Sos las canciones que te trajeron hasta acá

Foto Felipe Montalva
Foto Felipe Montalva

Hace años que el chileno Manuel García gana fuerza en la escena musical de su país gracias a la riqueza que anida en sus discos: folclore, trova y ciertas sonoridades eléctricas. Después de su primer toque en el país, La Pulseada se encontró con él y las palabras, la calma, el amor y las canciones.

Por Nacho Babino 

“Un puñado de polvo, mis vocablos”

(Densos velos te cubren, poesía. Olga Orozco)

Es un barrio de casas bajas. La tierra yerma, el  clima seco, la lluvia que casi nunca, el ulular suave del viento. A un lado están la costa y las aguas del   Pacífico; al otro, el cerro la Cruz, alrededor del cual se ubican los caseríos humildes. El barrio está al sur de

Arica, ciudad del extremo norte de Chile, apenas 20 kilómetros antes del límite con Perú. Un niño, parado en el pórtico de su casa, escucha a algún pescador que, a pesar del cansancio y en su vuelta del trabajo, ofrece algo de pescado. Aquel niño hoy tiene cuarenta y cuatro años, dos peces calados en el anillo de plata que lleva en su anular derecho y un buen puñado de preciosas y poéticas canciones encima. Al recordar su pueblo, Manuel García dice: “Era como un Macondo sin selva. La gente construía de

manera muy precaria, muy básica en la población: casas hechas como con una especie de cartón piedra, un material muy débil y ligero. Ahí tuvimos la posibilidad de experimentar como en un mundo que recién estaba empezando: caminábamos todo el día, andábamos sin ropa muchas veces. Aún hoy tengo la sensación de caminar a pies pelados constantemente pisando las piedras, la arena fresquita en una sombra, el calor que quema los pies donde el sol pega fuerte, las imágenes de las piedras con sal, en la noche la sal del mar que saltaba muy cerca del cerro y de pronto cuando el viento era fuerte traía por sobre el cerro el aire salino que tú sentías las gotitas en la cara y en tu lengua podías sentir ese sabor salino del mar —continúa recordando—. Todo se transformaba en una especie de sueño; las voces en la noche, ya era todo muy oscuro porque las luminarias eran pocas y precarias. Yo tengo esa imagen constantemente:

la puerta abierta y los muchachos muy humildes regalándote el pescado. A veces la noche, la luna detrás de eso como parte del panorama, fijaba un cuadro que a nadie se le podía olvidar”, cuenta sobre aquella infancia.

Y luego vuelve, Manuel, sobre una evocación oscura de aquellos días: a los diez, once años estaba a punto de tocar con su banda en un club de la ciudad. Con muchas ganas, antes de que toda la banda subiera al escenario, hizo algunas canciones sólo. Pero…

Pero de repente una mano sobre un hombro y una advertencia: “Está bien chango, no toques más. Andate”. En Chile, en 1980, no estaba bien que se cantaran canciones de Ángel Parra.

Manuel García nació el 1º de marzo de 1970 en ese barrio rayano al Cerro la Cruz. Durante su adolescencia tuvo algunos grupos folclóricos y rockeros, luego estudió en Arica historia en la Universidad de Tarapacá (Iquique) y a los 25 años siguió su rumbo tierra al sur, más precisamente a Santiago de Chile, a estudiar música. Andaba, Manuel, huyendo. “Estudié historia tratando de escapar de mi propia población. Yendo a un lugar de la ciudad que fuera más interesante. Pero era una manera de irse del barrio, que tus propios compañeros de colegio que no iban a ir a la universidad te dijeran ‘no, tú estás en la universidad’, y como ser de otro mundo. Luego de eso me fui a la capital, a

Santiago. Seguía huyendo y escapando más lejos de lo que era mi propia ciudad y propio lugar, relacionándolo siempre a lo precario, a la pobreza, a los años de la dictadura. Cuando de pronto en la capital caigo en la cuenta de que ésa era la maravilla, de que eso había sido el regalo de la vida, de la niñez, el espacio, el tiempo, el relato del desierto, el paisaje. La forma de ser yo mismo en la capital. Y ahí me dije: guau, tengo una identidad y tengo historias y puedo contar cosas que a todos les van a interesar y que nadie conoce. Empecé a incluir eso en mis canciones”, dice. Y entonces, por ejemplo, parte de la canción “La Gran Capital”: “Me cantaban las gallinas en el metro

que allá en mi población la noche es un poema, que mi patio, mis amigos, las estrellas, están en mí”.

El viento, patria de las canciones

Si bien su derrotero musical había comenzado de niño en su Arica natal, fue en Santiago que García rumbeó definitivamente para ese lado y donde tomó espesura y ritmo. Donde, de tantas cosas, se desasnó. Tuvo un paso no muy largo por la banda Coré para luego fundar junto a otros compañeros Mecánica Popular, que aunaba en sus composiciones parte de la trova chilena con el rock. Eran, de alguna manera, canciones de la trova pero eléctricas. Allí conoció a Diego Álvarez, ladero y compañero musical que hoy lo sigue acompañando. Editaron tres discos oficiales —“Mecánica Popular”

(1999), “La casa de Asterión” (2000) y “Fata Morgana” (2003) — más algunas ediciones en vivo.

“Giro hacia la gente mis lentes de Allende, y como en los sueños, van todos al frente, con lentes de Allende. Máquina que cose, a la mujer que tose yo la llamo madre tú no la destroces con dientes de sangre dice en una sus partes”, dice esa bellísima canción llamada “Lentes de Allende”, que está en uno de esos discos.

Después del desbande de Mecánica Popular y mientras hacía la música y ponía la voz en algunas obras de teatro y documentales, Manuel empezó con su proyecto solista. Un proyecto que en su génesis tenía mucho de lo que ya venía haciendo con sus anteriores bandas y que de alguna manera definió su búsqueda: un sonido acústico, muy emparentado con Silvio Rodríguez y con la trova y el folclor chileno; esto es, particularmente con Violeta Parra y, sobre todo, Víctor Jara.

—No se puede pensar la cantautoría y la música chilena sin pensar en Víctor Jara y Violeta Parra…

—Mira… Casi que podemos adivinar una figura de Víctor Jara en el tiempo: lo proyectamos y hubiera sido muy rocker también. Y que se hubiese adelantado ya como se adelantaba con algunas formas de hacer música y de decir las cosas. Y en el caso de

la Violeta lo mismo, que hace toda una música que ni siquiera pertenece al folclor, una música contemporánea que tiene una especie de apariencia de folclor pero que es rupturista absolutamente y una actitud de vida que yo se la quisiera conocer a cualquier rockero; libertad absoluta para decir las cosas, valentía para trabajar, fuerza para imponer sus ideas, sus criterios, incansable. Son como los Bach de esta época. No tenemos otras canciones más hermosas a las que ir y recurrir cuando queremos decir algo. Precisamente esa actitud quedó socavada de un minuto a otro a causa de la dictadura; lo que no quiere decir que un torrente de agua no se   cuele por debajo de la puerta. La única gracia que le pudiéramos ver a todo esos momentos de oscuridad

en los que éstas cosas estuvieron ocultas, es que las podemos redescubrir con una candidez casi infantil, volver así sobre esas cosas. Es un regalo casi divino eso. Y no en la necesidad de imitarlos porque se crece a partir de aquello.

 

Entonces, los discos solistas, hechos y pensados como piensa un artesano su mejor pieza: se lija hasta el cansancio si hay que hacerlo, se pule si hace falta, se laquea, se trabaja domando el tiempo y dejando que la belleza sea. O buscados, esos discos, como

busca alguien en el desierto alguna piedra que dé la sabiduría de lo hallado en tierra –como en la infancia, Manuel. “Pánico” (2005) y “Témpera” (2008) son eso que ya se dijo: lo acústico, el predominio de las guitarras criollas –“de palo” dice él—, la clara y fortísima influencia de la trova. En esos dos primeros y bautismales discos se encuentran grandes canciones, como “Tanto creo en ti”, “El viejo comunista”, “Hablar de ti”, “Nadie más que el sol”, “Barcos de cristal” y esas tres preciosas gemas folclóricas compuestas a puro pulso criollo: “Pañuelí”, “Los colores” y “Témpera”. “S/T” (2010) se puede entender, de alguna manera, como la transición hacia el disco “Acuario” (2012), donde definitivamente se consolidan ciertas sonoridades eléctricas, más propias del rock y del pop; aun así, no se pierde la esencia de sus composiciones: las canciones.

“Hemos ido desarrollando en Chile ciertas cualidades que tienen que ver, creo yo, con incorporar bien aquellos valores nuevos que se van arraigando en lo que podemos entender como parte de nuestra cultura. Nunca olvidando un sentido de la raíz en la letra, en lo que se busca, en lo que filosóficamente se dice o se canta, la melodía, la métrica, pero nos da un soporte súper interesante, a nivel de sonido, el hecho de poder

incorporar músicas que tienen que ver más con pop, con rock o con electrónica sin tener que necesariamente entrar en un esquema muy sesgado, como decir sólo hacemos tal o cual cosa”, sostiene Manuel.

La escena chilena actual

Es enero de 2010 y brota el calor en los camarines. Los músicos Nano Stern, Camila Moreno y Manuel García dan vueltas a una idea. “Ya, pó, dilo pues…”, le dicen ambos a Camila. Minutos después, ante todo el auditorio del tradicional Festival de Huaso Olmué y miles de televidentes, ella dice: “Queremos dedicar esta canción a todos aquellos que creen que pueden comprar todo con dinero, incluso un país”. Y todo es abucheos y aplausos hasta que censuran la transmisión.

—De un tiempo a esta parte se ha ido conformando una gran y riquísima escena musical en Chile, músicos jóvenes y de los más variados estilos (Nano Stern, Pascuala Ilabaca, Angelo Escobar, Chinoy, Gepe, Camila Moreno, Evelyn Cornejo), aunque siempre haciendo pie en la canción…

—Es un momento muy importante en Chile. Yo me quedé en un intermedio entre dos generaciones. Por edad, casi en un minuto, alcancé a ser el más joven de toda una forma tradicional de hacer canciones, de cantautoría con la guitarra, tratando de modificar

algunas cosas de la generación anterior a la mía. Y es allí en el medio que irrumpe Chinoy con una fuerza vital nunca antes vista. Él recoge el lenguaje popular, un lenguaje casi callejero; le da una bofetada al prejuicio chileno. Vuelve a reeducar la cultura de la música chilena a partir de esta forma de tocar la guitarra medio punkie pero en cuerdas de nailon, con una voz que dispara estas metáforas a quemarropa que finalmente lo incendian todo. Todo el mundo sabía sus canciones y no tenía ni un disco editado. Sencillo como es él, como si se fuera a quebrar de un soplido. Gepe, que de pronto modificó el sentido de la tonada y la música chilena y le dio una frescura increíble, con una ingenuidad absoluta toma tanto de la electrónica como de la tonada y aparecen unos híbridos maravillosos, con una frescura. El desgarro del canto de Camila Moreno.

—Y es toda una generación de músicos y artistas que siguió de cerca y apoyó, por ejemplo, las demandas estudiantiles.

—Sí, claro. Mira… es una sola voz popular. Todo el mundo está consciente, todo el undo está abogando porque finalmente se produzcan cambios importantes. Creemos, o

yo por lo menos creo, que hay un resorte y una posibilidad estratégica de que alguna gente pueda y acceda a ser parte del gobierno, como Camila Vallejo, para jugar finalmente como un caballo de Troya. El cansancio de no decir las verdades en Chile respecto a los detenidos desaparecidos, de no subrayar las verdades políticas, de mentirnos como sociedad en torno a lo que somos con respecto al prójimo,

con respecto a la xenofobia, la homofobia, a temas que se abordan desde una especie de cómoda mentira, se está moviendo y se está socavando todo eso. Yo me pude sumar

al movimiento estudiantil porque desde antes había ya compuesto algunas canciones…

 

“Sí, las flores van marchando en el jardín; sí, los estudiantes marchan junto a ti”, dice la canción “Alfil”.

 

“Y había vislumbrado que había y que iba a pasar algo —continúa Manuel García—. Si no hubiera sido muy gratuito; ‘Permiso, voy a ocupar mi lugar generacional aquí, chiquitito’. Nosotros no tenemos nada que venir a decirles a ellos, a los estudiantes, pero tal vez aportarles un poquito. Sentir ese fuego me revitaliza”. Si finalmente uno es lo que hace, Manuel García es canción. Canciones. En el cortometraje documental “Catalejo” (Ronnie Radonich, 2007), que lo tiene como protagonista recorriendo su Arica—y donde se reproducen, por ejemplo, memorables diálogos con los lugareños y pescadores del lugar—, en un momento dice: “Yo no saco pulpos del mar, saco canciones”.

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