Del otro lado de la orilla

En La Pulseada Nº 36, Carlos Fanjul, entonces editor de la revista y más adelante director, asumió el compromiso de trazar el perfil militante de Carlos Cajade. Su nota, que incluye una referencia que luego se integró al anecdotario clásico sobre la relación del cura con la revista, articulaba los testimonios de otros militantes y dirigentes que habían aportado su mirada a través de columnas de opinión que se publicaron en la edición impresa.


Hay hombres que luchan un día y son buenos.
Hay otros que luchan un año y son mejores.
Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos.
Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.

Bertold Brecht

Por Carlos Fanjul

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Nota central > Padre nuestro

¿Desde qué costado reflejar la idea de militancia que rodea a Carlitos? Sobre la mesa aparecen hipótesis diferentes y ninguna prevalece con nitidez. Cuesta. Se mezclan las posibilidades. Tal vez porque se pretende sintetizar todo en un concepto final. Una especie de camino único y definitivo. Cuando la realidad puede estar indicando otra cosa, más integral y que no termina. Que todo esté arrancando desde este mismo instante. Que muchas sean las banderas que sigan en alto. Que encontremos muchos argumentos para entenderlo como un tipo imprescindible.

La intención de reflejar a Carli, militando, vivo, surgió cuando él peleaba por la vida. Por su propia vida. Queríamos mimarlo, protegerlo… Había que darle más fuerza. Es decir que proponíamos transitar el camino inverso al habitual. Ese que se había encargado de ejemplificarnos desde su primer minuto de vida, allá en la casa de los Cajade, en la 122. Y por ahí, nos equivocábamos. Porque Carli siempre era el que daba, el que irradiaba, el que mimaba…

Quizá allí comenzaba su principal gesto militante. El mismo que empecinadamente se encargó de sostener hasta sus últimas horas:

–¿Cómo andás Carli?
–“Muy bien. Con medio cuerpo perfecto”, disparó mientras recibía el anterior número de la revista.

¿El simple tic optimista del medio vaso lleno? No, mucho más profundo que eso. Allí estaba la inalterable condición de paraguas protector de todos y para todo. Allí está, seguro, su más profundo mensaje de líder militante por la vida.

La inundación

En los días de gestación de La Pulseada, la “bajada de línea”, la idea-fuerza general que nos unía fue muy sencilla: “En cada nota, ya sea de política, económica, social, cultural o deportiva, tenemos que reflejar la vereda de un mundo mejor para los chicos que criamos”. Así de simple, así de claro, así de militante. Así, con una visión integral y totalizadora de las cosas. Como dice Hugo Godoy, Carlitos te abre la cabeza, te obliga a mirar toda la cuestión. En el conglomerado militante que reúne la CTA, Carli instaló la idea de que en cada chico con hambre, antes hay un desocupado. Y antes todavía está la lucha por la dignidad del trabajador, que debe evitar la existencia de aquellos eslabones posteriores que hoy nos hacen navegar en las aguas de la angustia… En el medio del río, Carlitos ya está mirando la otra orilla.  

Otra historia desde este mucho más modesto costado del agua, nos lleva a un momento de dudas en La Pulseada. Promediaba el 2003 y cada emprendimiento de la obra sufría el rebote de la crisis ocurrida un par de años antes. Había tanta gente viviendo en la extrema pobreza que lo que se juntaba no alcanzaba. Isabel, la responsable de la Casa de los Bebés, necesitaba una heladera para guardar los alimentos y medicamentos, y no había cómo. Y tenía que seguir  peleando para salvar a un par chiquitos desnutridos, “con comida y con amor”, como dice Carli, y costaba mucho. En ese contexto La Pulseada tenía déficit; por mes se perdía algo más que el valor de aquella heladera. Hubo incertidumbre entre sus integrantes… Angustia: “¿Cómo se va a gastar en la revista, el mismo mango que hace falta para la leche?”. Los propios periodistas, se supone que los máximos defensores de la publicación, se lo planteamos a Carlitos. Algo así como para liberarlo del compromiso inicial. Algo así como un “así nos da vergüenza”. La mirada profunda del cura anticipó una frase contundente: “¡Pero no! Me extraña. ¡No entendés nada de periodismo! –le ironizó al periodista-. Yo con el Hogar me la paso tirando salvavidas y con la revista, en cambio, sueño con parar la inundación. ¡Voy a parar la inundación!…Y hasta algún día voy a poder cerrar el Hogar… ¿Me entendés?…”.

Con esa proclama de vida, confeccionaba el mejor tratado sobre la utopía central que encierra cualquier gesto periodístico… Ahí estaba. Ya parado en la otra orilla, cuando más oleaje había…

Allí estaba, como bien refleja Rubén Capitanio, ese Carlitos que tiene una irresponsabilidad vital: “Esa irresponsabilidad que los estúpidos confunden con defecto y que es la cualidad necesaria para aceptar el desafío de hacer cosas que te superan en todo sentido”.

El compromiso total

También aparece la otra gran característica del militante en serio, la que sólo tiene el tipo imprescindible: la del compromiso a fondo y total con las cosas que se defienden.

Nada de palabrerío atractivo, pero que se queda sólo en eso. Nada de teorizar sin demostrarlo luego. O, desde otro lado, como bien grafica Hugo Cañón cuando se refiere al todo; cuando apuesta por quienes unifican calidez con fortaleza, mirada profunda pero de tiempo completo para ejecutarla. Los verbos que conjuga Carli: cobijar y confrontar, acariciar y revolucionar.

Sin dudas que a la gran bandera del compromiso total, la que únicamente muestran los imprescindibles, en Carli no hay que buscarla demasiado. Y perderla entre las palabras. Basta con observar su actitud fundacional, cuando se alineó al lado de los pibes pobres a los que hoy cobija. Con el cuerpo y con el alma, con las propuestas de cambiar a fondo la sociedad y con el cotidiano gesto de arroparlos en cada noche de frío, con hablar del concepto de familia, pero garantizando que los pibes nunca más estén solos. Ahí está vivo en el recuerdo de aquella primera Nochebuena del 84 y aparece nítido en los dichos de Sandro, Margarita y los demás. En aquella idea de que, cuando sos pibe y estás solo, muchos pueden darte algo, pero casi ninguno gasta más del minuto posible y se queda a tu lado. “Dinero te da cualquiera –recordó Sandro ya adulto-; educarte te educa cualquiera… Quererte no”.

Síntesis del compromiso a fondo. Profunda hasta la médula. Sutil autocrítica social que, por qué no, nos incluya a todos. Aún a los más militantes. Aún a quienes transitamos por la vereda de la lucha. Y que a todos nos hace mirar a Carli como guía. A todos nos obligará a buscarlo en cada minuto futuro… Y a encontrarlo… allí parado en la otra orilla…

 

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