Edición Impresa|agosto 2011, 18

Voces olvidadas: las lenguas y las canciones de cuna de la inmigración

Ilustración: Ana Inés Castelli

Bailes, comidas y algunos rostros típicos son las huellas más evidentes de la inmigración en Berisso. Pero un libro de reciente publicación bucea en una arista menos conocida: las lenguas y canciones de cuna que atesoran los italianos, polacos, españoles, portugueses, armenios, eslovacos y otros representantes de colectividades que pueblan la capital provincial del inmigrante. Las nanas -mucho más que música y rima- sobrevivieron y son una excusa para pensar en la diversidad cultural y los cambios de hábitos. La Pulseada dialogó con los autores de un libro para seguir arrullando.

Por Julieta Sahade

−¿Qué recuerdos tienen de canciones de cuna?

Marcelo Passoni (nieto de portugueses e italianos): -Recuerdo juegos de manos. Es como una especie de canción medio hablada, medio cantada, que es “Misino gato… que camina por el brazo”.

Cecilia Bignasco (nieta de españoles): -Tengo recuerdos de un tío, hermano de mi abuelo paterno, que escondido durante una de las tantas huelgas de YPF, nos hacía un juego de mano: “unita, trescita”, y pasaba por cada uno de los dedos de la mano con una rima distinta.

Ángela Gentile (nieta de italianos y españoles): -Mi abuela sí me cantaba: “La mama no compra piu, una bambita pie bella di te, que dormi dormi dormi”.

Cecilia: -¿Y te acordás de la música?

Ángela: -Sí, todo, pero no te la voy a cantar acá.

Cecilia: -Nunca me dijiste eso, ¡mirá!

Ángela: -Y sí, la conozco. Me la cantaba mi abuela y yo se la transmití a mi nieta.

Tal vez surgió un poco así, de recuerdos desordenados de infancias en Berisso, de familias de italianos, españoles y portugueses, la idea de trabajar con las canciones de cuna de los inmigrantes. Pero también fue central la tarea que Ángela y Cecilia realizan como directoras del Programa de Promoción de Lectura Literaria “Biblios 03”. Desde allí llevan adelante distintos proyectos de historia oral que se difunden en una radio berissense y se publican también en formato CD (ver recuadro). El libro de lenguas y canciones de cuna nació de ese programa.

“Lo perdido, lo oculto es nuestro objetivo. Hay en nosotros una memoria que no proviene solamente del pasado. Ella nos indica el camino: poner orden en lo invisible. Las herramientas, los elementos de trabajo, igual que la pala y la zapa, están en este lado”. Así comienza el prólogo de Antonio Dal Masetto. Voces olvidadas. Las lenguas y las canciones de cuna de la inmigración se presentó en abril de este año en el Centro de Estudiantes y Egresados de Berisso. La intendencia de ese distrito, donde se pueden conseguir ejemplares, lo declaró de interés municipal y se hizo cargo de su edición. El libro también cuenta con el patrocinio de la UNESCO y de la Comisión Nacional Argentina de Cooperación con la UNESCO.

A partir de entrevistas realizadas a descendientes e inmigrantes en Berisso, y de una investigación sobre el origen de las lenguas, el libro cuenta la historia de 19 lenguas y recopila 20 nanas con sus fonéticas de origen y una interpretación en castellano. Pero además, viene con un CD donde se pueden escuchar esas canciones interpretadas por abuelas, bisabuelas, un abuelo, madres e hijas.

No es un cancionero, explica Marcelo Passoni: “Creo que si bien las canciones de cuna no son una excusa, tal vez lo sean. Vos tocás determinada cuestión y aparece otra. Sobre todo con la canción de cuna, que en realidad es bastante importante para la historia subjetiva, más allá de su valor musical. La idea que está detrás es indagar y reconstruir la identidad desde lo cotidiano”.

La excusa

La canción de cuna, analiza el libro, “es el único tipo de canción perteneciente al cancionero infantil que canta un adulto, la madre, y que está dirigida a un niño. El resto de las canciones infantiles (…) están creadas para que sea el propio niño quien las cante”. Así, el rescate de las lenguas y las canciones de cuna de los inmigrantes de Berisso permite pensar la relación entre identidad y cultura.

El objetivo de los autores es preservar, rescatar historias y procesos olvidados o silenciados, pero no para elaborar un estudio técnico, histórico o lingüístico, sino para devolverlo a la comunidad. Ángela cuenta que muchos descendientes no saben de dónde vienen y tampoco saben de sus lenguas. El libro puede acercar esa información y abrir dudas para seguir indagando. “La idea no fue recopilar −explica Cecilia− sino tomar a las canciones de cuna como la primera marca identitaria de la lengua, la poesía y la rima, y justamente pensarlo como un rescate. Por eso las mujeres cantan desde donde pueden y desde sus memorias”.

Por otro lado, es interesante pensar la actualidad que tienen las canciones de cuna. “Seguir cantando, tener el hábito de cantar en la lengua que sea, es importantísimo. Es el primer acercamiento a la poesía, a la rima, a esas edades”, dice Cecilia.

-¿Cómo fue el proceso de investigación?

Cecilia: -Primero había que tener un mapa de las lenguas que todavía se hablan y que se conservan más allá de las colectividades institucionalizadas. A partir de allí, fuimos buscando testimonios. Algunas colectividades nos derivaron con alguna persona; otras fueron más receptivas; otras no sabían cómo darnos una mano y pensaban “pucha, cómo se nos escapó esto”. Pero bueno, fue un trabajo sin mucho método, como decimos nosotros. Se dio por conocer bastante a la ciudad y a la gente. Y a partir del trabajo de tantos años que venimos realizando con la radio FM Difusión, en el que uno mantiene conexiones.

-¿Cómo fueron contactándose con los entrevistados?

Cecilia: -De maneras diversas. Por ejemplo, teníamos la información de que la albanesa (Matixhe Beollari, 63 años y seis de residencia en Berisso) hacía poco tiempo que estaba acá. Fuimos a verla y el hijo hizo de interlocutor. Pero cuando le llevé el libro y la invitación, la señora no entendía; creo que todavía no entiende lo que es estar en la ciudad. Yo buscaba siempre la posibilidad de alguna referencia, que uno siempre tiene en la ciudad ya sea por el trabajo en las escuelas, o en la radio. También hicimos contactos a través de los coros. Por ejemplo la sociedad italiana a través de un profesor de coro me dijo “andá a verla a… que ahora está en Italia, pero que vuelve en unos días”. Fue cuestión de ir buscando caminos.

Es fácil imaginar que esos encuentros fueron ricos en historias, expectativas, anécdotas.

Tal vez mediados por algún té, o café, o mate, ¿distintas tortas, o galletas? En esos encuentros se escucharon historias de llegadas, de lugares de origen, de distintas geografías, de familiares que ya no están. Y en muchos casos, después de un rato, recordaban que también tenían que hablar de sus canciones de cuna.

Tania Tarasenko es ucraniana y tiene 86 años. Cecilia recuerda: “Nos contó que trabajaba en una panadería con quien fue su primer esposo; que les pagaban con pancitos: dos panes diarios. Y el marido un día reúne a todos sus compañeros de trabajo −porque hasta me dijo que era como en un subsuelo, había toda una pesadumbre− y les dice: ‘Ésta es la mujer que yo amo, con ella yo me quiero casar delante de ustedes. Ustedes son testigos de este casamiento’. Casamiento así, sui generis”.

−¿Querían ser grabados?

Cecilia: -No les molestó… Al principio decían “yo tengo la voz fea, soy vieja”. No importa. Y algunas se asombraban. La albanesa, cuando volví con el libro, estaba como maravillada… Y algunos se emocionaron, sin saber qué pasaba en el libro.

Ángela: -Las mujeres armenias no querían cantar. Y la canción armenia que aparece en el libro es la única cantada por un hombre (Esteban Dekermeylian). Es una canción sobre la primavera, porque él dijo que si las mujeres no cantaban las canciones de cuna él no las iba a cantar. Los turcos les cortaban la lengua si hablaban en armenio. Y les quedó tanto eso que nos ofrecían cantar en turco.

−Y esto de que en el libro predominan ampliamente las mujeres, ¿fue realidad o casualidad? Porque si bien en general las canciones de cuna son cantadas por mujeres, la transmisión iba más allá de una cuestión de género.

Marcelo: -Está un poco codificado culturalmente lo que tiene que hacer un hombre y lo que tiene que hacer una mujer; los hombres no transmitían las canciones de cuna. Entonces si bien es lógico que haya un recuerdo, también es entendible que no quieran cantarlas. Es una tarea que culturalmente fue puesta del lado de la mujer. Incluso hoy nos cuesta entender que en realidad cuando uno habla de “función materna”, habla de una función. Los hombres pueden cambiar pañales… pero el tema de la relación madre hijo es una cosa como central que hace a la madre. Quizás tenga que ver con eso, tal vez haya que esperar unos años para ver qué pasa con eso.

¿Qué particularidades o similitudes encontraron entre las canciones?

Cecilia: -En cuanto a lo rítmico varias tienen patrones similares. La albanesa, la árabe… eso del acunamiento. Después muchas hablan de la primavera y del ciclo vital: viene la primavera, se va el frío. La eslovaca dice de una fuentecita con agua que se va derritiendo. Después muchas hacen referencia a la cocina y a la abuela que cocina. En la eslovaca y la italiana aparece el niño Jesús que se duerme. Otras prometen comer algo rico o tomar algo rico si los chicos se duermen.

Ángela: -La portuguesa dice que si no se duerme va a venir un pájaro.

Cecilia: -En realidad no es un pájaro, es como un ente, un cuco que viene a buscar un niño.

Marcelo: -Es muy importante eso del temor porque está mediado por la madre, y no es cualquier temor. Al estar mediado desde el lenguaje, es el temor desde otro lugar. Algunos teóricos dirían que está predigerido por la madre, con lo cual impacta de una manera totalmente diferente. Le muestra el cuco, pero a la vez está mediando. Le da la posibilidad de que se duerma tranquilo.

−¿Y esto del título de libro, ¿en qué medida estas canciones están olvidadas?

Cecilia: -La lituana (Ana Semenas, hija de lituanos) nos decía: “Yo les cantaba esto a mis hijos y a mis nietos”. Hay una cuestión de continuidad. La canción argentina, por darle alguna denominación, fue transmitida en castellano durante cuatro generaciones pero su contenido es de un cuento europeo. La armenia no es una canción de cuna; hay muchas que no son canciones de cuna específicamente, pero recordaban que su mamá las cantaba.

Ángela: -La italiana (Rosa Bruno, 80 años, nacida en Roma) nos cantó una canción de Navidad que se sigue cantando.

Marcelo: -Yo le di el libro a mi prima que vive en España y está casada con un español. Él dice que la canción de los tres cochinillos es la que a él le cantaban de niño y que hoy les canta a sus hijos. Pero me contaba que en vez de “calentitos” él la conoce con “callientitos”; y en vez de “piyamas”, “pijamas”.

Berisso era Babel

Los tres autores del libro son de Berisso. Por eso la charla, más allá de las canciones de cuna y del libro, ancló en fragmentos de esas historias personales y memorias del lugar.

Ángela desciende de italianos y españoles. “Siempre me llamó la atención subir a un micro y escuchar hablar en varias lenguas, sin interpretar lo que decían −cuenta−. Por eso siempre digo que Berisso era Babel porque yo fui chica y siempre me quedó grabado eso. Como soy nieta de inmigrantes me ha pegado muy fuerte y Berisso era eso. Era la colmena donde escuchabas saludar en un idioma que no entendías pero sabías que te estaban saludando”.

Los abuelos de Cecilia eran españoles y ella explica que comenzó a valorizar la riqueza cultural de Berisso cuando con la familia encararon el proyecto de FM Difusión. Ese lugar se convirtió en un espacio privilegiado para conocer, escuchar, descubrir y contactarse. Marcelo acuerda con Cecilia. Él también comenzó a “visualizar” esa riqueza a partir de su trabajo como docente y subdirector de la escuela de Música. “Al tener más contacto con los chicos y con los padres tomás una dimensión totalmente diferente; empezás a conocer a las familias y ahí es cómo que ya te metés más”, analiza.

Pero hablar de diversidad y de recuerdos de infancia termina por llevarlos a otra ineludible referencia para pensar el pasado y el presente en Berisso: los frigoríficos. Para Cecilia, “el frigorífico era el lugar de encuentro. Ucranianos, italianos, polacos. Mi abuelo trabajó en el frigorífico y contaba de las condiciones de los trabajadores, de cómo de acuerdo al origen del trabajador era la sección que le tocaba. Generalmente, la gente que venía de la Europa del Este trabajaba en las cámaras frías, con los problemas de salud que les generaba. Se morían a los 50 años… o las mujeres… mi abuela contaba que las mujeres se orinaban paradas trabajando −cuenta−. Nosotros tenemos ese recuerdo idealizado de Berisso, pero la gente trabajaba en condiciones paupérrimas. Por un plato de comida y por un sueldo, 12.000 personas trabajando en la década del ‘40, del ‘50 pero… ¿en qué condiciones?”.

Ángela: -Y… las camas calientes no fueron por nada.

Cecilia: -Fue por la renovación permanente de las personas que dormían en la calle Nueva York: se levantaba uno y se acostaba el otro. O la gente que comía lo que quedaba… los mejores cortes de carne que comían del frigorífico los comían ahí y calentaban la comida en los caños de las calderas. Esas cosas que uno recuerda… de mi suegro también, que es croata.

-¿Cómo se gesta esa idealización de la que hablás?

Cecilia: -Es una creencia que se generó en Berisso, de los frigoríficos como un lugar idealizado. Ahí surgieron cosas muy importantes, como fue el movimiento sindical y político. Pero también es cierto que la gente trabajaba en condiciones que eran terroríficas.

Marcelo: -Mi abuela contaba lo mismo. Ella trabajaba en la conserva.

Cecilia: -Mi abuelo hacía el trabajo de dos operarios. De eso yo me acuerdo.

Ángela: -Mi abuelo Gentile se enfermó ahí de los pulmones, que después fue el detonante de su muerte.

Marcelo: -Después hay toda una historia, que habría que rastrear para ver en qué medida fue así, épica, acerca del peronismo. Que fue muy resistido también; la gente no quería participar… había muchos anarquistas.

Ángela: -Creo que los frigoríficos tuvieron como una atracción porque permitían que cada uno tuviera su quinta. Mis abuelos iban a la cosecha de ajíes, de tomates y después lo llevaban al mercado de Buenos Aires en camiones. La fábrica les dio la posibilidad de trabajar por un sueldo fijo. Un montón de gente venía acá y terminaba en peores condiciones de las que tenía en Europa. Yo tuve oportunidad de entrar a la fábrica y tenías que agacharte porque los cables pasaban a la altura de la cabeza.

−¿En qué momento se establece Berisso como bandera de los inmigrantes?

Cecilia: -Creo que fue con el surgimiento de las colectividades, cuando empiezan a institucionalizar.

−¿Cuándo empieza ese proceso?

Cecilia: -Hace 30 años, más o menos. Habría que rastrear las fechas, pero con las primeras escuelas de idioma, por ejemplo. Los rusos, checoslovacos, los griegos, lituanos… son las casas más antiguas: 70, 80 años… y se hacían en la casa de alguien. Se reunían por la necesidad de conservar su lengua, su identidad. Y después dieron origen a las colectividades.

Marcelo: -Creo que hubo alguna torción ideológica a partir de la cual se empezaron a mirar las cosas de otra manera. Tal vez tenga que ver con un proceso histórico de empezar a registrar el tema de la identidad como una necesidad de conservación.

Cecilia: -Muchas veces se hace un rescate de lo europeo como algo superior, como algo a imitar, a tener en cuenta, y que tiene valor en sí mismo.

Ángela: -Eso sería en la segunda, tercera generación, porque la primera vino escapando del horror.

Marcelo: -Y ni siquiera del horror. Mi abuela, me parece, vino confundida. Y no es el único caso. Es cierto, muchos venían de la guerra, con la hambruna, pero mi abuela, por ejemplo, tenía campos en Portugal y vino acá a trabajar en la conserva del frigorífico. O sea, la trajeron.

Ángela: -Pero esa gente que vino es la que no quería recordar. Las siguientes generaciones sí comienzan a idealizar. Mi abuelo, por ejemplo, tenía 11 años, lo meten en el barco y él me dijo que el último recuerdo de su mamá es con un pañuelo blanco, en el puerto y que nunca más volvió… Cumplió los doce años cruzando las islas Canarias. Y cuando yo voy a Italia a reconstruir esa parte, me dice: “Y el mayor tuvo que cuidar a la madre y el que seguía tenía que ir a ganarse el pan para mantener a toda la familia”. Mi abuelo mantenía a la familia acá y le mandaba a su mamá hasta que murió, en el ‘47.

Marcelo: -Mi abuela vino para acá con sus padres, obviamente. Les fue muy mal y se volvieron a Portugal. Y después de unos años vuelven a venir. Era una locura porque ya habían venido y les había ido mal. Entonces, había como una fantasía de América.

Ángela: -Mi abuelo no quería recordar Europa, precisamente. Y no hablaba la lengua, solamente en canciones.

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3 Comentarios

  • Juli , mis felicitaciones por la nota

  • mi mamá nieta de italianos nos cantaba una canción para hacernos dormir que nunca pude encontrar ni como traducir, decía: dingue Danga Martina en sagamba gamba y urusa Martina sensafusa (o algo así)… ¿la conocés?

  • Hola
    La que figura en el libro se llama: “Tu scendi dalle Stelle”……no es la que recordás. Pero te recomiendo que te contactes con los autores porque se van a encantar y vos quizás completes ese recuerdo…Por facebook seguro los encontrás.
    saludos
    julieta

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