El femicidio de Lucía: en la puerta de su casa

145-lucia01El crimen de la estudiante del Liceo, en La Plata, avivó el reclamo por la violencia de género. Por primera vez en mucho tiempo, hubo una gran marcha por las calles de la Ciudad, encabezada por sus compañeros de curso. Su ex novio, doce años mayor, está detenido. «Para él, era un objeto», dijo la abogada de la familia 

Por Juan Manuel Mannarino
Fotos: Gaby Hernández

 

Subnota > Jornadas en el Liceo: «Desnaturalicemos la violencia»

Un viernes, en una mañana como cualquier otra, madre e hija se preparaban para salir de compras. En su precaria casa de 158 entre 34 y 35, un barrio de la periferia de viviendas bajas, de descampados y calles de tierra, no estaban solas: otros niños correteaban por las habitaciones. Faltaban cinco días para la primavera y hacía unos meses habían puesto un almacén. En la familia se turnaban para atender el negocio.

Eran cerca de las 9 de la mañana y Lucía Guadalupe Ríos Muller, 16 años, acababa de despedir a uno de sus tres hermanos, el único varón, de once años. Lo había ayudado a cambiarse para ir a la escuela. Cuando cerró la puerta jamás imaginó que poco tiempo después alguien entraría sin pedir permiso y cambiaría el destino de la familia.

Diez días antes, Lucía había decidido volver a la vivienda de la madre. Se había separado de su novio, Gustavo Arzamendia, paraguayo, de 28 años, con el que vivió por un corto tiempo en una casa a pocas cuadras de allí. “No lo aguanto más. Me vive maltratando”, le dijo a una de sus amigas del barrio.

El día aparentaba ser uno más de la rutina mundana de Melchor Romero, una zona conocida por ser uno de los cordones frutihortícolas más grandes de la ciudad y por alojar el hospital psiquiátrico “Alejandro Korn”. Hasta que se escucharon dos disparos.

Ningún vecino lo había visto llegar. Nadie se percató, en aquella mañana fría, de los pasos ligeros de un muchacho de estatura pequeña, musculoso y de cejas anchas, que estacionó el auto en la vereda y bajó con un revolver calibre 38 en la mano.

Todo sucedió rápidamente. Entró a la casa, insultó en voz alta y discutió con Lucía, que intentó echarlo. En breves minutos, y tras amagar con retirarse, no dudó en apretar dos veces el gatillo. Uno de los proyectiles siguió de largo, sin lesionar a nadie. Pero el otro impactó en la espalda de la muchacha. El asesino guardó el arma en una campera y nunca atinó a mirar a la víctima.
A sangre fría y delante de los ojos de su hermanitas de cuatro y dos años.

–Me dio, mamá, me dio –fueron las últimas palabras de la joven, que agonizaba bajo un charco de sangre en el piso. La colocaron en una colchoneta, intentando reanimarla.
Tan estruendosos como los balazos se sintieron los gritos de la madre de Lucía, que había visto caer a su hija en cámara lenta. “Estaba por tender la ropa y se me cayó al suelo del susto”, dijo una señora, que había estado a escasos metros del horror.

Algunos vecinos vieron que el criminal escapó rápidamente en un Chevrolet Corsa, que abandonaría al día siguiente, en la otra punta de la ciudad.
De un momento a otro, las personas se amontonaron en una esquina. Sólo se escuchaba el ladrido de unos perros callejeros.

–La señora del almacén está llorando –le avisó una vecina a la otra.

No se sintió ningún otro comentario.

***

145-lucia02Trece días pasaron hasta que el criminal fue detenido.

En el medio, hubo una marcha. Como hacía tiempo no ocurría con una protesta por violencia de género -quizás desde el femicidio de Sandra Ayala Gamboa- , las calles céntricas fueron desbordadas por una columna encabezada por familiares, amigos y compañeros de Lucía, que cursaba el 3º D en el Liceo Víctor Mercante (ver página 19).

La recordaron con música, poesía, remeras que llevaban la consigna: “Justicia por Lucía” y carteles que decían: “Lucía en nuestros corazones siempre” y “Sin perdón ni olvido, el Liceo está contigo”. Cerca de siete cuadras llenas de gente, desde organizaciones políticas y sindicales a centros de estudiantes, que cantaban con fuerza: “El nombre de Lucía no se vende, se defiende”. En un pequeño acto frente a la Fiscalía de 8 y 56, Constanza Erbetta, directora del colegio, tomó la palabra y dijo: “Somos conscientes de la urgente necesidad de contar con políticas que tiendan a sensibilizar, prevenir y erradicar la violencia de género”.

Claudelina, madre de la víctima, de 32 años, se recostaba en el hombro de las compañeras de su hija, quebrada en llanto. Esa tarde no pudo hablar. Las chicas fueron las principales protagonistas, agitando banderas y tomando el altoparlante para gritar: “Lucía Ríos Müller, presente, ahora y siempre”. Muchas de ellas se habían enterado del femicidio en otra marcha, la de “La Noche de los Lápices”, cuando alguien subió al escenario y leyó que horas antes de que miles de jóvenes se congregaran por la fecha emblemática de la lucha por el boleto estudiantil, una compañera de uno de los colegios más prestigiosos de La Plata había sido salvajemente asesinada por la espalda.

Afectado por una profunda conmoción, el colegio había realizado una jornada de reflexión sobre el tema. Lucía había sido una de las alumnas de clase baja que todos los años entra por sorteo al colegio universitario. De las que, sin contar con el respaldo de una familia de profesionales, suelen tener dificultades con la exigencia académica. Le costaba la regularidad: un equipo multidisciplinario trataba de acompañarla para que no dejara el colegio. Varias veces debía faltar porque ayudaba a su mamá cuidando a los hermanos. Todos las que la conocieron la recuerdan como una chica inteligente, divertida, con interés en la vida política.

Aun así, como toda adolescente, Lucía también era reservada. A sus amigas no les había dicho que hacía más de un año conoció a un joven doce años mayor que ella. Y que había empezado a vivir con él. Pero en su familia sabían que no era una relación armoniosa. Gustavo Arzamendia hacía gala de su edad y quería imponer un dominio a base de órdenes, caprichos y agresiones. Lucía le discutía y no se dejaba maltratar. El joven se ponía furioso y le sacaba el celular, no la dejaba juntarse con sus amigas.

–Si un día te hago algo, puedo esconderme fácil en cualquier lugar –la amenazaba, con aire de malévola superioridad.

Hasta que cierta vez la golpeó salvajemente. Fue el límite. Quiso convencerla de que iba a cambiar. Quiso comprarle cosas. Pero Lucía regresó a su casa.

Arzamendia no permaneció quieto. Le mandaba una catatara de mensajes por día al celular. Le decía que debía volver a su casa para buscar unos electrodomésticos que eran de ella. Se aparecía a deshoras y en los instantes menos pensados. No era, la suya, una conducta excepcional: ya tenía antecedentes de violencia de género por denuncias de su exmujer. Insistía, insistía, insistía. Llegó a decirle que, si lo dejaba definitivamente, iba a matar a su hermano de once años. Y una mañana, harto de la indiferencia, se despertó y decidió eliminar algo que hacía ruido, un bullicio insoportable en la cabeza, algo que no lo dejaba ejercer tranquilamente su trabajo de albañil.

Ese algo, una necesidad de posesión no correspondida, era la vida de otra persona.

***

145-lucia03Tres días después de la marcha, como si hubiera sido un efecto de justicia deseado por la multitud, la Policía encontró a Arzamendia en plan de fuga. Los investigadores habían creído que podría haber viajado a Paraguay, pero estaba protegido por familiares en algún barrio de la ciudad. Llegaron a esa conclusión tras haber realizado unos cruces de llamados telefónicos. Lo detuvieron en la localidad de Esteban Echeverría, al caer la tarde, cuando caminaba despreocupadamente hacia una estación de servicio por Camino de Cintura y Santos Vega. Allí iba a encontrarse con parientes, que pensaban seguir asegurándole una dosis de impunidad. Arzamendia se identificó con un documento falso. Horas después, en casa de familiares, le secuestraron dos armas calibre 38. El mismo con el que mató a Lucía.

En los casos de femicidio es tan grave el hecho en sí como la protección del círculo íntimo del agresor. Lo suelen defender con argumentos del tipo “lo hicieron estallar” o “es una buena persona, él no es así, fue provocado”. El múltiple femicida de Mendoza dijo: “Me hicieron sacar”. La abogada de la familia de Lucía, Sara Cánepa, cree que detrás de la violencia de género se esconde un patrón cultural difícil de superar. “Un hombre puede matar por celos o por otro motivo –reflexionó–. Pero lo que se manifiesta es un estereotipo social que atraviesa a todas las clases, y que viene desde el colegio y de la familia, donde se sigue educando que el varón tiene más poder. Un estereotipo consentido por los parientes, por los responsables de las instituciones. El Estado está obligado a intervenir en la educación para que el niño y la niña tengan misma decisión y capacidad de elección, que se complementen, que se respeten en la diferencia. Y eso aún está pendiente”.

145-lucia04A Arzamendia se le dictó la prisión preventiva, y la investigación está a cargo de Mariana Rufino, de la Fiscalía Nº 13 de Violencia de Género. El femicida fue acusado de “homicidio cuádruplemente calificado por el vínculo, por ser cometido por un hombre contra una mujer, por alevosía y por haberse cometido mediante el uso de arma de fuego”. Hasta el cierre de esta edición, se había negado a declarar. El juicio sería inminente.

En la causa se comprobó que Arzamendia ejercía poder sobre la adolescente, forzándola a que “continúe a su lado en un vínculo enfermizo, con idas y vueltas, en la cual la violencia era el denominador común, tratándose de un patrón de conducta del agresor aún antes de conocerla”. Las pruebas del femicidio son contundentes: hay testigos que lo vieron huir después de haber disparado y, además, la pericia balística dio positiva. Una de las armas que se hallaron en su domicilio fue con la que atacó a la joven.

La abogada y el círculo íntimo piensan, en definitiva, que la mató porque Lucía quiso interrumpir la relación. Y continuar la vida lejos de su hogar.

-Nunca la consideró un sujeto pensante ni deseante. Para él era un mero objeto –sentenció Sara Cánepa.

 

UNLP: por una presencia más activa del Estado

Apenas había ocurrido el crimen, la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) se solidarizó con la familia y los compañeros de Lucía, a los que acompañó con un documento público. En una toma de posición política que trascendió el esclarecimiento del caso, dejó en claro que los femicidios no son casos ajenos a considerarlos como un “atentado contra los derechos humanos y de las mujeres en particular”.
Bajo una serie de puntos en los que reclamó una presencia más activa del Estado, la UNLP abogó por la implementación urgente de políticas de promoción y protección integral de derechos, “dirigidas a las infancias y juventudes, tal como lo establecen la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño (CIDN) y las leyes 26.061 y 13.298” que fortalezcan los siguientes postulados:
– La atención integral ante problemáticas de vulneración de derechos mediante políticas que propicien vínculos familiares y comunitarios respetuosos de la integridad de cada persona.
– La prevención y atención de las situaciones de violencia de género contra las niñas y jóvenes.
-Los dispositivos institucionales de acompañamiento jurídico y socio-asistencial a las víctimas de violencia de género (servicios zonales y locales con infraestructura, equipamiento y profesionales idóneos; consejerías de género; servicios de atención en salud mental infantil y juvenil, entre otros).

 

 “Una desigualdad alarmante desde niñas”

La violencia misógina se sigue expandiendo como un río de sangre en todas las provincias. Al cierre de esta edición se conocían los tres femicidios de Mendoza y el caso de Lucía Pérez, en Mar del Plata, luego de que dos hombres la abusaron y la golpearon hasta morir.
En sintonía con las especialistas en violencia de género, que además de buscar mejorar la legislación apuntan a denunciar las condiciones de desigualdad social y cultural que explican esas violencias, la abogada Sara Cánepa pone el foco en el tejido cultural que permite su emergencia y en las estructuras institucionales que legitiman un status quo de discriminación. “Las mujeres sufren una desigualdad alarmante desde chicas. Se desatiende a las niñas y eso tiene consecuencias en la vida adulta. Sufren más la informalidad laboral, las licencias por maternidad son escasas y la brecha salarial con respecto al hombre es abismal. La mayoría de las jóvenes tiene que abandonar sus estudios cuando se embarazan. Y por el asesinato de mujeres, quedan niños desamparados”.
Todas las semanas, en las pantallas, se anuncia un nuevo femicidio. Y no es una cuestión de clase. “La violencia de género no es privativa de ningún estrato social –explicó la abogada-. Si no se toman medidas preventivas para paliar situaciones de vulnerabilidad estos hechos se seguirán repitiendo. Se necesitan políticas públicas, no basta con tener un servicio de atención las 24 horas. Hay que ver en los hospitales cuántas mujeres que fueron a parir tuvieron controles previos. Hay que ver cómo afectan los abusos sexuales a las mujeres, que lamentablemente son más numerosos de los que uno cree. Hay que seguir el circuito que hace una mujer cuando denuncia por violencia de género, porque si es pobre no le dan bolilla, pero sí es rico ahí la cosa cambia. Es decir, son un suma de violencias latentes que se manifiestan cuando hay un homicidio pero debemos prestar atención mucho antes”.
Y, por último, apuntó al rol de los medios de comunicación. “Los medios siguen cubriendo estos casos desde el sensacionalismo, sin respeto a las víctimas, y sin dar cuenta de los parámetros internacionales de perspectiva de género. Necesitamos medios de comunicación más comprometidos contra la violencia machista. Medios que reflexionen, que incorporen voces feministas. Y que no naturalicen estos hechos ni los pongan como casos aislados ni como crímenes pasionales”.

 

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