El irreverente cine de Cohn y Duprat

El reciente reconocimiento internacional a “El ciudadano ilustre” invita a volver sobre algunas de las originales películas de esta dupla -en realidad, un trío- que ya ocupa un lugar tan relevante como inclasificable dentro de la cinematografía argentina.

Por Carlos Gassmann

Dos lugares comunes se nos hicieron presentes cuando, a poco de su estreno, vimos “El hombre de al lado”: “¡Qué va a ser un genio ése, si vive a la vuelta de mi casa” y “yo no veo cine argentino”. Una película brillante era ninguneada por la indiferencia del gran público y el esnobismo de buena parte de la crítica. Los mismos que -puede sospecharse- la hubieran consagrado como obra de culto de provenir de algún director europeo o norteamericano “indie”.

Mariano Cohn (1975) y Gastón Duprat (1969) son productores y directores de cine y televisión. En varios de sus trabajos interviene junto a este dúo como guionista, el tercer vértice del triángulo, Andrés Duprat (1964), hermano de Gastón, curador de exposiciones y actual director por concurso del Museo Nacional de Bellas Artes.

Mariano y Gastón comenzaron dedicándose al video arte y al cine experimental, pero alcanzaron conocimiento público gracias a ciclos de la pantalla chica como “Televisión abierta” (donde la cámara se activaba frente a cualquiera que pensara que tenía algo para decir), “Cuentos de terror” (narraciones del género difundidas por el canal de cable I-Sat, en la voz del fallecido escritor Alberto Laiseca, en un programa que se caracterizaba por sus extravagantes ángulos visuales) y “Cupido” (registro en estudio de una cita a ciegas que podía eventualmente culminar en la conformación de una pareja). En el primer y tercer caso había sin dudas creatividad y capacidad de manejarse con mínimos recursos, pero también la tendencia hacia un humor agresivo, más inclinado a reírse de los otros que con los otros. No obstante, la originalidad de los formatos les permitió a sus creadores exportarlos a Italia, España, Estados Unidos y Japón. Por otra parte, con estos productos televisivos, Cohn y Duprat demostraron que lo que el canon consagraba como “buen gusto” los tenía realmente sin cuidado.

Tuvieron también la oportunidad de trasladar su idea de una TV que incluya a todos, sin criterios previos de selección de contenidos, al fundar y dirigir los canales públicos “Ciudad abierta” (2003), de la CABA, y “Digo” (2012), de la provincia de Buenos Aires.

En cuanto al cine, si bien gestaron otros filmes, como el documental “Yo presidente” (2003) -que incluyó entrevistas a Alfonsín, Menem, Duhalde y Kirchner- y la parcialmente fallida ficción fantástica “Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo” (2011) -protagonizada por Emilio Disi y basada en un cuento inédito del mencionado Laiseca-, nos concentraremos en las que son a nuestro juicio sus tres películas más logradas: “El artista” (2008), “El hombre de al lado” (2009) y “El ciudadano ilustre” (2016).

Las reglas del arte

Una obsesión -ligada evidentemente al oficio del guionista Andrés Duprat- recorre estos tres largometrajes: los interrogantes acerca de los límites del arte y sobre la función del artista. Hay una decisión explícita de hurgar en ese mundillo más o menos cerrado de veleidades e imposturas que Andrés conoce de primera mano.

El artista”, que incluye a actores no profesionales, cuenta la historia de Jorge Ramírez (encarnado por el músico Sergio Pángaro), el enfermero de una clínica psiquiátrica que presenta como propias las obras de uno de los internados que le toca cuidar, el viejo Romano (el citado escritor Alberto Laiseca). Un sujeto por completo ajeno al ámbito de la plástica se verá así involucrado en el particular universo de curadores y galeristas. Merced a esos cuadros ajenos, Ramírez alcanzará la consagración artística. Su laconismo y sus medias palabras serán sobreinterpretados -caústico apunte sobre la retórica vacua y pretenciosa de cierta crítica- como una manifestación más de su genialidad. Nadie entiende que sus silencios son producto de que no tiene nada para decir sino que lo convierten en depositario de vaya a saber qué verdades insondables. Estos malentendidos evocan los que se producían con los parlamentos del simple jardinero Chance Gardiner en la novela “Desde el jardín” (1971), de Jerzy Kosinski, que también fue llevada al cine.

El filme incluye una escena desopilante en la que, viendo absortos el televisor en la sala de estar del psiquiátrico, aparecen junto a Romano otros viejitos en pijamas, oportunidad para cameos del notable artista plástico León Ferrari, el gran escritor Rodolfo Fogwill y el escritor, ensayista y ex director de la Biblioteca Nacional Horacio González.

Los problemas sobrevendrán cuando la productividad del anciano internado se detenga y todos le exijan a Ramírez nuevas obras para su exposición y venta. El enfermero, desesperado, optará entonces por copiar él mismo dibujos anteriores del viejo. El curador le dirá que son obras impresentables por su esquematismo y el marchand, en cambio, le asegurará que son magníficas.

Un acierto de la película es que los cuadros en cuestión nunca se muestran. En su lugar, una cámara subjetiva exhibe al espectador de las obras, sugiriendo que la decisión sobre dónde deben trazarse los límites del arte es una prerrogativa del receptor.

Queda en claro que, como diría el sociólogo francés Pierre Bourdieu, el arte constituye un campo en el que distintos agentes e instituciones, no sólo los artistas, sino también los críticos, los coleccionistas, las galerías y los museos, entre otros, forman parte activa en la disputa sobre qué es lo que ha de reconocerse como una obra legítima.

En parte, el asunto de la película evoca un viejo chiste del humorista neoyorquino Art Buchwald, quien contaba que regresando de hacer las compras entró por curiosidad a una exposición de arte pop y por descuido olvidó la bolsa con los alimentos. “Cuando regresé a buscarla -dice irónicamente Buchwald- ya era tarde: me habían otorgado el primer premio”.

El final feliz (pero ¿para quién?) llega con la invitación a Ramírez a exponer en Roma e ingresar a través de un representante en el mercado internacional de la plástica. Aunque se trate de una deliberada caricatura, hay en la película una reflexión explícita sobre lo difusas que resultan las fronteras del arte después del paso de las vanguardias y las postvanguardias y una crítica implícita al modo en que las pretensiones estéticas han ido quedando cada vez más subordinadas a los intereses comerciales.

Sobre gustos hay mucho escrito

El hombre de al lado” es para nosotros la mejor de las películas creadas por este trío. Podría decirse que sus “personajes” principales son tres: Leonardo (el dramaturgo, director y actor Rafael Spregelburg), un diseñador industrial esnob y pedante, que presume de su refinamiento; Víctor (Daniel Aráoz), un busca que es el prototipo de la gente “grasa” que al primero lo asquea y la Casa Curutchet de La Plata, única obra que el célebre arquitecto suizo Le Corbusier proyectó para Latinoamérica, que como un tercer protagonista está omnipresente y presta su aún audaz geometría para los audaces encuadres que son propios del filme.

El conflicto se desata cuando la “plácida” vida de Leonardo y su familia, compuesta por su mujer, una histérica instructora de yoga, y su hija, quien jamás se quita los auriculares ni abandona su mutismo, es interrumpida a martillazos. Es Víctor, que pretende abrir una ventana en la medianera “para atrapar algunos de esos rayitos de sol que a vos te sobran”. Ese hueco abierto hacia la intimidad del hogar del diseñador conduce a un enfrentamiento inevitable, que el intelectual pusilánime, acicateado por su mujer y temeroso del bárbaro que ve encarnado en su vecino, no sabrá cómo afrontar.

Cohn y Duprat vuelven a demostrar aquí su buen ojo para detectar el potencial de actores que la televisión venía malversando y que en sus películas ponen en evidencia su talento interpretativo (son los casos de Aráoz en “El hombre de al lado”, Emilio Disi en “Querida, voy a comprar cigarrillos…” y -en menor medida- Dady Brieva en “El ciudadano ilustre”).

La tensión entre los vecinos irá en aumento y pondrá al desnudo el peso aplastante de los prejuicios y las diferencias de clase. Esos universos irreconciliables representados por la sofisticación de uno y la vulgaridad del otro darán pie a los mejores momentos de humor negro del filme.

Pero si hay un tema que, de manera más o menos sutil, esta comedia negra aborda como pocas veces había hecho antes el cine, es el de la confrontación de las preferencias estéticas. Una cuestión que ya había sido tratada de manera magistral por la película francesa “El gusto de los otros” (2000), gestada por Agnès Jaoui (directora y actriz) y Jean-Pierre Bacri (guionista y actor), quienes por añadidura son marido y mujer en la vida real.

En ese sentido, nada hay menos cierto que aquel dicho que afirma que “sobre gustos no hay nada escrito”. Las disquisiciones de la Estética acerca de qué es lo bello -parte primero de la Filosofía y luego autonomizadas de ella- se remontan a la Antigüedad y nunca se han interrumpido. Un verdadero hito marcó en esa dirección la publicación de Bourdieu, en 1979, de “La distinción: criterios y bases sociales del gusto”, resultado de una de las investigaciones sociológicas más impactantes de la segunda mitad del siglo XX. Allí Bourdieu la emprende contra las “estéticas trascendentales”, defendidas nada menos que por filósofos de la estatura de Kant, que sostienen que existe lo inmanentemente “feo” y lo intrínsecamente “bello”. Los patrones de la hermosura no sólo varían cultural y epocalmente (bastaría con comparar, por ejemplo, el ideal de belleza femenina actual con el que se expresa en los cuadros del Renacimiento), sino que -como prueba una y otra vez Bourdieu- en las sociedades de clases, están claramente ligados a la fracción a la que se pertenece.

Las distancias estéticas entre Leonardo y Víctor se traducirán después -sobre todo en un final algo forzado- en diferencias éticas y allí el filme perderá algo de su consistencia anterior. Pero esto no alcanza para opacar un excelente largometraje.

Volver sin la frente marchita

Sin embargo, la película de Cohn y los Duprat que ha alcanzado hasta ahora mayor recaudación local y repercusión mundial (Premio al Mejor Actor para Oscar Martínez en el Festival de Venecia 2016 y galardón a la Mejor Película Iberoamericana en el entrega de los Goya 2017) es su último opus, “El ciudadano ilustre”.

El argumento imagina que un argentino gana por primera vez el Premio Nobel de Literatura, ese que tan injustamente se le negó a Borges. Daniel Mantovani (un excepcional Oscar Martínez) se llama el escritor que a los 20 años, ya hace 40, se radicó definitivamente en Europa. Su discurso de aceptación ante la Academia Sueca le sirve como carta de presentación. Lejos del júbilo y próximo a la amargura, Mantovani dice que lo siente como un reconocimiento a quien ya nada tiene para decir, como un homenaje póstumo pero hecho en vida.

Y, en efecto, en los cinco años posteriores, desde su refugio barcelonés, el literato se considera abandonado por las musas y no consigue producir ninguna obra nueva. Pasa el tiempo, solitario y malhumorado, rechazando invitaciones provenientes de todos los rincones del planeta para brindar conferencias, asistir a simposios o recibir otras condecoraciones. Hasta que una carta insólita logra llamar su atención. El intendente de Salas, el pueblo bonaerense situado a 700 kilómetros de la Capital donde nació y creció, lo convoca para nombrarlo “ciudadano ilustre”.

Sorpresivamente, acepta el convite, sin que sepamos bien por qué. ¿Por mera curiosidad, por nostalgia o en busca de recuperar la inspiración perdida? Ocurre que Salas es “el lugar de donde mis personajes no pueden salir y donde yo no he podido volver”. En esa localidad perdida de la provincia, que no es ninguna pero podría ser cualquiera de los pueblos de nuestra pampa húmeda, viven invariablemente todos los seres que habitan las ficciones creadas por Mantovani.

El encuentro entre el intelectual cosmopolita, engreído y escéptico con la mediocridad de una villa que parece detenida en el tiempo no será fácil. De ese contraste surgirán algunos de los gags más efectivos de esta historia sarcástica. La desopilante recepción del Nobel, por ejemplo, que incluye un paseo por las calles montado al carro de los bomberos, al lado de la reina local de belleza. Pronto quedará confirmado aquello tan remanido de “pueblo chico, infierno grande”. Aunque algunos han visto en Salas, no la alegoría de una localidad minúscula, sino la metáfora de un país completo.

El escritor encontrará en sus conferencias más cholulismo que comprensión. Intentará vanamente tomarse en serio su papel de jurado en un concurso municipal de pintura en el que diversos mamarrachos parecen competir entre sí aunque hay poderosos autóctonos que corren con ventaja.

No menos desafortunado será su reencuentro con Antonio (Dady Brieva), uno de sus amigos de la infancia, grosero, violento y machista al extremo, quien ha terminado casándose con Irene (Andrea Frigerio, impactante en su belleza otoñal), otrora novia de Daniel que todavía sigue añorándolo. Especialmente patéticos resultan los episodios en que un hombre, convencido de que uno de los personajes del escritor representa a su padre, trata infructuosamente de invitarlo a comer ravioles a su casa, o el pedido de otro habitante de Salas a Mantovani, percibido como rico y omnipotente, de que le done una silla para su hijo discapacitado. La inicial negativa tajante del escritor se convertirá después en instrucciones a su secretaria para que la consiga, con lo cual se pone en evidencia que el artista no es un insensible sino alguien que no está dispuesto a aceptar el papel que le adjudican.

Y es que, aunque durante la mayor parte del metraje preponderen los apuntes graciosos, “El ciudadano ilustre” es también una reflexión sobre el rol del artista. Una y otra vez, Mantovani reafirmará su convencimiento de que el arte auténtico está llamado a cumplir una función crítica y que degenera en mero entretenimiento cuando ya no pone en tela de juicio lo establecido.

Pero lo concreto es que, en su vuelta al pago chico, el escritor sólo recogerá incomprensión, resentimiento y rechazo. Algo que se acentúa en el final, demasiado precipitado, con el que la trama alcanza su culminación. No obstante estos reparos, la película raya por momentos a la altura de las mejores comedias italianas del pasado, ésas que con su humor crudo y desencarnado nos dejaban, a la par de la sonrisa, un amargo sabor en la boca.

Vale señalar que la anécdota principal del filme no carece de antecedentes. Manuel Puig, por ejemplo, basaba muchas de sus historias en relatos oídos en su General Villegas natal (apenas enmascarado -y degradado- en sus primeras novelas con el nombre de “Coronel Vallejos”). Eso le valió el repudio de muchos habitantes de la población que lo acusaban de hacerlos objeto de burla revelando sus secretos más íntimos. Y hasta la Acción Católica, indignada, reclamó y logró que “Boquitas pintadas”, la película que Leopoldo Torre Nilsson filmó en 1974 inspirándose en la obra homónima de Puig, no se proyectara entonces en las salas locales de cine.

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