¡Tuñón vive!

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Ilustración: Jaime Clara

Las cuatro décadas de la muerte del gran poeta-periodista-militante argentino del siglo XX son una nueva excusa para revisitar su obra versátil, apasionada e inolvidable, y celebrar su legado. Escribe para La Pulseada el autor de Raúl González Tuñón periodista (2006).

Por Germán Ferrari 

Cuando hace nueve años se cumplió el centenario del nacimiento de Raúl González Tuñón, su figura se desdibujaba entre recuerdos amistosos, reivindicaciones aisladas y reconocimientos a medias. Era “poeta”, una categoría que va más allá de la literatura y oscila entre el elogio exaltado y el desdén irónico. También era “comunista”, atrapado en una aceptación tibia o en un macartismo arrojado contra la integridad de un hombre coherente, con aciertos y errores. Sus primeros libros —El violín del diablo, Miércoles de ceniza y La calle del Agujero en la Media— se llevaban todos los aplausos, pero de inmediato aparecían las prevenciones por su militancia política y sus poemas teñidos de rojo. Algunos —con buena fe unos; con mala intención otros— prefirieron aferrarse al estereotipo del poeta amante de los puertos, los bares, Buenos Aires, los viajes y las prostitutas, como si esa simplificación tranquilizadora explicara la complejidad del universo creativo tuñoneano. Y por último era “periodista”, una característica mencionada al pasar, una circunstancia más de una vida apasionada y apasionante.

Pero entre 2005 y 2014, cuando se cumplen cuatro décadas de su muerte, González Tuñón fue mirado por/con otros ojos, despertó un interés que se expandió de manera sorprendente con la reedición de libros —Poesía reunida; Conversaciones con Raúl González Tuñón, de Horacio Salas; la trilogía La muerte en Madrid, Las puertas del fuego y 8 documentos de hoy—, la elaboración de trabajos académicos, la publicación de artículos periodísticos, la realización de documentales… Sin pedir permiso, su poesía y sus notas comenzaron a recorrer espacios impensados, como las aulas de primarias y secundarias. Un rescate genuino, con cruces generacionales, empezó a envolver a un González Tuñón indivisible: poeta-periodista-militante.

Una escena de ese cambio de perspectiva. Hace dos años, el Centro Cultural Francisco Paco Urondo, que depende de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, organizó un homenaje al creador del personaje Juancito Caminador. La actriz Norma Pons, admiradora del poeta, fue una de las invitadas al panel. Llegó al lugar con un ejemplar desarmado por el uso de la antología Diálogo de un hombre con su tiempo. Lo conservaba desde los ‘70, cuando se lo había prestado un bailarín de uno de los espectáculos en que Pons descollaba como vedette. Nunca más le devolvió el libro. Había quedado atrapada por la potencia y la dulzura de esos versos. Más de cuarenta años después, en un espacio que evoca a un poeta desaparecido y también admirador de Tuñón, la voz de esa mujer impactó a todos con la lectura —ella decía que era una “decidora”— de tres textos emblemáticos: “La luna con gatillo”, “La calle del Agujero en la Media” y “La Libertaria”. Una elección alejada de cualquier tibieza o ingenuidad…

Recorridos

Los escritores César Tiempo y Pedro Juan Vignale preparaban una antología de poetas jóvenes, hacia fines de la década de 1920, cuando los integrantes de los grupos literarios de Florida y Boedo se reacomodaban en otros ámbitos de pertenencia. A cada uno de los participantes le pidieron que se presentara con una breve biografía. González Tuñón envió estas líneas para esa Exposición de la actual poesía argentina, publicada en 1927:

“Nací en Buenos Aires el 29 de marzo de 1905. Casi niño, anduve por ahí aprendiendo a querer mi ciudad y salí a otros caminos. Aquí, en Santa Fe y en Montevideo, fueron escritos los apresurados versos del ‘Violín del Diablo’. Tengo en preparación: ‘Don Juan de las Casas Blancas’ y un viaje a Europa. Tuve algo que ver siempre con acreedores y malandrines. Estoy trabajando en algunos poemas criollistas que me dijeron los aires riojanos. A fuerza de sufrir por esos caminos, me hice optimista. Esa mujer que pasa, mi plato en ‘El puchero misterioso’ y ese vendedor de globos y aquel vaso de vino me reconcilian a cada rato con la vida. Ojalá se reconcilien conmigo los lectores”.

Varios años después, la revista Leoplán le preguntaba: “¿Qué opina usted de sí mismo?” Y respondía:

“Opino de mí mismo mal y bien. Como de muchos de mis camaradas.

“Creo, sin embargo, que nos encontramos en un camino de perfección. La lucha por la conquista de la dignidad humana en que estamos empeñados nos hace más angulosos pero más fraternales, más agresivos pero más solidarios. Falta un trecho largo para el equilibrio, pero de cualquier manera algún día podrá decirse de nosotros: Supieron interpretar el sentido de los acontecimientos de su época.

“Opino de mí mismo mal y bien, pero mejor de lo que opino del ministro que insinúa, del policía que persigue y del juez que condena a los que incurrimos en el delito de manifestar libremente nuestro pensamiento.

“Literariamente me arrepiento de todo lo malo que he hecho, pero no del proceso, lógico, que he seguido, aunque trato de dar a mi obra un profundo contenido social que nunca tuvo”.

 

Sobre el final de su vida, en una nota publicada en la revista Siete Días, reflexionaba sobre su amor por el oficio de transitar redacciones:

“No voy a decir que éramos superiores a los periodistas de ahora; de ninguna manera, pero teníamos otros elementos que ahora no tienen: la libertad de prensa más extraordinaria y la más completa libertad de expresar lo que el periodista sentía. Especialmente en Crítica, que era una mosca blanca. Ocurre que los hermanos Botana vinieron de Uruguay a conquistar Buenos Aires como poetas, y fallaron. Entonces pusieron un diario y emplearon a un grupo numeroso y fabuloso de poetas y escritores. Entre ellos, yo. Incluso las secciones policiales y deportivas eran redactadas por nosotros. Exceptuando ajedrez y música, aprendí a escribir sobre cualquier cosa. La idea de [Natalio] Botana era que a la gente hay que darle lo mejor. Y nosotros incorporamos al periodismo algo que estaba de moda entre los artistas: la metáfora. Y así salían títulos al estilo de ‘El Riachuelo es un barbijo en el rostro de la ciudad’. Eso tuvo un éxito enorme: apareció un nuevo tipo notero, el literario-periodístico. Algo digno de buscarse en los archivos y de leerse ahora”.

A González Tuñón le gustaba citar en diferentes entrevistas, notas y textos literarios una de las coberturas periodísticas que más recordaba de aquellos años en Crítica: la radiografía de la primera villa miseria de la Capital Federal, Villa Desocupación, ubicada en Puerto Nuevo. Allí se instaló durante varios días, caracterizado como un desocupado más, con la barba crecida y la ropa raída, y se ganó la confianza de la gente, en su mayoría inmigrantes pobres europeos. No había intención de engaño, sino de denunciar la crisis que explotaba con la “Década infame”. Las crónicas y las historias de vida publicadas en el vespertino de Botana hicieron visible esa injusticia social. Diferencias: su colega, el escritor y periodista de El Diario Fermín Estrella Gutiérrez, también decidió testimoniar la miseria y fue a la improvisada población junto con… el comisario de la zona.

 

Las efemérides siempre son excusas para reiluminaciones. En este caso, la fecha del 14 de agosto sirve para celebrar el legado poético y periodístico tuñoneano, este último, muy citado pero poco valorado y estudiado en profundidad.

Cuando en 2006 apareció Raúl González Tuñón periodista abracé la seguridad de no haber terminado la tarea de investigación sobre el paso del poeta por las redacciones de varios medios, a lo largo de la mitad del convulsionado siglo XX. Tenía la certeza de que esas páginas eran el comienzo y no el final de un recorrido. Y así fue. Desde la publicación de mi trabajo hasta el presente fui encontrando decenas de datos y aportes para sumar a aquel ensayo biográfico. Cada hallazgo era —y es, porque aún aparece material— una nueva alegría para incorporar a la reconstrucción de una vida dedicada al oficio de recorrer diarios y revistas. Y asoman diferentes géneros periodísticos, en estado puro e impuro, que revelan la versatilidad renacentista del poeta-periodista-militante. Archivos digitales, fotocopias, hojas amarillentas de publicaciones del siglo pasado se acumulan a la espera del momento oportuno ­—cuando Tuñón lo disponga— para revisitar aquel texto y darle una existencia renovada. Quizás, las cuatro décadas de su falsa ausencia sean el momento indicado.

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