Edición Impresa|15 Septiembre, 2012

Bruno Arias: los ojos puneños

El músico popular sacó este año “Kolla en la ciudad”, un trabajo que lo ubica como uno de los referentes de la nueva escena del folklore. Recién llegado de Corea del Sur, habló con La Pulseada de la necesidad de ser y sonar auténtico.

 Por Facundo Arroyo
Fotos: Nacho Babino

De changuito nomás vivió una escena fuerte: mientras jugaba con sus amigos al básquet, un hombre de barba y largas uñas sentó a los dos equipos en ronda. En la mitad de la cancha, en silencio, tuvo su primera experiencia con un artista y, a tan sólo centímetros de su cosmos, pudo escuchar zambas en vivo.

Bruno Arias vive en la Capital pero nació en El Carmen, Jujuy. Sus tres discos reflejan el camino que ha ido transitando, desde “Changuito volador” (2005), pasando por “Atierrizaje” (2007), hasta llegar a “Kolla en la ciudad” (2012), que marca su presente.

Su referencia musical troncal lo relaciona con su región natal, ya sea a través de composiciones propias o de otros autores populares que ha decidido reivindicar. De esta forma, su repertorio va desde Cafrune y el Cuchi Leguizamón, hasta Sergio Castro y Néstor Gea. Recurriendo a huaynos, carnavalitos, chacareras, zambas y bailecitos enfrenta cotidianamente los escenarios más importantes del país -Cosquín, Jesús María, ND Ateneo,La Trastienda-y se presenta también en lugares impensados del exterior, como China o Corea del Sur.

Justamente hace pocas semanas participó de una exposición desarrollada en Yeosu, una ciudad que queda a una hora de avión de Seúl, la capital de Corea del Sur. “Pensé que Shangai, en China, era lo más lejos que iba a llegar”, dice riéndose mientras revuelve un jugo de naranja con poco hielo. Y a medida que cuenta sus experiencias artísticas en otras partes del mundo, se refiere particularmente al mensaje: “Por más que no entienda el idioma, la música, cuando es verdadera, le llega a la gente. No hay que caretear: si tocás lo que vos sentís, lo que sos, la gente lo percibe. Cuando armás algo for export apenas pensado para la ocasión, el público lo nota. Tenés que tocar en serio. Pasa lo mismo cuando alguien de afuera viene acá”.

Con ritmo pausado, Bruno vuelve sobre la situación y agrega: “Mi idea cuando toco en esos lugares es no subestimar al público, estar menos pendiente de las grandes estructuras y transmitir lo que uno verdaderamente es desde su auténtico lugar. En ese contexto eran muy importantes el charango y los vientos, llamaban mucho la atención”.

Quebrada del sol y de la luna

Además de intentar que su música reivindique a su tierra y a Latinoamérica, el músico jujeño ha venido acompañando diversas luchas sociales. Se ha manifestado en contra de la megaminería a cielo abierto, ha denunciado las injusticias cometidas contra los Pueblos Originarios y también los asesinatos que silencian los grandes medios de comunicación que son cómplices de las clases dirigentes. “Mi compromiso tiene mucho que ver con el andar, con que la gente te compromete -te siente parte- y espera cosas de vos como artista. Cuando llevás una bandera en la voz y empezás a comprender el poder que puede tener un micrófono, te vas forjando, te vas nutriendo y también te vas parando en el escenario desde otro lado. Eso te lleva a comprometerte cada vez más con las luchas y tiene que ver con la sensibilidad de cada artista. Hay que hacerlo desde un lugar verdadero y no porque sea políticamente correcto. No porque justamente ahora estén saliendo a la luz algunas luchas sino más bien porque uno sabe que hay muchas injusticias acalladas. Por más que uno no haga canciones de protestas, puede acompañar con otras canciones a su gente y a su pueblo”.

Gracias al reconocimiento de otros músicos y a la mayor llegada que viene teniendo desde 2004, año en el que se presentó por primera vez en Cosquín, ahora Bruno también tiene posibilidades de aparecer en televisión. Y Arias, sonrisa cómplice mediante, no deja de pensar en algunos detalles: hablar de megaminería y de Pueblos Originarios en el programa “6-7-8”, que se emite porla Televisión Pública, con la remera dela Asamblea Permanentede El Algarrobo. O presentarse en “Sin estribos”, el ciclo que se difunde por la señal de T.N., con una camiseta que dice “Juicio y Castigo”. A lo que se puede sumar un ejemplo local: para tocar en el Festival Internacional de Folklore Buenos Aires (FIFBA) eligió ponerse una remera que reclamaba la expropiación definitiva del Centro Cultural Olga Vázquez y plantó sobre el parlante de retorno del sonido una bandera que pedía un nuevo edificio parala Escuelade Danzas Tradicionales.

“Uno debe seguir haciendo lo que siente y no traicionarse a sí mismo. Y después tiene que darle igual tocar en ‘TN’ o en ‘6-7-8’, porque mi música va a ser siempre la misma. Mientras pueda ir ganando esos espacios los voy a ocupar, eso no lo dudo. Es muy importante estar en esos programas porque seguramente me van a permitir llegar a mucha gente que no me conoce. Si uno está seguro de lo que hace no debe dudar ante estas invitaciones. Yo voy a todos lados: a una radio que tiene diez oyentes y a ‘TN’. No podemos quejarnos de la falta de espacios si no somos capaces de ocuparlos ni de hacer nada para que eso cambie”, concluye.

Un yuyo en el asfalto

-¿Cómo orientás la búsqueda musical y compositiva que se refleja en tus discos?

-Escucho a todos, música de todo el mundo. Justo ahora estaba escuchando el disco de una banda vietnamita que me traje de Corea. Me gusta tener un repertorio diverso, que pueda tocar en festivales. Porque a veces uno tiene que mediar y entrar también en el sistema para, sin defraudar su música, poder vivir de lo que hace. Hablo en el sentido de tocar temas que son como “más arriba”, más contagiosos, en ciertos shows. Hace un tiempo nombré, en algunas notas, a artistas como Liliana Herrero, por el tipo de repertorio que elige: Falú, Leguizamón, Castilla, Ortiz… Se trata de música que uno también tiene incorporada, que la ha vivido y también tiene ganas de difundirla, porque son parte de la música popular y porque hoy no se los está tocando mucho. Son canciones que quedan para siempre y por más que durante algunas generaciones no se las escuche, la rueda puede hacerlas volver a aparecer. Eso pasa mucho con el tango también. Pero que quede claro: la música es una sola y yo trato de construir más que de criticar. Así que escucho a todos.

-¿De a poco tus propias canciones van teniendo más lugar en tus discos?

-Cada vez compongo más. Pero si uno quiere transmitir algo que ya ha escrito otro, ¿por qué no tocar esa canción, si tiene lo que hay que tener para sensibilizar realmente? Creo que a veces es egoísta dedicarte sólo a grabar tus propias obras. Por eso en mis discos no meto tantos temas míos. Quizás en el último haya algunos más. Pero siempre ando musicalizando también poemas de otra gente. Quizás el hecho de que no haya tantos nuevos cantautores capaces de reflejar lo que siento me haya llevado últimamente a componer más seguido.

Los pómulos marcados y los ojos rasgados de Bruno ayudan a definir su aspecto de chango de pelo largo y ojos achinados. Por eso no hace más que rescatar su propia esencia cuando, en “Kolla…”, más que cantar, grita: “Y mis ojos puneños tan indios que no entienden, cada 12 de octubre qué festeja la gente”.

-Tu último disco suena más potente, se asemeja más al vivo…

-El concepto fue que la banda tenía que tener más potencia, más presencia, un poco del condimento de lo que somos en vivo y de la energía que se genera. De modo que se diferencie un poco de los primeros dos discos, que eran más tranqui. Sobre todo con la voz: la forma de interpretar, en “Kolla…”, quizás sea más desprolija -no tan cuidada y afinada como en las primeras experiencias-. Se trató de que salga más natural: si estaba ronca, que saliera ronca y si tenía alguna escalada, dejarla también. Tiene que ver con los estados de ánimo. Las grabaciones quedan para siempre, entonces está bueno pensar bien cómo lo vas a hacer. Como artista uno quiere que sus discos queden lo mejor posible, pero siempre habrá algo para cambiar. Yo, particularmente, nunca me quedo conforme.

-¿Era inevitable que una canción como “Kolla en la ciudad” forme parte de este trabajo y vaya tomando cada vez mayor importancia?

-Son temas que reflejan problemáticas con más de cincuenta años y que siguen siendo actuales en este tiempo. También son obras que tienen algo que atraviesa las generaciones y las hace permanecer vigentes, como los temas de Violeta Parra o Víctor Jara. Al seleccionar el repertorio siempre tratamos de elegir obras que dejen un mensaje y que sean capaces de atravesar el tiempo. En nuestro caso, sabíamos que ese tema en algún momento se iba a difundir e iba a llegar a la gente. Uno se da cuenta, cuando las canta, que hay canciones que logran emocionar a la gente y que son recibidas de una forma más directa.

-No grababas desde 2007 pero, antes de “Kolla…”, participaste del proyecto “El Bondi Cultural”, que finalmente quedó plasmado en un disco…

-Sí, se hicieron dos mil discos, que ya se agotaron. Fue un placer poder grabar un disco totalmente independiente: yo mismo lo produje y lo banqué. Estuvo bueno poder romper con las estructuras económicas y decir que siendo músico también puedo producir y tirar una onda. Sin sellos ni productoras, a fuerza de garganta nomás. A todos los chicos los conozco desde hace más de diez años (entre ellos aparecen Hernán Bolletta, Javier Caminos, Luciano Cañete, Che Joven, Federico Pecchia y Pucho Ruiz). Ahora voy a armar un “Bondi Cultural II”, un disco doble con diez cantores y diez cantoras. Vamos a tratar de que sean todos cantautores y de que haya temas nuevos. Y que los que no escriben, canten a los poetas y a los compositores de sus propios lugares.
En pleno barrio de Palermo hay una wiphala colgada de una ventana. Debajo de esa bandera de las naciones originarias, Bruno Arias, charango en mano y dirigiéndose hacia las vías, asegura que en Jujuy es muy difícil estar al margen de la música. Que por más que uno se dedique a otra cosa, el carnavalito siempre suena en los boliches, en las puertas de las iglesias, en los clubes. Que por más que uno no tenga una guitarra en su casa, el redoblante siempre está agitando en las marchas. “Siempre hay una quena sonando, algún bagualero que pasa. Un día voy a regresar para hacer un video del camino que hacía en bici para poder irme a bañar a los pozos”, cierra. Y desde atrás se lo ve, mientras se aproxima un tren naranja, como un verdadero Kolla plantado en la ciudad.

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