Una sagrada ira interior

“El evangelio es la invitación a no juzgar al otro creyéndose mejor que el otro” / Foto: Luis Ferraris

Invitada de lujo a La Plata por el colectivo de Teología de la Liberación PichiMeisegeier, la reconocida religiosa, filósofa y teóloga feminista brasileña Ivone Gebara disertó en la facultad de Trabajo Social de la UNLP. Antes, le concedió una entrevista exclusiva a La Pulseada. El feminismo, el machismo, las desigualdades, los cuerpos, el aborto, el dinero, la sed, el hambre, la Iglesia y los discursos pasaron por el tamiz de su tenacidad libertaria.

Josefina López Mac Kenzie y Milva Benitez

Fotos: Luis Ferraris

Colaboración: Graciela Vanzan

A los 68 años, Ivone Gebara sigue escapando a los moldes. Escapa al molde de monja, al de feminista, al de teóloga, al de filósofa y al de ecologista, pero tiene un poco de todo eso. Tampoco entra en el estereotipo de transgresora: no se escapa de la iglesia católica ni aunque su cúpula suela echarla como se echa a los que incomodan. Como ocurrió en 1994, cuando tras someterla a un proceso eclesiástico por su postura pública sobre el aborto pretendieron callarla y le ordenaron que se fuera a Bélgica. O como la siguen echando cada vez que ningunean su palabra.

Ella sigue. Permanece adentro con su mensaje, que habla de la salud pública, de las mujeres, de las clases sociales, de los mitos sobre la superioridad masculina, de los cuerpos, de la pobreza (una cotidianidad que conoce). De la opción por los pobres enla Iglesiacomo la opción por la mujer pobre.

Y no debe de haber nada peor para las jerarquías de la institución católica que la rebelión de un miembro que encima es mujer, feminista, académica y tenaz en su singular ejercicio de la libertad: quedarse.

En un español lento cincelado por la cadencia portuguesa, Ivone, referente de la teología de la liberación feminista y miembro de la congregación de las Hermanas de Nuestra Señora – Cônegas de San Agustín, respondió con paciencia sonriente las preguntas de La Pulseada, en una entrevista exclusiva durante su hiperquinética visita ala Argentina. “Dos horas en un lugar, después entrevista, dos horas en otro lugar, clases…”. Así graficó la semana movida en la que dejó su trabajo con comunidades pobres del noreste brasileño para compartir con públicos argentinos su mensaje, que es incómodo o desconcertante para algunos y liberador, revolucionario para otros.

“Yo era la que hacía el café”

Cuando era una niña, entre fines de los ’40 y principio de los ‘50, a Ivone le generaban curiosidad ciertos comentarios: “Ay, esperábamos tanto a un niño y viniste tú… una niña”. O: “Ay, la vida de los hombres es siempre tan fácil…”. O: “A la vida de las niñas hay que cuidarla mucho más, porque es tan peligroso…”. Aún no tenía consciencia de la inequidad de género; ni siquiera imaginaba la cuestión de la violencia sexual, por ejemplo. Pero atendía a esos discursos, que oía de hombres pero también de su mamá y de su abuela, recuerda ahora.

La consciencia sobre la desigualdad de género propiamente dicha se forjó de a poco. “No irrumpe, no irrumpió para mí de una manera brusca”, explica. Fue cuando tenía más de 30 años, era doctora en Filosofía y en Ciencias Religiosas —estudios que realizó entre Brasil y Bélgica— y estaba comenzando a trabajar en el Instituto de Teología de Recife, luego disuelto por orden del Vaticano, en 1999, donde conoció al obispo tercermundista Helder Cámara (ver aparte).

Ivone advertía cómo “aparecían muy claras las diferentes funciones” del hombre y de la mujer. En los materiales de estudio sobre teología, “lo masculino era siempre lo mejor. Dios era hombre. Jesús es hombre. El símbolo del amor era Jesús. Y eso, no sé por qué, empezaba a molestarme también. ¿Por qué el símbolo del amor más perfecto tenía que ser de él? ¿Por qué no su madre? ¿Por qué no María Magdalena?”, cuestiona ahora.

Las asimetrías también asomaban en las prácticas cotidianas: “Yo trabajaba en un equipo de formación teológica para agentes de pastoral integrado por cuatro varones y yo. Yo era la teóloga; ellos eran biblista, sociólogo, historiador y psicólogo… Y cuando hacíamos reuniones a la que venía la gente, decían: ‘¿Quién compra las galletas, quién hace el café?’. Al principio siempre era yo y a veces me molestaba pero pensaba que era así… Después, con la consciencia creciente, empecé a darme cuenta”, distingue.

Su propia experiencia como mujer, sus lecturas de teólogas norteamericanas y de teoría feminista francesa y algunos episodios fueron subrayando esa concientización. Por ejemplo, cuando durante un encuentro de feministas y teólogas les preguntaron en qué consistía su trabajo e Ivone les contó que se dedicaban a reflexionar sobre dios, los sacramentos y la virgen. Las feministas cuestionaron: ‘Pero, ¿y la cuestión del cuerpo? ¿Y la sexualidad?’. “No… todas esas cuestiones no eran para nosotras…”, reconstruye.

Otro momento decisivo ocurrió cuando iba cada mes a dar clases de biblia para obreros, también en el noreste brasileño, en los ‘80, y un día le preguntó a la esposa de un obrero por qué ellas nunca se acercaban a los cursos. La respuesta de esa mujer hizo un clic en Ivone sobre la problemática de género: “Ella me dijo que es porque yo hablaba como un hombre y no tenía conocimiento de lo que era la vida de una mujer”, resume.

“Ya no les tengo miedo

“Cuando era joven sufrí mucho”, confiesa Ivone, que ha enfrentado innumerables boicots. Recuerda, por ejemplo, que al principio cuando daba alguna charla ante curas tenía que ser presentada con sus títulos académicos para que la escucharan. “He sufrido hasta posturas maleducadas de sacerdotes que miraban para otro lado, se ponían de espaldas”, amplía. Pero esos ataques, analiza, no son por su condición de mujer: “¡Es por mi condición de teóloga feminista!”.

Con el tiempo logró neutralizar el sufrimiento e imponerse. “Ver eso no me retraía. Al contrario, me daba una sagrada ira interior”, señala. Una vez, durante unas charlas, también para sacerdotes, ocurrió que ella hablaba y ellos lo hacían a la par. “Pipipipipipipi”, los imita Ivone. Entonces, detuvo su exposición para pedirles silencio, sin suerte. Y preguntó: ‘¿Están ustedes obligados a escucharme?’. ‘¡No!’, respondieron. ‘Bueno, sepan que si no están obligados pueden salir. Esto no me molesta. Me molesta que se queden y sigan hablando como están hablando’. No se fue ninguno. “Realmente lo haría otra vez”, remarca Gebara, y queda clara la magnitud de esa “subversión” en un ámbito tradicional de hombres del clero.

El argumento para todo este rechazo es que la teología en clave feminista no encaja en la tradición de la Iglesia. Ivone lo desovilla: “La lectura feminista que hacemos de la fe cristiana no se ubica en aquello que ellos llaman ortodoxia del pensamiento teológico. ¿Por qué? Es una larga argumentación, pero ellos trabajan mucho con la idea de una naturaleza humana más o menos fija y una idea de dios bastante fija. La representación de ese dios espíritu es una representación masculina, la autoridad dela Iglesiaes fundamentalmente masculina, el magisterio es masculino, los concilios, que son para quela Iglesiacamine en una dirección más fiel al evangelio, no tienen participación femenina… en las diócesis las grandes decisiones no las toman mujeres; son los varones”.

“Lo que la teología feminista hace es intentar rescatar la dignidad de las mujeres —profundiza Gebara—. Valorarnos. En la sociedad luchamos para poder votar, estudiar, trabajar, para no ser violadas, para que se considere la violación un crimen de guerra. Luchamos para tener espacios. Para las políticas militares, que son masculinas, se da presupuesto, plata, pero casi nada para la salud femenina… O sea, esto que está en la sociedad se reproduce simbólicamente en las iglesias”.

La sagrada ira interior se mantiene, aunque algo atenuada “por la edad”, dice Ivone. Porque a pesar del reconocimiento que se ha ganado en muchísimos sectores, ve cómo persiste la hostilidad a las mujeres, dentro dela Iglesiay fuera de ella. Hoy, ella troca la ira en trabajo y escritura de artículos académicos y periodísticos, y de cartas.

Por ejemplo, durante la última campaña presidencial en Brasil, Dilma Rousseff tuvo que dejar de hablar de la legalización del aborto por la presión que hacían grupos religiosos (católicos y protestantes, en especial neopentecostales), e incluso se comprometió por escrito a no despenalizarlo. Ivone lo consideró “un paso atrás” y escribió en apoyo a la ahora presidenta, porque entiende que el aborto es un asunto de salud pública. En Brasil, esta práctica médica está penada por una ley de 1940, salvo para casos de violación o si hay riesgo de muerte para la madre (ver aparte).

También escribió ante el caso de una niña de 9 años embarazada por la violación de su padrastro en una pequeña localidad de Pernambuco, en 2009. Su mamá había dado el consentimiento para interrumpir ese embarazo; no así las autoridades del clero. Después de peregrinar por hospitales, a la nena se le hizo el aborto cuando ya tenía 15 semanas de gestación. Pero el obispo local, José Cardoso Sobrino, excomulgó a la madre de la niña y a todo el cuerpo médico que realizó la práctica.

Gebara molesta. No encaja. Una vez, cuando daba clases, el obispo la llamó y le dijo que su teología era mucho más protestante que católica, porque hacía una lectura de los sacramentos en la que las mujeres aparecían también como símbolos de amor y capaces de darse unas a otras el perdón. Su relación con el Vaticano sigue siendo difícil. Pero ella sostiene: “No les tengo miedo. Ya no. A veces me da pena porque hay una tradición también positiva de la iglesia, que se pierde con actitudes tan autoritarias”.

En los cuerpos sufrientes

En Recife, capital del estado de Pernambuco, la sequía es un problema constante. Hay cerca de 60 cursos de agua en la zona, pero la mayoría están contaminados. En esas condiciones, un grupo de mujeres de un barrio periférico sufre de presión alta porque viven para escuchar si a las 2 o 3 de la mañana hay algo de agua, cuenta Ivone. “No duermen, entonces sus cuerpos son cuerpos maltratados, no solamente adentro sino maltratados por el sistema social, político —describe—. Una mujer rica sabe que automáticamente el agua va a llegar y mañana se levanta y puede tomar un baño de media hora. Pero ellas no”.

“Podemos evaluar mal las situaciones si no colocamos nuestros cuerpos en simpatía con los cuerpos sufrientes —avanza la filósofa—. Si no sientes el problema desde tu cuerpo, no sientes lo que es no poder ducharte, y no un día sino seis meses, o tener que lavarte más o menos, no poder lavar tu ropa, oler o tener que caminar kilómetros hasta encontrar el agua, y con la misma agua que beben los animales lavar tu ropa…”.

Ponerse en el cuerpo de una mujer es más difícil para los hombres, y sobre todo para los “hombres célibes”, que para las mujeres, evalúa Ivone. “Intentar sentir las circunstancias de su vida, los problemas, la violencia, la carga familiar que muchas han tenido… —profundiza—. ¿Cuántas niñas que han tenido este problema de aborto no han probado lo que es una madre? Lo que quiero decir es que el evangelio es justamente la invitación a no juzgar al otro creyéndose mejor que el otro. O sea, no te olvides de que tú, que juzgas la paja que está en el ojo de tu hermana también tienes una paja, y quizá una paja mayor. Creo que hay un olvido de esta sabiduría del evangelio. El que no tiene pecado que tire la primera piedra. ¿Quién no tiene? ¿Cuáles son los violadores? Es sabida la cantidad de violaciones de niños y niñas por parte del clero de la iglesia católica, no solamente en América Latina sino en Europa, en EEUU… Entonces es algo de una falsedad increíble esconder los crímenes apuntando la violencia vivida por las mujeres. Eso para mí no es el cristianismo, es una farsa política. Mientras que el evangelio nos invita primero a la misericordia y después la ley, ellos hacen lo contrario: primero la ley y después la misericordia”.

Ivone habla de la opción por la mujer pobre porque “la teología de la liberación habló de los pobres en general, de la explotación en general, y en una cierta manera ocultó los cuerpos femeninos”. “Nosotras tenemos que privilegiar a las mujeres pobres. Privilegiar quiere decir conocer mejor su vida, las formas de violencia en que se ubican, porque allí está un espejo de la sociedad y del futuro, porque ellas son las que cuidan de los niños, entonces si sufren violencia la reproducen y continúa la espiral de la violencia nuestra —concluye—. Sin dar una atención muy especial a las mujeres creo que no vamos a tener cambios significativos”.

“Los abortos mal hechos son un
problema de salud pública”

El rechazo de la Iglesia a que los Estados permitan a las mujeres elegir un aborto se funda en la concepción de que desde el momento de la fecundación del óvulo por el espermatozoide ya hay un ser humano, no un proyecto de ser humano. Pero las mujeres pierden óvulos todos los meses y eso no es pecado, mientras que la pérdida de semen, el onanismo, sí es pecado, apunta la teóloga Ivone Gebara.

Para ella, toda esta compleja y extensa cuestión implica el “control del cuerpo masculino sobre el femenino” y “es parte del imaginario patriarcal, que quiere de todas maneras mostrar la superioridad, imaginaria, del varón sobre la mujer”, que se estableció de distintas maneras. “El cristianismo afirma la superioridad del amor y del sufrimiento de Jesús. Jesús nunca dijo que su sufrimiento era mayor, pero es una manera cultural de valorar más el sufrimiento de los hombres que el de las mujeres. La madre de Jesús sufrió también, terriblemente. Pero el sufrimiento de María nunca ha sido considerado redentor, y la cruz de Jesús sí, y engloba todas las cruces y sufrimientos. El sufrimiento de María no engloba, el de María Magdalena tampoco”, ejemplifica.

Los abortos mal hechos son “un problema de salud pública. De mortalidad materna. Y de pobreza. Porque las mujeres ricas que hacen abortos pueden pagarse médicos y clínicas especializados y nadie va a saber si abortó”, sostiene. El problema es para “las mujeres de las villas, de los barrios pobres, las que tienen menos educación” y “siempre tienen que tener agujas de tricot para hacer abortos, tomar tés o medicinas abortivos, pedir a compañeras que les hagan abortos clandestinos en malas condiciones…”.

“Yo, desde mis convicciones, puedo decir que no quiero hacer aborto, pero no puedo imponer a un Estado que cierre los ojos a un problema de salud pública —plantea—. ‘Como católica no puedo permitir el aborto’, dicen algunas. ¡Como católica tengo que permitirlo! ‘Yo no haría un aborto’. ¡Perfecto! Es tu elección. Pero el Estado tiene el deber de permitir una sanación en situación de tragedia”.

“En el caso de la chica de 9 años violada se decía ‘puede ser que no muera’. ¡Puede ser que no muera pero puede ser que muera! El ‘puede ser’ es más importante que salvar la vida de esa chica en ese momento —analiza. Y redondea—: La maternidad tiene que ser una elección”.

Unas 4 millones y medio de mujeres se practican abortos cada año en América Latina y el Caribe. El 95% de ellos son inseguros. Y miles de mujeres mueren por estas causas.

La libertad

Muchas veces, Ivone Gebara ha explicado que hacerse monja fue, paradójicamente, un acto de libertad en su vida, ya que implicó desobedecer mandatos familiares como el casamiento. En su trabajo intelectual sobre la libertad —concepto que ha desmenuzado en varios de sus textos— fueron determinantes dos mujeres, según identificó en una entrevista que le hizo la periodista Ana María Viera. Una de ellas fue una empleada en su casa paterna que era nieta de esclavos y de cuyos labios Ivone oyó por primera vez la palabra libertad. La otra, una profesora de Quí­mica de la que se hizo amiga, que fue presa por luchar contra la dictadura militar.

Con La Pulseada, Gebara reflexiona ahora sobre cómo estimular la libertad entre grupos de mujeres. Dice que “es cada vez más difícil, por la sociedad muy individualista”, y porque ahora “los gobiernos políticamente tienen una perspectiva para el pueblo y todas las luchas de mujeres de sectores populares disminuyeron”. Pero confía en cosas que interesan a las mujeres y se pueden promover para “despertar” libertades. La gimnasia, sugiere, es una vía interesante, y lo explica por una constante: “Los cuerpos de las mujeres pobres se desgastan mucho más. A veces una chica de 25 años ya tiene el cuerpo de una mujer de 40, por la mala comida, por el sufrimiento, por dormir mal… es algo terrible”.

Los “grupos de psicología, de autoayuda, para ayudarlas a levantar la cabeza, a decir lo que piensan y el sistema no les permite decir”, o “paseos, baile y música” son otras opciones. “Hay que empezar a hacer cosas no necesariamente conectadas con lo que se hacía tradicionalmente en las iglesias; cosas que te abren, para que las mujeres se revaloren a sí mismas, reequilibren fuerzas, puedan actuar”, concluye.

El raid por Argentina

Fue su octava o novena visita a la Argentina. Ivone Gebara estuvo una semana, a fines de mayo pasado, y no se quedó quieta. Además de disertar en Trabajo Social de la UNLP, en el marco del Seminario Pichi Meisegeier, sobre “Teología feminista de la liberación y nuevos paradigmas”, pasó por muchos otros espacios. En la UBA estuvo en la cátedra de Sociología de la Religión (cuyo titular es Rubén Dri) hablando de “Comprender el cristianismo desde el fin de la cristiandad y desde el adviento público y político de las mujeres” y en la cátedra libre de Derechos Humanos refiriéndose a “Los avances del capitalismo de mercado sobre los cuerpos femeninos y la destrucción de la dignidad humana”. En el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos dio una conferencia de prensa. Y en la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo disertó sobre “Las luchas de las Madres, de las hijas y de las nietas contra las nuevas dictaduras hegemónicas que dominan los cuerpos femeninos”. De todos estos lugares, la filósofa destacó la presencia de jóvenes.

Junto a Helder Cámara

En el noreste de Brasil, Ivone Gebara trabajó 17 años con el sacerdote tercermundista Helder Cámara, referente de la opción por los pobres dentro de la Iglesia, defensor de los derechos humanos y “obispo rojo” para los dictadores brasileños que gobernaron entre 1964 y 1985. “Él me tenía mucha confianza”, rememora Ivone, que cuando empezó su trabajo en Recife en 1973 fue muy bien recibida. Incluso llegó a ser directora del Instituto de Teología de Recife, por tres meses, en reemplazo de un sacerdote holandés.

“Me acuerdo muy bien de que Helder Cámara tenía en su oficina una escultura de muchos seminaristas vestidos de negro. Cada uno tocaba un instrumento y la jefa de orquesta era una monja que hacía así —Ivone hace la mímica de dirigir una orquesta—. Él me llamó, me mostró la escultura, que estaba en una mesita al lado de su oficina, y me dijo: ‘así te quiero, ¡firme con ellos!’. O sea, él siempre en los primeros años me apoyó”.

Sin embargo, Gebara identifica límites: “Como clérigo, como representante de una jerarquía masculina y ya avanzado en edad, el feminismo no le era simpático. Él hablaba de los pobres. O sea, estas teorías feministas realmente no llegaron hasta él. Ha tenido extraordinarias colaboradoras. Su secretaria era una mujer brillante. Además, y creo que poca gente lo sabe, cuando él participó del Concilio Vaticano Segundo, escribía cada día cartas, publicadas en Cartas conciliares de Helder Cámara, a las mujeres de Río de Janeiro: Marina, Juana, Inés… el grupo de mujeres que cuando él fue obispo auxiliar de Río, antes de Recife, se tornaron sus grandes amigas y apoyaron sus obras. Pero feminista es una palabra muy radical para ponerla para don Helder. Sí, tenía respeto, confianza, pero no con las teorías del género de los ’80 y ‘90”.

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3 Comments

  1. Felix Zubiaga Legarreta

    La contradicción mayor de la Iglesia es pretender ser Madre, siendo misógina, ser Santa,. ocultando sus pecados, ser justa, sin ser demócrata, tener continuidad, anulando a las mujeres. Ese modelo de Iglesia ya ha fracasado. Es necesaria el consejo de la mujer en la Iglesia. No basta con darle la escoba, para que barra la Iglesia, hay que darle el hisopo, para que la purifique.

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