Trabajar para todos, trabajar para nadie

Informalidad laboral, autoexigencia y tiempos muertos. El modo de vida de cientos de cadetes que pedalean la ciudad con sus cajas de todos colores a cuestas. El desinterés del Estado y un “dejar hacer” que refleja lo peor del neoliberalismo en apenas un click.

Por Mariana Sidoti
Fotos: Luis Ferraris

Martina frena la bici y se saca con cuidado la caja de la espalda. Es de un amarillo furioso, llena podría trasladar hasta 10 kilos. Glovo se la dio en abril de 2018, cuando empezó a pedalear las calles en busca de una estabilidad económica perdida. Su caja tiene una particularidad: lleva el pañuelo verde de la campaña por la legalización del aborto, raído por el tiempo y los viajes. Es la primera vez que viene a este bar y consume algo. Siempre había venido a “sacar pedidos” para otros ciudadanos de La Plata. Ya conoce a los dos mozos y al encargado de la caja. Los saluda desde la puerta, ata su herramienta de trabajo en un bicicletero especialmente pensado para la espera de los cadetes. Levanta la caja del suelo y entra al bar, un lugar fresco y moderno que la espera con un menú predecible. Apoya la caja en el suelo.

Por su caja/mochila amarilla, un cargador portátil y un plástico de soporte para el celular, Glovo –una empresa española que en Argentina sólo cuenta con una oficina en Ciudad Autónoma de Buenos Aires– le cobró a Martina 450 pesos. Hoy, quienes deseen brindar servicios para la empresa deben pagar 1.000.

Trabajadores de Glovo frente al Mc Donald’s de 8 y 50, esperando que el celular les entregue pedidos.

Pero Martina no la tuvo fácil en su primera semana: la aplicación era muy nueva, no había caja para ella y tuvo que salir con lo puesto –el celular en la mano, siempre– a buscar y llevar pedidos por la ciudad.

–La primera noche que salí pensé: ¿y si me toca una pizza qué hago? Entonces antes de irme de casa armé una caja con varios cartones y salí, parecía un equeco. Fue todo al pedo: no me tocó ninguna pizza.

Tiene 33 años, un hijo y marido. Vive en Los Hornos “fuera de zona”, es decir que los servicios que presta no llegan a su propio barrio. Lo mismo le pasa a Nicolás, su amigo de 24 años y ex albañil. Él empezó a trabajar en Glovo porque su anterior empleo le resultaba muy pesado y no siempre había changas que agarrar. Tiene moto, por lo que le tocan los pedidos más largos. También entrega comida para Pedidos Ya. La exclusividad como garantía del éxito está obsoleta: lo sabe Nicolás y también lo saben las empresas.

Un año después de la llegada de Glovo a la ciudad, cuenta con una flota aproximada de 400 trabajadores –denominados “colaboradores”– a quienes niega sistemáticamente información sobre sus “socios”, o sea, compañeros. Muchos de ellos tienen como apoyo contratos con Pedidos Ya o Rappi, las otras dos aplicaciones de delivery que funcionan en La Plata. El teléfono en la mano, siempre. El monotributo también. Solo unos pocos zafan de la precarización, pero Pedidos Ya –empresa uruguaya que supo ser la única con sus trabajadores en relación de dependencia– ya está empezando a flexibilizar.

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“La descentralización productiva es el signo de la ‘uberización’. Los trabajos se tercerizan hacia una multitud dispuesta a realizar actividades de las más variadas. La informalidad y la precariedad laboral, presentes desde siempre en nuestros mercados de trabajo, se amplifican con las nuevas formas de organización del trabajo mediadas por aplicaciones informáticas y plataformas virtuales. El derecho del trabajo retrocede, al tiempo que distintas esferas de la vida moderna se mercantilizan. Si bien la tendencia de la ‘uberización’ abarca a una minoría de la población económicamente activa del planeta, su importancia radica en las tendencias que anuda: de precarización, tercerización y deslaboralización”, resume Andrea del Bono, socióloga e investigadora del CONICET.

Después de pasar varios años estudiando la lógica de trabajo de los call-centers, del Bono se abocó al análisis de este fenómeno en auge: la “uberización” del trabajo, la economía de plafatormas o economía “colaborativa”, donde “no hay jefes” pero sí muchos –casi infinitos– clientes a los que satisfacer. En este tipo de trabajo, cree, juega un rol central la autoexigencia, “medida por la precisión del algoritmo, que premia a los trabajadores que más tiempo le dedican al delivery online y castiga a quienes se comprometen ocasionalmente, o menos”.

La presión por cumplir horarios y entregar el pedido con velocidad “viene influyendo en el desgaste de los trabajadores y en la sucesión de accidentes de tránsito”. La investigadora recuerda uno fatal ocurrido el viernes 12 de abril en Capital Federal, donde un cadete de Rappi, Ramiro Cayola, murió tras ser embestido por un camión. Luchaba contrarreloj para cumplir con los eslóganes empresariales de la app naranja, “Corremos por ti” y “35 minutos o gratis”. Pagó el costo más extremo, convirtiéndose en el primer muerto por este motivo en el país. De lo contrario, “el trabajador que no se entrega en cuerpo y alma a la aplicación sólo obtiene malas horas, los peores viajes y bajos ingresos”.

Martina tiene un ejemplo reciente. El sábado 30 de marzo hubo un intento de paro de “glovers” que funcionó a medias: pedían aumentos en el básico por pedido y el kilometraje y la reactivación de las “promociones” que la app provee los fines de semana. La medida de fuerza se filtró por los medios de comunicación y el mismo viernes, Glovo anunció vía mail un aumento general a nivel país de la tarifa básica por pedido –de $30 a $42–, algo que restó una porción importante de participación a la huelga. Sin embargo muchos pararon. Y Martina, por motivos personales, tampoco salió a trabajar. Fue una noche fresca y veraniega donde el fin de mes no logró achicar los bolsillos de los platenses.

–Reventó de pedidos, y en el celular no paraban de llegarme notificaciones. Termina siendo un vicio, quieras o no. Si no estás laburando, mirás la pantalla y decís: estoy perdiendo plata.

Eso es lo último que querría cualquier glover. No solo por el hecho de no “meter horas” y por ende generar menos ingresos, sino porque por cada pedido rechazado o fin de semana en hora pico no trabajado, el sistema les resta puntos. La lógica de algoritmos de las aplicaciones funciona, como explica del Bono, a través de premios y castigos. Mientras más pedidos resuelvan, más puntos ganarán en la app, que les avisa con notificaciones supuestamente aleatorias. Para eso deben estar “en zona”, es decir en algún punto de La Plata entre las calles 122 a 137 y 32 a 72. Antes el territorio era más amplio, pero empezaron a recortar manzanas y hasta barrios enteros por la inseguridad. Exceptuando días de alta demanda –como el sábado de la huelga–, la app no emite avisos si el glover está fuera del cuadrado que le compete. Eso obliga, muchas veces, a que terminen teniendo largos tiempos muertos –que gastan en Plaza Moreno o la esquina de 8 y 51– hasta recibir el tan mentado mensaje. Si los fines de semana no trabajan, pierden puntos. Lo mismo si por algún accidente o cuestión de urgencia reasignan un pedido y se lo pasan a otro cadete. Si el usuario no quedó conforme, también puede puntuar. Todas esas pequeñas calificaciones influyen en las cinco estrellas que Glovo –y las demás aplicaciones del estilo– aspira a imponer en sus trabajadores. O, como describen en sus Condiciones Generales de Uso y Contratación, “profesionales independientes que colaboran con Glovoapp”.

Es que la empresa de origen española se define a sí misma como una compañía “cuya actividad principal es el desarrollo y gestión de una plataforma tecnológica” que mediante una app “permite a determinadas tiendas locales de algunas ciudades en diferentes territorios ofertar sus productos a través de la misma”. Casi como un detalle colateral agregan que “si los usuarios de la app y consumidores de las citadas tiendas locales así lo solicitan, de forma accesoria, (Glovo) intermedia en la entrega inmediata de los productos”. Ese intermediario, en La Plata, representa cerca de 400 personas. Todas trabajan bajo la modalidad de monotributo –la actividad suele ser “servicios de mensajería”– y pagan mes a mes $580 por usar la plataforma. Lo mismo que los restaurantes y bares a donde van a buscar los pedidos: si es que son asociados, abonan el mismo dinero más un porcentaje de cada entrega. Así es que la gigante amarilla consigue parte de su ganancia.

Al no reconocer a los cadetes como empleados, la app se ahorra aportes y cargas sociales. También se asegura cubrir los horarios más demandados –como viernes, sábado y domingo por la noche– bajo la lógica del puntaje, que en la práctica impugna la promesa de “trabaja cuando quieras” promocionado en la web. En su página oficial, enumera las condiciones que hacen falta para ser glover: “Una sonrisa de oreja a oreja, tu vehículo (moto, bicicleta o coche), un IPhone o un dispositivo Android y ser mayor de 18 años”. El orden de los factores casi que lo explica todo.

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–Empecé con esto porque el kiosco que teníamos con mi marido ya no daba para más –dice Martina revolviendo su café con leche–. Además de la cuestión económica ya habíamos tenido varios robos, y hubo uno a fines de 2017 donde me tiraron dos tiros. Querían la plata del Rapipago, pero el local era tan chiquito que me pude meter para que no entraran. Forcejeamos, todo; fue una locura. Y como no pudo entrar, de caliente, el tipo empezó a los tiros. Zafé porque le planté el monitor de la computadora enfrente y la bala fue a parar a una esquina de la pantalla. La otra quedó en el techo.

Martina apoya la cuchara contra el platito de café. Durante el transcurso de la charla, al menos dos glovers entran y salen de la cafetería con pedidos en mano. Ella no los conoce, Nicolás tampoco.

–Todo esto fue a cuatro cuadras de la comisaría Cuarta. Mi marido que estaba en Los Hornos se tomó un remís y llegó antes que la Policía– acota la glover con una media sonrisa en la cara. –Ya de ese momento quedamos schokeados y dos meses después decidimos cerrar. Quedamos los dos en pampa y la vía, yo empecé a laburar en un supermercado chino hasta que vi el aviso de Glovo en una página de búsqueda de trabajo.

Horarios libres, el uso de la bicicleta como herramienta de trabajo y una ganancia de $100 la hora fueron los atractivos que encandilaron a Martina. En abril de 2018, cuando fue a entrevistarse con el único coordinador que Glovo tiene en La Plata al coworking Mondo 739 (calle 7 entre 46 y 47), la app funcionaba hacía apenas un mes en la capital bonaerense y tres en el país.

–Me dijeron que tenía que hacerme monotributista y una cuenta en el banco, que yo ya tenía. En ese entonces había horas aseguradas, trabajábamos por hora y no por pedido. Si tenías un pedido de 40 pesos en una hora y nada más, ellos pagaban los $60 restantes. Si hacías más de $100, obviamente que no. Pero eso duró poco. En junio del año pasado sacaron las tres horas del mediodía, de 12 a 15, y después de 20 a 23. En esa última franja igualmente una cubría la cantidad de pedidos porque siempre hay demanda. Después, a medida que fue entrando gente, sacaron todas las horas pagas. Al principio nos quejamos, sobre todo porque no habían notificado nada. Pero al día de hoy siguen tomando medidas sin avisar.

Cuando abre el “calendario de horas” de la app, Martina agarra 13, pero trabaja 8 y deriva el resto. Nicolás hace lo mismo. Así conservan el puntaje y a la vez abren el juego para que otros compañeros a quienes las horas no les saltan puedan trabajar. Cada vez que realizan un pedido cobran un básico por la entrega, más el kilometraje –si supera el kilómetro y medio– y el tiempo de espera, si lo hay. Con el último aumento implementado por Glovo, la sorpresa va para los usuarios: el costo de envío subió para solventar, justamente, las crecientes demandas salariales.

–O sea que cada vez más es el cliente el que nos paga el sueldo, y no Glovo– explica Martina. Se dio cuenta de esto un día que fue a cobrar: la app le había depositado menos dinero en su paga quincenal, pero a la vez también le pedía que rinda una menor cantidad de efectivo del que ella solía depositar producto del pago de los clientes.

De vez en cuando la aplicación ofrece “bonos” –un porcentaje que va del 20 al 30% de determinados pedidos seleccionados– y habilita “promociones”, que suelen abrirse los fines de semana y suponen la entrega de determinada cantidad de pedidos (3, 4, 5) en una hora reloj, a cambio de sumas cercanas a los 500 pesos. Toda una ingeniería de funcionamiento que comparte con PedidosYa (Uruguay) y Rappi (Colombia) y que hace agua sistemáticamente cada vez que un desconocido encañona a un cadete en un zaguán y le exige la recaudación del día.

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-Aunque con Kevin se re portaron– aclara Nicolás.

Habla de Kevin Sanhueza, neuquino de 27 años, estudiante de Arquitectura en la UNLP y víctima de un balazo casi fatal durante un robo perpetrado en noviembre de 2018 en el barrio de La Loma. Antes de desvanecerse, Kevin mandó un audio al grupo de WhatsApp que los glovers tienen como único espacio de encuentro (además de la calle), un mensaje que recorrió los medios de comunicación locales y puso de manifiesto la necesidad de regular esta actividad. Aunque la Policía detuvo a dos sospechosos, el joven debió permanecer varias semanas internado en el Hospital San Martín hasta recuperarse por completo.

Su madre logró viajar de urgencia desde Neuquén gracias a una “vaquita” que iniciaron los glovers. Una vez que el caso comenzó a mediatizarse, la app se hizo cargo de un hotel para ella y solventó los gastos de la internación. El seguro médico de los glovers, asegura Martina, “cubre solo medicamentos y para que funcione en hospitales tenés que estar como mínimo tres días internado”.

La rápida intervención que la app dio en el caso de Kevin fue inédita. Apenas un mes antes, un robo a mano armada en la puerta de un edificio de 61 entre 3 y 4 había quedado grabado en las cámaras de seguridad y recorrido los medios nacionales. La empresa nunca se hizo cargo de la sustracción, que el cadete debió pagar con una única morigeración posible: cuotas. Veinte días antes de ese hecho, otro glover había recibido puntazos en el tórax y la pierna durante un robo en 31 y 60, donde cuatro atacantes lograron hacerse de su celular y billetera. Glovo no acompañó ninguno de esos incidentes, tampoco enseñó al resto de los cadetes a usar correctamente el seguro médico, ni explicó cómo ni de qué manera verificar los objetos que trasladan.

–Podemos estar llevando plata, droga, cualquier cosa– dice Martina arqueando las cejas. De hecho una vez le pasó: se enteró que tenía que trasladar 700 pesos de un punto a otro –bajo la función “Lo que sea”– y sólo consultando con Soporte Técnico supo que no les estaba permitido.

–Igual que hacer trámites o pagar el gas –explica Nicolás–. Aunque de eso nos siguen pidiendo un montón.

En semejante arena de informalidad, la política local atinó a dar solo unos temblorosos pasos. El concejal del PJ Fabián Lugli presentó un proyecto de ordenanza que prevé la regulación de la app, a través de la subsecretaría de Industria y Comercio y la secretaría de Convivencia y Control Ciudadano. Su proyecto estipula la creación de un “registro de prestadores” que garantizaría ciertas pautas básicas de circulación y seguridad para cadetes, y a la vez normas de higiene para los comercios asociados, que en la actualidad rondan los 25. Lorena Riesgo, del FpV-PJ, presentó un proyecto de decreto donde solicita a la secretaría de Convivencia que informe al Concejo Deliberante si la empresa Glovo cumple con la ordenanza 11.039 (que regula a nivel local el servicio de delivery) y la ley provincial 11.825 (que regula el expendio de alcohol). “En caso que la respuesta sea negativa, requerir a la secretaría que informe a este cuerpo la cantidad de inspecciones y contravenciones realizadas a la empresa Glovo o sus ‘choferes’ durante el 2018, y remita copia de las mismas”. Un chequeo en AFIP alcanza para saber que la compañía española tiene formalmente una sola sede en Argentina, ubicada en la CABA. En La Plata, al igual que en el resto de las ciudades, funciona gracias a un limbo legal.

Sobre calle 7 en un coworking, espacio utilizado sobre todo por emprendedores y Pymes, el único coordinador de Glovo en La Plata se niega a dar una nota. Ya lo había supuesto Nicolás, el día que mandó un mail a la App para preguntar cuántos colaboradores/compañeros había en la ciudad. Le contestaron que ése era “un asunto confidencial”. En la calle, muchas veces se cruzan compañeros sin saberlo: como un precario método contra la inseguridad, cada vez más tapan sus cajas fosforescentes con una bolsa de consorcio negra para evitar ser reconocidos por posibles delincuentes. A diferencia de los delivery comunes, los cadetes de Glovo y el resto de las Apps no tienen una “base” a donde dejar dinero y circulan las calles con toda la recaudación encima.

Con el avance de estas plataformas también queda de manifiesto cierto perfil de usuarios o “clientes”, el resultado de esta simbiosis entre emprendedurismo e inmediatez extrema que cada vez copa más ciudades en el país.

–La verdad es que hay de todo. Hay pedidos absurdos de direcciones absurdas, de acá a acá a la vuelta. Todo eso lo hacemos. A mí me ha tocado ir a Foodies y entregar enfrente, literalmente cruzar la calle y entregarlo. No llovía.

Martina sonríe y se muerde el labio. Esos pedidos, como a todos, le dan ganancia; y no dejará de hacerlos por más que le asombre la pereza de los clientes. Hasta hace poco también prestó servicios en Pedidos Ya, que en La Plata funciona desde hace mucho antes que Glovo pero recién en 2018 incorporó cadetes propios –antes entregaban solo los repartidores de cada local–. La contrataron en blanco y con ART, con un grupo de otros 15 deliverys en bicicleta. Pero solo uno pasó los tres meses de prueba. Nicolás también trabaja en Pedidos Ya, bajo la nueva modalidad de monotributo. Cuando no le saltan pedidos en una app, despliega la otra. Y espera.

“La operatoria de estas empresas es similar a la implementada en las economías más desarrolladas de Europa y Estados Unidos. Se aplica una estrategia ‘extractiva’ que apunta a aprovechar recursos humanos de baja calificación, abundantes y baratos, sirviéndose del vacío legal que todavía existe en materia de regulación”, sostiene del Bono. La diferencia está en el interés por regular la actividad que tengan los estados de cada país. En Argentina, con un Ejecutivo que en los tres niveles mira para otro lado, fue la Justicia la que dispuso una medida que poco tiene de solución: prohibir la actividad hasta que las empresas acaten las reglamentaciones del Código de Tránsito y Transporte de CABA.

En su fallo, el juez en lo Contencioso Administrativo y Tributario Roberto Gallardo, argumenta la prohibición a través de un relevamiento hecho por la Policía de la Ciudad: en un total de 400 repartidores, el 77% circulaba con el portaobjetos cargado en la espalda –debería estar atado en la bicicleta–, el 70% desempeñaba sus tareas sin seguro y el 67% repartía sin casco. Para del Bono, “la falta de regulación conlleva la desprotección total de los trabajadores y trabajadoras”, pero a su vez la prohibición “solo perjudica a los cadetes, porque pierden su fuente de trabajo o terminan haciéndose cargo, ellos mismos, de cubrir las condiciones de seguridad con tal de seguir trabajando. La prohibición no redunda en la responsabilización de las empresas, sino todo lo contrario”.

En ese camino, y sin ningún precedente en la historia de estas apps, cadetes porteños fundaron la A.P.P., Asociación de Personal de Plataformas, que fue inscrita en el Ministerio de Trabajo de la Nación. “Sin relación con los sindicatos orgánicos de la CGT y sin vinculación con el sindicalismo peronista”, para del Bono esto constituye “una respuesta moderna de los trabajadores, que refleja las particularidades de la actividad de las plataformas y sin duda se trata de todo un desafío”. En La Plata, aun con bajas y desesperanzas y una atomización constante promovida por las empresas, los y las cadetes se siguen cruzando por WhatsApp o compartiendo “tiempos muertos” en zonas céntricas. Apropiándose, como tantos otros actores de la ciudad, del espacio público, de su espacio de trabajo: el territorio que los despliega abre sus plazas, esquinas, locales para reunirse, charlar, confiar. Y diseñar nuevas formas de demandar en colectivo.

En Buenos Aires, la Justicia Contencioso Administrativa prohibió las aplicaciones por el alto índice de infracciones al Código de Tránsito

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