Yoni, nuestro hombre en Magdalena

Foto: Carlos Sahade

El viejo teléfono a disco truena en la plaza Mitre. Lo atienden los taxistas. Casi todos conocen a Yonatan Hernández: placero de mañana; canillita de tarde. El ciclista de la bici roja. El cartero de La Pulseada desde hace ocho años.

Por Josefina López Mac Kenzie

Él nos espera a 50 km de pavimento maltratado, de desniveles y angostura ya inexplicables, por la ruta provincial 11. La ciudad se va deshilachando en caseríos, depósitos de chatarra y de basura, hasta volverse el pajonal pampeano donde se inclina, con todo esplendor, el último sol del invierno.

Al fin, Magdalena. Edificios coloniales. Aire gauchesco. Perros alerta. En la plaza el teléfono a disco y las campanadas parroquiales marcan el ritmo pueblerino. A unas cuadras se produce el encuentro.

En 2003 empecé a vender. La razón fue que participamos para ir a Mar del Plata. Usábamos la revista para juntar plata para ir a ese lugar, donde había un torneo de esos juveniles que se hacen ahora. Empezamos como una joda… ¡En serio, porque nunca te pensás que podés llegar a vender tantas revistas! —asegura Yonatan, que nació en Magdalena hace 24 años, egresó de la Escuela Especial 501 “Ana Marta Eyrea” y hoy vende casi 100 ejemplares de La Pulseada por mes en sus zonas: Magdalena y Bavio.

“Empecé para probar cómo era. Al principio lo que se me cruzó por la cabeza es que era un oportunidad para tener algo de plata. Yo no tenía ningún trabajo —recuerda—. En esa época estaba con nosotros Juan Carlos, el director de la escuela, y éramos yo, Leo, Yazmina, Diego, Oscarcito. Todos compañeros de la escuela. Y siempre seguí”.

Por entonces, cuando la distribución de la revista aún estaba a cargo de la escuela, los chicos se juntaban a leerla. Así, se informaban de los contenidos mientras se entrenaban en lectura. “Entonces cuando salíamos a vender la revista ya sabíamos de qué se trataba —subraya Yoni—. Es un tema muy buenísimo leer la revista. Ahora mucho tiempo no tengo pero cuando puedo lo hago por si la gente pregunta. Para decirle a la gente un tema que tenga la revista. Tiene buenos temas: política, de todo. Es toda buena”.

De aquel primer grupo, es el único que sigue como vendedor. De hecho, la presencia de la revista en Magdalena y Bavio dejó de estar a cargo de la escuela para ser responsabilidad exclusiva de Yonatan. “Ahora soy yo —se enorgullece, y aclara—: Ahora en la revista hicimos un cambio y figura: ‘Yonatan, en la plaza’. Para que la gente sepa”.

Magdalena ordenadísimo

Lo de “Yonatan en la plaza” es sólo una referencia. “Es por si pasa alguien que se interesa. Me dice la dirección y después voy. Pero no llevo las revistas a la plaza. No mezclo los dos trabajos”, explica Yoni, que hoy combina —pero no confunde— la venta de revistas con su empleo de placero para la municipalidad de Magdalena.

Tres adjetivos lo definen: organizado, comprometido y estricto.

Lo de la plaza lo hago de 7 a 13. Después, a las 4.30, empiezo a vender la revista”, describe. A sus suscriptores los visita casa por casa en su bici roja. Para los de Bavio se reserva los domingos. “Llamo por teléfono a las personas que tengo allá, quedamos y voy en un micro que sale de acá a las diez de la mañana, desde la Terminal. Voy a toda esa gente, les vendo la revista y vuelvo”, cuenta.

Religiosamente, anota cada venta en papel y luego pasa en computadora su registro. Y no fía bajo ninguna circunstancia: “Si no me pagan no la dejo. Porque ya empiezan a decirte ‘a mí no me dejaste’, y se confunde si tal pagó o no. ¿No pagaste?, ¡no pagaste! La hacemos más fácil”, resume.

Nuestro hombre en Magdalena dice que el secreto para vender es intentarlo: “Y si te dicen no, lo volvés a intentar…”. Y parece haber más secretos: “Todo Magdalena me conoce. Acá es más fácil que en otros lugares, donde tardás más porque no conocés a nadie o no conocés algunos barrios. Y si vos leés, sabés los temas y podés decir ‘este número trata de ta, ta, ta…’ —ejemplifica—. Aparte viene con etiquetas con nombre, apellido y dirección. Cada uno tiene su persona y si no está, no está. Esa etiqueta no se saca por nada, llega a la casa con la etiqueta, la persona la abre… ¡tipo correo! La Pulseada es tipo correo. Sale 8 pesos, te damos la revista, viene con bolsita y con etiqueta. Está todo organizado”, insiste, como buen vendedor.

Yonatan viaja a La Plata cada mes para retirar sus revistas y ese recorrido “está bueno”, dice. Al principio lo hacía solo. Caminaba desde la parada del colectivo, en 1 y 60, hasta la Redacción, en 59 entre 25 y 26. Después empezó a viajar con Paola, su hermana. “La llevo a pasear, de paso. Para hacer algo… Mi hermana me acompaña a todos lados, no tiene ningún problema. Además, el pase mío ahora exige acompañante”, explica. Ahora suele sumarse también Guillermo, el novio de Paola.

En cada visita, Paola ceba mates dulces mientras Yoni hace los deberes. Rinde el dinero —paga hasta la última moneda; jamás aceptó un redondeo a su favor—. Revisa las etiquetas para cerciorarse de que estén bien pegadas, no torcidas. Controla con método nombres y domicilios de sus suscriptores. Y registra a los nuevos lectores.

Graciela Vanzan, compañera de Distribución, asegura que es un vendedor “de lo más exigente” y “un chico con una alegría enorme, y un compromiso muy grande con la vida y con la revista”. En su carpeta de canillita resplandecen los tres adjetivos que lo definen.

Entre notas

Yonatan nació en Magdalena, anduvo unos años por Atalaya —una localidad cercana ubicada en el mismo partido, contra el Río de la Plata, famosa en el siglo XIX por sus saladeros de carne— y después volvió a Magdalena. “Nací acá y volví acá, obvio. Volví, empecé a vivir por villas y ahora estoy acá”. Rodeado de una jauría de custodios, señala la puerta de la casilla donde vive con su mamá, hermanos y hermana.

Ahora, la familia está tratando de hacer otra pieza, para vivir un poco más cómodos. “Hacemos así —explica Yoni, en otra exhibición de disciplina—: yo la plata de la revista, como conseguí trabajo de la Municipalidad, la uso para cuando se me pincha la bici, para pagar el modem de internet, porque ahora tengo una computadora, y para gastármela en lo que quiero. Y la otra plata, la municipal, para juntar un poco entre todos y ayudar acá en casa para alguna comida, algo”.

Lo que más le gusta de vender La Pulseada es “que la gente es copada y te atiende bien. Siempre tienen buena onda. Vender la revista fue bueno —valora, aunque admite que a veces es difícil—: La gente a veces está y a veces no… eso te puede llegar a pasar… Uno hace lo que puede… Una vuelta me agarró lluvia… Tiene etiqueta, todo, pero ya no salgo cuando llueve, porque se moja toda la etiqueta con el nombre y porque yo no me puedo enfermar. Además, se me complica un poquito con música”.

Con música, igual que con la revista, Yonatan empezó en la escuela: “Primero como una pavada… Acordes. Pero cuando egresé quise seguir y estoy en la escuela de estética con la misma maestra que me enseñó al principio. Hay algunos compañeros que perdieron la escuela y dejaron de tocar. Yo sigo”, resume. El año pasado cantó en una actividad por el aniversario de la muerte del padre Cajade organizada por La Pulseada en el galpón del grupo La Grieta. Ese homenaje, que ofreció junto con Andrés, el hijo de Pancho Cicchetti y de Cecilia Asnaghi (los promotores de la venta de La Pulseada en Magdalena), fue muy movilizador para Yonatan, que le dedicó muchísima preparación.

Su carpeta de guitarra, dicen, tiene la misma prolijidad que su carpeta de canillita.

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