deciden su identidad entre la niñez y la pre adolescencia. “Es ahí cuando empiezan a recibir una serie de exclusiones: son expulsadas de sus hogares, arrojadas a la calle, sin acceso a la salud, vivienda digna o a la educación”, cuenta Sasha Sacayán, su hermano. Explica que travesticidio social es esta violencia estructural que tiene como último eslabón el travesticidio: “Esto lleva a que un día venga alguien y diga ‘a esta trava la puedo golpear o hacer lo que quiero total nunca nadie va a decir nada’”.

“Llamamos travesticidio social a todo el abandono que el Estado permitió. Ya somos forzadas a prostituirnos, pero más allá de subirnos a un auto y que nos mate un cliente en la zona roja o en una esquina, las travas nos morimos todos los días. ¿Cuántas de nosotras nos fuimos a los 14 años de nuestras casas, nunca más volvimos y nuestras familias no saben nada de nosotras? ¿Cuántas de nuestras compañeras están abandonas en las cárceles? La prostitución es el corazón en este cuerpo que es el travesticidio social y la prostitución es el problema madre”, dice Alma Fernández, militante travesti.

“Nadie puede dar una respuesta seria a una pregunta tan simple: ¿Por qué una travesti de 11,12, 13 años está parada en una esquina? ¿A nadie indigna? Ahí es donde se ve plasmada la intersección de dos vulnerabilidades, último eslabón de interés dentro de la cadena social: la niñez y las travestis”, agrega Facunda Aisa.

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