Edición Impresa|14 Abril, 2013

“Esta casa es la memoria habitada”

Foto Gabriela Hernández

Foto Gabriela Hernández

La última dictadura asesinó a los padres de Nicolás Berardi en una de las “casas operativas” de Montoneros en La Plata. Lo criaron sus abuelos entre Olavarría y La Pampa. A los 18 volvió para estudiar y también para recuperar su identidad y ese sitio. “Tengo la edad de Clara Anahí y mi hijo tiene la edad de los que debe tener Clara Anahí hoy caminando por todos lados”, dice Nicolás, que aprende de Chicha Mariani, empuja la memoria hacia el futuro y se proyecta en otra lucha, contra la minería contaminante. 

Por Josefina Oliva

“Recién ahora se van conociendo algunas historias. Hay unas más conocidas que otras”, expresa en voz baja Nicolás Berardi Gau, entre el tumulto que acompaña a Chicha Mariani durante un nuevo homenaje a los militantes montoneros asesinados en la casa de calle 30 entre 55 y 56, el 24 de noviembre de 1976.

Ese mismo año, dos días antes, otro inmenso “procedimiento” del Ejército y la Policía Bonaerense, en otra de las casas operativas que Montoneros tenía en La Plata, se llevó a otros militantes: Adolfo José Berardi y María Isabel Gau. Los papás de Nicolás. Esa otra casa queda en 63, entre 15 y 16, Nº 1043 y hoy se la conoce como “el Bichicuí”. Allí funcionaba un centro de falsificación de documentos para militantes que tenían pedido de captura y necesitaban moverse clandestinamente, y ahí nos encontramos ahora con Nicolás, antes de que retorne a Catamarca, donde vive en la actualidad.

Su “suerte”, distinta de la de cientos de niños apropiados por los genocidas de la última dictadura, hizo que se encontrara con sus abuelos paternos y maternos 17 días después de la masacre. Antes de eso vivió con sus apropiadores, a quienes llegó porque una vecina entregó a la Policía a ese bebé de un año y medio que había encontrado envuelto en el colchón donde lo había escondido su padre segundos antes de recibir un tiro por la espalda. “Mis viejos jamás estuvieron en algo para morir, nunca pensaron en la muerte”, reivindica Nicolás, recuperado de las garras genocidas, criado entre Olavarría y La Pampa y dueño de un presente en el que continúa “volando de un lugar a otro”.

Nicolás trabaja en la reconstrucción de esta “historia menos conocida” a partir del “boca en boca” y de “la historia del barrio”. Y explica que esa recuperación  “tiene que ver con una experiencia propia pero también de conjunto, en el contexto, después de 2001, después de los ‘90, donde uno se formó y fue trabajando en la recuperación de la casa”.

Ese apodo

Cómo esos abuelos maternos recuperaron al Bichicuí es escalofriante. Habían venido a La Plata desde Olavarría para asistir al inminente parto de Isabel, que estaba embarazada. Pero como llegaron al día siguiente del atentado —del que se enteraron por radio y televisión—, se vieron de repente envueltos en la búsqueda de Nicolás. Algunas personas les brindaron los primeros datos y así llegaron hasta el despacho del propio Miguel Osvaldo Etchecolatz, comisario general, director de Investigaciones en la Bonaerense.

“Mi abuela me cuenta que para que me restituyeran en realidad me llevan de la casa de los apropiadores a la Jefatura de Policía, donde estaba Etchecolatz. Que él entró conmigo, me puso en el lugar, se sentó, sacó su arma y la puso en el escritorio. Tenía unos teléfonos, que es lo que me decía mi abuela que le llamaba la atención, y mis abuelos se sentaron ahí, del otro lado, enfrentados —reconstruye Nicolás. La consigna era que el bebé decidiera con quién ir…—. Mi abuelo estaba como desvencijado y a mi abuela le salió lo que nunca, esa fortaleza… Yo estaba fascinado por el teléfono y ella estaba muy mal porque claro, estaba al lado de Etchecolatz. Y entonces ella me llama ‘Bichicuí’, entre otras cosas más afectivas, me imagino, porque por un concepto no creo que vuelva. Y me fui con ella.

¿Y ahí te entregaron?

—No, no fue ahí directamente. Me volvieron a sacar, me llevaron los apropiadores y mis abuelos me tuvieron que ir a buscar allá, a lo de la familia Aquiles Caputo, y Urquiaga, que era la señora. Ahí estaba mi habitación completa, los colgantes, la ropa, todo, todo tal cual estaba acá; o sea, hicieron mierda todo (el día del atentado a la casa en que murieron sus padres), menos mi pieza: había una lógica por detrás. Ahí me entregaron y la mujer les decía que tenía parientes en Las Flores, que es cerca de Olavarría, y que de última ellos me cuidaban, y que mis abuelos me fueran a ver cada tanto. Esas cosas…

No está claro por qué Etchecolatz accedió a restituirlo. Quizás por la reputación de su abuelo —recibido en la UNLP, había trabajado de médico en el Hospital de Niños y era muy reconocido en Olavarría—. No se sabe. Pero ocurrió y dio comienzo a una nueva historia: la del Bichicuí.

En Olavarría, hasta los 9 años Nicolás vivió en tres casas por semana: de lunes a jueves con su abuela materna; de jueves a domingo, la mitad con su abuelo paterno y la otra, con su abuela paterna (estaban separados). Ahora recuerda con una sonrisa que los psicólogos les aconsejaron “algo un poco más estable”, y aprovechando el regreso de unos tíos exiliados, con otras dos tías se marcharon a La Pampa. Corría el ’82 y un nuevo aire comenzaba a respirarse. Allí pasó la adolescencia y fue uno de los primeros hijos de la zona en dar testimonio, aunque lejos de otros HIJOS y de las agrupaciones que nacían en ciudades como La Plata, adonde volvió a los 18, para estudiar. Y para reencontrarse con esa casa.

Casa y barrio

“El Bichicuí lo estoy comprendiendo más ahora que durante toda mi vida. Mis viejos me dijeron así cuando era muy chiquito, pero no tuve la oportunidad de ‘¡eh, Bichicuí, pasame la pelota de básquet!’ —ilustra Nicolás—. Era ‘Nico’. Me enteré del apodo cuando recuperé la casa, en 2004, recién; ahí tomó significado, y fue algo muy personal y a la vez colectivo. Yo llevaba varios años pensando cómo podría ser el asunto cuando recuperara la casa, no me tiré de cabeza. Mi abuela quería que la vendiera, imaginate. Y tuve que pelear con muchas ideas internas para poder llegar”.

La lucha por la recuperación de la casa implicó un largo recorrido legal: había que “sacar” del Bichicuí al señor Luis Alberto Bulus, que se encontraba allí desde 1982, “puesto por los milicos” (según le han contado a Nicolás, trabajaba como mano de obra barata de la Policía para “autopartes y otros negociados”). Y el trámite también aportó más datos: “Dentro de la declaratoria de herederos había dos inmuebles: uno que estaba en Altos de San Lorenzo, por 76 y 16 bis, que es donde funcionó el primer lugar de falsificación —cuenta Nicolás—. Mis viejos ya laburaban allá, hacía casi un año, y a aquella casa la revientan antes que a ésta (de 63), estimo que una semana antes más o menos. Los vecinos le dijeron a Carlos ‘el Negro’ Ventura, que compartía con mi viejo la casa, que había venido un Torino, con un tipo muy hecho pelota, y que habían señalado una casa equivocada, y a los vecinos les preguntaban: ‘¿Ésta es la casa de los conejos?’. Parece que estaban buscando la de 30 y dieron con la otra”.

—Y con el Bichicuí, ¿qué pasó?

—En once años no pasé por la puerta de la casa, para mostrar impecabilidad, que el tipo no tuviera de dónde agarrarse. Cada uno tiene sanas o insanas obsesiones… Aunque durante casi dos años viví a dos cuadras: simbólicamente cada vez estaba más cerca, inevitablemente. Un día empecé a ver que no había movimiento, y después de algunos años dije ‘bueno, voy poniendo ladrillos y si nada se mueve acá, ayudo un poquito a la Justicia’. Le dije a la abogada que no había nadie más acá, forzamos, entramos. Y había de todo en realidad: había como dos casas en una.

Mientras en la casa de calle 30 las huellas del horror impactan a la vista, el Bichicuí esconde la tragedia en su interior: orificios en las paredes del patio, abolladuras del viejo portón que se encontraba blindado, manchas de sangre que aún se ven en la pared del baño. Además, en el fondo permanece el pozo, señal del viejo “embute” construido para esconder las máquinas con las que se imprimían los documentos (ver Las casas de noviembre). Hasta 1982 la casa estuvo “toda agujereada, toda tapiada y después el tipo le hace una lavada de cara”, dice Nicolás, pero muy descuidada. “Cuando llegamos todo esto estaba tapado. Fuimos picando hasta que nos dimos cuenta de que acá sonaba hueco”, indica Nicolás, que tras un arduo trabajo con compañeros logró hallar el pozo que Bulus se había ocupado de tapar con dedicación.

Hoy la casa está habitada por cuatro estudiantes: dos chicos de Catamarca, de una familia amiga, y dos de Olavarría cuyos padres estuvieron exiliados con los tíos de Nicolás. Conviven con la historia gris pero le imprimen “color, ritmo y sustancia”, como dice el mural de Luxor que luce en el frente.

Desde 2005, cada 22 de noviembre la casa de 63 ofrece diversas actividades culturales “hacia afuera”. Hacen invitaciones y dejan 200 cartas por el barrio para “transmitir un sentimiento o reflexión, y eso es cada vez más fructífero”, sostiene Nicolás. La idea es generar lazos, hacer partícipes a los vecinos de lo que pasó. “Lograr en algún momento entrar a la casa de ellos, no que vengan a nuestras casas”, distingue. Y también planean “publicar algo” sobre la historia.

La puerta, de la que cuelga un pequeño tallado en madera ‘Bichicuí’, ocupa el lugar que dejó el “bazookazo” de aquel noviembre. Y ahora hay también otra señal: las “Baldosas por la memoria” que hace tres años se colocan, por iniciativa del Municipio, para señalar lugares donde hubo secuestros o asesinatos en la última dictadura cívico-militar.

Memorias, presente y tensiones

Para Nicolás lo de las baldosas “está bueno porque le informa al transeúnte común, no al que ideológicamente va buscando algo”. Dice que nunca quiso poner una placa, “en el sentido de la institucionalización”, y que lo está trabajando ahora con Chicha Chorobik de Mariani, para las dos casas. “Estaban sistematizadas, hechas por los mismos, con una identidad, entonces me parece que podemos generar sistemas nuevamente, y significados”, dice. Sobre las baldosas le consultó a Chicha, y ella le dijo: ‘Sí, lo de las baldosas va’ (ver Bicha y Bichi).

También rescata que no dicen ‘Municipalidad’ pero tienen el logo, y le parece interesante que es el Estado, y no un gobierno, el que se haga cargo de lo que pasó ahí. “Yo trabajo en el Estado, muchos de los chicos que viven acá trabajan en el Estado, los vecinos son parte de una u otra manera del Estado, entonces está bueno”, redondea.

—La casa de 30 fue considerada Patrimonio Cultural de la Provincia y Monumento Histórico Nacional. El Estado allí tiene más presencia…

—Lo que pasa es que ahí están los recorridos distintos. Cando yo me planteo el Bichi, me lo planteo para el futuro. Pero el futuro ¿qué es?, un futuro abierto, mi hijo tiene tres años. Los chicos tienen veintipico, sigue siendo abierto el futuro. Chicha ha trabajado por abrir ese futuro, buscar a su nieta. Ha trabajado mucho sobre el pasado, entonces las memorias son distintas. Trabajó desde su bolsillo, de las indemnizaciones, lo que pudo cobrar como fundación Anahí, y eso desgasta de muchas maneras. Acá nunca tuvimos un aporte económico por fuera pero tenemos ese trabajo que yo hice individualmente. Y el futuro. Yo tengo la edad de Clara Anahí, mi hijo tiene la edad de los hijos que debe tener Clara Anahí hoy caminando por todos lados. El aprendizaje de Chicha es que Clara Anahí tiene la oportunidad, mientras esté viva, de recuperarse, porque ahí se va a abrir toda una historia, ese patrimonio en algún momento va a estar en cuestionamiento. Ya dijo Chicha: ‘Perfecto, a mí me hacen todo esto, pero sigue siendo de Clara Anahí’.

—¿Qué diferencias notás respecto de las otras casas?

—La de 139 entre 48 y 49 era alquilada y ahora es una casa más. Decimos a veces que es un poco ‘desmemoria’. Ésta, la de 63, es la habitada, la memoria habitada. Y la de Chicha es una memoria activa en el tiempo, y los guías de calle 30 ahora se están conociendo con los chicos de acá, que tienen más o menos la misma edad. Permite que se generen cosas a futuro. Porque Chicha se está haciendo cada vez más grande, porque yo me quiero abocar a mis cosas, sinceramente…

Cuando terminó el Profesorado en Ciencias de la Educación en la UNLP, Nicolás se fue a Catamarca, donde nadie lo esperaba y todo estaba por hacerse. En Andalgalá lucha contra la minería a cielo abierto mientras en La Plata reconstruye su historia. Su desafío, cuenta, “es articular esas dos cosas y a la vez tener tranquilidad, porque voy para allá y nos reprimen (a los miembros de la asamblea anti megaminería), vengo acá y la movilización también es muy grande… Que venga un vecino y te cuente todo lo que sufrió o que te diga ‘¡estás vivo!’. En un lugar te dicen ‘vos y los tuyos que están gobernando’, por Martín Fresneda (el actual secretario de Derechos Humanos de la Nación, hijo de desaparecidos) por ejemplo. ‘No son los míos, es un hijo, somos todos distintos, pasa de todo’, les digo yo. ‘¡Pero vos y los tuyos!’ entonces eso me ha marginado un montón allá también, y vengo acá y me dicen ‘¡ah porque ustedes en Catamarca no quieren ver que ya va a venir un día en que eso va a ser para el pueblo!’, entonces uno está en un lugar…  como el que está el Bichicuí…

—¿Con contradicciones?

—Claro, el Bichicuí es un poco eso también. La contradicción de cómo conservar sin terminar de intervenir todo. Hay muchas experiencias de uno mismo que se plasman en la expresividad de la casa. Yo les digo a los chicos que viven acá: ‘Ustedes van a terminar de estudiar, se van a enamorar y se van a ir. Y la casa va a quedar. Ya hubo otros. Yo en un momento ya empecé a envejecer con la casa, o a crecer con la casa, entonces no sé qué va a ser de acá a cuatro o cinco años.

—¿Vendrán otros a ocuparla?

—No tengo ni idea. Eso es lo más lindo de todo.

 

Las casas de noviembre

Tres de las “casas operativas” que Montoneros tenía en la ciudad de La Plata fueron atacadas salvajemente en noviembre de 1976. Así se conoce a las viviendas que, con distinto grado de relevancia logística para la organización, tenían montado algún dispositivo electrónico para albergar “embutes”. Allí se imprimían publicaciones, se guardaban bienes o se falsificaban documentos, principalmente. Por eso eran tan buscadas.

El 22 de noviembre cayó la casa de 139 e/ 48 y 49, donde estaban Mirtha Noemí Dithurbide y cinco compañeros más, cuadros montoneros. El mismo día cayó la casa de María Isabel Gau y Adolfo Berardi (63 e/ 15 y 16). El 24, la casa de 30 entre 55 y 56, donde asesinaron a Diana Teruggi y cuatro compañeros, y robaron a la niña Clara Anahí Mariani, a quien su abuela aún busca. Este último sitio, conocido como la “casa de la resistencia” o la “casa de los conejos” (historia que han contado Lalo Painceira en “Dar la vida” y Laura Alcoba en “La casa de los conejos”), escondía tras la fachada de la elaboración de escabeches de conejo, la imprenta que publicaba Evita Montonera, volantes y documentos.

Estas casas tenían en común un sofisticado escondite (en la jerga, “embute”). Siempre existió la versión (y Nicolás adhiere a ella) de que ese dispositivo, electrónico, fue diseñado y construido por Guillermo García Cano, “el ingeniero”, un integrante de Montoneros secuestrado días antes de los atentados a estas casas, y utilizado por las patotas para “marcar” esos domicilios.

 

“Nací en La Plata y no me hacía cargo”

Nicolás toca y baila candombe, algo que lo revinculó con su ciudad natal. Gracias a eso “descubrí que era platense —afirma—. Dejé de negarlo cuando empecé a tocar en Andalgalá. ¿Qué tenía en común con muchos de los chicos que tocan acá? Que soy platense. Porque los que estudiamos vamos, venimos, pero yo nací en La Plata, y no me hacía cargo de eso. Empecé a ver los pibes ahí y me di cuenta de que quería venirme acá, y de que todo lo que me gustaba de tango no era solamente por mis abuelos, y que me gustaba venir a La Plata. ¿Por el Bichicuí? ¿Por mis viejos? No, porque me gusta cuando no están los estudiantes. Ahora, de viejo. Cuando están los jacarandaes, los tilos, cuando se fueron y vas en la bici o vas a esos lugares más vacíos de La Plata… Me di cuenta por el candombe, fue lo más permanente, todos los domingos están ahí, entonces fui aprendiendo que había algo que me vinculaba al puerto, a La Plata. Viviendo en Andalgalá, después de 30 años me di cuenta casi, y está bueno”.

 

El matrimonio

María Isabel y Adolfo habían nacido en Olavarría. Ella en el ‘52, él en el ‘51. Se conocieron a los 15 y en 1971 se vinieron a estudiar a La Plata. Ella, Profesorado de Biología y él, Ciencias Económicas e Historia. Desde un principio formaron parte de la Liga de Estudiantes Socialistas. Años después, con el triunfo de Héctor Cámpora, se acercarían a la Juventud Peronista y luego, a Montoneros. El 22 de noviembre de 1976, la Policía Bonaerense y el Ejército terminaron con sus vidas en un gran operativo que dejó orificios de balas marcados por toda la casa Bichicuí, donde ahora se los homenajea cada año.

En 2012, Nicolás viajó a Chapadmalal para acompañar la presentación de un documental que alumnos de una escuela de Olavarría hicieron para el programa de Jóvenes de la Comisión Provincial por la Memoria. Contiene testimonios sobre sus padres como personas “muy alegres” que “defendían siempre sus pensamientos” y tenían “ideas de avanzada”. Recuerda una ex compañera de Isabel: “En una época donde ir a misa era una institución ella lo discutía”. Los chicos le dieron a Nicolás “la investigación sobre mi vieja de chica”, y él, “toda la parte de militancia”. Hubo como “un matrimonio”, afirma, entre la emoción y la risa.

  

Bicha y Bichi

“Chicha, que es muy bicha”, juega Nicolás, y dice: “Hasta en eso nos parecemos”, por lo de “bicha” y “bichicuí”. Chicha, que se llama María Isabel “como mi vieja y mi suegra”, cuenta Nicolás, se ha convertido en una referencia para él a la hora de tomar un montón de decisiones. Dice que le tiene “una paciencia de abuela”.

“El acto que a Chicha la ha mantenido tan lúcida, tanto tiempo, en parte, la búsqueda de Clara Anahí y la justicia por su hijo… mi abuela tuvo la oportunidad de hacerlo en un segundo, cuando lo agarró a Etchecolatz, lo zamarreó para todos lados, mi abuela que era una mujer de su casa, la mujer del doctor, lo agarró, y está viva. Pero ese acto de lucidez después la agotó, porque tuvo que criarme a mí y yo teniendo un hijo ahora y pidiendo por su madre cuando mi mujer va y viene, me imagino a mi abuela tres, cuatro, cinco años, viviendo en una casa como la de ella, que tenía todas sus hijas, su marido, una señora que vivía con ella, su madre viviendo ahí, a de repente toda vaciada, exiliada, ‘chupada’ la otra hija, la otra hija muerta, su marido que murió en el ‘77, con un nenito gritándole en semejante casa, algo que ella no puede resolver… Creo que por eso con Chicha tengo esa cuestión: no es la abuela que hubiera querido tener. Es la que tuve en un momento y con la que hubiera querido seguir reconstruyendo una relación que ya no puedo porque mis dos abuelas quedaron muy mal con todo lo que pasó”.

 

Los niños que murieron

La última pregunta de la entrevista es si Nicolás quiere agregar algo más:

—Sí —dice enseguida—. Mi hermano no está visto como alguien que fue asesinado por los milicos, sino como un aborto. Entonces me parece que si buscamos a los nietos vivos tenemos que tener un respeto para los niños que murieron, porque nuestros padres pensaron que ellos iban a vivir. Lucharon por su vida, no para que estuvieran muertos. Y si luchamos por nuestros padres, o Clara Anahí, el proyecto vivo de Diana (Teruggi) y Daniel (Mariani), creo que los que tenemos hermanos que fueron asesinados o murieron en mesas de tortura debemos también reivindicar a esos bebés de una manera que no sea aborto, porque si no es como traicionar un poco la identidad de género de la mujer, del hombre. Como quieran reinterpretar, charlémoslo, porque me parece que estamos olvidándonos de algo.

2 Comentarios

  • Gracias Nicolàs! sos un sol!! Y gracias por mostrarnos el camino! Julieta Añazco.-

  • Nicolas,si lees estas pocas palabras,te cuento q vivo en La Plata desde el año 75,tambien soy de Olavarría y vine a estudiar en dicho año,recuerdo el horror cuando vi esa casa atacada porq pasaba por ahi ya q en lo q ahora es el hospital de niños funcionada el hospital ferroviario (mi papá era maquinista )
    Te quiero contar que hoy tengo 58 años y siempre recuerdo con mucho cariño a tu abuelo el Dr Gau,fue mi medico y solo con el podian hacer q abriera la boca para revisarme,tu abuelo fue una gran persona,como seguramente lo seras vos,te mando un abrazo y te felicito por tu lucha y hasta la victoria siempre, como debe ser.

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