Edición Impresa|19 Marzo, 2012

Hernán Ronsino: literatura con antecedentes

Foto Pocha Silva

La Pulseada dialogó con un joven novelista argentino que la última Feria Internacional del Libro de Guadalajara ubicó entre los 25 más interesantes de América Latina. Ronsino centra sus historias en el interior bonaerense. En distintos espacios del pueblo —el bar, el cine, el tren, la fábrica— donde anidan la crueldad y la hipocresía. Su escritura propone una mirada original sin negar influencias.

Por Juan Manuel Bellini

La segunda novela de Hernán Ronsino, Glaxo, comienza con un fragmento de Operación masacre, de Rodolfo Walsh, obra fundante del género de la no ficción que adquirirá un sentido revelador en la trama. Y enseguida se abre el juego a una diversidad de voces que narran una historia en clave pueblerina. Una historia de equívocos, traiciones, muertes y tragedias que transcurre durante cuatro décadas clave del país, de los ’50 a los ’80, con los bares, el cine, el tren y los cañaverales como algunos de los escenarios donde se desarrolla.

En ese trabajo de Ronsino, un escritor nacido en 1975 en Chivilcoy, donde siempre centra sus ficciones, también está muy presente la fábrica de medicamentos que da título a la novela; sobre todo, el barrio que la rodea. Ahora, mientras termina su tercera novela, el autor afirma: “Tengo la necesidad de salir de este territorio, aunque lo digo ahora y por ahí vuelvo. Me siento cercano al territorio de la provincia de Buenos Aires, a sus pueblos”.

Pero tan lejos de pintoresquismos localistas como de la falta de tradición de los posmodernos, Ronsino ha creado una literatura personal que no reniega de sus antecedentes y gana aceptación.

La última Feria Internacional del Libro de Guadalajara lo ubicó entre los 25 escritores más interesantes de América Latina. Su primera novela, La descomposición (Interzona, 2007), fue reseñada como la de alguien “del que seguramente escucharemos hablar”. Y la siguiente, Glaxo (Eterna Cadencia, 2009, traducida al francés y pronta a aparecer en alemán), comenzó a corroborar ese pronóstico. Juntas, son motivo suficiente para sumergirse en la mejor literatura argentina de los últimos años.

—En los epígrafes de tus libros aparecen Miguel Briante, Haroldo Conti, Juan Carlos Onetti, autores cuyas historias suelen ocurrir en pueblos y con personajes que reaparecen. ¿Por qué esa decisión?

—Esos autores son marcas, son antecedentes. Sumaría también a Manuel Puig; me parece muy interesante lo que hizo Puig en sus dos primeras novelas. En cuanto a Briante, pese a que la editorial Sudamericana reeditó su obra, sigue siendo un autor muy marginal y poco leído; me moviliza mucho su literatura. Ricardo Piglia también fue muy importante para mi formación; gracias a él conocí a (el escritor polaco) Witold Gombrowicz. Para mí es un maestro en ese sentido, porque llegás a través de sus lecturas a escritores que antes no conocías.

—¿Con los epígrafes querés señalar que formás parte de una tradición?

—Es como un diálogo, querer resaltar que hay una comunicación, porque me interesa recuperar y repensar una tradición para posicionarte en un lugar. Muchos autores de mi generación hacen el esfuerzo por cortar todo tipo de contacto, como que a partir de ese corte se funda la literatura. Hay un desprecio por todo lo que viene atrás. También lo hacen determinados medios o editoriales, donde pareciera que lo más importante es ser joven, tener entre 20 y 40 años. Hay autores que quedan afuera de ese centro de interés y son muy buenos también.

—Otro escritor con una presencia fuerte en tu segunda novela es Rodolfo Walsh. ¿Qué opinás de su literatura?

El Walsh cuentista ha quedado un poco corrido de lugar, a la sombra del Walsh investigador y militante. Es un gran escritor, de zonas, de pueblos; los cuentos de los irlandeses, por ejemplo. “Un oscuro día de justicia” es un cuento maravilloso, es el del tío que va a pelear con el celador. El momento de la espera es genial.

—¿Cómo ves la relación literatura y política?

—No la pienso en los términos en que la pensaba Walsh en los setenta. La pienso más desde la forma de Juan José Saer, desde un lugar de compromiso estético con la obra, de un trabajo artesanal con la escritura; en ese compromiso hay una decisión política. El espacio es importante, tiene una connotación política también, más para uno que no es de Buenos Aires. Cuando daba talleres literarios en Chivilcoy había gente que vivía en el pueblo toda la vida y las historias que escribían sucedían siempre en Buenos Aires… Les costaba mucho conectar que la historia sucediera en el lugar donde ellos vivían.

—¿Y cuál es la literatura que no te interesa?

—La más posmoderna. Para darte un nombre: César Aira. Aunque más que un nombre es un epígono, una marca que dejó autores que continúan ese camino. Hay que estudiar qué significa la obra de Aira; muchas de sus novelas son un ejemplo de la literatura que desarma las dos cosas que a mí más me interesan: el trabajo con el lenguaje y con la historia. Aira es muy complejo, tiene cosas que pueden ser interesantes, no quiero construir una imagen completamente cerrada. Hay que descifrar lo que significa para la literatura; además hay una superproducción de sus libros y una intencionalidad de hacer eso. No lo quiero desmerecer pero no está cercano a lo que a mí me interesa.

En ese trabajo con el lenguaje y con la historia, la literatura de Ronsino se interna con sutileza en las profundidades de los “infiernos grandes” sin caer en tonos explícitos, y así va llevando al lector al clima deseado. Un ejemplo de esto es el comentario que hace uno de los personajes de Glaxo: “Me gustan esas películas en las que los tipos que van a ser fusilados no muestran ni un pequeño gesto de temor, están plantados frente al pelotón, valientes, y en cambio son los verdugos, los tibios que apuntan y que tratan de esquivar la mirada del que espera”, dice.

Esa declaración, que puede ser determinante en la trama, se va mezclando con la cotidianeidad de esos pueblos donde, para los habitantes de las ciudades grandes, aparentemente nunca pasa nada.

—¿Cómo nació Glaxo? ¿Qué historia hay detrás de esa novela?

—Yo trabajaba en una librería cerca de La Boca y me encontré con una zona que me resultaba familiar, que me atrajo: una zona periférica de Buenos Aires que se parecía al barrio en que me crié en Chivilcoy. Una tarde vi en una esquina a un chiquito comprando en un kiosco improvisado, de ésos que se hacen en los garajes de las casas, y tuve una necesidad fuerte de escribir algo relacionado con el calor. La sensación estaba ligada a un barrio, escribir una historia que sucediera alrededor de la fábrica, de la Glaxo, y se iba a llamar Preludio a una tormenta de verano. Un título espantoso. Después fue tomando forma, empecé a trabajar con la percepción que tenía y fue apareciendo la idea de las voces, con cuatro personajes, y luego la idea de una relación con la historia de Operación Masacre.

—Glaxo está construida por diversas voces. ¿Te basaste en algún antecedente?

—Me impactaron mucho algunas novelas que también lo hacen: Mientras agonizo, de William Faulkner; Kincón, de Miguel Briante, o Saer en Cicatrices. Tenía una necesidad de trabajar con voces más bien secas, sin un lenguaje florido; apuntar a la sequedad.

—¿Y con respecto a tu primera novela, La descomposición?

—Hay una marca fuerte de Saer en las frases, aparte de que aparezcan el asado y la amistad. Tiene como temática trabajar la muerte, es el gran eje del libro. Fue mi primera escritura de una novela y fue aprender un camino que nunca había transitado. Cuando te metés en una novela es un túnel nuevo pero ya te resuenan ecos, aprendés ciertas cosas que te van acompañando a la hora de resolver los problemas que estallan todo el tiempo, porque aparecen problemas que te pueden llegar a paralizar pero tenés que resolver.

—¿Tu próxima novela en qué se diferencia de las anteriores?

—Tiene una escritura distinta y reaparecen algunos personajes. Está narrada por un personaje que vuelve de Buenos Aires a Chivilcoy luego de mucho tiempo. La estructura de la novela y la mirada del narrador también son muy distintas.

—¿Cómo es tu relación con Chivilcoy? ¿Llega tu literatura allá, es bien recibida?

—Tengo una comunicación muy fluida con la ciudad, los libros circularon. Hicimos una presentación grande, fue mucha gente del barrio, de la fábrica Glaxo, hubo una movilización muy linda. Algunos vecinos del barrio le decían a mi viejo: “¡Pero éstos (por los personajes de la novela) no viven ahí!”. Eso es algo que me interesa siempre: que se confunda el concepto de ficción con la realidad. Les cuesta imaginar que un libro hable en clave de ficción sobre ese lugar en que ellos viven.

—Tus dos novelas salieron publicadas en editoriales independientes. ¿Por qué?

—Porque son espacios muy interesantes para empezar a publicar. Yo estoy agradecido de haber aparecido en esos lugares. Son editoriales que apuestan a la literatura y al autor, cuidan al libro, te dan lugar, y es a largo plazo. Hay un cuidado desde la calidad del libro y también desde el acompañamiento de prensa. Eso tanto para un autor que recién aparece como para uno ya instalado en el mercado tiene un sentido. Las grandes editoriales no hacen ese trabajo de protección del libro y del autor; te sacan una novedad que en un mes tapa tu libro.

The Chivilcoy Affaire

Durante la entrevista con Hernán Ronsino surgieron los nombres de diversos autores vinculados a ciudades de la provincia de Buenos Aires: Manuel Puig y General Villegas; Haroldo Conti y Chacabuco; Miguel Briante y General Belgrano son algunos de ellos. Se podría sumar también a Ricardo Piglia, a quien no se suele vincular a una ciudad pese a que pasó su adolescencia y juventud entre Mar del Plata y La Plata.

Una característica de la buena literatura es hacer universal los problemas de un lugar sin perder en identidad. Por ejemplo, la hipocresía pueblerina que mostraba Boquitas pintadas, de Puig, trascendía las fronteras de su ciudad de origen. Allí mismo, en 2010, el abuso sexual de tres mayores a una chica menor de edad —con la complicidad de gran parte de la población local— ocupó horarios centrales en noticieros y espacios ricos en las tapas de los principales diarios nacionales, pero no se señaló que Puig en sus ficciones había trabajado con ese material desde la década de los sesenta.

Al internarse en las tres novelas de Ronsino, Chivilcoy también será un lugar de identificación, con personajes, espacios y suspenso necesarios para saber que algo se incuba entre máscaras de carnaval, westerns de Hollywood, asados de amigos, charlas de bares y comentarios de vecinos, que pueden ser testigos o protagonistas pero no dudarán en juzgar y callar.

 

Etiquetas:

2 Comentarios

  • Hola Hernán, he tenido el gusto de conocerte esta tarde en la Feria, quise saber algo más sobre tu obra y encontré este reportaje, todo me parece muy interesante, amo la literatura, hago taller desde hace varios años, y espero algún día poder publicar.Gracias

  • Cuanto me gustaría conocer a HERNÁN rONCINO. sOY DE cHIVILCOY Y MI VIDA ESTA MUY ASOCIADA AL ARTE. Mi padre fue José Speranza, pintor. Felicitaciones y …por ahí conozco a alguien de tu familia. Gracias,

Dejar una respuesta