Edición Impresa|27 Mayo, 2015

25 años sin Andrés Núñez

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Foto: Gabriela Hernández

En 1990, tres años antes de desaparecer a Miguel Bru, la Policía produjo en La Plata la primera desaparición forzada de la democracia, con métodos de la dictadura que un juez convalidó. Aunque el cuerpo apareció y hubo condenas, hay cuentas pendientes. El caso, la lucha y los sueños actuales de su compañera de vida.

Por Martín Soler

Este año se cumple un cuarto de siglo de ese horror que comenzó en las últimas horas del 28 de septiembre de 1990 y ejecutó su sentencia de muerte en la madrugada siguiente. En un procedimiento ilegal, una patota de la Policía Bonaerense en un Fiat 147 verde arrancó de una humilde vivienda a Andrés Alberto Núñez, un futbolista amateur que estaba en pareja con Mirna Gómez y tenía con ella una hija pequeña. Después de secuestrarlo, este grupo de oficiales y suboficiales lo llevaron a la Brigada de Investigaciones de La Plata (en 61 entre 12 y 13), lo torturaron hasta que murió y lo hicieron desaparecer. Eran los ’90 en La Plata. Pasaron 25 años y Mirna conserva tanto el dolor como la fuerza.

La justicia por este emblemático crimen llegó tarde y no para todos. El juicio oral se desarrolló en diciembre de 2010. Durante ese debate, el ex sargento Alfredo González acusó a cuatro de sus ex compañeros en la Brigada de Investigaciones de La Plata (Víctor Dos Santos, José Ramos, Pablo Martín Gerez y Luis Raúl Ponce) de haber torturado —con picana y “submarino seco”— y asesinado al albañil Núñez. Dijo que con Dos Santos, Ramos y Gerez (colegas del grupo operativo de Robos y Hurtos) fueron a buscar a Núñez a la tarde y lo trasladaron a la Brigada con la excusa de tomarle declaración por el robo de una bicicleta, que él no ingresó al edificio policial porque se le terminaba el turno, y que al otro día Gerez “me explicó que habían asesinado a golpes a Núñez; me dijo que no me preocupe, que Ponce iba a solucionar todo, que vuelva a mi casa y no me haga drama por lo ocurrido”. El sargento “arrepentido” también dijo, en esa declaración exculpatoria, que

Ponce lo obligó a rehacer el libro de Guardia “para que no haya constancia” del paso de la víctima por la Brigada.

Tras el desarrollo de este juicio, la Sala II de la Cámara Penal de La Plata condenó a reclusión perpetua por “torturas seguidas de muerte” a Dos Santos y González. Esa sentencia, confirmada por Casación bonaerense, aún no está firme; fue recurrida por las defensas ante la Suprema Corte de Justicia.

En cuanto al resto de los imputados, el ex oficial Pablo Martín Gerez sigue prófugo (por datos sobre su paradero el ministerio de Seguridad bonaerense sigue ofreciendo hoy una recompensa de entre $20.000 y $50.000 que la familia de Andrés pide que aumente) y el ex comisario Y el ex comisario Ponce, prófugo dos décadas, fue capturado “por casualidad” a mediados de agosto de 2012 en la ciudad neuquina Junín de Los Andes, donde se escondía en la identidad de “Raúl Peralta”. Intentó huir, abrió fuego contra personal de la Policía de Seguridad Aeroportuaria y terminó baleado. Detenido, hoy espera ser juzgado.

Con respecto al ex oficial Ramos, es la persona que en 1995, cinco años después de la desaparición de Núñez, se quebró y delató a sus ex compañeros uniformados en un testimonio clave para ubicar los restos de la víctima. Estaban enterrados debajo de un estanque en un campo de General Belgrano. Ramos fue declarado momentáneamente inimputable.

El otro protagonista de esta historia de complicidades y protecciones políticas fue el juez del caso, Amílcar Benigno Vara, que siempre se burló de la familia de Andrés. Murió en 2014, en la llamada “impunidad biológica”.

“Debe estar viajando”

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Foto: Gabriela Hernández

En 1990, después del secuestro, la familia lo buscó, sin respuestas, por comisarías, hospitales y juzgados. En ese calvario, Mirna se cruzó cara a cara varias veces con el ex juez Vara. Esa historia la contó al declarar en la causa abierta contra él y agregó que, en la ex Brigada de Investigaciones de La Plata, le dijo:

—Señora, quédese tranquila que su marido debe estar viajando —. El magistrado fue más allá y le sugirió que seguro Andrés estaba en Brasil con otras mujeres.

Mirna también contó en aquella declaración que Vara amenazó de muerte a su ex abogada, Elba Témpera, y que se opuso a que los sospechosos del crimen fueran reconocidos en rueda de personas; ese procedimiento fue sustituido por un reconocimiento fotográfico con un álbum en el que faltaban 15 imágenes de uniformados. “Ya no trabajan más (como policías)”, fue la explicación que escuchó ella hace más de dos décadas de boca de investigadores policiales y judiciales.

En otro pasaje de aquel testimonio, brindado en la fiscalía 8 de La Plata, Mirna recordó que en el juicio oral por el caso de Andrés, la testigo Alicia Visconti (policía) afirmó que su ex esposo (el acusado Ramos, luego declarado inimputable) siempre decía que estaban “protegidos por jueces” y, sin dudarlo, dio el apellido “Vara”. Tras declarar, la viuda de Andrés brindó una conferencia de prensa. “Espero que se haga justicia; él (Vara) estaba mientras lo torturaban a Andrés, él es cómplice, encubría a policías y se cubrían entre sí, fue un juez corrupto”, sostuvo. También agradeció al fiscal Jorge Paolini por “haber llegado a esta instancia”, antes de romper en llanto y pedir:

—Que la justicia no deje pasar esto, creo en la justicia y voy a seguir luchando.

Pero la justicia volvió a llegar tarde. Vara falleció el 27 de marzo de 2014 y la causa contra él se extinguió. Nunca fue citado a declaración indagatoria, lo que implica que, técnicamente, no pudo responder por la acusación que pesaba judicialmente (y pesa socialmente) sobre él. Su muerte no sólo afectó al caso Núñez; encriptó también la verdad sobre la muerte del estudiante de Periodismo Miguel Bru, torturado y asesinado en 1993 en la comisaría Novena de La Plata, cuyos restos siguen sin aparecer.

Maldita

La investigación por el crimen de Núñez estuvo plagada de irregularidades. En 1992, dos años después del secuestro, Vara ordenó la detención de todo el personal que estaba de guardia aquella noche. Andrés aún estaba desaparecido y los procesados fueron quedando uno a uno en libertad. Luego el juez fue destituido tras un jury, al comprobársele irregularidades en 26 causas distintas en las que estaba involucrado personal policial; entre ellas, la de Bru. El magistrado era parte del problema y no de la solución.

En 1995, cuando la investigación ya estaba en manos del juez Ricardo Szelagowski, la confesión de un imputado (Ramos) permitió encontrar el cuerpo de Andrés en el establecimiento rural bonaerense de General Belgrano El Roble, cuyo dueño es primo del ex comisario Mario “Chorizo” Rodríguez, ex jefe de la “maldita Policía” bonaerense. A Andrés lo mutilaron y prendieron fuego debajo de un tanque australiano. Sus restos fueron identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF). El día que se lo llevaron, estaba vestido con un equipo de gimnasia, un bolso, campera de jeans con cuero. Debajo de la chapa de zinc donde lo descuartizaron y quemaron, quedaron restos de ropa, de la mochila y el peine, que reconoció Mirna.

El testigo clave del caso fue Jorge David Guevara, que tenía 16 años y estaba detenido en la Brigada la noche del crimen de Andrés. En su exposición durante el juicio oral, rememoró que el 27 de septiembre de 1990 fue “levantado” por tres policías armados mientras cortaba el pasto, a pala, en un terreno de Ensenada. Así ayudaba con la economía familiar. Jorge, menor de edad, conocía a Andrés de jugar al fútbol “tres veces por semana en las canchas del (Colegio) Nacional”, explicó a los jueces de la Sala II de la Cámara Penal de La Plata. Se lo llevaron para que se hiciera cargo “de un robo grande de plata”, dijo, y detalló: “Me colocaron una bolsa negra en la cabeza y me patearon en el estómago y las costillas hasta que me dejaron sin aire”. En esas sesiones de tortura “estaba el juez Vara, que anotaba todo con una lapicera en una hoja de papel”, reveló.

También confirmó que en la madrugada del día siguiente vio a Núñez en la Brigada. “Cuando dejaban de pegarle me llevaban a mí para torturarme; las sesiones duraba unas dos horas a cada uno”, describió. En una de ellas “lo trajeron a Andrés y, mientras me pegaban, le decían: ‘Mirá lo que dice éste’”. Según el testigo, esa secuencia y las torturas también fueron presenciadas por Vara.

Alicia Visconti narró a los magistrados que su ex marido, Ramos, estaba protegido por jueces. El dato no pasó por alto ni para la fiscal de juicio Rosalía Sánchez, ni para Eduardo Hortel —ex camarista de La Plata, ya fallecido, por entonces abogado de la familia Núñez, que también condenó al femicida Ricardo Barreda y a los asesinos de Miguel Bru—, que le preguntaron a quién se refería. Sin dudarlo, respondió: “Vara”.

También detalló cómo, a cuentagotas, se fue enterando de lo ocurrido con Núñez. “Una madrugada, después de muchos días de no estar en casa (Ramos) apareció todo sucio. Teníamos un matrimonio muy violento —aclaró— y esa madrugada lo vi muy desvalido, como pidiendo clemencia, con aliento etílico; se arrodilló llorando y dijo ‘se nos quedó, se nos quedó’”. La mujer no entendía nada pero, bajo amenaza de paliza, fue obligada a encerrarse en una habitación de la casa que compartían en 49 bis entre 144 y 145. Ramos fue a quemar la ropa que traía puesta. “Estaba manchada con sangre”, especificó Visconti, y aseguró que el ex policía le confesó en la intimidad: “Lo tuvimos que hacer, quemarlo y cortarlo”. Para tomar coraje bebieron varias damajuanas de vino tinto mientras trataban salvajemente el cuerpo del que se desharían en General Belgrano. En otro momento, ella escuchó a Ramos decir: “Le dijimos a este boludo (por el sargento Alfredo González) que no lo apretara tanto, se le quedó y lo tuvimos que hacer desaparecer”.

No prescribe

Para evitar que la impunidad biológica siga afectando el reclamo de la familia Núñez, los abogados se trazaron hace unos años una estrategia compleja: recurrieron a la Suprema Corte bonaerense para plantear que el caso sea considerado crimen de lesa humanidad; es decir, imprescriptible. Adjuntaron abundante documentación periodística de diversos medios gráficos de todo el país que daba cuenta de una práctica sistemática de las distintas policías provinciales de secuestrar y desaparecer personas de los sectores más humildes.

La Corte hizo lugar parcialmente a ese planteo. En una resolución de 33 páginas conocida en mayo de 2013, los jueces Héctor Negri, Daniel Soria, Hilda Kogan y Eduardo Pettigiani entendieron que el pedido de imprescriptibilidad por ser un caso de lesa humanidad no debía prosperar. Con distintos argumentos descartaron que el hecho sufrido por Núñez se trate de un plan sistemático orquestado por la fuerza provincial para hacer desaparecer a un sector determinado de la sociedad, pero aclararon que el caso no está prescripto.

Mientras tanto, el almanaque sigue deshojándose, hay dos acusados que no fueron juzgados, uno sigue prófugo y un juez del maldito Poder Judicial se llevó los secretos a la tumba.

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Foto: Gabriela Hernández

Bitácora de la tortura

Dos hermanos que estuvieron detenidos en la ex Brigada la noche del secuestro de Andrés confirmaron que se escucharon “gritos de torturas” y uno de ellos dio indicios sobre el uso de picana eléctrica. José Daniel Décima estuvo preso allí entre marzo y octubre de 1990. Ante los jueces, confirmó que aquella noche vio lastimado al entonces adolescente Jorge David Guevara; mientras el chico estaba “tirado” en una celda vecina y “con los pies lastimados, escuchamos gritos de torturas, de sufrimiento, que venían del lado de la calle”, dijo. Su hermano, Miguel Alberto Décima, oyó “gritos y quejidos” mientras la radio eléctrica que tenían en la celda “hacía interferencias”. “A la madrugada se escucharon pasos apurados en el patio de la Brigada y un auto salió rápido, como arando”, graficó. Al ver los movimientos extraños “los detenidos le preguntamos al cabo de guardia qué estaba pasando” y la respuesta fue: “Se les fue la mano, se les fue la mano”.

Temiendo por su vida, los detenidos Décima, Julio Gómez y Jorge Gálvez registraron lo que percibían en una especie de diario de detención. Uno de esos escritos firmados por los presos está anexado a la causa y fue reconocido por los hermanos Décima. Miguel confirmó también que los policías “cambiaron su aspecto, se cortaron el pelo y la barba”, y denunció como “mal hechos” los identikits de policías que le mostraron durante la primera investigación del caso, a cargo de Vara.

Otro dato revelador lo aportó Élida Cristina González, hermana del imputado Alfredo González, que reveló que lo ocultó tres meses en su departamento de 6 y 532 y contó que una tarde la llamó una persona que le advertía al “Flaco” que escapara y sugiere que alguien cercano a la pesquisa lo alertó para que no lo detuvieran.

“Sueño con cuando nos conocimos en Macondo”

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Foto: Gabriela Hernández

Mirna Gómez carga sobre su pequeña espalda una gran lucha que promete “no abandonar, ni por Andrés ni por otros casos de ‘gatillo fácil’”, como ella resume a todos los casos de brutalidad policial o violencia institucional. En su casa, donde Andrés sigue vivo en las fotos que hay en cada rincón que piden “justicia”, Mirna recibió a La Pulseada para hablar sobre estos 25 años sin su compañero de vida y padre de su hija. Cada vez que lo recuerda se quiebra, pero como siempre, respira profundo y sigue adelante.

“Sueño con cuando nos conocimos en el boliche Macondo, por intermedio de una amiga. Me quedé sola, le dije ‘me dejaron mis amigas, estoy sola’, y Andrés me contestó: ‘Bueno, te acompaño hasta tu casa’”, rememora con una sonrisa y unos ojos cargados que no derraman ni una lágrima. También recuerda que fueron “hasta la estación de servicio de 7 y 45, donde Andrés había dejado su bicicleta. ‘El móvil’, como él lo llamaba —se ríe Mirna—. Y nos fuimos caminando hasta 16 y 50, allí vivía con mi hermana”. La segunda cita fue la definitiva. Se fueron a vivir juntos.

En 1989, 13 meses antes del secuestro, nació la hija de ambos; ella nunca quiso hablar en público del caso pero ya de grande se puso a la par de Mirna en el reclamo y la acompañó en varias ocasiones a transitar los pasillos de Tribunales. “Mi hija es el mejor recuerdo que me quedó de él. Fue un gran padre… La quería mucho, pensaba en la fiesta de 15 de la nena y estaba ahorrado plata”, detalla Mirna. El 6 de septiembre de 1990 pasaron juntos el último cumpleaños de Andrés. Estaba ilusionado porque tenía acordado “ir a jugar a la pelota en Corrientes”, repasa. Pero 22 días después ocurrió la tragedia.

En la primera etapa de la búsqueda, cuenta Mirna, “me discriminaban mucho porque se dijo que Andrés era albañil, pero cuando trascendió que era futbolista la causa comenzó a verse de otra manera. Eso me dio mucha bronca porque los derechos son iguales para todos, sean albañiles o futbolistas”. La misma indignación que la invadió cuando vio los restos de su pareja en sobres de madera guardados en una húmeda caja fuerte del fuero Penal platense.

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Foto: Gabriela Hernández

“Cuando me entregaron a Andrés me dieron diez sobrecitos de los que se estaban cayendo las cenizas. Yo la miré a mi abogada y quería tirar todo. Me pidió que me calme y le dije a un empleado que por lo menos le pusieran cinta Scotch. Al día siguiente le pedí al juez Szelagowski que pusieran los restos en una urna y me contestó: “El Estado no tiene plata”. Fue otra lucha más conseguir una urna, que me la dio la Municipalidad de La Plata”.

La historia de Andrés Núñez pronto se verá reflejada en dos libros: “Uno lo está escribiendo Julio, un integrante de Hijos La Plata, y el otro, Pablo Morosi”, cuenta Mirna, que a pesar de todo conserva su ímpetu.

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