Parte 1 – La Teología de la muerte
La relación entre la Iglesia católica y la dictadura genocida es un tema que todavía no está saldado. No haber sentado a los responsables de la institución eclesiástica de ese tiempo (Pío Laghi, Tortolo, Bonamín, Aramburu, Plaza, Primatesta entre otros) en el banquillo de los acusados, siendo ellos parte fundamental en el andamiaje del terror, es una deuda de la justicia argentina. Y que la institución-iglesia, desde su jerarquía, no haya pedido perdón a toda la sociedad por su actuación en esos años, habla también de impunidad e hipocresía.
Por supuesto que hubo obispos, sacerdotes, religiosos/as y laicos/as que dieron su vida por fidelidad al Evangelio en este tiempo. Sólo nombrar a Angelelli, Ponce de León, Carlos Bustos, Alice Domon, Leonié Duquet y Mónica Mignone, nos habla también de una iglesia popular y profética que fue fiel al proyecto de Jesús.
Pero la institución como tal, desde la cúpula eclesiástica, no sólo acompañó, sino que dio fundamento teológico a las atrocidades cometidas por las Fuerzas Armadas. A esto, Rubén Dri lo llama la teología de la muerte.
Dice Dri en el prólogo de “Teología y Dominación” (1987): “La jerarquía católica – salvo excepciones mostradas en el presente trabajo- legitimó práctica y teóricamente a la Dictadura Militar y su genocidio, porque ello era exigido por una coincidencia de intereses que es necesario aclarar si pretendemos que ello ‘Nunca Más’ vuelva a ocurrir”
Las desapariciones, las torturas, los vuelos de la muerte, el robo de bebés y todo tipo de vejaciones y crueldades eran justificadas por los capellanes militares que compartían las sesiones de tortura para sacarle información a las y los compañeros en cautiverio. Hacían sentir a los represores los dueños de la vida y de la muerte. Decía el “tigre Acosta” en la ESMA: “Acá hablo todos los días con Jesucristo. Jesucristo me dice: ‘Sí, fulanito se va para arriba, yo te doy un pentonaval y te vas para arriba’. Si Jesusito dice: ‘Fulanito tiene que vivir’, vas a vivir. Claro que al día siguiente Jesusito me puede decir otra cosa”.
En esta teología, que proclamaban capellanes y militares por igual, hay un Dios que ama el poder, que Bonamín invocaba como el “Dios de los ejércitos”, un Dios que está más allá de lo temporal y al que Videla le rezaba para glorificarlo. La cúpula eclesiástica se identificó con ese Dios y desde allí se hizo una con los dictadores.
El modelo más claro de esta teología fue Victorio Bonamín, también llamado “Profeta del genocidio”. Fiel exponente de la doctrina de las dos espadas, en donde el poder religioso delega el poder temporal en los reyes o gobernantes, empleaba figuras sobre el ejército como “aquel que puede expiar los pecados de un país”.
Así les hablaba a los cadetes en Tucumán: “Cadetes, tengan fe en la grandeza y belleza de ser militar: esperanza en que seguirá siendo el Ejército, sobre todo en esta hora, ese cáliz de sacrificio”
Esta idea de la Argentina católico-militar, de un ejército purificador de la Patria, acompañó el accionar de la dictadura y la justificación que, de sus atrocidades, hizo la jerarquía católica.
La cúpula eclesiástica argentina prefirió defender la cultura “occidental y cristiana” a sangre y fuego, volviendo a unir la cruz y la espada como en la Edad Media, en vez de ser fieles al Evangelio de Jesús.
Por eso, decimos claramente que la Iglesia católica no sólo fue cómplice del genocidio, sino también partícipe necesario del mismo, una de las tres patas (militar, civil, eclesiástica) que sostuvieron el horror y la crueldad en nuestra Patria.
Parte 2: Reconciliación vs. Justicia
Como era de esperar, luego de los primeros años más atroces de la dictadura genocida, comenzó el proceso de “lavado de cara” del Régimen militar, de la reconciliación de la sociedad argentina toda, en donde la jerarquía de la institución-iglesia católica jugó un papel fundamental.
Los años 1981 a 1983 fueron claves en este camino. Y aquí, además de los documentos que sacó el Episcopado argentino (Iglesia y Comunidad Nacional de 1981, Camino de Reconciliación, Orientaciones para el diálogo y Principios de orientación cívica para los cristianos de 1982), aparece una figura clave, no sólo en este periodo, sino también durante los gobiernos democráticos de Alfonsín y Menem: el Obispo Quarracino.
Decía Quarracino, adelantando la teoría de los excesos: “Todos hemos pecado contra el amor, por ideologías, por interés, por resentimiento, por equivocados idealismos o por excesiva defensa de valores”.
Y en el año 1983, negando la posibilidad de que haya justicia en la Patria, dijo: “Las relaciones se van a envenenar si los militares van a los tribunales. Eso es lo que hay que evitar. Porque si ahora nos ponemos duros y queremos administrar justicia, yo me pregunto entonces, ¿desde cuándo habría que hacer comenzar ese ejercicio de justicia? ¿Desde qué año, desde qué época? ¿Acaso desde el 76 y por qué no desde el 73 (…) ¿Por qué no empezar desde antes, 1960 o del 68?
Y en diciembre de 1982, en ocasión de una jornada de reconciliación promovida por el episcopado, decía el obispo Laguna: “se elevará una plegaria común por todos los que han caído víctimas de la violencia subversiva o la represión y por los muertos en las Malvinas de uno u otro bando”.
Pero el documento “Camino de reconciliación” presenta claramente la mirada de la cúpula del Episcopado en donde la justicia no figura como posibilidad:
“La reconciliación nacional apunta, sobre todo, al corazón del pueblo que ha sido desgarrado (…) es preciso que cada uno apacigüe su propio espíritu deponiendo el odio, (…) adopte una actitud de condescendencia fraterna hacia quienes se hayan equivocado o nos hayan hecho daño (…) fomente sentimientos de clemencia en la aplicación de las penas por los delitos cometidos hasta desembocar en el perdón sincero”.
Indudablemente, la institución católica buscó no sólo acompañar la búsqueda de olvido que proponían los genocidas, sino también limpiar su imagen como referente moral de la Nación.
Ya en democracia: Con el advenimiento de la democracia en diciembre de 1983, los obispos, salvo excepciones, siguieron en la misma tesitura. El anuncio de Alfonsín, a tres días de haber asumido, del juicio a las juntas, provocó en algunos prelados una defensa encendida de los militares con el argumento de la reconciliación. Decían: “debemos levantar la bandera de la reconciliación, con humildad y confianza, con magnanimidad y coraje”. La justicia no alcanza porque no nos proporciona la reconciliación. Debemos amar a nuestros enemigos, no hay necesidad de justicia.
Fueron muchos de los obispos los que hicieron campaña para que salieran las leyes de obediencia debida y punto final. Por ejemplo, el obispo de Morón, Justo Laguna, decía: “es lícito establecer un límite para el trámite judicial, porque las Fuerzas Armadas tampoco pueden vivir permanentemente en la zozobra”. Y Rubiolo, arzobispo de Mendoza: “hace falta un medio para que podamos vivir una mayor reconciliación entre los argentinos”.
Entre los que se oponían, el obispo de Neuquén, De Nevares, decía: “de aprobarse este proyecto de amnistía, de olvido, o de impunidad, significará convivir con criminales. Con esta mafia, con el poder de la fuerza, ¿qué será del país?”.
El indulto menemista: Con la llegada de Carlos Saúl Menem a la presidencia de la Nación, se conformó una alianza político-teológica con el entonces arzobispo de La Plata y luego Cardenal Primado Antonio Quarracino. Compartían miradas y declaraciones en cuanto al ser nacional, las sectas y en contra de la social-democracia.
Pero el tema del indulto transformará a Quarracino en un verdadero cruzado. “Si Menem ha dicho que no descarta el dictado de una amnistía o de un indulto para cerrar definitivamente el tema y encarar todos juntos la superación de la crisis socio-económica, lo apruebo totalmente”.
Pero no se quedaba en palabras, ya que asiduamente visitaba a los militares presos porque “son cristianos que están sufriendo”.
Nuevamente se alzaron en contra las voces de De Nevares y Hesayne, junto, en este tema y con matices, a Casaretto y Laguna.
Claramente, dos iglesias. La conservadora, sacerdotal y defensora del status quo injusto y pro militar, y la profética y popular, que buscó construir una sociedad nueva a partir del pilar insustituible de la justicia.
Parte 3: La institución Iglesia frente a los juicios de lesa humanidad
La derogación de las leyes de Obediencia debida y Punto final del 21 de agosto del 2003 que posibilitaron la reapertura de los juicios por crímenes de lesa humanidad, y el pedido de perdón por parte del Estado argentino que hizo Néstor Kirchner el 24 de marzo del 2004 en la ESMA, abrió un nuevo capítulo en este tema que se inscribió en el marco de las políticas de Memoria, Verdad y Justicia que, con avances y retrocesos, continúa hasta hoy.
¿Qué papel jugó y juega actualmente la institución iglesia católica?
En el año 2003 fue detenido el sacerdote Christian Von Wernich, por su participación en delitos de lesa humanidad, mientras era Capellán de la policía de la Provincia de Buenos Aires, bajo la dirección de Ramón Camps. El 9 de octubre del 2007 fue condenado, por estos crímenes, a reclusión perpetua. Esto dejó bien en claro, no sólo la complicidad de la institución eclesiástica, sino también el papel que jugaron muchos capellanes del 76 al 83.
Muchas y muchos investigaron el papel de la cúpula del catolicismo en esos años y comenzó, por parte de instituciones religiosas y fieles comprometidos con el Evangelio, el reclamo a la jerarquía de que pidieran perdón en forma pública por su actuación en ese tiempo.
Nunca hubo un pedido de perdón contundente y definitivo. Todos los intentos de hacerlo terminaron en algo lavado, mediocre. Con más de defensa corporativa que de mirada sencilla y fiel al pueblo y al Evangelio de Jesús.
Pero quien se erigió en todo este tiempo como heraldo y defensor de los genocidas fue el entonces arzobispo de La Plata (hoy emérito) Héctor Aguer, quien no sólo defendió el famoso 2×1 que quiso dejar militares en libertad, sino también calificó a los juicios como “venganza y no justicia”.
Aguer fue y es la expresión de la iglesia medieval, en donde el poder religioso no solamente está por encima del poder político, sino que tiene la pretensión de querer controlarlo todo.
Contrapuesto a esto, la figura de Marcelo Colombo, hoy presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, quien en esos años acompañó el juicio por el asesinato del obispo Angelelli, Wenceslao Pedernera, Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville, y también impulsó la causa de beatificación de los mismos.
Decía Aguer en el 2017: “No hay futuro para la sociedad argentina sin perdón recíproco, sin olvido, que es lo contrario de la venganza camuflada como memoria”. Y sostenía cierta “simetría” en los enfrentamientos entre los agrupamientos subversivos y las Fuerzas Armadas, resucitando la teoría de los dos demonios.
Decía Colombo en el 2025, rescatando a los obispos De Nevares, Hesayne y Novak: “han sido figuras que, en cuanto Iglesia, interpelaron desde el lugar de construcción de espacios de pedagogía de la defensa de los derechos humanos y de lo que significaba poner el cuerpo por los derechos humanos”. También marca permanentemente el papel de los organismos en la construcción de la memoria.
Pero quien marcó un camino fue el Papa Francisco, antes Cardenal Bergoglio, quien no sólo abrió los archivos vaticanos sobre la dictadura en Argentina, sino que también realizó gestos
muy significativos recibiendo a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, destacando el rol que jugaron en esos años y animándolas a seguir su lucha.
Hoy, el episcopado argentino en su gran mayoría, ha crecido en conciencia y compromiso sobre este tema en los últimos años. Sigue habiendo personajes, como el obispo castrense Olivera, que buscan y reclaman impunidad para los genocidas.
Es la lucha incesante e histórica entre dos proyectos: el de dominación y el de liberación, entre el sacerdotal y el profético. Hoy más que nunca, la iglesia argentina debe, haciendo memoria de los 50 años del golpe genocida, pedir perdón de cara a la sociedad y comprometerse, como viene haciendo últimamente, en la construcción de memoria, verdad y justicia.
(*) Coordinador del Colectivo de Teología de la Liberación “Pichi Meisegeier”
Bibliografía:
Dri, Rubén, Teología y Dominación
La Hegemonía de los Cruzados Lede y Bilbao, Profeta del Genocidio
Dri, Rubén La Hegemonía de los cruzados Proceso a la Iglesia Argentina































